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Kimetsu no yaiba legacy

El Rugido del Sur y el Juicio de la Eternidad

La tensión en el patio de la sede de los Cazadores de Demonios se podía cortar con un hilo de seda. Sanemi Shinazugawa, con la vena de la frente a punto de estallar y la sangre todavía goteando de su brazo, no pudo soportar el desplante de Nezuko. El hecho de que un demonio lo hubiera rechazado, ignorando su sangre de "marechi", fue un golpe directo a su orgullo de Pilar.

—¡Maldita cosa asquerosa! —rugió Sanemi, perdiendo los estribos.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, Sanemi lanzó un rodillazo brutal contra la caja de madera, golpeando a Nezuko y enviándola a rodar por el suelo de piedra. Tanjiro gritó, forcejeando con sus ataduras hasta que sus muñecas sangraron, pero fue Ronder quien reaccionó de una manera que nadie esperaba.

El chico de doce años, cuya mirada americana y rústica se volvió repentinamente oscura como el abismo, soltó un gruñido gutural. No era un grito de niño, era el sonido de una tormenta acercándose.

—Ya me cansaste, "Cara de Mapa" —siseó Ronder.

Con un movimiento de hombros que pareció dislocar sus propios huesos para zafarse de las cuerdas, Ronder liberó sus manos. En un parpadeo, alcanzó su espada de obsidiana que yacía en el suelo cercano. No la blandió para cortar; la lanzó con una técnica de rotación tan violenta que el arma se convirtió en un disco negro zumbante.

La espada no fue hacia Sanemi. Pasó rozando su oreja, cortando un mechón de pelo plateado, y siguió de largo, entrando por una de las ventanas abiertas de la mansión de Ubuyashiki. El estruendo fue inmediato: madera crujiendo, jarrones de porcelana milenaria estallando y el sonido de pergaminos rasgados. La espada de obsidiana hizo un desastre absoluto en el ala este de la propiedad antes de quedar clavada en una columna principal.

—¡Mocoso insolente! —gritó Sanemi, girándose hacia él con los ojos inyectados en sangre—. ¡Has profanado la casa del Patrón! ¡Tú y tu estirpe de salvajes no merecen ni el aire que respiran! ¿De dónde vienes? ¿De esos pueblos... mapuches? Seguramente son un montón de bárbaros que ni siquiera saben lavarse la cara. Tu pueblo es una basura.

El silencio que siguió no fue de respeto, sino de puro terror instintivo. Ronder se puso de pie lentamente. Su cuerpo rústico parecía haber crecido varios centímetros. El collar de jade en su cuello comenzó a brillar con una intensidad verde esmeralda que teñía la nieve a su alrededor.

—¿Qué has dicho de mi pueblo? —La voz de Ronder era un susurro que vibraba en los huesos de todos los presentes—. MI PUEBLO NO SE TOCA.

Ronder golpeó el suelo con el talón de su bota. De las grietas entre las piedras del patio, empezaron a brotar lianas gruesas y espinosas a una velocidad antinatural. No eran plantas comunes; tenían bocas repletas de dientes vegetales y segregaban un jugo ácido que quemaba el suelo. En cuestión de segundos, serpientes de madera y plantas carnívoras treparon por las piernas de Sanemi, inmovilizándolo con la misma fuerza con la que él había tratado a los prisioneros.

—¡Suéltame! —bramó Sanemi, intentando usar su respiración del viento, pero las plantas absorbían el impacto de sus ráfagas.

Ronder caminaba hacia él, con los ojos encendidos en una furia ancestral. Parecía un pequeño dios de la tierra reclamando una deuda de sangre.

—Vas a aprender lo que es la hospitalidad del sur, amigo —dijo Ronder, levantando un puño que brillaba con calor—. Te voy a enterrar tan profundo que...

¡CLANG!

Una botella de cerámica pesada impactó directamente en la nuca de Ronder. El chico se tambaleó, sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó hacia adelante, cayendo de cara sobre la nieve.

Shinobu Kocho estaba de pie detrás de él, sosteniendo el cuello de la botella rota con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Vaya, qué niño tan ruidoso —dijo Shinobu, aunque su mano temblaba ligeramente por la presión espiritual que el chico había emitido—. Estaba empezando a arruinar el jardín del Patrón, y eso sí que no lo puedo permitir.

Las plantas carnívoras se marchitaron y desaparecieron tan rápido como habían llegado, dejando a un Sanemi jadeante y furioso en el suelo.

...

