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Knightsbridge condominium.

La Danza de las Reinas Caídas

Julius Igarashi se contempló en el espejo de su vestidor privado, ajustándose los gemelos de oro que descansaban sobre los puños de su camisa de seda negra. Su rostro, moreno y de facciones comunes, no revelaba la tormenta de poder que bullía en su interior. Se palpó el vientre, esa redondez que muchos inquilinos habían juzgado como signo de debilidad, y sonrió. En las últimas semanas, ese mismo cuerpo había sido el yunque donde se habían quebrado los orgullos más antiguos de Poniente Luxury Towers.

Había algo embriagador en el silencio de su ático. Sabía que, varios pisos más abajo, las mujeres que antes caminaban con la barbilla en alto ahora despertaban con el pensamiento fijo en él. Sansa, Cersei, Margaery, Arianne y Daenerys. Cada una de ellas guardaba un secreto que olía a su perfume y sabía a su piel.

— El control total no se logra con cadenas de hierro —susurró Julius, tomando su tableta para revisar las cámaras de seguridad—, sino con la adicción de la carne.

En la pantalla, observó un movimiento inusual en el salón de eventos del piso intermedio. No era una reunión programada. Cersei Lannister y Margaery Tyrell estaban allí, solas, frente a frente. Julius arqueó una ceja. La rivalidad entre las dos reinas del condominio era legendaria, pero la tensión en sus rostros sugería algo nuevo: una sospecha compartida.

Julius decidió que era hora de una intervención directa. No podía permitir que sus piezas conspiraran sin su supervisión. Se puso su chaqueta hecha a medida, que apenas lograba disimular su complexión robusta, y descendió por su ascensor privado.

Al entrar en el salón, el silencio se hizo sepulcral. Cersei, con una copa de vino en la mano, lo miró con ojos que inyectaban veneno y deseo a partes iguales. Margaery, sentada con una elegancia que parecía forzada, dejó escapar un suspiro que delataba su alivio.

— Vaya, qué reunión tan encantadora —dijo Julius, caminando hacia ellas con paso pesado pero seguro—. Las dos mujeres más influyentes del edificio compartiendo confidencias. ¿Acaso están discutiendo las nuevas cuotas de mantenimiento?

— No juegues con nosotras, Julius —dijo Cersei, dejando la copa sobre una mesa de cristal con un golpe seco—. Margaery y yo hemos estado hablando. Ella tiene esa misma mirada... esa misma forma de caminar que yo tenía hace una semana.

— ¿Y qué mirada es esa, Cersei? —preguntó él, deteniéndose frente a ella, lo suficientemente cerca como para que ella pudiera oler su masculinidad.

— La mirada de alguien que ha sido reclamada —intervino Margaery, su voz perdiendo por un momento su tono aterciopelado—. Sabemos lo que estás haciendo. Estás coleccionándonos como si fuéramos trofeos en una vitrina.

Julius soltó una carcajada que resonó en las paredes de mármol. Se sentó en un sofá frente a ellas, abriendo las piernas con una confianza que resultaba casi obscena dada su figura.

— No son trofeos —corrigió él, mirándolas fijamente—. Son inquilinas que han aprendido el valor de un buen trato. Cersei, tu familia sigue viviendo en el ático más caro gracias a mi "generosidad". Margaery, tu padre tiene su puesto en la junta porque yo así lo decidí.

— ¡Es un chantaje! —exclamó Cersei, aunque dio un paso hacia él, atraída por la misma fuerza que decía despreciar.

— Es una monarquía —sentenció Julius—. Y en este edificio, el rey soy yo.

Julius se levantó y, con una audacia que las dejó sin aliento, tomó a ambas por las manos. Las atrajo hacia el centro del salón, donde las luces eran más tenues.

— ¿Creen que son las únicas? —les susurró al oído—. Sansa ya sabe lo que es arrodillarse. Arianne ha gritado mi nombre hasta perder la voz. Y Daenerys... bueno, el fuego del dragón es mucho más fácil de apagar de lo que dicen las leyendas.

El impacto de sus palabras fue visible. Cersei palideció, y Margaery sintió una punzada de celos que la sorprendió. La idea de que ese hombre regordete y poco agraciado las tuviera a todas bajo su yunque carnal era humillante, pero al mismo tiempo, encendía una chispa de competitividad oscura.

