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kronii blacked

El Trono de la Carne y el Legado de Ébano

La recuperación de Ouro Kronii tras el nacimiento de su heredero, el pequeño Marcus Jr., no fue solo una cuestión de medicina, sino una transformación orquestada por la voluntad de su marido. Apenas tres meses después del parto, la Guardiana del Tiempo ya no mostraba rastro alguno de la fatiga del embarazo. Bajo la dieta estricta y el régimen de entrenamiento que Marcus le impuso, su cuerpo había florecido en una forma aún más voluptuosa y madura. Sus pechos, ahora más generosos por la lactancia, y sus caderas, que conservaban una curva más pronunciada y acogedora, eran el testimonio carnal de su nueva función.

Esa noche, el ático vibraba con una energía distinta. Marcus había organizado una recepción privada para celebrar la expansión de sus astilleros, pero el verdadero propósito era exhibir a su esposa en su estado de "plenitud recuperada".

Kronii se miraba en el espejo de cuerpo entero, ajustándose un collar de zafiros que pesaba sobre su piel como una promesa de servidumbre. El vestido, de un encaje negro tan fino que parecía una sombra tejida sobre su piel pálida, era una pieza de ingeniería erótica. No llevaba ropa interior; Marcus se lo había prohibido antes de salir de la habitación, alegando que quería tener acceso directo a su propiedad en cualquier momento de la velada.

—Estás admirando lo que es mío otra vez, Kronii —dijo la voz profunda de Marcus desde el umbral.

Él caminó hacia ella, imponente en su esmoquin hecho a medida. Su piel de ébano, pulida y oscura como la obsidiana, contrastaba violentamente con la blancura nívea de los hombros de Kronii cuando colocó sus manos sobre ellos.

—Solo me aseguraba de estar a la altura de tus exigencias, Marcus —respondió ella, inclinando la cabeza para que él pudiera besar su cuello—. El mundo espera ver a la mujer perfecta, y yo no puedo decepcionar a mi dueño.

Marcus apretó sus dedos en la carne de sus hombros, dejando marcas leves que desaparecerían en minutos, pero cuya sensación Kronii atesoraría toda la noche.

—La perfección es aburrida, Kronii. Lo que ellos verán hoy es a una mujer que ha sido reclamada. Una mujer que lleva mi marca en su mirada y mi hijo en su cuna. Pero quiero más.

—¿Más? —susurró ella, sintiendo cómo el aliento cálido de él le erizaba el vello de la nuca.

—Un hijo no es suficiente para un imperio como el mío —sentenció Marcus, deslizando una mano hacia abajo, recorriendo la curva de su espalda hasta apretar con fuerza su glúteo desnudo bajo el encaje—. Quiero una dinastía. Y vamos a empezar a trabajar en el siguiente esta misma noche, frente a todos esos hipócritas que creen que pueden desearte.

El salón de baile estaba lleno de la élite financiera y política. Cuando Marcus entró con Kronii del brazo, el silencio se extendió como una marea. Ella caminaba con esa altivez gélida que la caracterizaba, pero ahora había algo diferente: la forma en que buscaba constantemente el contacto de Marcus, la manera en que sus ojos azules, antes distantes, se anclaban en la figura de su esposo con una devoción casi religiosa.

—Marcus, felicidades por el nuevo contrato —dijo un senador, acercándose con una copa de champán—. Y su esposa... está más radiante que nunca. Es increíble cómo ha recuperado su figura.

Marcus no soltó la cintura de Kronii. Al contrario, deslizó su mano por el costado de ella, permitiendo que sus dedos rozaran deliberadamente la parte lateral de su pecho, a la vista de todos.

—Mi mujer es disciplinada, senador —respondió Marcus con una sonrisa depredadora—. Ella sabe que su cuerpo es un templo dedicado a mi linaje. Y como todo buen templo, debe estar siempre listo para el sacrificio.

