Kook mirame
El renacer del cristal bajo un cielo de cerezos
—¿Kookie? ¿Ya casi llegas? Tengo hambre y el peluche de conejito dice que tú también tienes hambre.
Jungkook no pudo evitar que una sonrisa genuina, de esas que iluminan hasta los rincones más oscuros del alma, se dibujara en su rostro mientras sostenía el teléfono contra su oreja. Estaba terminando de firmar unos documentos en su oficina, pero su mente ya estaba a kilómetros de distancia, en la calidez de su hogar.
—Dile al señor Conejo que ya voy en camino, mi vida —respondió Jungkook con voz aterciopelada—. He comprado esos dulces de fresa que tanto te gustan y una película nueva de dibujos animados.
—¡Siii! —El grito de alegría de Yoongi al otro lado de la línea fue como música para los oídos de Jungkook—. ¡Apúrate, Kookie! Te extraño mucho, mucho, mucho.
—Yo también te extraño, pequeño. Llego en diez minutos.
Al colgar, Jungkook suspiró con alivio. Había pasado un año desde que el caos se disolvió. Tras aquel encuentro en la cafetería, el proceso de sanación no fue sencillo, pero fue necesario. Jungkook se encargó personalmente de borrar cada rastro de Winter de su vida; el divorcio fue rápido, y las pruebas de las mentiras de la mujer fueron tan contundentes que incluso sus padres tuvieron que bajar la cabeza y pedir disculpas a Yoongi.
Pero lo más importante no fue el dinero ni el estatus, sino el tiempo. Durante meses, Jungkook cortejó a Yoongi como si nunca se hubieran conocido. Lo visitaba en la cafetería, le llevaba flores, escuchaba sus historias infantiles con una atención que antes nunca le prestó. Aprendió que la fragilidad de Yoongi no era una debilidad, sino un tesoro que debía ser protegido. Cuando finalmente volvieron a casarse, esta vez por amor real y no por contrato, prometieron que la mansión Jeon nunca más sería una jaula de cristal, sino un nido de ternura.
Cuando Jungkook cruzó el umbral de la casa, fue recibido por un torbellino de color blanco y suave. Yoongi, vistiendo un suéter de lana tres tallas más grande que él y unos calcetines con orejitas de gato, se lanzó a sus brazos.
—¡Kookie! —Yoongi rodeó el cuello de su esposo, escondiendo la nariz en el hueco de su hombro—. Hueles a oficina, pero también a mi Kookie favorito.
—Y tú hueles a vainilla y a felicidad —dijo Jungkook, levantándolo en vilo como si no pesara nada—. ¿Has sido un niño bueno hoy?
Yoongi asintió con entusiasmo mientras Jungkook lo llevaba hacia el salón.
—Hice galletas, pero se me quemaron un poquito porque me distraje viendo una mariposa en el jardín —confesó Yoongi, bajando la mirada con un puchero adorable—. ¿Estás enojado?
Jungkook lo depositó con suavidad en el sofá y le acarició la mejilla, trazando el contorno de su piel de porcelana.
—Nunca podría enojarme contigo por algo así, mi ángel. Podemos pedir pizza y comer las galletas quemadas de postre si quieres.
—¡Pizza! —Yoongi aplaudió, su timidez desapareciendo al instante—. Con mucho queso, Kookie. Y quiero comer en tus piernas.
—Lo que tú digas, pequeño.
La cena transcurrió entre risas y juegos. Yoongi, que había decidido volver a ser amo de casa porque le encantaba cuidar de Jungkook, se comportaba con una inocencia desbordante. Le gustaba que lo alimentaran en la boca, que le contaran cuentos y, sobre todo, que Jungkook lo llenara de mimos constantes. El empresario, que antes era frío y seco, se había transformado en el cuidador más devoto. No le importaba pasar horas jugando con peluches o viendo películas infantiles; si Yoongi era feliz, su mundo estaba en equilibrio.
Después de la cena y de ver la película, el ambiente en la casa cambió. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando el salón en un tono plateado. Yoongi estaba sentado en el regazo de Jungkook, apoyando la cabeza en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón.
