Knightsbridge condominium.
Fuego en la Sangre de Oro
El eco de los gemidos de Sansa Stark aún parecía vibrar en las paredes de caoba de la oficina privada de Julius Igarashi. El aire estaba cargado, denso, con ese aroma inconfundible a sexo y a poder que Julius tanto disfrutaba. Se sentó en su sillón de cuero, sintiendo la elasticidad del material bajo su peso. No era un hombre de gimnasios ni de dietas; su placer residía en el exceso, y ese exceso se manifestaba en su barriga prominente y en el hambre insaciable que sentía por las mujeres que habitaban su edificio.
Se sirvió un whisky de malta, dejando que el líquido ámbar resbalara por su garganta. En la pantalla de seguridad de su escritorio, observó a Sansa salir del ascensor en el piso 12. Caminaba de forma errática, con las mejillas encendidas y la mirada perdida, como si el mundo que conocía se hubiera desmoronado para dar paso a una realidad nueva y mucho más oscura. Julius sonrió. La pequeña loba ya estaba marcada.
— Una menos —murmuró para sí mismo, dejando el vaso vacío sobre la mesa—. Pero el invierno no es lo único que debe caer.
Sus ojos se desviaron a otra cámara. En el área de la piscina climatizada, una figura destacaba sobre todas las demás. Margaery Tyrell. La joven de la casa Tyrell era conocida en el condominio por su elegancia impecable y su sonrisa perpetua, una que parecía esconder más de lo que revelaba. Llevaba un bikini verde esmeralda que apenas contenía sus curvas perfectas. Estaba rodeada de otras mujeres, riendo, ejerciendo esa política social que los Tyrell dominaban tan bien.
Julius sabía que los Tyrell, a diferencia de los Stark, no tenían deudas económicas. Eran ricos, influyentes y astutos. Pero tenían una debilidad que él conocía bien: la ambición. Mace Tyrell quería posicionar a su familia en el consejo de administración del condominio, un puesto que Julius controlaba con mano de hierro.
Se levantó, ajustándose el pantalón de vestir que siempre le quedaba un poco apretado en la cintura. Se puso su chaqueta, ocultando parcialmente su figura regordeta, y se dirigió hacia la zona del club social.
Al llegar a la piscina, el ambiente cambió sutilmente. Algunas de las residentes más jóvenes se tensaron al verlo llegar. Julius no les prestaba atención de forma directa, pero su mirada recorría sus cuerpos con una lentitud deliberada, una caricia visual que las hacía sentir observadas, evaluadas. Se detuvo frente a la reposera de Margaery.
— Señorita Tyrell —dijo Julius, con su habitual tono amable que ocultaba una malevolencia lasciva—. Qué placer verla disfrutando de las instalaciones. Espero que el agua esté a su gusto.
Margaery se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos astutos que analizaron a Julius en un segundo. Ella no lo veía como un hombre atractivo, pero sabía que él era el portero de sus ambiciones.
— Señor Igarashi —respondió ella con una voz de seda—. Todo está perfecto, como siempre. Aunque mi padre mencionaba que ha habido algunas trabas con su propuesta para la nueva junta.
Julius se inclinó un poco, permitiendo que su mirada descendiera por el escote del bikini de Margaery. No lo ocultó. Quería que ella supiera exactamente qué estaba mirando.
— Las juntas son asuntos complicados, Margaery —dijo él, usando su nombre de pila sin permiso—. Requieren... favores. Entendimiento mutuo. Quizás usted y yo podríamos discutir los detalles de la visión de su padre en un lugar más privado. Mi oficina es un poco fría para alguien que acaba de salir de la piscina. ¿Qué tal mi suite privada en diez minutos?
Margaery mantuvo la sonrisa, pero sus dedos se apretaron ligeramente en el borde de la toalla. Sabía lo que se decía en los pasillos sobre Julius Igarashi. Sabía que Cersei Lannister había salido de su oficina con el cabello revuelto y la mirada humillada. Pero Margaery no era Cersei. Ella creía que podía manipular a cualquier hombre.
— Me encantaría escuchar sus... condiciones, señor Igarashi —dijo ella, levantándose con una gracia felina.
Diez minutos después, Margaery llamaba a la puerta de la suite VIP. Julius abrió, ya sin la chaqueta y con los dos primeros botones de su camisa desabrochados. La piel morena de su cuello brillaba por el sudor.
— Pase, querida —dijo él, cerrando la puerta con llave en cuanto ella entró—. ¿Un poco de vino?
— Prefiero ir directo al grano, Julius —dijo Margaery, caminando por la habitación con una confianza ensayada—. Mi padre quiere ese asiento en la junta. Usted quiere estabilidad en el edificio. ¿Qué es lo que realmente pide a cambio de su voto decisivo?
Julius caminó hacia ella. Su presencia física era imponente no por su musculatura, sino por la absoluta falta de vergüenza con la que habitaba su cuerpo. Se detuvo a escasos centímetros de ella, obligándola a mirar hacia arriba debido a su cercanía, aunque él no fuera mucho más alto.