Kronii sintió que el rostro se le encendía, no de vergüenza, sino de una excitación punzante. Le encantaba cómo Marcus la despojaba de su divinidad frente a hombres poderosos, reduciéndola a su función biológica con una sola frase.

—Marcus es muy exigente —añadió Kronii, su voz seca y melodiosa—. Pero he aprendido que no hay mayor placer que cumplir con sus expectativas. Por altas que sean.

A medida que la noche avanzaba, Marcus se volvía más atrevido. Mientras charlaban con un grupo de inversores extranjeros, él obligó a Kronii a sentarse en un diván bajo y él se colocó detrás de ella. Sin que nadie pudiera verlo desde el frente, Marcus introdujo su mano por la abertura lateral del vestido de encaje.

—Sigue hablando, Kronii —le susurró al oído mientras sus dedos expertos comenzaban a jugar con su intimidad húmeda—. Cuéntales lo mucho que disfrutas de tu nueva vida doméstica.

—Como decía... —empezó Kronii, su voz temblando ligeramente mientras sentía la invasión de Marcus—. La vida pública... ah... ya no tiene el mismo atractivo. Prefiero la privacidad de... de mi hogar.

Los inversores asentían, ajenos al hecho de que la gran Ouro Kronii estaba siendo estimulada hasta el borde del orgasmo mientras discutían márgenes de beneficio. Marcus no se detuvo; sus dedos se movían con una cadencia cruel y rítmica, reclamando cada rincón de ella.

—¿Estás bien, querida? —preguntó un inversor, notando el brillo del sudor en la frente de ella.

—Es solo... el calor de la sala —respondió Marcus por ella, dándole un apretón final y brusco antes de retirar la mano, que luego se llevó a la nariz con una discreción insultante—. Creo que mi esposa necesita un poco de aire fresco. Si nos disculpan.

La arrastró, más que guiarla, hacia su despacho privado, una habitación blindada donde el ruido de la fiesta se convirtió en un eco lejano. En cuanto la puerta se cerró, Marcus la empujó contra el escritorio de mármol, el mismo donde se firmaban acuerdos que cambiaban el rumbo de la economía.

—¿Te gustó que te tocara allí fuera? —preguntó él, desabrochándose el cinturón con una parsimonia aterradora.

—Me vuelve loca que me trates así —confesó ella, jadeando, sus manos buscando desesperadamente el cuerpo de él—. Me hace sentir... pequeña. Me hace olvidar que alguna vez fui algo más que tuya.

—Eso es porque no eres nada más que mía —gruñó Marcus—. Hoy vamos a plantar la semilla de tu segundo hijo, Kronii. Y quiero que lo sientas en cada fibra de tu ser.

Sin preámbulos, Marcus la giró y la obligó a apoyarse sobre el escritorio, con el torso inclinado y las caderas elevadas. El encaje negro del vestido se subió hasta su cintura, dejando al descubierto la palidez de sus muslos y la plenitud de sus nalgas, marcadas ligeramente por la presión de los dedos de Marcus durante la fiesta.

Él se despojó de sus pantalones, revelando su virilidad imponente, una columna de ébano oscuro que palpitaba con una urgencia salvaje. Se posicionó detrás de ella, tomando sus hombros con una fuerza que la hizo gemir.

—Mírate en el reflejo del cristal, Kronii —ordenó él, señalando el gran ventanal que daba a la ciudad—. Mira a la Guardiana del Tiempo siendo tomada como una hembra cualquiera por el hombre que la domina.

Kronii miró su reflejo. Se vio a sí misma, enjoyada y hermosa, sometida ante la inmensidad oscura de Marcus. La imagen era tan poderosa que sintió que su clítoris palpitaba con una vida propia.

—¡Hazlo, Marcus! —suplicó ella—. ¡Lléname ahora!

Marcus entró en ella de un solo golpe, un impulso devastador que llenó a Kronii por completo. El grito de ella fue ahogado por la mano de Marcus, que cubrió su boca mientras comenzaba a embestirla con una ferocidad que no conocía límites. No era el sexo tierno de una pareja común; era el acto de posesión de un patriarca reclamando su territorio.