Cuando Ronder despertó, no estaba en el patio. Estaba sentado en el suelo de madera pulida del interior de la mansión. Frente a él, el Patrón, Kagaya Ubuyashiki, permanecía sentado con su calma habitual. A los pies de Ronder había una pila de objetos destrozados: un jarrón de la era Edo hecho añicos, un biombo de seda desgarrado y varios pergaminos manchados de tinta.

Detrás de Ronder, los Pilares formaban un semicírculo. Sus miradas eran dagas. Sanemi parecía listo para decapitarlo, Iguro siseaba junto a su serpiente, y Uzui murmuraba algo sobre lo "poco extravagante que es romper muebles ajenos". Solo Mitsuri Kanroji lo miraba con las manos en las mejillas, con una expresión de preocupación genuina.

—Has despertado, Ronder —dijo Kagaya con suavidad—. Tienes una fuerza muy singular. Una fuerza que no pertenece a este país, ni a este tiempo.

Ronder se frotó la nuca, haciendo una mueca de dolor.

—Esa mujer de las mariposas tiene buena puntería —gruñó Ronder, mirando de reojo a Shinobu—. Me debe una botella de... lo que sea que hubiera ahí dentro. Y yo les debo un carpintero, supongo.

Kagaya tomó unos papeles que una de sus hijas le entregó. Empezó a leer en voz alta, y su voz resonaba con una autoridad que hizo que hasta Ronder guardara silencio.

—Según los informes de nuestros informantes en los puertos y las provincias del sur... Ronder. Has estado actuando como un cazador ilegal durante los últimos dos años. No usas el acero nichirin de forma convencional, sino esa obsidiana extraña. En el bajo mundo de los cazadores y entre los aldeanos aterrorizados, se te conoce por varios nombres. "El Señor de la Noche" y "La Muerte Errante".

Tanjiro, que estaba arrodillado un poco más atrás, abrió mucho los ojos. ¿Su nuevo amigo era una leyenda urbana?

—Suenan un poco dramáticos, ¿no creen? —Ronder intentó recuperar su tono sarcástico, aunque se veía cansado—. Yo prefería "El Chico Guapo del Collar Verde", pero la gente no tiene imaginación.

—Mataste a doce demonios en la provincia de Kyushu en una sola noche —continuó Kagaya—. Sin entrenamiento, sin maestros, y sin pertenecer a la organización. Eso es un crimen... y un milagro. Cuéntanos, Ronder. ¿Por qué un hijo de la tierra mapuche está tan lejos de su hogar, rompiendo mis jarrones?

Ronder bajó la mirada. Por un momento, el Jack Sparrow sarcástico desapareció, dejando ver al niño de doce años que realmente era. Sus manos se cerraron sobre el collar de jade.

—Mi hogar ya no existe —dijo con voz ronca—. Los hombres con armaduras y cruces, los españoles, llegaron a mis tierras. Querían el oro, querían la tierra, y querían que olvidáramos a nuestros antepasados. Mataron a mi familia. A todos. Mi abuelo me entregó este collar y me dijo que corriera hacia donde sale el sol.

Hizo una pausa, tragando saliva.

—Crucé el gran océano en barcos donde me escondía entre las ratas. Llegué aquí pensando que este lugar sería diferente, pero los demonios son los mismos en todos lados, solo que aquí usan kimonos en lugar de armaduras de hierro. Lo único que me queda de mi pueblo es este collar, y la "llama eterna" que arde en mi interior. No voy a dejar que un tipo con cicatrices insulte a los míos. Prefiero que me corten la cabeza.

El silencio que siguió fue diferente al anterior. Era un silencio cargado de peso. Mitsuri Kanroji sollozó audiblemente, llevándose un pañuelo a los ojos.

—¡Oh, qué historia tan triste y valiente! —exclamó Mitsuri, rompiendo el protocolo—. ¡Ha cruzado el mundo entero estando solo! ¡Es un niño tan pequeño y ha sufrido tanto!

—Es un peligro público —intervino Iguro, con su voz sibilante—. Ha destruido propiedad del Patrón y ha atacado a un Pilar.

—¡Pero lo hizo por honor! —replicó Mitsuri, poniéndose de pie y acercándose a Ronder—. ¡Señor Patrón, por favor! Yo me ofrezco para cuidar de él. Puede quedarse en mi finca. Yo supervisaré su entrenamiento y me aseguraré de que no rompa nada más. ¡Es tan lindo cuando no está intentando invocar plantas asesinas!

Iguro Obanai se puso rígido. Su serpiente, Kaburamaru, empezó a agitarse frenéticamente. Los celos emanaban de él como una neblina tóxica.

