Knightsbridge condominium.
El Despertar del Dragón y la Caída del Martell
Julius Igarashi se despertó con la sensación de un conquistador que contempla su mapa antes de la batalla final. El sol de la mañana se filtraba por las pesadas cortinas de su ático, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Se sentó en la cama, sintiendo cómo su vientre se apoyaba cómodamente sobre sus muslos. Para el mundo exterior, él era un administrador con sobrepeso y poco carisma; para las mujeres más poderosas del edificio, él era el eje de su nueva y vergonzosa existencia.
Se dirigió al baño de mármol y se observó en el espejo mientras se afeitaba. Pensó en Daenerys Targaryen. Había algo en su mirada plateada que sugería que no caería tan fácilmente como Sansa o Margaery. Ella tenía una altivez que rayaba en lo divino, una creencia de que su sangre era superior. Julius sonrió, cortándose apenas un poco con la cuchilla. La sangre roja que brotó era igual a la de cualquier otra persona.
—Todos sangran, Daenerys —susurró para sí mismo—. Y todas sudan bajo mi peso.
Antes de ocuparse de la "reina" de los cabellos de plata, Julius decidió dar un paseo por los niveles inferiores. Tenía un asunto pendiente con la familia Martell. Los Martell de Dorne ocupaban el piso 4, un espacio que habían transformado en un oasis de plantas exóticas, incienso y un ambiente de liberalismo que a menudo rozaba lo escandaloso. Arianne Martell, la hija del propietario de ese piso, era su objetivo de la mañana.
Arianne no era como las demás. Mientras que Cersei era orgullo y Sansa era inocencia, Arianne era fuego puro y piel bronceada. Julius la encontró en el gimnasio privado del cuarto piso, practicando yoga. Llevaba unos leggings tan ajustados que parecían una segunda piel y un top que dejaba al descubierto su abdomen plano y tonificado.
Julius entró sin llamar, apoyándose en el marco de la puerta. Se tomó su tiempo para observar cómo ella se estiraba, su cuerpo moreno formando curvas que harían perder el juicio a cualquier hombre.
—Su técnica es impresionante, señorita Martell —dijo Julius, dejando que su mirada se clavara descaradamente en la apertura de sus piernas durante un estiramiento—. Aunque me temo que su familia ha estado haciendo un uso... excesivo de las áreas comunes para sus fiestas nocturnas.
Arianne se enderezó con una gracia felina, limpiándose el sudor de la frente con una toalla. Sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de desafío y diversión.
—Señor Igarashi —dijo ella, acercándose a él con un caminar que era un balanceo de caderas puro—. En Dorne no creemos en los límites. La vida es para disfrutarla. ¿O es que el administrador del edificio es tan puritano que le molestan unas cuantas risas y un poco de música?
—No me molesta el ruido, Arianne —respondió Julius, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal—. Me molesta que no se me haya invitado a participar. Y me molesta que las reglas del condominio se ignoren sin pagar el precio correspondiente.
Arianne soltó una risotada, echando la cabeza hacia atrás. Su risa era ronca y sensual.
—¿Usted? ¿Participar en nuestras fiestas? —Ella lo miró de arriba abajo, deteniéndose en su complexión regordeta con una mueca de desdén—. No creo que pudiera seguir el ritmo, Julius. Somos gente de sangre caliente. Usted parece más... de digestión lenta.
Julius no se inmutó. Al contrario, sonrió de esa manera tranquila que ahora aterrorizaba a Cersei. Dio un paso más, quedando tan cerca que Arianne pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Crees que me conoces por lo que ves —susurró Julius, bajando la voz hasta convertirla en una vibración—. Pero las mujeres de los pisos superiores te dirían que mi ritmo es el único que importa en este edificio.
Antes de que Arianne pudiera responder con otro sarcasmo, Julius le rodeó la nuca con una mano firme y la atrajo hacia él. El beso fue un choque de civilizaciones. Arianne intentó morderlo, intentó luchar, pero Julius la inmovilizó contra una de las máquinas de pesas. Su fuerza era sorprendente, una potencia sólida escondida bajo la capa de grasa.
Cuando Julius se separó, Arianne jadeaba, su desdén reemplazado por una confusión eléctrica.