—¡Esto es lo que eres! —decía Marcus entre jadeos pesados, sus músculos de ébano tensándose y brillando bajo la luz de la oficina—. ¡Un recipiente para mi sangre! ¡Una extensión de mi voluntad!

El ritmo era brutal. Cada embestida de Marcus hacía que el cuerpo de Kronii chocara contra el mármol frío, creando un contraste de temperaturas que la volvía loca. Sus pechos, pesados por la leche, oscilaban violentamente, y Marcus los tomó desde atrás, apretándolos con una dureza que le recordaba a Kronii su papel como madre y amante.

—¡Sí! ¡Soy tuya! —gritaba ella contra la palma de su mano—. ¡Hazme otro hijo! ¡Dame otro Miller!

La intensidad del encuentro subió de tono. Marcus no tenía intención de ser breve. La cambió de posición, sentándola sobre el borde del escritorio y abriendo sus piernas hasta el límite, permitiendo que la luz de la luna que entraba por el ventanal iluminara el acto de su unión. El contraste de la piel oscura de Marcus hundiéndose en la blancura de Kronii era una imagen de poder absoluto.

Él la miraba a los ojos mientras la penetraba, una mirada cargada de un machismo posesivo que Kronii devoraba con ansia. En esos ojos oscuros, ella no veía a un igual, sino a un dios terrenal que le ofrecía la estructura y el control que su propia eternidad nunca pudo darle.

—Vas a estar preñada de nuevo antes de que termine el mes —sentenció Marcus, sus embestidas volviéndose más cortas y rápidas, señal de que el final estaba cerca—. Y vas a pasar cada día de ese embarazo recordando esta noche. Recordando cómo te tomé en mi despacho mientras mis invitados bebían a mi salud.

—Lo haré... —logró articular ella, sus ojos azules nublados por el placer—. Siempre... siempre lo recordaré.

Marcus rugió, un sonido animal que nació desde lo más profundo de su pecho, y con un último impulso que pareció elevar a Kronii del escritorio, se liberó dentro de ella. Fue una descarga masiva, un torrente de calor que Kronii sintió inundar su vientre, un bautismo de poder que la dejó temblando y sin aliento.

Él se quedó allí, abrazándola con fuerza, su piel sudorosa pegada a la de ella, mientras el pulso de ambos se sincronizaba. Marcus no se retiró de inmediato; disfrutó de la sensación de estar dentro de ella, poseyéndola incluso en el silencio posterior al clímax.

—Límpiate —dijo finalmente, apartándose y recuperando su compostura con una rapidez asombrosa—. Tenemos que volver a la fiesta. No quiero que nadie piense que mi mujer se cansa fácilmente.

Kronii, aún vibrando por la intensidad del encuentro, se incorporó lentamente. Se arregló el vestido de encaje y el collar de zafiros, observando las marcas rojas en sus muslos con una sonrisa de satisfacción secreta.

—Estaré lista en un minuto, Marcus —respondió ella, su voz recuperando ese tono seco y elegante, pero con un matiz de dulzura sumisa—. Solo necesito un momento para asimilar que ya llevas otra parte de ti dentro de mí.

Él se detuvo en la puerta y la miró de arriba abajo, con una soberbia que solo un hombre de su estatus podía poseer.

—Eso espero. Porque mañana tenemos el viaje a la isla privada, y allí no habrá invitados que me distraigan. Allí, Kronii, serás solo carne y voluntad para mis deseos.

Kronii asintió, sintiendo que el tiempo, ese viejo enemigo, finalmente se había detenido en el único lugar que importaba: bajo la bota de cuero de Marcus Miller. Salió del despacho detrás de él, caminando con la gracia de una reina que sabía que su única verdadera corona era el nombre del hombre que caminaba un paso por delante de ella, dictando el ritmo de su corazón y el futuro de su estirpe.