L.1
El Susurro de las Cenizas y el Deber de la Sangre
Siete años habían transcurrido desde que el silencio se instaló como un habitante más en las alcobas reales del Valle de las Espinas. Siete años en los que Freiliana Drakonus había perfeccionado el arte de ser una reina de porcelana: hermosa, impecable y fría al tacto. Para el reino, eran la pareja perfecta; para la pequeña Aurora, que ahora corría por los pasillos con la energía de un sol naciente, eran simplemente sus padres. Pero entre ellos, el aire seguía cargado con la electricidad estática de lo que nunca se dijo y lo que nunca se perdonó.
El almuerzo familiar se servía en la terraza privada, un lugar donde las enredaderas de espinas se entrelazaban con flores de fénix que solo abrían sus pétalos ante la presencia de Freiliana. Malleus, sentado a la cabecera, observaba a su esposa con una intensidad que no había menguado con el tiempo. Ella, a pesar de sus novecientos cincuenta años, seguía pareciendo una criatura delicada de un metro cuarenta y nueve, una flor que él deseaba proteger y poseer con la misma fuerza violenta de siempre.
Aurora, que a sus siete años ya mostraba los rasgos altivos de su padre y la calidez expresiva de su madre, jugueteaba con su cuchara de plata antes de soltar la bomba que cambiaría el curso de la tarde.
— Madre, Padre... —comenzó la niña, ladeando la cabeza con una curiosidad inocente—. He estado pensando que el castillo es demasiado grande para una sola niña. Lilia dice que los príncipes a veces tienen compañeros de armas, pero yo quiero algo más.
Malleus arqueó una ceja, dejando su copa de vino sobre la mesa.
— ¿Y qué es aquello que deseas, pequeña chispa? —preguntó él, su voz profunda suavizándose solo para ella.
— Quiero un hermanito. O hermanitos —soltó Aurora con una sonrisa radiante—. Alguien con quien volar cuando mis alas crezcan del todo, alguien a quien enseñarle a esconderse de Silver en el jardín. Me siento muy sola cuando ustedes están en sus reuniones de consejo.
El silencio que siguió fue tan pesado que el piar de los pájaros en el bosque cercano pareció ensordecedor. Freiliana sintió un nudo en la garganta. Miró a su hija, cuyos ojos marrones brillaban con una esperanza pura, y luego desvió la mirada hacia Malleus, quien permanecía inmóvil, observando a su esposa como si esperara que ella diera la primera estocada.
— Aurora, tesoro... —dijo Freiliana finalmente, extendiendo su mano pequeña para acariciar el cabello de la niña—. Tener un hermano no es algo que se pueda pedir como un juguete en el mercado. Es... un proceso muy difícil. Lleva mucho tiempo y mucha magia.
— ¿Cuánto tiempo? —insistió la niña—. ¿Más que una siesta de abuelo Meleanor?
Freiliana forzó una sonrisa suave, intentando ocultar la amargura que le producía la idea de volver a compartir la intimidad con el hombre que la había traicionado.
— Mucho más. Verás, cuando tu padre y yo decidimos que queríamos tenerte a ti, tuvimos que esperar y esforzarnos durante diez años antes de que las estrellas nos concedieran tu llegada. No es algo que suceda de la noche a la mañana.
Malleus, que hasta ese momento no había intervenido, se inclinó hacia adelante. La sombra de sus cuernos se proyectó sobre la mesa, envolviendo el espacio de Freiliana. Sus ojos verdes jade centellearon con una determinación oscura y posesiva.
— Si tu madre dice que tardamos diez años, entonces tendremos que empezar de inmediato —declaró Malleus, su mirada fija en Freiliana—. Y si tenemos que pasar cien años intentándolo para que tengas lo que deseas, lo haremos. Es nuestro deber asegurar que no estés sola y que el linaje de los Draconia sea fuerte.
Freiliana sintió un escalofrío. Sabía que Malleus no lo decía solo por la niña. Era una invitación, una orden y una súplica, todo envuelto en la arrogancia de un rey que no aceptaba un "no" por respuesta.
— Malleus, no creo que este sea el momento... —comenzó ella, pero fue interrumpida por el entusiasmo de Aurora.
— ¡Entonces está decidido! —exclamó la pequeña, saltando de su silla—. ¡Tendré hermanos! Iré a decírselo a Lilia, seguro que él sabrá preparar los dormitorios.
