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Kimetsu no yaiba legacy

El susurro de la sangre y el silencio del bosque

La Finca del Amor era un lugar que, incluso en la oscuridad más profunda de la noche, parecía retener un rastro de calidez. El aroma de las flores de cerezo y la madera encerada envolvía las habitaciones, creando una atmósfera de seguridad que Tanjiro y Nezuko rara vez habían experimentado desde que su viaje comenzó. Tanjiro dormía profundamente en el futón contiguo, su respiración rítmica indicaba que su cuerpo finalmente se estaba recuperando de las heridas sufridas en el monte Natagumo. Mitsuri, en su propia ala de la finca, seguramente soñaba con banquetes y hazañas heroicas.

Sin embargo, en el rincón donde Ronder había extendido su manta rústica, el aire era pesado.

El chico del sur se agitó bruscamente. Sus párpados temblaban, atrapados en una visión que no era de este mundo. En su sueño, el cielo de Japón se volvía del color de la carne podrida. Frente a él, una figura de piel pálida y ojos carmesí lo observaba con una sonrisa que no era humana. Muzan Kibutsuji extendía una mano, y sus dedos se transformaban en látigos de espinas que atravesaban el pecho de Ronder, desgarrando no solo su carne, sino el collar de obsidiana que protegía su alma.

—Eres solo un eco de un pueblo muerto —susurraba la voz de Muzan en su mente—. Tu fuego se apagará y nadie recordará que alguna vez exististe.

Ronder despertó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. Estaba empapado en sudor frío. Se incorporó lentamente, jadeando, tratando de distinguir las sombras de la habitación de los monstruos de su pesadilla. El silencio de la madrugada le pareció opresivo, un vacío que amenazaba con tragárselo.

Entonces, sintió un movimiento a su lado.

Nezuko, que había salido de su caja hacía rato, estaba sentada sobre sus talones, observándolo con sus grandes ojos rosados llenos de una preocupación infinita. No llevaba el bocado de madera en ese momento; en la seguridad de la finca y bajo la supervisión de Ronder, se permitía respirar con libertad.

—¿Nezuko? —susurró Ronder, su voz quebrada y áspera—. ¿Qué haces despierta? Deberías estar descansando.

La pequeña demonio no respondió con palabras, pero se acercó más, gateando sobre el tatami hasta quedar frente a él. Inclinó la cabeza, notando el temblor en las manos del chico que, hasta ese momento, siempre se había mostrado como un guerrero inquebrantable y burlón.

—Fue... solo un sueño —mintió Ronder, frotándose el rostro con frustración—. El tipo de los ojos rojos. Estaba allí. Me decía que no soy nada. Que mi gente desapareció para siempre y que yo seré el siguiente.

Ronder bajó la vista, dejando que su máscara de sarcasmo se desmoronara por un instante.

—A veces me pregunto si tiene razón, Nezuko. He viajado tanto, he peleado tanto... pero sigo siendo un niño asustado que huye de las cenizas de su propia casa. Defenderte de ese tipo de las cicatrices, Sanemi... fue fácil porque estaba enojado. Pero ahora, en el silencio... el miedo vuelve.

Nezuko escuchaba con una atención sobrenatural. Ella entendía el dolor de la pérdida, el miedo a ser el último de una estirpe, la lucha constante por no dejar que la oscuridad interior devorara los recuerdos hermosos. Extendió una mano pequeña y suave, acariciando la mejilla de Ronder. Sus dedos estaban fríos, como los de un demonio, pero su tacto era tan tierno como el de la madre que ambos habían perdido.

De repente, Nezuko hizo algo inesperado. Se llevó las manos al frente de su kimono rosa. Con movimientos lentos y decididos, comenzó a desatar el obi que sujetaba su ropa.

—Espera, ¿qué haces? —preguntó Ronder, parpadeando confundido, su instinto de alerta disparándose—. Nezuko, no... no es necesario.

Pero ella no se detuvo. Sus ojos brillaban con una determinación extraña, una mezcla de inocencia demoníaca y una sabiduría ancestral. Para Nezuko, el lenguaje de las palabras era limitado, pero el lenguaje del cuerpo y de la esencia era absoluto. Ella quería agradecerle. Quería mostrarle que, en un mundo lleno de espadas y odio, él era el único que la había visto no como un monstruo o una herramienta, sino como un espíritu igual al suyo.

El kimono se deslizó por sus hombros, revelando la piel pálida y perfecta de la joven demonio, iluminada apenas por la tenue luz de la luna que entraba por la ventana. Ronder se quedó sin aliento. No era un deseo vulgar lo que sentía, sino una abrumadora sensación de vulnerabilidad mutua.

—Nezuko, detente —dijo él, su voz temblando por una razón diferente ahora—. Tanjiro está ahí al lado... y esto... no está bien. No soy quien crees que soy.

