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Kook mirame

El aroma de la lluvia y el peso del pasado

El sonido rítmico de la lluvia golpeando contra los inmensos ventanales de cristal de la mansión Jeon creaba una atmósfera de aislamiento casi absoluto. Afuera, el cielo de Seúl se había teñido de un gris plomizo, desgarrado de vez en cuando por el resplandor súbito de un relámpago que iluminaba la estancia con una luz blanca y fantasmal. Dentro, sin embargo, el ambiente era cálido, al menos en apariencia.

Yoongi estaba sentado en la alfombra de felpa blanca, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en sus manos. Sus ojos brillaban con una alegría infantil mientras observaba una serie de dibujos animados en la enorme pantalla, pero su atención se desviaba constantemente hacia el sofá de cuero negro. Allí, Jungkook estaba sumergido en un mar de documentos, con el ceño fruncido y una pluma estilográfica que se movía con precisión quirúrgica sobre el papel.

Para Yoongi, el incidente de la oficina y la fotografía encontrada en el cajón se habían convertido en un recuerdo que decidió guardar en el rincón más oscuro de su mente. Su corazón era demasiado blando para albergar rencor. Había decidido que, si Jungkook tenía un hueco en su alma, él lo llenaría con tanta dulzura que el pasado acabaría por disolverse.

—Kookie —susurró Yoongi, gateando por la alfombra hasta quedar junto a las piernas de su esposo—. ¿Quieres que te traiga un té de jazmín? Estás trabajando mucho y el ruido de los truenos te tiene tenso.

Jungkook no apartó la vista del contrato que estaba revisando. Su postura era rígida, una estatua de frialdad en medio de la comodidad del hogar.

—Estoy bien, Yoongi. No me distraigas —respondió con esa voz monótona que ya era una constante entre ellos.

Yoongi, lejos de desanimarse, apoyó la cabeza en la rodilla de Jungkook. Era un gesto de sumisión y cariño puro, un mimo que buscaba romper la barrera invisible que los separaba. Con dedos delicados, comenzó a acariciar la tela del pantalón de Jungkook, subiendo lentamente hasta rozar su mano.

—Solo un poquito de descanso, ¿sí? —insistió Yoongi con un tono cantarín—. Mira, el gatito de la tele se parece a ti cuando te despiertas.

Jungkook suspiró con pesadez, pero no lo apartó. Ese era el máximo triunfo de Yoongi: el permiso de existir en su espacio personal sin ser rechazado de inmediato. Jungkook sentía el calor del cuerpo de Yoongi contra su pierna y, aunque su mente le gritaba que mantuviera la distancia, una parte primitiva de su ser encontraba consuelo en esa devoción incondicional.

—Mañana tengo que cerrar el trato con la constructora —dijo Jungkook, más para sí mismo que para Yoongi—. No hay margen para errores.

—Tú nunca cometes errores, Kookie. Eres el más inteligente de todos —Yoongi se puso de rodillas y, con una valentía renovada, rodeó el cuello de Jungkook con sus brazos, depositando un beso húmedo y sonoro en su mejilla—. Te amo tanto. Eres mi héroe.

Jungkook cerró los ojos un instante. El contacto de la piel suave de Yoongi y ese aroma a jabón de vainilla que siempre lo rodeaba eran peligrosamente seductores. Por un segundo, la imagen de la mujer de la fotografía intentó emerger, pero el peso real y tangible de Yoongi sobre su pecho la mantuvo a raya. No respondió al "te amo", nunca lo hacía, pero permitió que Yoongi se quedara allí, abrazado a él, durante varios minutos mientras el estruendo de un rayo hacía vibrar los cristales.

El momento de paz se rompió cuando el timbre de la mansión resonó con una urgencia inusual.

Jungkook frunció el ceño, consultando su reloj de pulsera. Eran casi las nueve de la noche. En un día de tormenta como aquel, no esperaban visitas, y el servicio ya se había retirado a sus dependencias en el ala trasera de la propiedad.

—¿Quién podrá ser a esta hora? —preguntó Yoongi, separándose de Jungkook con curiosidad—. Quizás es un paquete que olvidaron entregar. ¡Yo voy!