— Lo que pido es muy simple, Margaery —susurró él, y su mano, gruesa y cálida, se posó en la cintura desnuda de la joven—. Quiero que dejes de actuar. Quiero que esa máscara de perfección se rompa bajo mi mando.
Margaery sintió un escalofrío. La mano de Julius no era la de un pretendiente delicado; era la de un dueño.
— ¿Cree que puede comprarme con un puesto en la junta? —preguntó ella, intentando mantener el tono burlón, aunque su respiración comenzaba a acelerarse.
— No te estoy comprando —respondió Julius, su otra mano subiendo por el muslo de ella, por debajo del pareo que se había anudado—. Te estoy reclamando. Eres una joya en mi edificio, y me gusta poseer mis joyas.
Con un movimiento rápido, Julius la atrajo hacia sí. Margaery chocó contra el vientre blando pero firme de Julius. Antes de que pudiera protestar, él la besó. Fue un beso dominante, cargado de una urgencia carnal que la dejó sin aliento. Julius no pedía permiso; tomaba lo que quería.
Margaery intentó mantener el control, intentó usar sus manos para empujarlo suavemente y convertir el encuentro en un juego de seducción donde ella tuviera las riendas, pero Julius la inmovilizó contra la pared.
— Quítate el pareo —ordenó él, su voz ahora era un rugido bajo.
Margaery obedeció, sus manos temblando ligeramente. Se quedó en el pequeño bikini verde. Julius la observó con una intensidad que la hizo sentir más expuesta que si estuviera desnuda en la plaza pública.
— Ahora el resto —dijo él, desabrochando su propio cinturón.
Cuando Julius se desnudó frente a ella, Margaery no pudo evitar soltar un pequeño jadeo. Al igual que Sansa y Cersei antes que ella, quedó hipnotizada por la desproporción de su anatomía. Aquel hombre regordete y poco agraciado poseía un arma que parecía diseñada para someter a cualquier mujer.
— Ven aquí —dijo Julius, sentándose en el borde de la cama.
Margaery se acercó, su curiosidad y su ambición mezclándose con un deseo primitivo que empezaba a arder en su vientre. Se arrodilló frente a él, intentando tomar la iniciativa, pero Julius le tomó el cabello con firmeza y la obligó a mirarlo.
— No vas a jugar conmigo, Margaery. Aquí no hay intrigas de palacio. Aquí solo hay un hombre y su propiedad. ¿Entendido?
— Sí... Julius —susurró ella, su orgullo desmoronándose ante la pura masculinidad que él emanaba.
Lo que siguió fue una lección de sometimiento. Julius la tomó con una fuerza que ella nunca había experimentado con los hombres jóvenes y delicados de su círculo social. No había delicadeza, solo una búsqueda implacable del placer más crudo.
Julius la puso en cuatro patas sobre la cama de seda, admirando la vista de su trasero perfecto. Sin preámbulos, la penetró. Margaery gritó, un sonido que mezclaba la sorpresa del dolor inicial con una oleada de placer tan intensa que le nubló la vista.
— ¡Oh, por los siete! —exclamó ella, enterrando la cara en las almohadas.
Julius no se detenía. Cada embestida era profunda, rítmica, diseñada para hacerla sentir cada centímetro de él. Sus manos regordetas apretaban las caderas de Margaery, dejando marcas rojas sobre su piel de porcelana.
— ¿Es esto lo que querías, Margaery? —gruñó él al oído de ella, mientras su sudor goteaba sobre la espalda de la joven—. ¿Quieres el poder? ¡Siente el poder de quien realmente manda aquí!
Margaery no podía responder con palabras, solo con gemidos entrecortados. Su cuerpo, entrenado para la elegancia y el decoro, respondía con una lujuria salvaje a la dominación de Julius. Se sentía pequeña, vulnerable y, por primera vez en su vida, completamente satisfecha. La adicción que Julius provocaba no era solo física; era la sumisión total de la voluntad ante una fuerza de la naturaleza.
Julius la hizo girar, tomándola de las piernas y elevándolas sobre sus hombros. La luz de la tarde entraba por el ventanal, iluminando la escena de la caída de la rosa de los Tyrell. Margaery lo miraba con ojos vidriosos, su boca abierta en un grito silencioso de éxtasis mientras Julius la llevaba al límite una y otra vez.
— ¡Más! —suplicó ella, olvidando por completo la junta, a su padre y su posición—. ¡No pare, Julius! ¡Por favor!
Julius sonrió con suficiencia. Sabía que ya la tenía. Aumentó el ritmo, sus movimientos volviéndose casi violentos en su urgencia. Margaery estalló en un orgasmo que la hizo convulsionar, sus músculos vaginales apretando a Julius en un abrazo desesperado. Él la siguió poco después, rugiendo mientras descargaba toda su esencia dentro de ella, sellando el pacto de la manera más carnal posible.
Minutos después, Julius se levantó y se dirigió al baño para refrescarse, dejando a Margaery desparramada en la cama, con el bikini verde roto en una esquina y el cabello castaño enredado. Ella miraba al techo, tratando de recuperar el aliento, sintiendo cómo el calor de Julius todavía ardía dentro de ella.
