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kronii blacked

La Isla del Tiempo Cautivo

El hidroavión privado de Marcus descendió sobre las aguas turquesas del Caribe con la precisión de un halcón reclamando su presa. Frente a ellos, una mota de esmeralda rodeada de arena blanca y fina emergía del océano: la isla privada de los Miller. Para Ouro Kronii, aquel lugar no era solo un refugio vacacional; era una extensión del dominio absoluto de su marido, un territorio donde las leyes de la sociedad desaparecían para dejar paso únicamente a la voluntad del hombre que caminaba a su lado.

Al bajar por la escalerilla, el calor tropical golpeó la piel de Kronii, pero fue la mano de Marcus, firme sobre su nuca, lo que realmente la hizo estremecerse. Ella vestía un bikini de hilos dorados que Marcus había seleccionado personalmente, una prenda tan minúscula que apenas cubría lo esencial, dejando su cuerpo —rehecho por la maternidad y la disciplina— expuesto al sol y a la mirada posesiva de su dueño.

—Mira este lugar, Kronii —dijo Marcus, su voz profunda compitiendo con el susurro de las palmeras—. Aquí no hay cámaras, no hay fans, no hay inversores. Solo estamos tú, yo y el legado que estamos construyendo. Aquí, mi palabra es la única ley natural.

—Es perfecto, Marcus —respondió ella, entornando sus ojos azules ante el resplandor—. Me hace sentir... pequeña. Como si el mundo entero se hubiera reducido a este trozo de tierra y a tu sombra sobre mí.

Marcus soltó una risa ronca y la atrajo hacia sí por la cintura, hundiendo sus dedos en la carne firme de su cadera. El contraste entre la piel de ébano de él, brillante por el sudor incipiente, y la palidez de porcelana de Kronii era una imagen de poder que ella nunca se cansaba de admirar en los reflejos.

—Esa es la idea, preciosa. Quiero que olvides que alguna vez fuiste una "guardiana". Aquí, solo eres mi mujer. Y mi mujer tiene una función muy clara que cumplir este fin de semana.

Caminaron hacia la villa principal, una estructura de cristal y madera noble que se integraba en la selva. Marcus no permitió que los empleados ayudaran a Kronii con su pequeña maleta; la obligó a caminar delante de él para poder observar el movimiento de sus caderas. Cada pocos pasos, él le daba un azote correctivo en el muslo, solo para recordarle quién marcaba el ritmo.

Al llegar a la terraza que daba directamente a una piscina de borde infinito, Marcus se sentó en un trono de mimbre oscuro y señaló el suelo a sus pies.

—Arrodíllate, Kronii. El viaje ha sido largo y necesito que me des la bienvenida adecuada a mi isla.

Ella obedeció sin dudar. Sus rodillas tocaron la madera cálida mientras se deshacía de las cuerdas del bikini con manos temblorosas pero expertas. Sabía lo que venía. Sabía que Marcus disfrutaba de verla degradada en la opulencia, reducida a un objeto de placer que, a pesar de su belleza divina, no era más que una posesión adquirida con poder y voluntad.

—Buen trabajo —gruñó él, pasando su mano por el cabello azul de ella mientras Kronii se ocupaba de complacerlo—. Eres tan dócil ahora. ¿Dónde quedó aquella arrogancia que mostrabas en tus transmisiones? ¿Dónde está la mujer que decía que el tiempo no tenía dueño?

Kronii se detuvo un segundo, mirándolo desde abajo con una devoción que rozaba lo religioso.

—El tiempo encontró a su dueño, Marcus —susurró ella, con los labios húmedos—. Y yo encontré mi propósito en ser tuya. No hay arrogancia en la verdad, y la verdad es que no soy nada sin tu mano guiándome.

Marcus la levantó bruscamente por los brazos y la llevó hacia la habitación principal, una suite abierta al océano donde la brisa marina agitaba las cortinas de lino. La lanzó sobre la cama de dosel, una vasta superficie de sábanas de seda negra que hacían que su piel pálida resaltara como una joya en un estuche.

—Dijiste que querías otro hijo —dijo Marcus mientras se despojaba de su ropa, revelando su físico imponente, una masa de músculos oscuros y venas marcadas—. Pues vamos a asegurarnos de que esta isla sea el lugar donde lo concibas. Quiero que cada rincón de este lugar huela a nuestra unión.

Él se posicionó sobre ella, pero antes de entrar, tomó un frasco de aceite de coco orgánico de la mesilla. Comenzó a verterlo sobre los pechos de Kronii, que aún conservaban la plenitud de la lactancia reciente. Con sus manos grandes y oscuras, comenzó a masajearlos, amasando la carne con una rudeza que hacía que ella arqueara la espalda y soltara gemidos agudos.

—Mírate —dijo Marcus, su voz vibrando contra el cuello de ella—. Estás hecha para esto. Tu cuerpo es una máquina de fertilidad y placer diseñada para mi disfrute exclusivo.

