Knightsbridge condominium.
La Rendición del Invierno
Sansa Stark se sentó en la lujosa silla de cuero frente al escritorio de Julius, sintiendo que el aire de la oficina estaba cargado de una pesadez inusual. Sus manos temblaban levemente sobre su regazo. Había venido buscando una solución, una prórroga para las deudas que su padre, Eddard, había acumulado tontamente en inversiones fallidas en el sector de la construcción. Julius Igarashi, con su rostro redondo y su expresión imperturbable, la observaba con una fijeza que la hacía sentir desnuda incluso antes de que las palabras comenzaran a fluir.
— Señor Igarashi, por favor —suplicó Sansa, con la voz quebrada—. Mi padre es un hombre de honor, él pagará cada centavo. Solo necesitamos un par de meses más. El mercado del Norte se está recuperando y...
Julius dejó escapar un suspiro lento, recostándose en su sillón. El cuero crujió bajo su peso regordete. Sus ojos marrones, oscuros como el café cargado, recorrieron el rostro de la joven, deteniéndose en sus labios temblorosos y luego bajando por el contorno de su cuello hasta perderse en el escote recatado de su suéter de lana.
— El honor no paga las facturas de mantenimiento de un condominio de este calibre, Sansa —dijo Julius con una voz suave, casi paternal, pero con un trasfondo de acero—. Las deudas de tu padre han superado el límite de lo razonable. Legalmente, debería iniciar el proceso de desalojo mañana mismo.
Sansa palideció. La idea de que su familia fuera arrojada a la calle, de que el nombre de los Stark fuera arrastrado por el fango de la insolvencia, era insoportable.
— Haría cualquier cosa —soltó ella, las palabras escapando de sus labios antes de que pudiera procesarlas—. Por favor, hay algo que deba haber... una forma de aliviar la carga.
Julius se inclinó hacia adelante. Su vientre rozó el borde del escritorio de caoba, pero no había rastro de autoconciencia en su mirada. Se sentía poderoso, dueño absoluto de la situación. Sabía que tenía a la joya de Invernalia acorralada.
— ¿Cualquier cosa, Sansa? —preguntó él, dejando que el silencio se prolongara—. Es una promesa muy grande para una chica tan joven.
— Lo que sea necesario para ayudar a mi familia —afirmó ella, aunque un escalofrío de advertencia recorrió su columna vertebral.
Julius se levantó lentamente. Se ajustó el cinturón y le hizo un gesto para que lo siguiera.
— Acompáñame. En mi apartamento privado podremos discutir los términos de este... nuevo arreglo, sin interrupciones.
Caminaron en silencio hacia el ascensor privado que llevaba directamente al ático de Julius. Sansa miraba la espalda del hombre; no era alto, su caminar era algo pesado y su figura distaba mucho de los caballeros que ella solía idealizar en sus lecturas. Sin embargo, había un aura de control absoluto en él que la intimidaba y, de una forma que se negaba a admitir, la subyugaba.
Al entrar al apartamento VIP, la opulencia la golpeó. Mármol negro, luces tenues y una vista panorámica de la ciudad que quitaba el aliento. Julius se dirigió a una pequeña barra y sirvió dos copas de un vino tinto espeso, casi negro.
— Bebe —le ordenó, entregándole la copa—. Necesitas relajar esos hombros.
Sansa bebió. El alcohol era fuerte y dulce, quemándole la garganta y enviando una oleada de calor a su pecho. Julius la observó beber, relamiéndose los labios con una anticipación depredadora.
— La solución es sencilla, Sansa —dijo él, acercándose tanto que ella pudo oler su perfume costoso mezclado con un aroma más humano y denso—. Entrégate a mí. Conviértete en mi protegida. A cambio, las deudas de los Stark desaparecerán de los libros como si nunca hubieran existido. No solo eso, me aseguraré de que a tu familia nunca le falte nada en este edificio.
Sansa se quedó en shock. Sus ojos azules se abrieron de par en par mientras procesaba la propuesta. Miró a Julius, su rostro moreno, su complexión regordeta y sus rasgos poco agraciados. No era el hombre con el que una joven de su posición soñaría compartir una cama. Pero entonces pensó en su padre, en la vergüenza de Arya, en el futuro de sus hermanos menores.