Julius regresó, ya vestido con una bata de seda negra. Se sentó en un sillón cercano y encendió un cigarrillo, observándola con desdén afectuoso.
— Tu padre tendrá su asiento en la junta, Margaery —dijo él, soltando una nube de humo—. Pero tú... tú estarás en mi oficina dos veces por semana. Y si alguna vez intentas jugar a tus juegos de manipulación conmigo, el contrato de los Tyrell será triturado antes de que puedas decir una palabra.
Margaery se incorporó lentamente, cubriéndose con una sábana. Su mirada ya no era la de la joven astuta y calculadora; era la de una mujer que había encontrado a su amo.
— Entiendo, Julius —dijo ella, con una voz sumisa que nunca había usado con nadie—. Estaré aquí. Siempre que lo desees.
Julius asintió, satisfecho. La red se extendía. Ya tenía a la leona de los Lannister, a la loba de los Stark y a la rosa de los Tyrell. Pero su hambre no estaba satisfecha. Aún quedaban los Martell, con su sangre caliente y sus costumbres liberales, y los Targaryen, que se creían por encima de todos por su linaje.
Esa misma noche, Julius organizó una pequeña reunión en el salón comunitario para "discutir las mejoras del edificio". Sabía que todas asistirían. Quería verlas juntas, quería oler el secreto compartido entre ellas.
Cuando entró al salón, la tensión era casi palpable. Cersei estaba en una esquina, bebiendo vino y mirando a Sansa con una mezcla de odio y complicidad. Sansa, por su parte, evitaba la mirada de todos, pero cuando Julius entró, sus ojos se iluminaron con una chispa de necesidad que no pudo ocultar. Margaery llegó poco después, impecable como siempre, pero con un caminar ligeramente más lento, una señal privada para Julius de lo que habían compartido horas antes.
Julius se situó en el centro de la sala, rodeado por las mujeres más poderosas y bellas de Poniente Luxury Towers. Se sentía como un pastor vigilando a su rebaño.
— Gracias a todas por venir —dijo Julius, su voz resonando con una autoridad nueva—. Este edificio es una comunidad. Y como su administrador, mi único deseo es que todas ustedes se sientan... satisfechas.
Sus ojos se cruzaron con los de Cersei, luego con los de Sansa y finalmente con los de Margaery. Un mensaje silencioso pasó entre ellos. Él las poseía. Él conocía sus debilidades. Y ellas, a pesar de su orgullo y su linaje, estaban encadenadas a él por el placer más oscuro.
En un rincón de la sala, Daenerys Targaryen lo observaba con curiosidad. Ella era nueva en el edificio, una mujer de una belleza etérea, con el cabello de plata y ojos que parecían contener fuego. Julius la notó de inmediato. Ella no bajó la mirada; lo desafió con la barbilla en alto.
Julius sintió un tirón en su entrepierna. La sangre de dragón sería difícil de domar, pero eso solo hacía que el juego fuera más interesante. Se acercó a ella, ignorando a las demás por un momento.
— Usted debe de ser la señorita Targaryen —dijo Julius, invadiendo su espacio personal con la confianza de quien ya se sabe ganador—. He oído que tiene algunos problemas con la instalación eléctrica de su ático. Dicen que hace demasiado calor allí arriba.
Daenerys lo miró de arriba abajo, con una expresión de desdén que no amilanó a Julius.
— Puedo manejar el calor, señor Igarashi —respondió ella con frialdad—. Los de mi estirpe estamos acostumbrados a él.
Julius soltó una carcajada baja y ronca.
— Oh, no dudo de su resistencia, Daenerys. Pero hay fuegos que no se pueden controlar sola. Mañana iré personalmente a revisar sus... conexiones. No querría que algo explotara antes de tiempo.
Daenerys abrió la boca para replicar, pero Julius ya se había dado la vuelta para seguir atendiendo a sus otros "asuntos". Sabía que la semilla estaba plantada.
El harem de Julius Igarashi crecía día a día. El hombre regordete que todos ignoraban se había convertido en el centro gravitacional de las vidas de estas mujeres. A través del sexo, del poder y de la manipulación de sus necesidades más básicas, Julius estaba construyendo un imperio dentro de aquellas paredes de cristal y acero.
Al final de la noche, cuando todos se retiraron a sus respectivos departamentos, Julius regresó a su ático. Se asomó al balcón, mirando la ciudad a sus pies. El condominio era su castillo, y las reinas de Poniente eran sus siervas. El juego de tronos se jugaba ahora en las sábanas, y Julius Igarashi tenía todas las piezas ganadoras entre sus piernas.
— Mañana —susurró al viento nocturno—, el dragón también aprenderá a arrodillarse.
Se retiró a su habitación, donde el aroma de Margaery todavía flotaba en el aire, preparándose para el siguiente día de conquista. En Poniente Luxury Towers, el dueño siempre tenía la última palabra, y Julius apenas estaba comenzando a hablar.