Nezuko negó con la cabeza, soltando un pequeño sonido gutural, casi un ronroneo de consuelo. Se acercó más, sus manos ahora buscando los cierres de la ropa rústica de Ronder. Él intentó sujetar sus muñecas para detenerla, pero la fuerza de Nezuko era superior. Ella no aceptaba un no por respuesta. Con una delicadeza sorprendente, fue despojándolo de sus pieles y telas pesadas, dejando al descubierto el cuerpo rústico del chico del sur, marcado por cicatrices de viajes y batallas que ningún niño de doce años debería tener.

Cuando ambos quedaron despojados de sus vestiduras, el aire de la habitación pareció cambiar. Ya no había frío, ni pesadillas. Solo estaba el calor vital de dos seres que habían sido heridos por el destino y que buscaban, en la cercanía extrema, un refugio contra la soledad.

Nezuko se presionó contra él. Su piel fría contra el pecho cálido de Ronder creó un contraste que hizo que el chico cerrara los ojos, soltando un suspiro largo. Ella lo rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello.

—¿Esto es lo que quieres? —susurró Ronder, su corazón latiendo con una fuerza que amenazaba con romper el sello de su collar—. ¿Quieres... relajarme así?

Nezuko asintió contra su piel. Ella sabía que el dolor de Ronder era físico, una tensión acumulada en sus músculos y en su alma que solo podía liberarse a través de un contacto que fuera más allá de las palabras. Quería ofrecerle lo más íntimo que poseía: su propia esencia, su calor compartido, un momento donde el tiempo se detuviera y Muzan no fuera más que una sombra lejana.

Ronder, finalmente rindiéndose a la insistencia de la demonio, la rodeó con sus brazos. La estrechó contra sí, sintiendo la suavidad de sus curvas y la extraña vitalidad que emanaba de ella a pesar de su condición. En ese abrazo carnal y profundo, el miedo de la pesadilla comenzó a disiparse. El fuego azul en el interior de Ronder, que siempre ardía con una furia destructiva, se transformó en un rescoldo suave y reconfortante.

—Gracias, pequeña —murmuró Ronder, dejando caer su frente sobre el hombro de Nezuko—. Eres más valiente que todos esos Pilares juntos.

Nezuko se movió ligeramente, buscando una posición más cercana, sus piernas entrelazándose con las de él. No había malicia en su acto, solo una necesidad visceral de conectar, de ser dos mitades de una misma tragedia buscando consuelo. El acto era carnal, sí, pero cargado de una espiritualidad que solo aquellos que han caminado por el borde del abismo pueden comprender.

Se quedaron así durante lo que parecieron horas. El roce de sus pieles, el intercambio de alientos en la penumbra, la forma en que Nezuko buscaba calmar los espasmos de ansiedad de Ronder con caricias lentas y rítmicas. Poco a poco, la respiración del chico se volvió profunda. El peso en su pecho se aligeró.

Nezuko lo observó mientras él cerraba los ojos, finalmente encontrando la paz que el sueño le había negado. Ella se quedó velando su descanso, su cuerpo desnudo protegiendo el suyo, como una guardiana silenciosa de los sueños del guerrero del sur.

Antes de que las primeras luces del alba comenzaran a teñir el cielo, Nezuko se separó con delicadeza. Con la misma eficiencia silenciosa, ayudó a cubrir a Ronder con su manta y ella misma se vistió, volviendo a ser la niña del kimono rosa y el bocado de madera. Se deslizó de nuevo en su caja, cerrando la puerta tras de sí con un clic casi imperceptible.

Cuando Tanjiro despertó horas después, encontró a Ronder sentado en el porche, observando el amanecer con una expresión de serenidad que nunca le había visto. El chico del sur ya no tenía ojeras, y su mirada, aunque todavía sarcástica, poseía una nueva luz.

—Buenos días, Ronder —dijo Tanjiro, estirándose—. Parece que descansaste bien.

Ronder se giró, esbozando una sonrisa ladeada, una que guardaba un secreto que las montañas de Japón nunca revelarían.

—Mejor de lo que crees, cara de cicatriz —respondió Ronder, ajustándose su hacha de obsidiana—. Tu hermana... es una gran medicina para el alma.

Tanjiro parpadeó, confundido por el comentario, pero al ver la caja de Nezuko y sentir el aura de paz que rodeaba a su amigo, decidió no preguntar. A veces, las batallas más grandes no se ganaban con espadas en el campo de batalla, sino en el silencio de una madrugada, donde el calor humano —o demoníaco— era lo único capaz de derrotar a los monstruos que vivían dentro de la mente.

Ronder se puso de pie, listo para enfrentar un nuevo día de entrenamientos y gritos de Pilares. Pero en lo profundo de su ser, sabía que ya no estaba solo en su viaje. Tenía una guardiana, una cómplice que le había recordado que, mientras hubiera alguien dispuesto a compartir su piel y su silencio, Muzan Kibutsuji nunca podría ganar de verdad. El guerrero del sur había encontrado su ancla en la tierra del sol naciente, y esa ancla tenía el aroma de los cerezos y la fuerza de un amor que desafiaba a la muerte misma.