—Esta noche, a las ocho —dijo Julius, ajustándose la corbata—. Mi oficina. Si no vienes, firmaré la orden de desalojo para los Martell por violaciones repetidas al código de convivencia. Y créeme, Arianne, no querrás ver a tu padre en la calle por culpa de tu arrogancia.
Julius se dio la vuelta y salió del gimnasio sin mirar atrás. Sabía que Arianne iría. El desafío era su droga, y él acababa de darle la dosis más fuerte de su vida.
El resto del día transcurrió en una bruma de anticipación. Julius revisó informes, autorizó reparaciones menores y recibió una llamada de una sumisa Sansa Stark, quien le preguntaba con voz temblorosa si necesitaba que ella "limpiara su oficina" más tarde. Julius la rechazó con frialdad; hoy quería carne nueva.
A las ocho en punto, Arianne Martell entró en su oficina. No llevaba ropa de gimnasia esta vez. Vestía un vestido de seda amarilla que se anudaba al cuello, dejando su espalda completamente desnuda. Su expresión era de una furia contenida, pero sus ojos delataban una curiosidad que no podía ocultar.
—Estoy aquí, Igarashi —dijo ella, cruzando los brazos—. Pero no pienses que voy a suplicar como esas rubias del norte.
—No quiero que supliques, Arianne —dijo Julius, levantándose de su escritorio—. Quiero que te des cuenta de quién es el verdadero sol de este lugar.
Julius caminó hacia ella y, sin decir una palabra más, tiró del nudo de su vestido. La seda amarilla cayó al suelo como una cascada de oro. Arianne se quedó quieta, desafiante, orgullosa de su cuerpo perfecto. Julius no esperó. La tomó por la cintura y la lanzó sobre el sofá de cuero negro.
—En Dorne dicen que el sol nunca se pone —gruñó Julius mientras se desvestía—. Aquí, yo soy el que decide cuándo amanece.
El encuentro con Arianne fue el más salvaje hasta la fecha. Ella era una luchadora, una mujer que arañaba y mordía, pero Julius la dominó con una brutalidad metódica. Cada vez que ella intentaba tomar el control, él la sometía con su peso y su imponente miembro, dejándola sin aliento. El sofá crujía bajo el ritmo frenético de sus cuerpos.
—¡Eres un monstruo! —gritaba Arianne, mientras sus orgasmos se sucedían uno tras otro, cada uno más violento que el anterior—. ¡Un maldito monstruo!
—Soy tu dueño, Arianne —respondía él, hundiéndose en ella con una fuerza que parecía querer alcanzar su alma—. Di mi nombre.
—¡Julius! ¡Ahhh, Julius!
Cuando terminaron, Arianne estaba exhausta, con la piel morena cubierta de un brillo de sudor y marcas de dientes en los hombros. Julius se vistió con su habitual parsimonia, observándola con una sonrisa de suficiencia.
—Puedes quedarte con tus fiestas, Arianne —dijo él—. Siempre y cuando me guardes el mejor lugar.
Arianne lo miró desde el sofá, su fuego interno ahora convertido en una brasa de adicción. No dijo nada, pero la forma en que sus dedos acariciaban el lugar donde él había estado momentos antes lo decía todo.
Pero el plato principal de la noche aún estaba por servirse. Julius salió de su oficina y se dirigió al ático de Daenerys Targaryen. Había usado su llave maestra para entrar en el pasillo privado. El aire aquí arriba era diferente; olía a sándalo y a algo metálico, como el ozono antes de una tormenta.
Daenerys estaba en su balcón, mirando hacia la ciudad. Llevaba una bata de seda blanca, casi transparente bajo la luz de la luna. Al escuchar sus pasos, no se dio la vuelta.
—Sabía que vendrías, señor Igarashi —dijo ella con esa voz melodiosa que parecía venir de otro tiempo—. Mis dragones me advirtieron de una presencia oscura en este edificio.
Julius soltó una risa seca.
—No tienes dragones aquí, Daenerys. Solo tienes un contrato de arrendamiento que expira en tres meses y una cuenta bancaria que se está vaciando más rápido de lo que tus "conquistas" en el extranjero pueden reponer.
Daenerys se giró. Su belleza era cegadora, casi irreal. Sus ojos violetas brillaron con una furia fría.
—¿Te atreves a amenazarme a mí? —preguntó ella, dando un paso hacia él—. Yo soy la que nació de la tormenta. Yo soy la sangre del dragón.
