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Kook mirame

El susurro de la traición en el pasillo

La mansión de los Jeon ya no olía a sándalo y vainilla; ahora, el aire estaba impregnado de un perfume floral empalagoso y caro que pertenecía a Winter. La exnovia de Jungkook no solo se había quedado una noche, sino que había extendido su estancia bajo el pretexto de que su apartamento en Nueva York había sido vendido y necesitaba tiempo para reubicarse en Seúl. Jungkook, atrapado en una red de culpa y nostalgia, no se había negado.

Para Yoongi, los días se habían convertido en un calvario silencioso. Cada rincón de su hogar, el santuario que él cuidaba con tanto esmero, estaba siendo invadido. Winter no era una invitada discreta; era un recordatorio andante de todo lo que Yoongi no era.

Eran las cuatro de la tarde. Yoongi estaba en la cocina, preparando unos pequeños pasteles de arroz con la esperanza de que Jungkook, al llegar, notara su esfuerzo. Sus dedos, pequeños y hábiles, trabajaban la masa con delicadeza cuando escuchó el rítmico taconeo de Winter acercándose.

—Huelen bien, Yoongi —dijo ella, apoyándose en la isla de mármol con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos—. Aunque a Jungkook nunca le gustaron mucho los dulces tradicionales. Él siempre ha preferido el chocolate amargo, el que solíamos comprar en aquella pequeña boutique de París. ¿Te lo ha contado alguna vez?

Yoongi apretó los labios, sintiendo un nudo en el estómago.

—Él se come lo que yo le preparo —respondió Yoongi en un susurro, sin levantar la vista—. Dice que mi comida es reconfortante.

Winter soltó una risita suave, una que sonaba como cristales rotos.

—Oh, claro que sí. Eres como una pequeña mascota adorable, Yoongi. Tan servicial. Pero Jungkook necesita más que "confort". Necesita fuego, necesita a alguien que entienda el peso de su imperio. Recuerdo que, cuando estábamos juntos, pasábamos noches enteras analizando estrategias de mercado mientras compartíamos una botella de vino tinto. Él decía que yo era su mano derecha.

—Yo soy su esposo —replicó Yoongi, finalmente alzando la mirada. Sus ojos estaban ligeramente empañados, pero había una chispa de dignidad en ellos—. El papel dice que somos compañeros de vida.

—El papel es solo papel, cariño —Winter se acercó más, invadiendo el espacio personal de Yoongi—. El corazón es otra cosa. ¿Sabes por qué guarda mi foto? Porque fui la única que lo hizo sentir vivo antes de que se convirtiera en esta máquina de hacer dinero. Tú solo eres el bálsamo para su soledad, pero los bálsamos se gastan con el tiempo.

Yoongi no respondió. Se dio la vuelta para meter los pasteles en el vaporizador, tratando de ignorar el temblor de sus manos. Winter se quedó allí un rato más, relatando anécdotas de viajes lujosos y promesas susurradas al oído, marcando su territorio con palabras afiladas.

Cuando llegaron las siete, el sonido del coche de Jungkook resonó en la entrada. Yoongi, por puro instinto y por la devoción ciega que aún le profesaba, se limpió las manos en su delantal rosa y corrió hacia el vestíbulo. Era su momento favorito, el único que lo mantenía en pie: el beso de bienvenida.

Sin embargo, esta vez no llegó primero.

Winter, vestida con un elegante vestido de seda que acentuaba sus curvas, se deslizó por el pasillo con una agilidad felina. Antes de que Yoongi pudiera siquiera pronunciar el nombre de su esposo, ella ya estaba frente a Jungkook.

—¡Bienvenido a casa, JK! —exclamó Winter con una voz melodiosa.

Yoongi se detuvo en seco a unos metros de distancia. Vio cómo Winter rodeaba el cuello de Jungkook con sus brazos, de una manera mucho más segura y posesiva de lo que él jamás se había atrevido. Jungkook, sorprendido, no la apartó. Sus manos dudaron un segundo antes de posarse en la cintura de la mujer.

—Hola, Winter —murmuró Jungkook. Su voz no era tan gélida como de costumbre; tenía un matiz de desconcierto y algo que Yoongi identificó, con horror, como familiaridad.

Winter se puso de puntillas y depositó un beso lento en los labios de Jungkook. No fue un roce casto en la frente como los que él le daba a Yoongi; fue un beso real, cargado de historia. Yoongi sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se quedó allí, con las manos entrelazadas, una figura pequeña y olvidada en las sombras de su propia casa.