— ¿Solo... solo tengo que estar con usted? —susurró ella.
— Tienes que ser mía —corrigió Julius con una sonrisa que no era amable—. En cuerpo y alma, cada vez que yo lo reclame.
Sansa cerró los ojos y asintió levemente.
— Acepto.
Julius no perdió el tiempo. Se acercó y, con una mano sorprendentemente firme, le acarició la mejilla. Luego, la besó. No fue un beso delicado; fue un reclamo. Sansa sintió la humedad de su lengua y el peso de su cuerpo presionándola. Antes de que pudiera protestar o dudar, Julius comenzó a desvestirla.
El suéter de lana cayó al suelo, seguido de la falda. Sansa se quedó de pie en ropa interior de encaje blanco, su piel pálida contrastando violentamente con la opulencia oscura de la habitación. Julius se tomó un momento para admirarla, sus ojos oscuros devorando la redondez de sus senos y la curva de sus caderas.
— Eres perfecta, Sansa —gruñó él, llevándola hacia la enorme cama de sábanas de seda negra.
La acostó y, sin mediar palabra, le abrió las piernas con una autoridad que no admitía réplica. Sansa estaba confundida, esperando que él simplemente se subiera encima, pero Julius hizo algo que ella no esperaba. Se arrodilló entre sus muslos y bajó el rostro.
— Voy a probarte primero —dijo él antes de que su lengua hiciera contacto.
Sansa soltó un grito ahogado. Nunca nadie la había tocado así. La lengua de Julius era experta, moviéndose con una lascivia y una técnica que la joven Stark no sabía que existía. Sus dedos, gruesos pero hábiles, se introdujeron en ella mientras su boca succionaba y lamía su clítoris con una intensidad feroz.
— ¡Ah! ¡Señor... Julius! —gritó Sansa, arqueando la espalda.
El placer fue tan repentino y tan violento que su mente se nubló. Sus manos, que inicialmente intentaron apartarlo, terminaron enredadas en el cabello negro y corto de Julius, empujando su cabeza contra su entrepierna, pidiendo más. Sus piernas se cerraron alrededor de los hombros del hombre, atrapándolo en su propio éxtasis.
— ¡Dios mío, nunca... nunca he sentido nada igual! —exclamaba ella entre jadeos, mientras las lágrimas de placer asomaban a sus ojos.
Ni siquiera en sus momentos de soledad, cuando exploraba su propio cuerpo con timidez, había alcanzado semejante nivel de intensidad. Julius continuó hasta que Sansa estalló en un orgasmo que hizo que sus músculos se tensaran y su garganta emitiera un grito largo y agudo. Ella se derrumbó contra las almohadas, temblando, mientras Julius se levantaba, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar, saboreando el néctar de la joven Stark.
— Eso fue solo el comienzo, pequeña loba —dijo él con voz ronca—. Solo te estaba preparando.
Julius se despojó de su propia ropa con rapidez. Su cuerpo regordete quedó al descubierto, pero Sansa, con la visión borrosa por el clímax reciente, ya no lo veía con desagrado. Lo veía como la fuente de ese calor abrasador que todavía sentía entre sus piernas. Sin embargo, cuando vio su miembro, sus ojos se agrandaron de nuevo. Era imponente, una contradicción física con el resto de su anatomía.
Él se posicionó sobre ella, su gran cuerpo ocultando casi por completo la figura esbelta de Sansa. La penetró lentamente, disfrutando de la estrechez de la joven. Sansa soltó un gemido que fue mitad dolor y mitad asombro.
— Tan pequeña... tan apretada —susurró Julius al oído de ella—. Vas a aprender a amar esto.
Empezó con embestidas lentas y profundas, permitiendo que el cuerpo de Sansa se acostumbrara a su tamaño. Pero pronto, el ritmo aumentó. El sonido de la carne chocando contra la carne comenzó a llenar la habitación, un ritmo rítmico y primitivo. Sansa gemía con cada golpe, sintiendo cómo Julius reclamaba no solo su cuerpo, sino su voluntad.
