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Kook mirame

El eco de un café amargo y el perdón del ángel

El invierno en Seúl no tenía piedad, pero para Jeon Jungkook, el frío más intenso no estaba en las calles, sino en su propia piel. Había pasado un año desde que el silencio se instaló definitivamente en la mansión Jeon. Un año desde que el jarrón de cristal se rompió y los pedazos fueron barridos por el viento. Ahora, su vida parecía un guion perfectamente escrito por sus padres: una empresa en crecimiento constante y un compromiso oficial con Winter, cuya familia de linaje impecable satisfacía todas las ambiciones de los Jeon.

Sin embargo, Jungkook estaba vacío. Winter, una vez instalada como la futura señora Jeon, había mostrado su verdadera cara: una mujer fría, interesada y demandante que no tenía el menor interés en cocinar para él o esperarlo con mimos. La pasión que una vez los unió se había transformado en una convivencia mecánica, llena de reproches y apariencias.

Esa noche, el peso del traje de diseñador se sentía como una armadura de plomo. Jungkook no quería volver a casa. No quería escuchar los planes de boda de Winter ni las quejas sobre el servicio. Sin avisar a su chofer, salió del edificio de la corporación y comenzó a caminar. Necesitaba que el aire gélido le entumeciera los sentidos, que el ruido de la ciudad ahogara los gritos de su propia conciencia.

Caminó durante casi una hora, alejándose de las zonas de lujo hasta llegar a un barrio más humilde, donde las luces de neón parpadeaban con cansancio. Fue allí, en una esquina mal iluminada, donde el aroma a granos de café tostado y canela lo detuvo en seco. Era un aroma que le recordaba a los desayunos que solía ignorar.

A través del cristal empañado de una pequeña cafetería llamada "El Rincón de Azúcar", vio una silueta que le hizo perder el aliento.

Era él.

Yoongi estaba detrás del mostrador. Vestía un delantal amarillo pastel con un bordado de un pollito en el pecho. Su cabello estaba un poco más largo, cayendo sobre sus ojos con suavidad. Se veía más pequeño de lo que Jungkook recordaba, o quizás era la luz cálida del local lo que acentuaba su aura de fragilidad.

Jungkook entró, haciendo sonar la campanilla de la puerta. El calor del interior lo golpeó, pero no tanto como la mirada de Yoongi cuando levantó la vista.

—¡Bienvenido! ¿Qué desea pedi...? —las palabras de Yoongi se congelaron. Sus ojos pequeños se abrieron de par en par y sus manos, que sostenían una taza de porcelana, temblaron visiblemente.

—Yoongi —susurró Jungkook. Su voz sonó rota, como si no hubiera hablado en siglos.

Yoongi no gritó. No huyó. Simplemente se quedó allí, mirando al hombre que lo había destruido. En ese año, la familia de Yoongi, avergonzada por el "fracaso" del matrimonio y la supuesta agresión a Winter, lo había repudiado, quitándole todo apoyo. Yoongi había sobrevivido trabajando jornadas dobles, viviendo en una habitación diminuta donde solo llegaba a dormir, manteniendo su espíritu intacto a base de una inocencia que se había vuelto su único refugio.

—Señor Jeon —dijo Yoongi con una vocecita suave, volviendo a su papel de empleado—. ¿Desea un café?

—Yoongi, por favor, no me llames así —Jungkook se acercó al mostrador, ignorando que sus zapatos de mil dólares pisaban un suelo de baldosas desgastadas—. Te he buscado... he intentado saber de ti, pero tu familia...

—Mi familia dice que no existo —interrumpió Yoongi, bajando la mirada hacia la taza—. Y usted también lo dijo esa noche. Que yo no era nada.

Jungkook sintió una puñalada en el esternón. Ver a Yoongi allí, trabajando hasta tarde, con ojeras pero manteniendo esa dulzura infantil en sus gestos, lo hizo derrumbarse. El gran empresario, el hombre de hielo, sintió que las lágrimas comenzaban a desbordarse.

—Fui un estúpido, Yoongi. Un monstruo —Jungkook apoyó las manos en el mostrador, sollozando sin importarle quién pudiera verlo—. Winter... ella me confesó la verdad hace unos meses, en medio de una discusión. Me dijo que se había golpeado a sí misma solo para verte sufrir. Y yo te pegué... te encerré... Dios, Yoongi, cada noche escucho tus gritos en ese almacén.

Yoongi dejó la taza con cuidado y rodeó el mostrador. Se acercó a Jungkook, pero no con furia. Se detuvo a unos centímetros, observando el llanto desesperado de su exesposo. El Yoongi de ahora parecía haber retrocedido aún más en su caparazón de ternura; ante el dolor ajeno, su instinto no era el odio, sino el consuelo.

—No llore, Kookie —susurró Yoongi, usando el apodo por primera vez en un año. Su manita, fría por el agua del fregadero, se posó en la mejilla de Jungkook—. Las personas tristes no se ven bonitas.

—¿Cómo puedes ser tan bueno conmigo? —preguntó Jungkook, atrapando la mano de Yoongi y besando la palma con desesperación—. Te arruiné la vida. Te eché a la calle. Me comprometí con la mujer que te hizo daño.

Yoongi ladeó la cabeza, con una expresión de pureza que resultó desgarradora.

