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L.1

El Vals de las Apariencias y el Veneno de la Envidia

El Gran Salón del Castillo del Valle de las Espinas resplandecía con una opulencia que rozaba lo asfixiante. Candelabros de cristal de obsidiana flotaban en el aire, sostenidos por hilos de magia verde esmeralda, bañando a la nobleza de las hadas en una luz espectral pero hermosa. Había pasado un mes desde aquella confrontación en el jardín, y para el mundo exterior, nada había cambiado. La Reina Freiliana caminaba al lado de su esposo, el Rey Malleus, con la gracia impecable que se esperaba de su rango.

Freiliana vestía un pesado vestido de seda azul medianoche que contrastaba con su piel pálida y su cabello castaño oscuro. A pesar de su baja estatura de un metro cuarenta y nueve, se movía con una dignidad que obligaba a los presentes a bajar la cabeza a su paso. A su lado, Malleus era una torre de poder y arrogancia silenciosa. Sus dos metros treinta y siete de altura, sumados a la majestuosidad de sus cuernos negros, hacían que cualquier otro hombre en la sala pareciera insignificante.

— Mantén la cabeza en alto, Freili —susurró Malleus, inclinándose apenas lo suficiente para que su aliento rozara la oreja de su esposa—. Todos nos observan. Eres la visión más exquisita de este salón.

— Siempre mantengo la cabeza en alto, Malleus —respondió ella con una voz suave, desprovista de cualquier emoción cálida—. No por orgullo, sino por el peso de la corona que tú mismo pusiste sobre mis sienes.

Malleus apretó levemente el brazo de ella, que descansaba sobre el suyo. Odiaba esa cortesía gélida. Preferiría que ella le gritara, que le reclamara por sus ausencias, que mostrara un ápice de esa pasión que una vez compartieron. Pero Freiliana se había convertido en un espejo de agua estancada: hermosa, pero impenetrable.

La velada transcurría entre brindis y conversaciones banales hasta que una presencia discordante se hizo notar. Entre la multitud, una mujer de apariencia etérea y ojos felinos se pavoneaba con un vestido demasiado revelador para el protocolo de la corte. Era ella. La mujer que había fracturado lo que quedaba del matrimonio real. Freiliana la vio de reojo, pero no permitió que sus músculos se tensaran. Había aprendido que, en la corte, la indiferencia era el arma más afilada.

Sin embargo, la amante no parecía contenta con solo observar. Se acercó a un grupo de condesas, elevando la voz lo suficiente para que el eco de sus palabras llegara a los oídos de la Reina.

— Es curioso, ¿no creen? —dijo la mujer, fingiendo un tono de confidencia—. La pequeña princesa Aurora tiene una luz tan... inusual. Casi parece que no tuviera ni una gota de la esencia de los Draconia. Se dice que los fénix oscuros son criaturas de naturaleza voluble cuando sus esposos están lejos atendiendo los asuntos del reino.

Un silencio incómodo se extendió por el círculo cercano. Malleus, que había estado escuchando una petición de un barón, se congeló. El aire a su alrededor comenzó a bajar de temperatura drásticamente, y pequeñas chispas de electricidad verde bailaron en las puntas de sus cuernos. Su obsesión por Freiliana no toleraba que nadie, ni siquiera su pasatiempo momentáneo, manchara el honor de su esposa o la legitimidad de su sangre.

Freiliana, por el contrario, permaneció impasible. Solo un ligero destello azul en sus ojos delató que el insulto hacia su hija había tocado una fibra sensible. Antes de que Malleus pudiera desatar una tormenta mágica que probablemente destruiría la mitad del salón, una mano firme y familiar se posó en el hombro de Freiliana.

— Mi Reina —dijo una voz profunda y serena—. Me parece que la música está siendo desperdiciada en conversaciones tan mediocres. ¿Me concedería este vals?

Freiliana se giró y sintió que la tensión en su pecho se aflojaba un poco. Era Lidia, su tutor de la infancia y actual consejero de la corona. Lidia había sido su ancla desde que era una niña pequeña que apenas llegaba a las rodillas de los demás. Él la conocía mejor que nadie, incluso mejor que Malleus.

— Sería un honor, Lidia —respondió ella, ofreciéndole una sonrisa que, por primera vez en toda la noche, fue genuina.

Malleus observó la interacción con los ojos entrecerrados. Sus celos, siempre latentes bajo su fachada de rey distante, rugieron con fuerza. No soportaba ver a Freiliana sonreírle a otro hombre, incluso si ese hombre era un tutor que le doblaba la edad y que siempre había sido leal.

— Freiliana —dijo Malleus, su voz como un trueno lejano—, aún no hemos terminado nuestra ronda de saludos.

