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kronii blacked

El Eco del Tiempo en una Jaula de Seda

El noveno mes de embarazo había transformado a Ouro Kronii en una visión de fertilidad casi insoportable para el ojo humano. La que una vez fue la Guardiana del Tiempo, una entidad de frialdad absoluta y ego inabarcable, ahora se movía con una pesadez majestuosa por los pasillos de mármol de la mansión de Marcus. Su vientre era ahora una montaña perfecta, una carga que aceptaba con una devoción que rozaba la locura. Cada movimiento del niño en su interior era un recordatorio de que su cuerpo ya no le pertenecía; era el taller donde Marcus forjaba su legado.

Esa tarde, Kronii se encontraba en el solárium, rodeada de plantas exóticas que Marcus había hecho traer de África. Llevaba una túnica de seda blanca, casi transparente, que se abría en la parte delantera para mostrar la plenitud de su estado. Se miraba en los cristales, observando cómo su cabello azul oscuro, ahora más largo, caía sobre sus hombros pálidos.

—Te ves cansada, Kronii —dijo la voz de Marcus, resonando desde la entrada.

Él entró en la estancia con la confianza de un león en su propio territorio. Se había quitado la chaqueta del traje y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas, mostrando sus antebrazos masivos y oscuros. Se acercó a ella y, sin mediar palabra, colocó su mano grande y caliente sobre la cima del vientre de Kronii.

—El niño está inquieto hoy —respondió ella, inclinando la cabeza hacia atrás para apoyar el peso de su nuca en el pecho de Marcus—. Siente tu presencia, Marcus. Incluso antes de nacer, sabe quién es el que manda en esta casa.

Marcus sonrió, una expresión de satisfacción pura que no llegaba a ser suave. Para él, Kronii era el trofeo máximo, la prueba de que su voluntad podía doblegar incluso a las leyes del tiempo y la vanidad.

—Sabe que soy su dueño, al igual que soy el tuyo —dijo Marcus, bajando su mano para apretar con fuerza el muslo de ella a través de la seda—. Hoy he cerrado el trato de la nueva terminal. Vamos a celebrarlo. Quiero que te prepares.

—Marcus... el médico dijo que debería descansar. Estoy a pocos días de dar a luz —susurró ella, aunque sus ojos ya brillaban con la sumisión que él siempre exigía.

—El médico trabaja para mí, y tú también —sentenció Marcus, tomándola de la barbilla con firmeza para obligarla a mirarlo—. No te he pedido tu opinión sobre tu salud. Te he dicho que vamos a celebrar. Ve a la habitación. Quiero que te pongas las joyas de la familia. Solo las joyas.

Kronii asintió, sintiendo el familiar escalofrío de excitación que su machismo descarado siempre provocaba. Caminó hacia la suite principal, sus pies descalzos hundiéndose en las alfombras persas. Una vez allí, se despojó de la túnica y se colocó frente al gran espejo de tres cuerpos. Se puso el collar de esmeraldas y diamantes, los brazaletes de oro macizo y los pendientes que pesaban en sus lóbulos. Desnuda, adornada solo con el precio de su libertad, Kronii se veía como una diosa de la fertilidad capturada y exhibida.

Marcus entró poco después. Se quedó en el umbral, observándola con una mirada depredadora. Se desvistió con movimientos lentos, dejando que su físico imponente, de un ébano profundo y brillante, contrastara con el entorno opulento de la habitación.

—Arrodíllate, Kronii —ordenó él.

Ella obedeció con dificultad, sus rodillas hundiéndose en la alfombra mientras sus manos buscaban equilibrio en el borde de la cama. El peso de su vientre la obligaba a mantener una postura que exponía su vulnerabilidad de manera absoluta.

—Mírate —dijo Marcus, acercándose hasta que su virilidad rozó el rostro de ella—. La gran Ouro Kronii, reducida a esto. Una mujer encinta, cargada de oro, esperando mis órdenes. ¿Qué queda de tu orgullo ahora?

—Nada, Marcus —respondió ella, su voz un susurro quebrado—. Mi orgullo eres tú. Mi tiempo es el que tú me das.

Marcus la tomó por el cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para besarla con una ferocidad que sabía a posesión. Sus manos grandes recorrieron su cuerpo, deteniéndose en sus pechos, que estaban hinchados y sensibles. Los apretó con una brusquedad que hizo que Kronii soltara un gemido de dolor y placer.

—Estás goteando, Kronii —dijo él con una risa ronca, observando cómo una gota de calostro asomaba en su pezón—. Tu cuerpo ya se está preparando para alimentar a mi hijo. Todo en ti está diseñado para servirme.

Él la levantó y la empujó suavemente hacia la cama, obligándola a tumbarse de espaldas. Marcus se situó sobre ella, pero sin dejar caer todo su peso, protegiendo el vientre de ella mientras sus manos exploraban su humedad.

—Estás tan lista —gruñó él—. Tan abierta para mí.

Marcus entró en ella con una lentitud tortuosa, saboreando el modo en que el cuerpo de Kronii se estiraba para recibirlo. Debido al avanzado estado de su embarazo, la sensación era más intensa, más interna. Kronii arqueó la espalda, sus manos aferrándose a los hombros masivos de Marcus, sus uñas de color azul oscuro hundiéndose en la piel de ébano.

—¡Ah, Marcus! —gritó ella, sus ojos rodando hacia atrás—. Te siento... te siento tan profundo...

—Es porque estoy ocupando todo tu espacio, Kronii —respondió él, comenzando a moverse con un ritmo pesado y deliberado—. No hay lugar en ti para nadie más. Ni siquiera para tus propios pensamientos. Solo para mí.