— Quiero verlas juntas —ordenó Julius, su voz volviéndose profunda y cargada de una autoridad incuestionable—. Quiero que reconozcan que aquí no hay bandos, solo súbditas.

— No puedes pedirnos eso —susurró Margaery, aunque su mano ya buscaba la cremallera de su vestido.

— Puedo pedirlo todo —respondió él—. Y ustedes me lo darán, porque sus cuerpos ya no les pertenecen. Me pertenecen a mí.

Julius se sentó de nuevo, esta vez en una silla de respaldo alto que parecía un trono improvisado. Observó cómo las dos mujeres, movidas por una mezcla de miedo, necesidad y una adicción química que él mismo había cultivado, comenzaron a desvestirse mutuamente. Era una danza de seda y encaje, de piel blanca y dorada.

Cersei, la orgullosa leona, fue la primera en quedar expuesta. Julius admiró sus curvas maduras y su postura desafiante. Margaery, con su frescura juvenil, la siguió poco después. Julius no se movió; simplemente disfrutó de la vista, dejando que su presencia llenara la habitación.

— Acérquense —dijo él, desabrochando su pantalón.

Cuando Julius se reveló ante ellas, la habitación pareció encogerse. A pesar de su vientre y su aspecto ordinario, su miembro era una declaración de guerra. Cersei ahogó un gemido, y Margaery sintió que sus rodillas flaqueaban. Era esa desproporción, esa fuerza bruta lo que las mantenía atadas a él.

El encuentro que siguió fue una sinfonía de degradación y placer. Julius las manejó con la destreza de un titiritero. Obligó a Cersei a observar mientras él tomaba a Margaery, y luego hizo que Margaery probara el sabor de la sumisión de Cersei. No había espacio para el orgullo de casta ni para los nombres de las grandes casas. En ese salón, solo había carne, sudor y el ritmo implacable de Julius.

— ¡Di quién es tu dueño, Cersei! —rugió Julius mientras la penetraba con una fuerza que la hacía chocar contra el suelo alfombrado.

— ¡Tú! —gritó ella, con las uñas clavadas en los muslos de Julius—. ¡Solo tú, Julius!

Margaery, por su parte, buscaba su atención con una desesperación que nunca habría imaginado. Se arrodilló ante él, suplicando por el mismo toque que antes la aterrorizaba. Julius la tomó del cabello, obligándola a mirarlo mientras terminaba su trabajo con Cersei.

— Todas ustedes son iguales bajo mi mando —dijo Julius, su voz ronca por el esfuerzo—. No importa si son Lannister, Tyrell o Stark. Aquí, todas son mías.

Cuando el acto terminó, las dos mujeres quedaron tendidas en el suelo, exhaustas y con el espíritu quebrado. Julius se vistió con calma, ajustándose la corbata frente a uno de los espejos del salón. Se veía como el mismo administrador de siempre, pero el brillo en sus ojos era el de un emperador.

— Mañana habrá una reunión de propietarios —dijo Julius, sin mirarlas—. Espero que ambas asistan y apoyen mis nuevas propuestas de seguridad. No quiero tener que recordarles este momento... a menos que sea para repetirlo.

Salió del salón dejando tras de sí el aroma del incienso y el rastro de su conquista. Pero su noche no había terminado. Tenía una cita pendiente en el área de los jardines interiores, donde las sombras eran más densas y los secretos más fáciles de ocultar.

Allí, bajo la luz de la luna que se filtraba por la cúpula de cristal, encontró a Sansa Stark. La joven pelirroja estaba sentada en un banco de piedra, envuelta en una capa oscura. Al verlo, se puso de pie rápidamente, sus ojos azules llenos de una ansiedad que Julius conocía bien.

— Señor Igarashi... yo... no sabía si vendría —dijo ella, su voz apenas un susurro.

— Siempre cumplo mis promesas, Sansa —respondió él, acercándose y acariciando su mejilla con un dedo grueso—. ¿Has pensado en lo que hablamos? El futuro de tu hermano Bran en esa clínica privada es costoso.

Sansa asintió, las lágrimas asomando a sus ojos.

— Haré lo que sea. Mi padre no puede saberlo, él moriría de vergüenza.

— Tu padre es un hombre de otros tiempos, Sansa —dijo Julius, bajando su mano hacia el cuello de la joven—. En este mundo, la vergüenza es un lujo que los pobres no pueden permitirse. Y los Stark, ahora mismo, son muy pobres.