Jungkook finalmente abrió los ojos y vio a Yoongi. Hubo un destello de algo parecido a la vergüenza en su mirada oscura, pero rápidamente recuperó su máscara de frialdad. Se separó suavemente de Winter.

—Yoongi —dijo Jungkook a modo de saludo.

—Hola, Kookie —respondió Yoongi, esforzándose por que su voz no se quebrara—. Preparé pasteles de arroz. Y la cena está casi lista.

—Gracias —dijo Jungkook, pero su atención volvió de inmediato a Winter, quien le estaba quitando el maletín de la mano con una naturalidad insultante.

—Ven, Jungkook, te serví una copa de ese whisky que tanto te gusta en el estudio —dijo Winter, entrelazando su brazo con el de él—. Tenemos que hablar sobre la propuesta de la constructora que me mostraste anoche. Tengo un par de ideas que podrían interesarte.

Jungkook asintió, dejándose guiar.

—Está bien. Yoongi, cenaremos en una hora. No nos interrumpas en el estudio, por favor.

Yoongi se quedó solo en el vestíbulo. El silencio de la casa parecía burlarse de él. Caminó mecánicamente hacia la cocina, apagó el fuego y se sentó en una de las sillas de madera. No lloró. Había llorado tanto en los últimos días que sentía que sus ojos estaban secos. En su lugar, empezó a organizar los cubiertos en la mesa, asegurándose de que el sitio de Jungkook estuviera perfecto, como siempre.

"Él todavía me necesita", se decía a sí mismo en un mantra desesperado. "Ella es solo el pasado. Yo soy el presente. Yo soy el que cuida de él cuando está cansado".

Pero la cena fue un desastre para su corazón. Jungkook y Winter hablaban de negocios, de personas que Yoongi no conocía y de lugares en los que nunca había estado. Winter se encargaba de llenar la copa de Jungkook cada vez que quedaba vacía, y Jungkook, por primera vez en meses, parecía estar escuchando a alguien con verdadero interés.

—¿Recuerdas a ese inversor en Nueva York, el que odiaba el golf? —preguntó Winter, riendo.

—Cómo olvidarlo —respondió Jungkook con una pequeña sonrisa, una de esas que Yoongi rara vez veía—. Nos hizo caminar por todo Central Park bajo la nieve solo para firmar el contrato.

Yoongi pinchaba su comida sin probar bocado. Se sentía como un fantasma en su propia mesa.

—Kookie —interrumpió Yoongi con voz dulce, tratando de recuperar un poco de espacio—, mañana es sábado. ¿Podríamos ir al parque? Los cerezos están empezando a florecer y...

Jungkook lo miró como si acabara de recordar que él estaba allí.

—No puedo, Yoongi. Tengo que revisar unos informes con Winter. Ella tiene una perspectiva internacional que me hace mucha falta en este momento.

—Pero... habías dicho que quizás tendrías tiempo —insistió Yoongi, con los ojos brillando de nuevo.

—Dije "quizás" —cortó Jungkook, su voz volviéndose seca—. No me presiones. Winter está aquí para ayudarme con el trabajo, algo que tú no puedes hacer. Come y deja de interrumpir la conversación.

Yoongi bajó la cabeza. El dolor fue tan agudo que tuvo que apretar los puños bajo la mesa para no sollozar. Winter le lanzó una mirada de soslayo, una mezcla de triunfo y lástima que fue peor que cualquier insulto.

Al terminar la cena, Jungkook se dirigió nuevamente a su despacho con Winter. Yoongi recogió todo, lavó los platos con parsimonia y se encargó de que la casa estuviera impecable. Era su forma de mantener el control, de demostrarse a sí mismo que todavía tenía un propósito.

Cerca de la medianoche, Yoongi subió al dormitorio. Se puso su pijama más suave, uno de seda azul que a Jungkook le gustaba rozar cuando estaba de buen humor. Se sentó en la cama y esperó.

Una hora después, Jungkook entró. Se veía agotado, pero sus ojos tenían una chispa de energía que no solían tener. Se desvistió en silencio y se metió en la cama.

Yoongi, como cada noche, se acercó centímetro a centímetro hasta pegar su espalda al pecho de Jungkook. Esperaba el rechazo, esperaba el "duérmete, Yoongi", pero necesitaba el contacto.

—Kookie... —susurró Yoongi, buscando la mano de su esposo bajo las sábanas.