—Yoongi, espera... —comenzó a decir Jungkook, pero el menor ya se había puesto en pie y caminaba con paso saltarín hacia el vestíbulo.

Jungkook se quedó sentado, con la pluma suspendida sobre el papel. Una sensación de inquietud, un presentimiento amargo, comenzó a trepar por su columna vertebral. El sonido de la lluvia parecía haberse vuelto más agresivo, como si el cielo intentara advertirle de algo.

En la entrada, Yoongi tarareaba una canción mientras abría la pesada puerta de madera tallada. Al hacerlo, una ráfaga de viento frío y gotas de lluvia lo golpearon, obligándolo a parpadear.

Frente a él, bajo el umbral, se encontraba una mujer. Estaba empapada de pies a cabeza. Su vestido de seda, que alguna vez debió ser elegante, se pegaba a su cuerpo con una transparencia indecente, y su cabello largo y oscuro goteaba sobre sus hombros. A pesar de su estado deplorable, su belleza era innegable, una belleza sofisticada y madura que contrastaba con la apariencia aniñada de Yoongi.

—¿Sí? ¿Desea algo? —preguntó Yoongi, ladeando la cabeza con su habitual amabilidad—. Está lloviendo muy fuerte, ¿necesita ayuda?

La mujer no respondió de inmediato. Sus ojos, grandes y cargados de una melancolía estudiada, recorrieron a Yoongi con una mezcla de sorpresa y desdén. Luego, su mirada se dirigió hacia el interior de la mansión, más allá del hombro del chico.

—¿Está Jungkook? —preguntó ella. Su voz era suave, pero tenía un eco de autoridad que hizo que Yoongi retrocediera un paso sin saber por qué.

—¿Kookie? Sí, él está... pero está trabajando y...

—¿Quién es, Yoongi? —la voz de Jungkook llegó desde el salón, firme y profunda.

Yoongi se hizo a un lado, permitiendo que la luz del vestíbulo iluminara a la visitante. Jungkook apareció en el pasillo, con las manos en los bolsillos de su pantalón, pero se detuvo en seco al ver la figura bajo el marco de la puerta.

El mundo pareció detenerse. El sonido de la televisión, los truenos, incluso el latido del corazón de Yoongi, todo se desvaneció en un silencio sepulcral.

Jungkook se quedó estático, como si hubiera visto a un espectro regresar del infierno. Sus pupilas se dilataron y su rostro, que ya era pálido, adquirió una lividez cadavérica. Sus manos, ocultas en sus bolsillos, se cerraron en puños tan apretados que sus nudillos crujieron.

—¿Min-hee? —el nombre salió de los labios de Jungkook como un susurro roto, cargado de un dolor que Yoongi nunca le había escuchado.

La mujer esbozó una sonrisa temblorosa, y una lágrima —o quizás solo fuera agua de lluvia— rodó por su mejilla.

—Hola, Jungkook. Ha pasado mucho tiempo.

Yoongi miraba de uno a otro, sintiendo cómo el aire en sus pulmones se volvía pesado. Recordó la foto. Recordó la caligrafía elegante. Era ella. El "eterno amor" de Jungkook estaba allí, de pie en su entrada, reclamando un espacio que Yoongi creía haber empezado a ganar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Jungkook. Su voz recuperó algo de su dureza, pero había una vibración de vulnerabilidad que no podía ocultar—. Te fuiste. Dijiste que no volverías de Nueva York.

—Me equivoqué, JK —dijo ella, dando un paso hacia el interior, ignorando por completo la presencia de Yoongi—. Cometí el peor error de mi vida al dejarte. No he podido olvidarte ni un solo segundo. La lluvia... siempre me recordaba a nosotros. No sabía a dónde más ir.

Yoongi sintió un pinchazo punzante en el pecho. Se sentía como un intruso en su propia casa. Miró a su esposo, esperando que él le dijera a esa mujer que se fuera, que él ahora estaba casado, que tenía una vida con él. Pero Jungkook no decía nada. Estaba hipnotizado, atrapado en los ojos de la mujer que le había enseñado qué era el amor antes de enseñarle qué era la agonía.