El encuentro fue una danza de contrastes. El blanco de las sábanas de seda, el azul del cabello de Kronii, el brillo de las esmeraldas y la oscuridad absoluta del cuerpo de Marcus envolviéndola. Cada embestida de Marcus era un recordatorio de su autoridad. Él no buscaba solo el placer físico; buscaba la confirmación de su dominio sobre la mujer que una vez se creyó eterna.

—Dime quién es tu dueño —exigió Marcus, aumentando la velocidad, sus músculos tensándose como cuerdas de acero.

—Tú... ¡Marcus, tú eres mi dueño! —gritó ella, su cuerpo convulsionando bajo el ritmo implacable de él.

—Dime qué eres para mí.

—Soy tu mujer... tu esclava... la madre de tu heredero... —balbuceó ella, perdiendo toda noción de dignidad.

Marcus la tomó por las muñecas, inmovilizándolas contra la almohada, y se hundió en ella con una fuerza que hizo que toda la cama crujiera. El placer de Kronii llegó en oleadas violentas, un orgasmo que pareció sacudir los cimientos de su existencia. Sintió cómo su interior se contraía alrededor de Marcus, reclamando su simiente con una urgencia biológica.

Marcus rugió, su rostro una máscara de concentración y triunfo, y se vació dentro de ella con una intensidad que dejó a ambos sin aliento. Se quedó allí, unido a ella, sintiendo el latido del corazón de Kronii y los movimientos del niño entre ellos.

—Eso es —dijo Marcus minutos después, apartándose y sentándose en el borde de la cama—. Así es como quiero que estés siempre. Entregada. Sin preguntas.

Él se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando las luces de la ciudad que se extendía a sus pies. Kronii se acurrucó de lado, observando la silueta imponente de su marido.

—Marcus —dijo ella en voz baja—, ¿qué pasará cuando nazca el bebé? ¿Seguiré siendo tu prioridad?

Marcus se giró, su mirada fría y dominante.

—Serás la madre de mi hijo, Kronii. Tu papel será criarlo para que sea como yo. Pero nunca olvides que primero eres mía. El niño es mi legado, pero tú eres mi posesión. Y yo cuido mis posesiones.

—Lo sé —respondió ella, una sonrisa de paz absoluta dibujándose en su rostro—. Me gusta que me lo recuerdes.

Marcus regresó a la cama y le dio una palmada firme en la mejilla, un gesto condescendiente que ella aceptó con un ronroneo.

—Mañana vendrá el sastre para medirte. Quiero que tengas un guardarropa nuevo para después del parto. Nada de esas ropas de colores que usabas antes. Usarás lo que yo elija. Colores sobrios. Telas caras. Quiero que cuando salgamos, el mundo sepa que eres la esposa de Marcus Miller, no una celebridad de internet.

—Haré todo lo que digas, Marcus —dijo ella, cerrando los ojos—. El tiempo de Ouro Kronii terminó el día que te conocí. Ahora solo existe el tiempo de los Miller.

Marcus se acostó a su lado y la rodeó con su brazo, su mano descansando posesivamente sobre su vientre.

—Duerme ahora —ordenó él—. Mañana tenemos mucho que hacer. No quiero que mi mujer esté cansada cuando los abogados vengan a traer los documentos del fideicomiso.

Kronii se quedó dormida bajo el peso del brazo de Marcus, sintiéndose más segura y completa de lo que jamás se había sentido como una diosa solitaria. Su ego, una vez vasto como el océano, se había reducido al tamaño de la palma de la mano de Marcus, y ella no podía estar más satisfecha. En la oscuridad de la habitación, el tic-tac de los relojes de la mansión parecía sincronizarse con el latido del hombre de ébano que ahora era su destino, su carcelero y su dios.

A los pocos días, los dolores del parto comenzaron. Fue una noche de tormenta, con el trueno resonando contra los cristales del ático. Marcus no permitió que la llevaran a un hospital público; había transformado una de las alas de la mansión en una clínica privada con los mejores especialistas del país.

—No quiero que nadie toque a mi mujer a menos que sea estrictamente necesario —había ordenado Marcus a los médicos—. Y quiero ser el primero en sostener a mi hijo.

Kronii, en medio de la agonía del parto, buscaba la mano de Marcus. Él estaba allí, impecable en su traje, observando el proceso con una calma aterradora.

—Empuja, Kronii —le decía él, su voz siendo el único ancla de ella en el mar de dolor—. Hazlo por mí. Demuéstrame que eres lo suficientemente fuerte para darme lo que quiero.

Y ella lo hizo. Con un grito que pareció desgarrar el tiempo mismo, dio a luz a un niño de piel canela y ojos oscuros, un reflejo perfecto de la fuerza de su padre y la belleza de su madre.

Cuando el médico le entregó el bebé a Marcus, este lo sostuvo con una mano, mirando a la pequeña criatura con un orgullo feroz.

—Es un Miller —sentenció Marcus—. Tendrá el mundo a sus pies.

Luego, miró a Kronii, que yacía agotada y sudorosa en la cama. Se acercó y le besó la frente, un gesto de aprobación que para ella valía más que cualquier corona.

—Buen trabajo, chica —dijo él—. Has cumplido con tu propósito más importante. Ahora, descansa. Tu nueva vida como madre y esposa acaba de empezar, y te aseguro que no tendrás un momento de aburrimiento bajo mi mando.

Kronii sonrió débilmente, viendo a Marcus sostener a su hijo frente a la ventana, como si le estuviera mostrando el imperio que algún día heredaría. Sabía que su existencia ya no era suya, que sus días de angustia existencial habían sido reemplazados por una servidumbre dorada, y mientras cerraba los ojos, entendió que el tiempo, finalmente, se había detenido exactamente donde ella quería: a los pies del hombre que la había conquistado.