Jungkook dejó que Yoongi entrelazara sus dedos, pero no apretó el agarre. Estaba rígido.

—¿Ella se va a quedar mucho tiempo más? —preguntó Yoongi con voz temblorosa.

—Se quedará el tiempo que sea necesario —respondió Jungkook—. Es útil para la empresa, Yoongi. Deberías agradecer que alguien me esté ayudando tanto.

—Pero ella me dice cosas malas cuando tú no estás... —se quejó Yoongi con su tono más infantil, buscando protección.

Jungkook suspiró con fastidio y retiró su mano.

—No empieces con tus celos imaginarios, Yoongi. Winter es una mujer profesional. Si ella dice algo, probablemente sea porque tienes mucho que aprender sobre cómo comportarte en esta posición. Ahora, déjame dormir. Tengo la cabeza a punto de estallar.

Jungkook se dio la vuelta, dándole la espalda.

Yoongi se quedó mirando la nuca de su esposo. El vacío en su pecho se expandió hasta volverse insoportable. Se dio cuenta de que Jungkook no solo estaba dejando entrar a Winter en su casa, sino que le estaba permitiendo reescribir la realidad. Para Jungkook, Yoongi estaba pasando de ser un "adorno tierno" a ser una "carga molesta".

Aun así, Yoongi estiró el brazo y rozó con la punta de sus dedos el hombro de Jungkook.

—Te quiero, Kookie —susurró, tan bajo que apenas fue un sonido—. Aunque no me veas, yo sigo aquí.

Jungkook no respondió, pero no se alejó. En el silencio de la habitación, el empresario multimillonario sentía el peso de la devoción de Yoongi como una cadena de oro: hermosa, valiosa, pero asfixiante. Sus pensamientos volaban hacia Winter y la adrenalina de los viejos tiempos, pero el calor constante de Yoongi en su espalda era lo único que evitaba que se sintiera completamente solo en su propia ambición.

A la mañana siguiente, Yoongi se despertó temprano. Bajó a la cocina para preparar el café, pero se detuvo en seco al oír voces en el salón.

Allí estaba Winter, vistiendo una de las camisas blancas de Jungkook, que le quedaba como un vestido corto. Estaba riendo mientras le acomodaba la corbata a Jungkook.

—Te ves mucho mejor con este nudo, JK —decía ella con voz íntima—. Te da un aire más audaz.

Jungkook la miraba con una intensidad que hizo que Yoongi retrocediera hacia las sombras. No era solo trabajo. No era solo conveniencia. Era el regreso de un sentimiento que Jungkook había jurado enterrar.

Yoongi se abrazó a sí mismo, sintiendo que su mundo de cristal se resquebrajaba un poco más con cada segundo que pasaba. Pero, a pesar del dolor, a pesar de la humillación de ver a otra mujer usando la ropa de su esposo y ocupando su lugar, Yoongi no se rindió.

Caminó hacia ellos con su mejor sonrisa, una que ocultaba el alma rota.

—¡Buenos días! —dijo Yoongi con voz animada—. He preparado el café favorito de Kookie. ¿Quieres una taza, Winter?

Jungkook lo miró, y por un breve instante, hubo una chispa de lástima en sus ojos al ver el esfuerzo desesperado de Yoongi por encajar.

—No tenemos tiempo, Yoongi —dijo Jungkook, tomando su maletín—. Desayunaremos en el camino a la oficina. Winter tiene una reunión con los accionistas a primera hora.

—Pero... —Yoongi se quedó con las manos en el aire—, preparé los sándwiches que te gustan...

—Dáselos al chofer —respondió Jungkook sin mirar atrás, saliendo por la puerta seguido de Winter, quien le lanzó una última mirada de superioridad a Yoongi antes de desaparecer.

Yoongi se quedó solo en la gran cocina. El silencio volvió a reinar, pero esta vez era más pesado. Miró los sándwiches cuidadosamente envueltos y, por primera vez, sintió que el amor que sentía por Jungkook era una carga demasiado pesada para sus hombros pequeños.

Sin embargo, cuando empezó a recoger la mesa, Yoongi susurró para sí mismo:

—Él volverá. Siempre vuelve a casa. Y yo estaré aquí para recibirlo.

Porque Yoongi era así: un jarrón delicado que, aunque estuviera lleno de grietas y a punto de romperse, se negaba a dejar caer el contenido precioso que guardaba en su interior. Lo que no sabía era que, a veces, los jarrones no se rompen por un golpe seco, sino por el peso acumulado de las lágrimas que nadie ve.