—Al principio me dolió mucho —confesó Yoongi—. Lloré tanto que pensé que me quedaría seco. Pero luego encontré este lugar. Aquí la gente me sonríe de verdad. Los niños vienen por mis pasteles y no me gritan si me equivoco. He aprendido que el perdón es como un dulce: si te lo guardas, se pone duro y feo. Si lo das, te deja un sabor rico en el corazón.

—Perdóname, Yoongi —suplicó Jungkook, hincando las rodillas en el suelo de la cafetería, humillándose ante el chico que una vez trató como un adorno—. No te pido que vuelvas, no merezco ni que me mires. Pero necesito saber que no me odias. Necesito que me perdones para poder seguir respirando.

Yoongi se agachó para quedar a su altura. Sus ojos brillaron con una sabiduría infantil, esa que entiende que el rencor es una carga demasiado pesada para un cuerpo tan pequeño.

—Si lo perdono, ¿dejará de llorar? —preguntó Yoongi, limpiando una lágrima de la mejilla de Jungkook con su pulgar.

—Lo intentaré —respondió Jungkook, hipnotizado por la bondad del menor.

—Entonces lo perdono, Kookie. Lo perdono porque usted no sabía amar, y eso es una enfermedad muy triste —Yoongi le dedicó una sonrisa pequeña, una que todavía conservaba las grietas de su corazón roto, pero que era genuina—. Pero no puedo volver a la mansión. Ese lugar tiene fantasmas que me asustan.

Jungkook asintió frenéticamente, aferrándose a las manos de Yoongi.

—Lo entiendo. No quiero obligarte a nada. Solo... déjame ayudarte. Déjame comprarte una casa, déjame asegurarme de que no tengas que trabajar hasta desfallecer.

Yoongi negó con la cabeza, soltándose suavemente.

—No, Kookie. Si acepto su dinero, volveré a ser su jarrón. Y ahora soy un niño que hace café. Me gusta ser un niño que hace café.

—¿Puedo venir a verte? —preguntó Jungkook con voz temblorosa—. Solo a verte. A tomar café. Prometo no molestarte, prometo ser solo un cliente más.

Yoongi lo miró por un largo momento. Vio el arrepentimiento real, vio la soledad en los ojos del hombre que lo tenía todo. En su corazón tierno, Yoongi decidió que el perdón no era solo una palabra, sino una puerta entreabierta.

—Puede venir —dijo Yoongi—. Pero tiene que pagar por el café. Y tiene que traer una sonrisa, porque en "El Rincón de Azúcar" no permitimos caras largas.

Jungkook se puso en pie, sintiendo que una parte del peso en su pecho se aliviaba. No era una reconciliación completa, ni el regreso a la vida que tenían, pero era algo mucho más valioso: era una oportunidad de conocer al Yoongi que él mismo había intentado anular.

—Vendré mañana —prometió Jungkook—. Y pasado mañana. Y todos los días.

—Está bien —respondió Yoongi, volviendo detrás del mostrador con un saltito infantil—. Ahora váyase a casa, Kookie. Está nevando y no quiero que se enferme. Yo tengo que terminar de limpiar.

Jungkook caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró.

—Yoongi... gracias por ser tan especial. Nunca debí romperte.

Yoongi no respondió con palabras. Solo agitó su mano en un saludo infantil, con sus ojitos convertidos en dos lunas crecientes.

Al salir a la calle, la nieve ya no se sentía tan fría para Jungkook. Sabía que al volver a la mansión tendría que enfrentar a Winter, a sus padres y a un compromiso que ahora le resultaba repulsivo. Pero por primera vez en un año, tenía un norte.

Mientras tanto, dentro de la cafetería, Yoongi suspiró y abrazó su delantal. Su corazón latía con fuerza. Aún tenía miedo, aún recordaba el dolor del encierro y la bofetada, pero su naturaleza infantil y pura le decía que el perdón era el primer paso para sanar.

—Kookie es un tonto —susurró Yoongi para sí mismo mientras lavaba la última taza—. Pero es un tonto que necesita mucho azúcar.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Yoongi no llegó a su pequeña habitación solo para dormir. Llegó para soñar. Soñó con campos de flores donde los jarrones no se rompían y donde el frío de Seúl se derretía ante el calor de una taza de café compartida con alguien que, finalmente, estaba empezando a aprender a mirar con el corazón.

Jungkook, por su parte, llegó a su mansión y, sin decir una palabra a Winter, se encerró en su despacho. Abrió el cajón secreto y sacó la foto de su exnovia, la que había causado tanto daño. Con manos firmes, la rompió en mil pedazos y la tiró a la basura. Luego, sacó una pequeña servilleta de papel que se había llevado de la cafetería. Tenía impreso el logo del pollito amarillo.

—Esta vez no te voy a perder, Yoongi —juró Jungkook en la oscuridad—. No te voy a recuperar para poseerte, sino para aprender a merecerte.

El camino sería largo. Había un divorcio que tramitar, un compromiso que romper y una familia a la que enfrentar. Pero Jeon Jungkook ya no era el empresario de hielo. El calor de la pequeña mano de Yoongi se había quedado grabado en su mejilla, recordándole que, incluso después de la tormenta más destructiva, la ternura siempre encuentra una forma de volver a florecer entre las grietas del cristal roto.