La llevó hacia una pequeña pérgola oculta por enredaderas. Allí, en la oscuridad del jardín, Julius volvió a reclamar lo que consideraba suyo. Sansa, a pesar de su timidez inicial, se entregó con una pasión desesperada. Había algo en la figura protectora y al mismo tiempo depredadora de Julius que la hacía sentirse segura y perdida a la vez.

— Eres tan dulce, Sansa —le decía él mientras la poseía contra la piedra fría—. La más dulce de todas mis flores.

— ¡Julius, por favor! —gemía ella, escondiendo el rostro en el hombro de él—. No me dejes... no dejes que nos echen.

— Mientras seas una buena chica, los Stark tendrán un hogar —respondió él, aumentando el ritmo hasta que Sansa estalló en un orgasmo que hizo eco en el jardín silencioso.

Al terminar, Julius la dejó marchar con una palmadita condescendiente. Se quedó un momento solo, respirando el aire fresco de la noche. Se sentía invencible. El condominio era un organismo vivo, y él era el corazón que bombeaba la sangre.

De regreso a su oficina, Julius revisó sus mensajes. Tenía uno de Daenerys. "Necesito verte. El calor es insoportable". Julius sonrió. La reina de plata estaba aprendiendo que el fuego que él ofrecía era el único que podía satisfacerla.

Se sentó en su escritorio y abrió un cajón secreto. Allí guardaba fotografías y grabaciones de sus encuentros. No eran para chantaje, al menos no todavía. Eran sus tesoros. Observó una foto de Arianne Martell, su piel morena brillando bajo las luces de su oficina. Ella sería la siguiente en recibir una visita larga.

— El harem está casi completo —murmuró Julius, bebiendo un último sorbo de whisky—. Pero aún falta la pieza final.

Sus pensamientos volaron hacia Melisandre, la misteriosa mujer que se encargaba de las relaciones públicas del edificio y que siempre vestía de rojo. Ella lo observaba con una mirada que Julius no lograba descifrar. No era miedo, ni era deseo simple. Era como si ella supiera lo que él era antes de que él mismo lo descubriera.

— Ella será el desafío definitivo —pensó Julius, cerrando los ojos—. Pero por ahora, disfrutaré de lo que he construido.

El dueño de Poniente Luxury Towers se recostó en su silla, escuchando los sonidos lejanos de la ciudad. Sabía que en cada piso de su edificio, una mujer estaba soñando con él, odiándolo y deseándolo en igual medida. Había transformado un complejo de apartamentos de lujo en un palacio de placer y sumisión.

No era un hombre agraciado, no era un guerrero, ni tenía un apellido ilustre. Pero Julius Igarashi había logrado lo que nadie más pudo: poner de rodillas a las reinas de Poniente sin disparar una sola flecha, usando solo la debilidad de sus corazones y la insaciable necesidad de sus cuerpos.

La noche era joven, y Julius sabía que su conquista apenas estaba entrando en su fase más gloriosa. Cada gemido, cada súplica y cada mirada de sumisión eran los ladrillos de su nuevo imperio. Un imperio donde él era el único dios, y el placer era la única ley.

Se levantó una vez más, dirigiéndose hacia el ventanal. La ciudad brillaba abajo, pero su mundo estaba aquí, en estos pasillos alfombrados y puertas con códigos de seguridad.

— Que vengan los dragones, que vengan los leones —dijo con una sonrisa depredadora—. Aquí, todos terminan en mi cama.

Julius apagó las luces de su oficina, dejando que la oscuridad lo envolviera. Mañana sería otro día de cobros y favores, de deudas y placeres. Y él estaba listo para reclamarlo todo, una habitación a la vez, una mujer a la vez, hasta que no quedara un solo rincón de Poniente Luxury Towers que no supiera su nombre y no hubiera sentido su poder.

La danza de las reinas caídas continuaba, y Julius Igarashi era el único que marcaba el paso. Su harem era una realidad vibrante y adictiva, una red de seda de la que ninguna de ellas, por mucho que lo intentara, querría escapar jamás. Porque en los brazos de aquel hombre regordete y pervertido, habían descubierto una verdad que sus tronos nunca les dieron: la libertad absoluta que solo se encuentra en la entrega total.