—Kookie... —susurró Yoongi, jugando con los botones de la camisa de su esposo—. ¿Me amas de verdad? ¿Incluso si soy un poco difícil y me gusta que me cuides como a un bebé?
Jungkook tomó la barbilla de Yoongi y lo obligó a mirarlo a los ojos. La mirada de Jungkook era profunda, llena de un fervor que rozaba lo religioso.
—Te amo más que a mi propia vida, Yoongi. Me gusta cuidarte porque eres mi tesoro. Me gusta tu inocencia porque me recuerda que el mundo puede ser bueno. No eres difícil, eres perfecto para mí.
Yoongi se sonrojó, ocultando el rostro en el cuello de Jungkook.
—A veces tengo miedo de que sea un sueño —confesó el menor con voz queda—. De que despierte y todo vuelva a ser gris.
—Eso nunca va a pasar —prometió Jungkook, besando la coronilla de su cabeza—. He sellado todas las grietas del cristal. Ahora solo hay luz.
Jungkook comenzó a repartir besos suaves por todo el rostro de Yoongi, bajando por su mandíbula hasta llegar a su cuello. Yoongi soltó un pequeño suspiro, un sonido dulce que encendió una chispa de deseo controlado en el pecho de Jungkook. A pesar de llevar un año de casados en esta nueva etapa, siempre habían sido extremadamente cuidadosos. Jungkook quería que Yoongi se sintiera seguro, respetando su ritmo y su timidez.
—¿Subimos a la habitación? —preguntó Jungkook en un susurro.
Yoongi asintió, aferrándose a la camisa de Jungkook.
—Sí... quiero estar cerquita de ti.
Jungkook lo cargó al estilo nupcial y subió las escaleras. Al entrar en el dormitorio principal, el aroma a lavanda y el orden impecable que Yoongi siempre mantenía creaban un refugio de paz. Jungkook lo depositó sobre la cama matrimonial, una nube de sábanas de seda blanca.
—Kookie... —Yoongi lo miró con los ojos brillantes, una mezcla de nerviosismo y entrega total—. Quiero... quiero ser tuyo de verdad. Hoy.
Jungkook se detuvo, observando la sinceridad en el rostro de su esposo. Sabía a qué se refería Yoongi. A pesar de su pasado tormentoso, Yoongi conservaba una pureza física que Jungkook había guardado como el secreto más sagrado.
—¿Estás seguro, mi vida? No tenemos prisa. Puedo solo abrazarte hasta que te duermas.
—Estoy seguro —dijo Yoongi, estirando sus manos para acariciar los hombros de Jungkook—. Porque confío en ti. Porque sé que me vas a cuidar.
Jungkook se deshizo de su camisa con movimientos lentos, revelando su torso trabajado, pero esta vez no había marcas de violencia ni de pasado; solo piel limpia y el tatuaje que se había hecho recientemente con las iniciales de Yoongi cerca de su corazón. Se inclinó sobre el menor, atrapando sus labios en un beso que comenzó siendo tierno y fue ganando profundidad, una danza de lenguas que sabía a promesa eterna.
—Eres tan hermoso, Yoongi —susurró Jungkook entre besos, comenzando a quitar el suéter grande del chico.
Debajo, la piel de Yoongi era blanca como la leche, suave y delicada. Jungkook comenzó a besar sus hombros, bajando lentamente hacia su pecho. Cada vez que sus labios rozaban la piel de Yoongi, el menor soltaba pequeños jadeos que eran como caricias para el ego de Jungkook.
—Kookie, se siente... se siente extraño, pero bonito —murmuró Yoongi, cerrando los ojos y arqueando un poco la espalda.
—Es porque te amo, pequeño. Todo lo que sientas hoy es amor.
Jungkook fue extremadamente paciente. Cada movimiento estaba cargado de una delicadeza extrema, como si estuviera puliendo el diamante más caro del mundo. Sus manos exploraron el cuerpo de Yoongi con adoración, deteniéndose en cada rincón, memorizando cada reacción. Cuando llegó el momento de la unión definitiva, Jungkook se detuvo, mirando a Yoongi a los ojos, buscando cualquier señal de duda.