— Tú no has terminado, Malleus —replicó ella, soltándose suavemente de su brazo—. Pero yo necesito un respiro de tantas... lenguas viperinas. Confío en que podrás manejar a tus invitados sin mí por unos minutos.

Lidia hizo una reverencia impecable ante Malleus, aunque sus ojos no mostraron miedo ante la mirada asesina del Rey.

— Con su permiso, Majestad. Prometo devolver a la Reina a su lado antes de que la última nota se apague.

Malleus se quedó de pie, rígido como una estatua de obsidiana, viendo cómo Lidia conducía a su pequeña esposa hacia el centro de la pista. La diferencia de estatura era notable, pero Lidia se movía con una delicadeza que hacía que Freiliana pareciera flotar. En los brazos del tutor, ella no parecía la reina cansada y decepcionada, sino la fénix vibrante que Malleus recordaba de su juventud.

Mientras tanto, en los bordes de la pista, la amante de Malleus, furiosa por haber sido ignorada por el Rey tras su comentario, decidió arriesgarse más. Se acercó a Malleus, intentando poner una mano en su brazo.

— Majestad, no debería permitir que ella se exhiba así con ese hombre. Solo confirma lo que todos sospechan sobre el origen de la niña...

Malleus se giró hacia ella con una rapidez inhumana. Su mano rodeó el cuello de la mujer, no para asfixiarla, sino para obligarla a mirar el abismo verde de sus ojos. El aura de poder que emanaba de él hizo que varios invitados retrocedieran, tropezando entre sí.

— Escúchame bien, pequeña criatura insignificante —susurró Malleus, y su voz vibró con una furia antigua—. Aurora es mi sangre, mi heredera y mi vida. Freiliana es mi reina, la única mujer que posee mi alma. Si vuelves a pronunciar una sola palabra que ponga en duda su virtud o la legitimidad de mi hija, me aseguraré de que tu existencia sea borrada de los anales de la historia. No habrá tumba, no habrá recuerdo. Solo cenizas.

La mujer palideció, temblando de pies a cabeza mientras Malleus la soltaba con desprecio. Sin mirar atrás, el Rey volvió su atención a la pista de baile.

Allí, Freiliana y Lidia se movían en perfecta armonía.

— Estás tensa, pequeña fénix —comentó Lidia en voz baja, asegurándose de que nadie más los escuchara—. Tus alas están vibrando bajo la seda. Si sigues así, vas a incendiar el vestido.

— Estoy cansada, Lidia —susurró ella, apoyando ligeramente la frente en el pecho de su amigo—. Cansada de las mentiras, de las miradas y de la sombra de Malleus que me persigue a todas partes. Él cree que puede comprar mi perdón con joyas y que puede borrar sus errores con su obsesión.

— Sabes que él te ama a su manera retorcida —dijo Lidia, guiándola en un giro elegante—. El problema de los dragones es que creen que amar es poseer. No entienden que un fénix necesita aire para arder, no una jaula de oro.

— Él ya no tiene mi amor —sentenció Freiliana con una firmeza que sorprendió a Lidia—. Se lo llevó el día que descubrí que mi lealtad de siglos no era suficiente para él. Ahora solo queda la corona y Aurora.

— Hablando de Aurora... —Lidia miró por encima del hombro de Freiliana hacia donde Malleus los observaba—. Tu esposo parece estar a punto de incinerar a todo el servicio de seguridad. Sus celos son peligrosos, Freili.

— Que arda —respondió ella con una frialdad inusual—. Tal vez así sienta un poco del calor que yo perdí.

Malleus no pudo aguantar más. Cruzó el salón con zancadas largas, apartando a los cortesanos como si fueran briznas de hierba. Llegó al centro de la pista justo cuando la música llegaba a su clímax. Sin mediar palabra, puso una mano sobre el hombro de Lidia y la otra en la cintura de Freiliana.

— Gracias, Lidia. Yo me encargaré de mi esposa a partir de aquí —dijo Malleus. No era una petición, era una orden real cargada de una amenaza implícita.

Lidia asintió con una sonrisa educada y se retiró, lanzándole a Freiliana una mirada de apoyo antes de desaparecer entre la multitud.

Malleus tomó las manos de Freiliana, que se sentían pequeñas y frías entre las suyas. La obligó a seguir el ritmo de la nueva melodía, una pieza mucho más lenta y melancólica.

— No me gusta que bailes con él —soltó Malleus de repente, su tono perdiendo la formalidad—. No me gusta cómo te mira. Como si supiera secretos de ti que yo he olvidado.

— Lidia ha estado a mi lado siempre, Malleus —respondió ella, mirando fijamente el broche de esmeralda en el pecho del Rey—. Él no necesita secretos para conocerme. Solo necesita lealtad. Algo que parece escasear en este castillo.