—Y yo soy el dueño del suelo que pisas —replicó Julius, acercándose a ella sin miedo—. En este mundo de concreto y acero, tus títulos no valen nada. Aquí, el único rey soy yo.
Julius la tomó por los hombros. Daenerys intentó abofetearlo, pero él le atrapó la muñeca con una mano y la presionó contra la barandilla del balcón. El viento soplaba con fuerza a esa altura, agitando el cabello plateado de la joven.
—Suéltame, hombre pequeño —siseó ella, aunque su cuerpo traicionaba su voz, reaccionando a la proximidad física de Julius.
—¿Hombre pequeño? —Julius sonrió, pegando su cuerpo al de ella—. Vamos a ver qué tan grande te sientes cuando te tenga bajo mi mando.
Julius abrió la bata de Daenerys, dejando que el viento nocturno acariciara su piel pálida. Ella era hermosa, una estatua de marfil viviente. Pero Julius no buscaba adorarla; buscaba profanarla.
La llevó al interior del ático, hacia la cama con dosel que dominaba la habitación. Daenerys luchaba, pero era una lucha de orgullo, no de fuerza. Cuando Julius la lanzó sobre el colchón y se despojó de su ropa, la expresión de la Targaryen cambió. Por primera vez, el miedo y la fascinación se mezclaron en sus ojos violetas al ver la magnitud de lo que Julius traía consigo.
—No... tú no puedes... —empezó a decir ella.
—Puedo hacer lo que quiera, Daenerys —dijo Julius, subiéndose sobre ella, su cuerpo moreno y pesado contrastando con la fragilidad blanca de la joven—. Hoy, el fuego del dragón se va a apagar con mi semilla.
La penetración fue un acto de conquista absoluta. Daenerys soltó un grito que no fue de dolor, sino de una revelación abrumadora. Era como si un rayo la hubiera atravesado. Julius no tuvo piedad. La trató como lo que era: una mujer que necesitaba ser reclamada. Sus embestidas eran profundas, lentas al principio para dejar que ella sintiera cada milímetro de su invasión, y luego rápidas y despiadadas.
—¡Yo soy la reina! —gritaba Daenerys, sus manos agarrando las sábanas con desesperación mientras su cuerpo se arqueaba bajo el de Julius—. ¡Yo soy...!
—¡Tú no eres nada más que mi mujer! —rugió Julius, dándole la vuelta y tomándola por detrás, obligándola a mirar hacia el ventanal donde se reflejaba su propia sumisión.
Daenerys se quebró. El fuego que decía tener en la sangre se convirtió en un incendio de placer que la consumió por completo. Sus gritos de protesta se transformaron en súplicas de más, en gemidos que pedían que Julius nunca se detuviera. La "Madre de Dragones" estaba siendo domada por un hombre que ella consideraba un plebeyo, y la humillación de ese hecho era lo que más la excitaba.
Cuando Julius finalmente descargó su poder dentro de ella, Daenerys se derrumbó sobre la cama, sollozando de puro éxtasis. Julius se quedó sobre ella un momento, sintiendo los latidos de su corazón contra su espalda.
—Mañana —dijo Julius, su voz ronca pero firme—, enviaré a los técnicos para que arreglen el aire acondicionado. Pero me parece que ya no vas a sentir tanto calor, Daenerys.
Él se levantó y se vistió, dejando a la última de los Targaryen hecha un ovillo entre las sábanas de seda. Antes de salir, se detuvo en la puerta y miró hacia atrás.
—Bienvenida al condominio, Daenerys. Espero que disfrutes de tu estancia.
Julius salió al pasillo, sintiéndose más vivo que nunca. En una sola noche había reclamado el sol de Dorne y el fuego de Valyria. Su harem estaba casi completo. Las familias más grandes de la historia ahora eran solo piezas en su tablero de juego carnal.
Mientras caminaba hacia el ascensor, Julius ya estaba planeando su siguiente movimiento. El edificio "Poniente Luxury Towers" era su reino, y él era el único dios que sus habitantes conocían ahora. No necesitaba coronas ni tronos; le bastaba con las llaves de sus habitaciones y el poder que guardaba entre sus piernas para mantenerlas a todas a sus pies, adictas a su toque y esclavas de sus deseos.
La conquista continuaba, y Julius Igarashi apenas estaba calentando motores.