—Estás empapada —murmuró Jungkook, finalmente rompiendo su parálisis. Caminó hacia ella, pasando al lado de Yoongi como si este fuera un mueble más de la decoración—. Te vas a enfermar.

—No me importa enfermarme si puedo verte —respondió Min-hee, estirando una mano para tocar el brazo de Jungkook.

Yoongi vio cómo los dedos de la mujer se posaban sobre la misma tela que él había estado acariciando minutos antes. La diferencia era que, ante el toque de ella, Jungkook no se tensó con fastidio; se estremeció con una intensidad que delataba que el fuego nunca se había apagado del todo.

—Yoongi —dijo Jungkook sin mirarlo—, ve a buscar unas toallas secas y prepara la habitación de invitados. Y trae algo de ropa limpia... de la que te queda grande.

El corazón de Yoongi se hizo pedazos. "De la que te queda grande". Jungkook quería que él vistiera a su exnovia, al amor de su vida, con su propia ropa.

—Kookie... —susurró Yoongi con los ojos llenos de lágrimas—. Es tarde, y ella... ella podría ir a un hotel, nosotros podemos pagarle uno...

—Haz lo que te dije, Yoongi —la voz de Jungkook fue cortante, fría como el granizo—. Ahora.

Yoongi bajó la cabeza, tratando de ocultar el temblor de sus labios. Asintió mecánicamente y se dio la vuelta, subiendo las escaleras con las piernas pesadas. Cada escalón se sentía como una montaña. Al llegar al rellano, no pudo evitar mirar hacia abajo una última vez.

Vio a Jungkook guiando a Min-hee hacia el salón, con una mano suavemente apoyada en su espalda. Era el mismo gesto protector que Yoongi siempre había anhelado para sí mismo, pero que Jungkook solo le daba cuando había cámaras delante o cuando la obligación lo presionaba.

En el dormitorio, Yoongi buscó en el armario. Sacó un suéter de lana blanca, uno que Jungkook le había regalado en su primer aniversario (probablemente comprado por su secretaria, pero que Yoongi atesoraba como una reliquia). Era suave, cálido y olía a él. Sus manos apretaron la prenda contra su pecho mientras se dejaba caer en el borde de la cama, permitiendo que las primeras lágrimas fluyeran.

—Él no me ama —sollozó en silencio—. Nunca me amó. Solo soy el reemplazo de alguien que nunca se fue.

Abajo, en el salón, el ambiente era eléctrico. Jungkook había servido una copa de brandy para Min-hee, quien se había envuelto en una manta que Yoongi solía usar para ver sus caricaturas.

—Estás casado —dijo ella, rompiendo el silencio mientras observaba las fotos de la boda que adornaban la chimenea.

—Fue un matrimonio de conveniencia —respondió Jungkook, sentado frente a ella, incapaz de apartar la mirada de su rostro—. Mis padres... la empresa... ya sabes cómo funciona este mundo.

—Él parece... muy joven. Y muy dedicado a ti —comentó Min-hee con un tono que rozaba la burla.

Jungkook apretó el puente de su nariz.

—Yoongi es... bueno. Cuida de la casa. Es cariñoso. Pero no es lo que tú y yo teníamos, Min-hee. Eso no se puede repetir.

—¿Estás seguro? —ella se levantó y caminó hacia él, dejando caer la manta. Se arrodilló entre sus piernas, apoyando las manos en sus rodillas, imitando inconscientemente la posición en la que Yoongi había estado poco antes—. Porque yo he vuelto por ti, Jungkook. No me importa que estés casado. Sé que todavía me amas. Lo veo en tus ojos. Estás aterrado porque sabes que tengo razón.

Jungkook no la apartó. El dolor de la traición pasada luchaba contra el deseo presente. Ella lo había dejado por otro hombre, por ambición, por miedo, pero allí estaba, pidiendo perdón con la misma mirada que lo había vuelto loco años atrás.

