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Kimetsu no yaiba legacy

La Danza del Ají y el Acero Quebrantado

El sol de la mañana se filtraba entre los cerezos de la Finca del Amor, pero el ambiente no era precisamente pacífico. Ronder, sentado en el borde del pasillo de madera con las piernas colgando, tarareaba una melodía extraña, una canción de cuna de las tierras del sur que sonaba a trueno y a lluvia. En sus manos sostenía un cuenco de madera con lo que parecía ser un guiso rojizo, denso y con un aroma que hacía que los pájaros cercanos estornudaran.

—¿Seguro que eso es comestible, Ronder-kun? —preguntó Mitsuri Kanroji, inclinándose hacia él con curiosidad. Su cabello rosado y verde rozaba el hombro del chico—. Huele muy... potente.

—Es medicina para el alma, Mitsuri-san —respondió Ronder, revolviendo la mezcla con una cuchara de palo—. Es una receta de mi abuela. Chile habanero, sal marina de las costas de mi tierra y un toque de limón mapuche. Si esto no te despierta, es que ya estás muerto y nadie te ha avisado.

Desde las sombras de un árbol cercano, dos ojos amarillos observaban con una mezcla de envidia y odio puro. Obanai Iguro, el Pilar de la Serpiente, apretaba el mango de su espada hasta que sus nudillos se volvían blancos. No soportaba ver cómo Mitsuri, su dulce Mitsuri, pasaba tanto tiempo con aquel "bárbaro extranjero" que hablaba como si fuera el dueño del mundo.

—Kaburamaru —susurró Iguro a la serpiente blanca que rodeaba su cuello—, ese mocoso no merece ese banquete. Ve. Tráeme su desayuno. Humillémoslo frente a ella.

La serpiente, fiel a su amo, se deslizó con un silencio mortal por las ramas. Mientras Ronder se distraía explicándole a Mitsuri cómo se cazaban pumas en las montañas, Kaburamaru descendió como un látigo, arrebató el cuenco de las manos del chico y regresó a las sombras antes de que Tanjiro, que venía llegando, pudiera siquiera parpadear.

—¡Eh! ¡Mi combustible! —gritó Ronder, fingiendo indignación mientras veía a la serpiente desaparecer entre el follaje.

Iguro, oculto tras el tronco, recibió el cuenco. Con un gesto de triunfo silencioso, compartió el contenido con Kaburamaru. "Si el mocoso lo come, no puede ser tan malo", pensó el Pilar. Ambos dieron un bocado generoso al guiso de habanero y limón.

El silencio que siguió fue absoluto, pero solo duró tres segundos.

Los ojos de Iguro se abrieron tanto que parecieron salirse de sus órbitas. Su rostro, oculto tras las vendas, se tornó de un rojo púrpura violento. Kaburamaru, por su parte, se puso rígida como un palo y empezó a soltar pequeñas chispas de humo por los orificios nasales.

—¡Agua...! —intentó decir Iguro, pero su garganta se sentía como si hubiera tragado lava fundida y cristales rotos.

—Vaya —comentó Ronder desde el pasillo, sin siquiera mirar atrás, pero con una sonrisa de oreja a oreja—, parece que alguien tiene un paladar muy sensible. Ese ají es para hombres de verdad, no para tipos que usan bufandas de sangre fría. ¡Espero que tengan un buen médico para la indigestión!

Al día siguiente, el Pilar de la Serpiente y su mascota estaban fuera de combate, con una inflamación estomacal que los médicos de la Finca Mariposa calificaron de "mística y agresiva".

Pero la guerra contra Ronder no terminaba ahí. Shinobu Kocho, siempre con su sonrisa imperturbable, observaba al chico desde el laboratorio. Para ella, Ronder era una anomalía, un riesgo que no podía ser calculado. Si no podía matarlo legalmente, al menos podía "neutralizar" su energía.

—Ronder-kun, Mitsuri-san me pidió que te trajera este té especial —dijo Shinobu, acercándose con una bandeja de plata y una taza de cerámica fina—. Es una mezcla japonesa para calmar los nervios.

Ronder aceptó la taza, pero antes de que sus labios tocaran el borde, Tanjiro apareció corriendo desde el patio de entrenamiento, tropezando con un pequeño tanuki que cruzaba el camino. El animal salió volando por los aires y aterrizó directamente sobre la cabeza de Ronder.

—¡Cuidado! —gritó Tanjiro.

El impacto hizo que Ronder escupiera el primer sorbo del té justo sobre un arbusto de flores cercanas. El arbusto, en cuestión de segundos, se marchitó y se puso negro como el carbón.

—Vaya, Shinobu-san —dijo Ronder, limpiándose la boca con la manga y mirando los restos del arbusto muerto—, este té está un poco... cargado, ¿no? ¿Es una receta para calmar los nervios o para calmar los latidos del corazón de forma permanente? Mi abuela decía que solo las brujas servían bebidas que matan las plantas. ¿Eres una bruja o solo una mala cocinera?

Shinobu apretó los dientes, su sonrisa temblando.

—Fue un error en la mezcla, supongo —respondió ella con una voz gélida.

—Claro, un error —rio Ronder, acariciando al tanuki que ahora descansaba en su regazo—. Por suerte, este pequeño amigo me salvó. Deberías probarlo tú misma la próxima vez, a ver si te pone de mejor humor.

La tensión alcanzó su punto máximo durante una tarde de entrenamiento en el patio principal. Sanemi Shinazugawa, el Pilar del Viento, estaba harto de las burlas del extranjero. No podía aceptar que alguien que no usaba la Respiración convencional tuviera el respeto de Rengoku o la admiración de Gyomei.