—Mírame, Yoongi. Siempre mírame —pidió Jungkook con voz ronca.
—Siempre te miro, Kookie. Solo te veo a ti.
El encuentro fue una sinfonía de ternura. No hubo brusquedad, solo el calor de dos almas que finalmente se fundían en una sola. Yoongi dejó escapar lágrimas de felicidad al sentir la plenitud de pertenecerle al hombre que, después de tanto dolor, había aprendido a ser su refugio. Jungkook, por su parte, sintió que su alma finalmente se limpiaba de todos los pecados del pasado al ser recibido por la pureza de Yoongi.
—Te amo, te amo, te amo —repetía Jungkook como una letanía contra los labios de su esposo.
—Y yo a ti, mi Kookie... siempre —respondía Yoongi, entregándose por completo.
Horas más tarde, cuando la respiración de ambos se había calmado y el silencio de la noche volvía a envolver la habitación, Yoongi estaba acurrucado contra el pecho desnudo de Jungkook. El mayor lo rodeaba con sus brazos, protegiéndolo del frío inexistente, mientras sus dedos acariciaban perezosamente el cabello oscuro de Yoongi.
—¿Estás bien, pequeño? —preguntó Jungkook en voz baja.
Yoongi asintió, restregando su mejilla contra el pecho de su esposo.
—Me siento como si estuviera flotando en una nube de azúcar. Gracias por ser tan tierno conmigo, Kookie.
—Gracias a ti por perdonarme y por enseñarme que el amor no es un contrato, sino esto —dijo Jungkook, besando su frente—. Mañana podemos quedarnos en la cama todo el día si quieres. Puedo cancelar todas mis reuniones.
Yoongi soltó una risita infantil.
—¿De verdad? ¿Incluso la reunión con esos señores serios que usan corbatas feas?
—Incluso esa. Eres mi prioridad absoluta, Yoongi. El mundo puede esperar, pero mis mimos para ti no.
Yoongi se sintió el ser más afortunado del universo. Recordó los días en que lloraba en silencio en esa misma casa, sintiéndose invisible. Ahora, era el centro del universo de Jungkook. El jarrón de cristal ya no existía; en su lugar, había un jardín que florecía cada día con más fuerza.
—Kookie... —dijo Yoongi, cerrando los ojos mientras el sueño empezaba a vencerlo—. ¿Me contarás el cuento del conejito y el lobo bueno mañana?
Jungkook sonrió, sintiendo una calidez inmensa en su corazón.
—Te contaré todos los cuentos que quieras, mi vida. Y escribiremos el nuestro todos los días.
El silencio volvió a reinar en la mansión Jeon, pero ya no era un silencio pesado ni cargado de secretos. Era un silencio lleno de paz, el tipo de silencio que solo existe donde habita el amor verdadero. Jungkook se quedó despierto un rato más, simplemente observando la respiración tranquila de Yoongi, prometiéndose a sí mismo que nunca más permitiría que una lágrima de tristeza cruzara ese rostro angelical.
La frialdad del empresario multimillonario se había derretido por completo bajo el sol de la inocencia de Yoongi. Habían pasado por el fuego y por la tormenta, habían conocido la traición y el desprecio, pero al final, el amor —ese amor puro, empalagoso y un poco infantil que Yoongi siempre ofreció— fue el que ganó la batalla.
Sellando su amor con un último beso suave en la sien de su esposo dormido, Jungkook cerró los ojos. La felicidad no era un destino, era ese momento exacto: el calor de Yoongi entre sus brazos, el aroma a hogar y la certeza de que, pasara lo que pasara, siempre serían el uno para el otro.
Sin daños, sin desamores. Solo dos corazones latiendo al unísono en una noche que prometía ser el comienzo de una eternidad llena de dulzura. El cristal se había transformado en diamante: irrompible, brillante y eterno.