Yoongi bajó las escaleras lentamente, con el suéter blanco y las toallas en sus brazos. No quería espiar, pero el diseño abierto de la casa hacía imposible no ver la escena en el salón. Se detuvo en la sombra del pasillo, viendo cómo la mujer que representaba su mayor pesadilla estaba peligrosamente cerca del rostro de su esposo.

—Kookie... —la voz de Yoongi fue apenas un hilo, pero bastó para que ambos se separaran.

Jungkook se puso en pie de inmediato, aclarando su garganta, con una expresión de culpa que nunca antes había mostrado.

—Trae las cosas, Yoongi —ordenó, tratando de recuperar su compostura de empresario frío.

Yoongi se acercó, entregando el suéter a la mujer sin mirarla a los ojos. Min-hee lo tomó con una sonrisa triunfal.

—Gracias, pequeño —dijo ella, con una condescendencia que hizo que Yoongi quisiera desaparecer—. Es un suéter muy lindo. Espero que no te importe que lo use.

Yoongi no respondió. Miró a Jungkook, buscando desesperadamente una señal, una palabra, algo que le dijera que él seguía siendo el dueño de ese hogar. Pero Jungkook evitó su mirada, centrándose en explicarle a Min-hee dónde estaba el baño de invitados.

Esa noche, el silencio en la mansión Jeon fue más aterrador que cualquier trueno. Min-hee se instaló en la habitación de invitados, a solo unos metros del dormitorio principal.

Cuando Jungkook entró en la habitación, encontró a Yoongi ya metido en la cama, dándole la espalda y cubierto hasta la nariz. El ambiente estaba cargado de una tensión insoportable. Jungkook se cambió de ropa en silencio y se acostó en su lado de la cama.

Pasaron los minutos. El único sonido era el de la lluvia, que finalmente empezaba a amainar.

—¿Estás despierto? —preguntó Jungkook a la oscuridad.

Yoongi no respondió, aunque sus hombros temblaban levemente.

—Ella solo se quedará hasta que pase la tormenta y encuentre un lugar —continuó Jungkook, como si intentara convencerse a sí mismo—. No significa nada.

Yoongi se dio la vuelta bruscamente, con los ojos rojos y las mejillas empapadas.

—¡Significa todo! —exclamó con una voz que sorprendió a Jungkook por su fuerza—. He visto cómo la miras, Kookie. Nunca me has mirado así a mí. Ni una sola vez en dos años. Yo trato de hacerte feliz, te cocino, te doy mimos, te amo con todo lo que tengo... ¿y ella solo tiene que aparecer mojada por la lluvia para que te olvides de que existo?

—Yoongi, no seas infantil. Esto es complicado —dijo Jungkook, endureciendo su expresión para ocultar su propia confusión.

—No es complicado. Es cruel —Yoongi se sentó en la cama, abrazando sus rodillas—. Ella te rompió el corazón. Yo intenté arreglarlo. Pero parece que prefieres los pedazos rotos de ella que el corazón entero que yo te ofrezco.

Jungkook no supo qué decir. La verdad en las palabras de Yoongi era un espejo en el que no quería mirarse. Se dio la vuelta, dándole la espalda a su esposo, cerrando la comunicación como siempre hacía cuando se sentía acorralado.

—Duérmete, Yoongi. Mañana será un día largo.

Yoongi se quedó sentado en la oscuridad, escuchando la respiración de Jungkook. Sabía que, en la habitación de al lado, la mujer de la foto estaba esperando su oportunidad. Y sabía que su amor, por muy intenso y puro que fuera, quizás no era suficiente para luchar contra un fantasma que acababa de cobrar vida.

Se acostó de nuevo, pero esta vez no buscó el calor de Jungkook. Se quedó en su borde de la cama, sintiendo que el jarrón delicado que era su alma acababa de recibir el golpe definitivo. La tormenta de afuera había terminado, pero la que acababa de empezar dentro de su hogar amenazaba con destruirlo todo.

Sin decir una palabra más, Yoongi cerró los ojos, deseando que al despertar todo hubiera sido un mal sueño, aunque en el fondo sabía que su vida de cuento de hadas se había convertido, finalmente, en una jaula de cristal con las puertas abiertas de par en par para el pasado.