—¡Esa cosa negra que llamas espada es un insulto! —rugió Sanemi, desenvainando su katana nichirin—. ¡La obsidiana es frágil, como tu ego! ¡Voy a demostrarte que el acero japonés es superior a cualquier piedra volcánica de tu tierra de salvajes!

Ronder se puso en guardia, sosteniendo su espada de obsidiana con una mano, su postura relajada y casi descuidada, como si estuviera a punto de contar un chiste en lugar de pelear.

—Adelante, Cara de Mapa —desafió Ronder—. Mi espada no necesita respirar para cortar. Ella tiene memoria.

Sanemi lanzó un ataque frontal, una ráfaga de viento cortante que debería haber destrozado cualquier arma común. El choque del acero contra la obsidiana produjo un sonido seco, como el crujido de un glaciar rompiéndose.

Para horror de todos los presentes, no fue la espada de Ronder la que cedió. La katana de Sanemi, forjada por los mejores herreros de la aldea, se partió limpiamente en dos. La mitad superior de la hoja voló por los aires y quedó clavada en un poste de madera, vibrando con un gemido metálico.

Sanemi se quedó mirando el mango quebrado de su arma, en un estado de shock absoluto.

—¿Cómo...? —susurró, con la voz temblando de furia y desconcierto.

—La obsidiana no se dobla, Sanemi —explicó Ronder, envainando su arma con un movimiento fluido—. Se rompe o rompe lo que tiene enfrente. Mi abuelo decía que si golpeas el acero con la fuerza de un volcán, el acero se rinde. Deberías cuidar mejor tus juguetes.

La gota que colmó el vaso ocurrió una semana después. El Patrón, Kagaya Ubuyashiki, convocó a todos los Pilares y a los jóvenes aprendices al patio central. Su rostro mostraba una serenidad profunda, pero sus palabras estaban cargadas de un peso histórico.

—Mis hijos —comenzó Kagaya—, hemos observado el progreso de nuestros guerreros. La llegada de Ronder ha traído una perspectiva que nos faltaba. Su valentía, su resistencia y su capacidad para enfrentar lo desconocido sin miedo han sido probadas.

Sanemi, Iguro y Shinobu intercambiaron miradas de sospecha. ¿Iban a nombrar Pilar a ese niño maleducado?

—Por ello —continuó el Patrón—, he decidido otorgar a Ronder un rango especial. No será un Pilar, pues su estilo no sigue nuestras formas tradicionales. A partir de hoy, Ronder ostentará el rango de "Guardián del Sol Austral". Es una posición de autoridad directa bajo mi mando, con un nivel de mando equivalente, y en ciertos aspectos superior, al de un Pilar en misiones de reconocimiento externo.

El silencio fue sepulcral. Los ojos de Sanemi casi se salen de sus órbitas. Iguro, todavía con dolor de estómago, soltó un siseo de pura rabia. Shinobu perdió su sonrisa por primera vez en años.

—¡¿Superior?! —gritó Sanemi, incapaz de contenerse—. ¡Es un mocoso! ¡Ni siquiera sabe lo que es la jerarquía!

—¡Es una falta de respeto a nuestra historia! —añadió Iguro, apretando los puños.

Ronder, que estaba de pie al lado de Tanjiro, se rascó la oreja con indiferencia y luego miró a los tres Pilares indignados.

—Vaya, parece que el club de fans está emocionado —dijo Ronder con su tono más sarcástico—. No se preocupen, chicos. No voy a hacerles limpiar mis botas... a menos que me aburra mucho.

—¡Tú...! —Shinobu dio un paso adelante, pero la mano de Giyu Tomioka en su hombro la detuvo.

—El Patrón ha hablado —dijo Giyu con su voz monótona—. Su juicio es absoluto.

Ronder caminó hacia el centro del patio, haciendo una reverencia algo torpe pero respetuosa ante Ubuyashiki. Luego, se giró hacia Sanemi, Iguro y Shinobu, dedicándoles una sonrisa descarada.

—Miren el lado positivo —dijo el chico, ajustándose el collar de jade—. Ahora, cuando necesiten que alguien les explique cómo derrotar a un demonio sin romper sus propias espadas o envenenar los arbustos, tienen a un experto de rango superior a quien consultar. Mi oficina está en la cocina de Mitsuri-san. Traigan comida, no acepto consultas gratis.

—¡Te voy a matar, juro que te voy a matar! —rugió Sanemi, siendo retenido por Gyomei y Uzui, quienes intentaban ocultar sus propias risas ante la audacia del muchacho.

Tanjiro, observando la escena desde atrás, suspiró y se llevó una mano a la frente. Sabía que la vida en la sede de los cazadores de demonios nunca volvería a ser tranquila. Ronder no solo había traído consigo la fuerza de los volcanes y la sabiduría de los mapuches, sino que había logrado algo que ningún demonio había podido hacer: poner a los Pilares más orgullosos al borde de un ataque de nervios.

—Esto va a ser un largo entrenamiento —murmuró Tanjiro para sí mismo.

Nezuko, dentro de su caja, emitió un pequeño sonido de aprobación, como si ella también estuviera disfrutando del caos que su nuevo y sarcástico amigo estaba sembrando en el rígido mundo de los cazadores de demonios. El Guardián del Sol Austral había llegado para quedarse, y el Japón feudal no estaba preparado para su picante, su obsidiana y su lengua afilada.