—¿En tu finca, Mitsuri? —preguntó Iguro, con un tono que podría congelar el fuego—. Es un extranjero... rústico. Podría ser peligroso.

—¡Es un niño, Iguro-san! —dijo Mitsuri con un brillo decidido en los ojos—. Y necesita una familia.

Kagaya Ubuyashiki sonrió.

—Me parece una solución aceptable. Ronder, quedarás bajo la tutela de Mitsuri Kanroji. Aprenderás nuestras leyes y perfeccionarás tus habilidades. A cambio, trabajarás para reparar el daño que has causado. ¿Aceptas?

Ronder miró a Mitsuri, quien le dedicaba una sonrisa radiante y llena de calidez, y luego miró a Iguro, que parecía estar imaginando mil formas de estrangularlo.

—Bueno —dijo Ronder, recuperando su sonrisa ladeada—, entre quedarme con la chica que parece un dulce de algodón o con el tipo que tiene un mapa en la cara, creo que la elección es obvia. Pero que conste que como mucho, señora de los corazones. Espero que su cocina sea mejor que el humor de su novio de la bufanda.

—¡Es un trato! —rio Mitsuri, ignorando el aura asesina de Iguro.

...

Semanas después.

El sol comenzaba a ponerse tras las montañas que rodeaban la finca de las mariposas, donde Tanjiro y Ronder se encontraban descansando tras una extenuante sesión de entrenamiento de rehabilitación.

Tanjiro estaba sentado en el porche, remendando uno de sus calcetines, mientras Ronder estaba tumbado en el césped, haciendo malabares con tres piedras pequeñas usando solo una mano.

—Aún no puedo creer que convencieras a Mitsuri-san de que el "entrenamiento de resistencia" consistía en probar todos los tipos de mochi de la aldea —dijo Tanjiro, riendo suavemente.

—Oye, el azúcar es combustible —respondió Ronder, atrapando las tres piedras al mismo tiempo—. Además, la pobre mujer necesitaba una excusa para comer. Ese tipo Iguro la tiene siempre a dieta de "miradas intensas y silencios incómodos". Alguien tiene que traer alegría a esa finca.

Tanjiro miró a su amigo. A pesar de sus bromas y su actitud despreocupada, había visto a Ronder practicar con su espada de obsidiana a medianoche, cuando pensaba que nadie lo veía. Sus movimientos eran salvajes, una danza de sombras que no seguía ninguna de las posturas de respiración conocidas en Japón.

—Ronder —dijo Tanjiro seriamente—, gracias por lo que hiciste en el juicio. Por defender a Nezuko. Nadie se había atrevido a enfrentarse a los Pilares así por nosotros.

Ronder se incorporó, sentándose con las piernas cruzadas. Miró hacia la caja de madera donde Nezuko dormía plácidamente.

—No lo hice solo por ella, Tanjiro. Lo hice porque detesto a los matones. Ya sea que usen armaduras españolas o haoris de colores, un tipo que golpea a alguien que no puede defenderse es un cobarde. Además —añadió con un guiño—, Nezuko es la única en este país que no me mira como si fuera un bicho raro de otro planeta. Ella solo me mira y ve a... bueno, a Ronder.

Tanjiro sonrió, sintiendo un calor en el pecho. Había perdido a su familia, pero en el camino hacia la curación de su hermana, el destino le había otorgado un hermano de armas que venía del otro lado del mundo. Un chico con olor a mar y tierra, con una espada de vidrio negro y un corazón que, aunque intentara ocultarlo tras capas de sarcasmo, brillaba tanto como su collar de jade.

—Somos un par de raros, ¿verdad? —dijo Tanjiro.

—Los mejores —confirmó Ronder, poniéndose de pie—. Ahora, vamos adentro. He oído que Zenitsu consiguió comida de contrabando y quiero ver si puedo estafarlo en un juego de cartas antes de que empiece a gritar por los demonios.

—¡Ronder, no puedes estafar a nuestros compañeros! —exclamó Tanjiro, aunque ya se estaba levantando para seguirlo.

—No es estafa, Tanjiro. Es "redistribución de la riqueza basada en la agilidad mental". Deberías aprender, te vendría bien para cuando tengas que negociar con el tipo de las cicatrices otra vez.

Mientras los dos jóvenes caminaban hacia la finca, sus risas se mezclaban con el sonido del viento en los árboles. El camino que tenían por delante estaba lleno de peligros, lunas demoníacas y batallas sangrientas, pero por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos se sentía solo. La obsidiana y el sol naciente habían encontrado un equilibrio inesperado.