— ¡Más... por favor, más! —suplicaba ella, perdiendo todo rastro de la compostura de una dama Stark.
Julius aumentó la velocidad, su cuerpo moreno moviéndose con una energía inagotable. El contraste entre la piel blanca de Sansa y la morena de Julius creaba una imagen de dominación absoluta. Ella se mecía bajo él, sus pechos saltando con cada bombeo, su cabello rojo esparcido como fuego sobre las sábanas negras.
Después de varios minutos de una intensidad frenética, Sansa alcanzó un segundo orgasmo, gritando el nombre de Julius mientras sus uñas se clavaban en la espalda de él. Julius la siguió segundos después, sacando su miembro y dejando su semilla sobre el vientre plano y pálido de la joven.
Ambos se quedaron respirando pesadamente. Sansa sentía que el mundo había cambiado. La deuda, su familia, su honor... todo parecía lejano, eclipsado por la adicción química que Julius acababa de sembrar en ella.
Pero Julius no había terminado. Tras unos minutos de descanso, la tomó del brazo y la puso de pie.
— ¿Crees que ya hemos terminado? —le preguntó, con una chispa de perversión en sus ojos oscuros—. Tu deuda es muy grande, Sansa. Y voy a cobrarme cada moneda.
La llevó contra la pared, donde un gran espejo cubría casi toda la superficie. La obligó a ponerse de espaldas a él, apoyando las manos contra el frío cristal.
— Mírate —ordenó él, posicionándose detrás de ella—. Mira cómo la pequeña y pura Sansa Stark es reclamada por el hombre que despreciaba.
Sansa se vio en el espejo. Su rostro estaba rojo, su cabello era un desastre y sus ojos brillaban con un deseo pecaminoso. Vio cómo el cuerpo moreno y robusto de Julius se acercaba a ella por detrás. Él la penetró de nuevo con un empuje violento que la hizo chocar contra el espejo.
— ¡Oh, sí! —gritó ella, viendo su propia degradación y placer reflejados.
Julius comenzó a follarla contra la pared, sus manos apretando sus senos con fuerza. Mientras lo hacía, comenzó a susurrarle obscenidades al oído, palabras que en cualquier otro contexto habrían hecho que Sansa muriera de vergüenza, pero que ahora solo servían para encender más su fuego interno.
— Eres mi perra ahora, Sansa —le decía él con voz gruesa—. Olvida el honor del Norte. Aquí solo existe mi placer y tu obediencia.
— ¡Soy suya! —gritaba ella, golpeando el espejo con las palmas de las manos—. ¡Soy de Julius!
La sesión continuó por todo el apartamento. Sobre la cama, frente al espejo, e incluso en el suelo de mármol. Julius la reclamó en cada rincón, demostrándole que su resistencia era inútil ante el poder de su cuerpo y la adicción que su miembro generaba. Sansa ya no era la niña que soñaba con príncipes; era una mujer despertada por la mano de un hombre que el mundo consideraba inferior, pero que en la intimidad era un dios absoluto.
Cuando finalmente Julius la dejó descansar, Sansa estaba exhausta, cubierta de sudor y marcas que tardarían días en desaparecer. Se acurrucó en la cama, observando a Julius vestirse con la misma calma con la que un rey se pone su corona tras una batalla ganada.
— Mañana hablaré con el departamento de contabilidad —dijo Julius, ajustándose el reloj de oro—. Los Stark están a salvo, Sansa. Pero recuerda... esto es solo el pago de este mes.
Sansa lo miró desde la cama. Sentía un vacío en cuanto él se alejaba, una necesidad física de volver a sentir su peso y su invasión.
— Vendré —susurró ella, con una sumisión total—. Vendré cada vez que me llame.
Julius sonrió. El Norte había caído. Y mientras salía de la habitación, ya estaba pensando en quién sería la siguiente. Las "Poniente Luxury Towers" tenían muchas puertas, y él tenía la llave maestra para todas ellas. La conquista de su harén avanzaba de manera imparable, y Sansa Stark era solo el segundo trofeo en su creciente colección de reinas caídas.