—¡Sí, Marcus! ¡Úsame! —gritaba ella, sus manos buscando desesperadamente el contacto con la piel de ébano de su esposo—. ¡Hazme sentir que soy tuya! ¡Rómpeme si es necesario, pero no me dejes ir!

Marcus no necesitó más invitación. Se separó sus piernas con una brusquedad que hizo que el bikini dorado, que aún colgaba de un tobillo, terminara de romperse. Se hundió en ella con un solo movimiento devastador, una embestida que hizo que Kronii perdiera el aliento. El impacto fue seco, carnal, una reclamación territorial en toda regla.

—¡Ahhh! —el grito de Kronii resonó en la villa, perdiéndose en el estruendo de las olas—. ¡Marcus! ¡Estás tan... tan dentro!

—Voy a estar más profundo todavía —respondió él, comenzando un ritmo frenético y pesado.

Cada golpe de sus caderas contra las de ella era un recordatorio de su machismo posesivo. Marcus no buscaba la armonía; buscaba la conquista. Sus manos grandes apretaban la cintura de Kronii con tal fuerza que sabía que dejaría marcas, marcas que ella luciría con orgullo bajo el sol del Caribe al día siguiente.

—Dime quién manda aquí, Kronii —gruñó él, sudando sobre ella, el contraste de su piel oscura brillando bajo la luz del atardecer—. Dime quién es el dueño de esta isla y de la mujer que hay en ella.

—Tú... ¡Tú eres el dueño! —balbuceaba ella, sus ojos azules rodando hacia atrás mientras el placer empezaba a nublarle el juicio—. ¡Marcus Miller es mi rey! ¡Soy tu perra, tu esposa, tu esclava! ¡Haz conmigo lo que quieras!

Marcus la giró con una facilidad insultante, poniéndola a cuatro patas sobre las sábanas de seda. La tomó por el cabello, obligándola a mirar hacia el ventanal, hacia el horizonte infinito donde el sol se hundía en el mar.

—Mira ese sol, Kronii —dijo él, embistiéndola desde atrás con una potencia que la hacía tambalearse—. Mañana saldrá porque yo lo permito en mi mundo. Y tú estarás aquí, preñada de nuevo, agradeciéndome por cada segundo de dolor y placer que te doy.

—¡Sí! ¡Por favor, Marcus! ¡Más fuerte! —rogaba ella, moviendo sus caderas hacia atrás para encontrar el fondo de la virilidad de ébano de él—. ¡Dame todo lo que tienes! ¡No dejes nada fuera!

El ritmo se volvió errático, salvaje. Marcus la azotaba con la mano abierta mientras la penetraba, un sonido rítmico que se mezclaba con los jadeos de ambos. Kronii estaba en un estado de trance, su mente reducida a las sensaciones básicas de ser llenada y dominada. En ese momento, no existía el tiempo, no existía el espacio; solo existía la masa oscura y poderosa de Marcus reclamando su interior.

—¡Ahora, Kronii! ¡Mírame! —ordenó él.

La giró de nuevo, quedando ella debajo, con las piernas envueltas alrededor de su cintura de ébano. Marcus la miró fijamente a los ojos, una mirada cargada de una soberbia absoluta, y con un rugido que pareció sacudir la estructura de la villa, se liberó dentro de ella. Fue una descarga masiva, un torrente de calor que Kronii sintió inundar su vientre, sellando la promesa de una nueva vida y reafirmando su cadena de oro.

Él se desplomó sobre ella, su pecho pesado subiendo y bajando contra el de ella. El silencio solo era roto por sus respiraciones agitadas y el mar.

—Mañana —dijo Marcus después de unos minutos, su voz recuperando su tono autoritario—, quiero que te pongas el bikini rojo. Vamos a ir al yate. Hay unos socios que vendrán a cerrar un trato y quiero que vean lo bien que cuido a mi propiedad más valiosa.

—Como desees, Marcus —respondió ella, acariciando los músculos de la espalda de él—. Siempre estaré lista para ser exhibida como tu trofeo.

—Y no quiero que hables —añadió él, levantándose y caminando hacia la ducha sin mirar atrás—. Solo sonríe y asegúrate de que todos vean el anillo que te puse. Que sepan que, aunque puedan mirarte, si pusieran un dedo sobre ti, los enterraría en esta misma arena.

Kronii se quedó en la cama, sintiendo el calor de él aún dentro de ella, una sonrisa de paz absoluta en sus labios. Se sentía completa. Se sentía poseída. Se sentía, por fin, libre de la carga de ser ella misma.

Al día siguiente, el sol caribeño iluminó la isla con una intensidad cegadora. Kronii apareció en la cubierta del yate de lujo de Marcus vistiendo el bikini rojo que él había ordenado. Era, si cabe, más revelador que el anterior. Marcus estaba sentado en la zona de mando, con una copa de coñac en la mano y un puro entre los labios, observando cómo sus invitados —dos empresarios europeos de aspecto estirado— no podían apartar los ojos de su esposa.