Malleus se tensó.

— ¿Es por ella, verdad? Por lo que dijo sobre Aurora. Ya me he encargado de que no vuelva a molestar. Sus palabras son solo el veneno de alguien que sabe que nunca podrá ocupar tu lugar.

Freiliana finalmente levantó la vista, encontrando los ojos de jade de su esposo.

— No es solo por ella, Malleus. Ella es solo un síntoma de la enfermedad que tú mismo creaste. Me hablas de que nadie ocupará mi lugar, pero permitiste que alguien más entrara en el espacio que se suponía era solo nuestro. ¿Y ahora te atreves a tener celos de un amigo fiel?

— ¡Porque te amo! —exclamó él, bajando el volumen de inmediato al notar que las cabezas se giraban—. Mi amor por ti es lo único real que poseo. Todo lo demás... el poder, el reino, las distracciones... no significan nada. Eres mi obsesión, Freiliana. Desde que éramos niños y te veía esconderte entre las flores, supe que serías mía.

— Ese es el problema, Malleus —dijo ella, deteniéndose en medio de la pista de baile, obligándolo a él a detenerse también—. Crees que soy tuya. Como un objeto, como una joya en tu tesoro. Pero yo soy un fénix. Puedo renacer de mis propias cenizas, pero también puedo dejar que el fuego se apague para siempre si el nido está podrido.

Malleus sintió un miedo genuino, algo que rara vez experimentaba. La determinación en el rostro de su pequeña esposa era absoluta.

— No permitiré que te apagues —prometió él, rodeando su cintura con ambos brazos y atrayéndola hacia su pecho imponente, ignorando el protocolo y las miradas de los nobles—. Te obligaré a arder de nuevo. Si tengo que quemar el mundo entero para que vuelvas a mirarme con amor, lo haré.

Freiliana no luchó contra el abrazo. Se quedó allí, pequeña y frágil en apariencia, pero con un corazón de acero.

— Puedes quemar el mundo, Malleus —susurró contra su pecho—. Pero las cenizas no aman. Solo recuerdan lo que una vez fue fuego.

En ese momento, el heraldo anunció la entrada de la nodriza con la pequeña Aurora para la bendición ceremonial de la noche. La niña, envuelta en mantas blancas, bostezó, mostrando un pequeño destello de magia azul en sus dedos. Malleus se separó de Freiliana lo suficiente para mirar a su hija, y por un momento, la oscuridad en su rostro se suavizó.

— Mira —dijo Malleus, señalando a la bebé—. Ella es nuestro vínculo. Ella es la prueba de que pertenecemos el uno al otro.

Freiliana caminó hacia su hija y la tomó en brazos. Al sentir el calor de la pequeña, su aura de fénix brilló intensamente, iluminando el salón con una luz azul zafiro que dejó a todos sin aliento. Era una exhibición de poder puro, una respuesta silenciosa a los rumores de la amante. Nadie podía dudar de la sangre de esa niña cuando la madre mostraba tal magnificencia.

— Aurora es mía —dijo Freiliana, enfatizando la palabra con una fuerza que hizo que Malleus retrocediera un paso—. Ella es mi luz. Y por ella, mantendré esta farsa de reina y esposa perfecta. Pero no te confundas, Malleus. El Rey puede tener su corona y su castillo, pero la Reina ha cerrado la puerta de sus habitaciones... y de su corazón.

Freiliana se dio la vuelta, llevando a la heredera en brazos, y salió del salón con una elegancia que dejó un rastro de plumas azules de luz en el aire. No miró atrás.

Malleus permaneció en el centro de la pista, solo a pesar de estar rodeado de cientos de personas. Sus manos temblaban levemente. El Rey del Valle de las Espinas, el dragón de leyenda, se dio cuenta de que podía conquistar reinos enteros con un movimiento de su mano, pero que había perdido la única batalla que realmente le importaba.

Sin embargo, mientras observaba la puerta por la que ella se había ido, la obsesión en sus ojos verdes no se apagó. Al contrario, se volvió más profunda, más oscura.

— Si el nido está podrido, Freili —susurró para sí mismo—, entonces construiré uno nuevo sobre las ruinas de este. Pero no te dejaré ir. Jamás.

La música continuó, pero el alma de la fiesta se había marchado con la pequeña fénix. En las sombras del balcón, Lidia observaba al Rey con una mezcla de lástima y preocupación. Sabía que un dragón herido era peligroso, pero un fénix decepcionado era, a su manera, mucho más letal. El baile de las apariencias continuaría por muchos siglos más, pero en el corazón del Castillo de las Espinas, el invierno había llegado para quedarse.