—Caballeros —dijo Marcus, su voz resonando con una confianza insultante—, les presento a mi esposa, Kronii. Ella es la razón por la que trabajo tan duro. Un hombre necesita un lugar donde descansar su cabeza, y un cuerpo donde depositar su éxito.

Los hombres asintieron con una mezcla de envidia y respeto. Kronii se acercó a Marcus y se sentó en el suelo, a su lado, apoyando la cabeza en su rodilla. Él le pasó la mano por el cabello con un gesto distraído, como quien acaricia a una mascota de raza.

—Es una mujer magnífica, Miller —dijo uno de los invitados, tragando saliva—. Tiene usted mucha suerte.

—La suerte no tiene nada que ver con esto, Stefan —respondió Marcus, echando el humo del puro hacia el cielo azul—. El poder atrae a la belleza, y la autoridad la mantiene en su lugar. Kronii sabe que su lugar es a mi lado, en silencio, siendo el reflejo de mi grandeza. ¿Verdad, preciosa?

—Así es, Marcus —respondió ella, mirando a los invitados con una frialdad que solo se derretía cuando miraba a su marido—. No hay mayor honor para una mujer que ser el descanso del guerrero.

La tarde transcurrió entre risas masculinas, tratos de millones de dólares y la exhibición constante de Kronii. Marcus la obligaba a servirles bebidas, a caminar por la borda para que el viento agitara su bikini, y a realizar pequeñas tareas domésticas frente a los hombres, solo para demostrar que su antigua fama no significaba nada frente a su rol actual.

Cuando los invitados se marcharon en su propia lancha, Marcus tomó a Kronii por el brazo y la llevó hacia el camarote principal del yate.

—Te portaste bien hoy —dijo él, cerrando la puerta con un clic sonoro—. Me gustó cómo bajabas la mirada cuando te lo ordenaba. Me hizo sentir... especialmente generoso.

—Solo quería que estuvieras orgulloso de mí —respondió ella, arrodillándose ante él sin que se lo pidiera—. Me encanta que me vean como tuya. Me encanta que sepan que nadie puede tocarme porque tú eres mi muro.

—Y así seguirá siendo —sentenció Marcus, despojándose de su camisa—. Pero ahora, quiero mi recompensa por haber sido tan "generoso" compartiendo tu imagen con esos idiotas. Quítate eso. Quiero ver cómo brilla tu piel bajo la luz de las lámparas de este barco.

La noche en el yate fue una repetición intensificada de la noche anterior. Marcus la utilizó con una creatividad que bordeaba lo fetichista, usando las cuerdas del barco para inmovilizarla y el aceite de los motores para marcar su piel, siempre recordándole que ella era materia prima en sus manos. Kronii aceptaba cada orden, cada exigencia, con una voracidad que asustaba incluso a Marcus. Ella no solo aceptaba su sumisión; la exigía.

—¡Dime que no soy nada, Marcus! —gritaba ella mientras él la tomaba contra el mamparo de madera del camarote—. ¡Dime que soy solo un pedazo de carne para tu placer!

—¡Eres mi carne! —rugía él, sus embestidas haciendo que el yate se meciera violentamente—. ¡Eres mi tiempo, mi espacio y mi puta propiedad privada! ¡Y vas a llevar mi marca hasta el día que te mueras!

El clímax llegó con la fuerza de una tormenta tropical. Ambos colapsaron en el suelo del camarote, rodeados de lujo y sudor. Marcus la miró, viendo la marca de su mano en la mejilla de ella y el brillo de su simiente en sus muslos.

—Mañana volvemos a la ciudad —dijo él, recuperando su tono de negocios—. Tienes una cita con el obstetra. Quiero saber si lo que hicimos anoche y hoy ha dado sus frutos.

—Lo ha hecho, Marcus —respondió ella, acurrucándose contra su pierna de ébano—. Lo siento en mi interior. Siento cómo tu poder está echando raíces de nuevo.

Marcus asintió, satisfecho. Se levantó y se sirvió otro coñac, mirando por la ventana del camarote hacia la isla que desaparecía en la oscuridad. Sabía que había ganado. Había tomado a una entidad que se creía por encima de la humanidad y la había convertido en el pilar de su hogar, en la madre de sus hijos y en el juguete de sus noches.

Ouro Kronii, la antigua Guardiana del Tiempo, cerró los ojos y se quedó dormida en el suelo del yate, feliz de saber que su tiempo ya no le pertenecía. Ahora, cada segundo, cada minuto y cada hora de su existencia estaban contados por el latido firme y autoritario del hombre que la había hecho suya, transformando su angustia existencial en una servidumbre de seda y ébano que ella nunca, bajo ninguna circunstancia, querría romper.