La niña salió corriendo de la terraza antes de que Freiliana pudiera detenerla. Una vez que el eco de sus pasos desapareció, la atmósfera cambió drásticamente. La calidez fingida se evaporó, dejando solo el frío resentimiento de la reina y la obsesión ardiente del rey.
Freiliana se puso de pie, sus manos temblando levemente mientras se apoyaba en el borde de la mesa de piedra.
— ¿Cómo te atreves? —siseó ella, abandonando su máscara de amabilidad—. ¿Cómo te atreves a usar la inocencia de nuestra hija para forzar una situación que sabes perfectamente que es imposible entre nosotros? No nos hemos tocado en siete años, Malleus. Ni siquiera dormimos en la misma ala del castillo.
Malleus se levantó también, su imponente estatura de dos metros treinta y siete haciendo que ella pareciera aún más diminuta, casi como una muñeca que él podría romper si no tuviera cuidado.
— Es nuestro deber, Freiliana —respondió él, rodeando la mesa con pasos lentos y depredadores—. Somos los soberanos de este valle. Un solo heredero es un riesgo que no podemos permitirnos. El futuro es incierto y la sangre debe perdurar. Además... yo nunca he dejado de desearte. Mi obsesión por ti no ha hecho más que crecer en este desierto de indiferencia en el que me has tenido.
Freiliana soltó una risa amarga, una que sonó como cristales rotos.
— ¿Tu deber? ¿Tu deseo? No me hagas reír, Malleus. Si tanto te preocupa la descendencia, ¿por qué no le pides a ella que te dé esos herederos?
Malleus se detuvo en seco, sus ojos entrecerrándose.
— ¿De qué estás hablando?
— No te hagas el estúpido —dijo ella, alzando la voz por primera vez en años—. Sé todo sobre tu amante. Sé que te acuestas con ella porque ella es lo que yo dejé de ser: alguien que te admira sin cuestionarte. Y sé algo más, algo que tú creías que seguía siendo un secreto. Sé que ella está embarazada.
El rostro de Malleus se volvió una máscara de piedra, pero un destello de sorpresa cruzó sus facetas antes de que pudiera ocultarlo.
— Freiliana...
— ¡No! —lo interrumpió ella, dando un paso hacia él a pesar de la diferencia de tamaño—. Ni se te ocurra decir su nombre o intentar explicarlo. Sé que esperas un hijo bastardo. Y te lo dejo muy claro ahora mismo: ni creas que voy a permitir que ese niño ponga un pie en este castillo. No voy a cuidar al hijo de la mujer que destruyó mi hogar. No voy a permitir que Aurora crezca con una sombra que algún día podría reclamar lo que es suyo, ni voy a poner mi vida o la de mi hija en riesgo por las ambiciones de esa mujer. Ella usará a ese niño contra mí, dirá que soy la reina cruel que lo separó de su madre por capricho. No, Malleus. Si quieres hijos, tenlos con ella, pero olvídate de que lleven el nombre de Drakonus.
Malleus guardó silencio durante un largo momento. El aire a su alrededor se volvió pesado, cargado con el olor a ozono y lluvia que precedía a sus tormentas mágicas. Finalmente, habló con una voz tan baja que era casi un gruñido.
— Ese niño no es nada para mí. Fue un error nacido del aburrimiento y de tu rechazo constante. Pero tienes razón en algo: el linaje no puede depender de bastardos. Si quieres proteger la posición de Aurora, si quieres asegurarte de que ningún "hijo ilegítimo", como tú lo llamas, tenga poder, entonces debemos tener hijos legítimos. Hijos nacidos de la Reina. Hijos que el mundo reconozca como verdaderos príncipes de las espinas.
— ¿Me estás pidiendo que me entregue a ti para competir con una amante? —preguntó ella con asco.
— Te estoy diciendo que esta noche vendré a tu habitación —sentenció Malleus, ignorando su tono—. No como un favor, sino como tu Rey y tu esposo. Vamos a darle a Aurora lo que pidió. Vamos a engendrar hijos que aseguren tu lugar y el de ella para siempre. Si tanto te preocupa ese bastardo, asegúrate de que los tuyos sean más fuertes y numerosos. Es la ley de nuestra especie, Freiliana. La ley del dragón.
Él se dio la vuelta y se marchó, dejándola sola en la terraza. Freiliana se dejó caer en su silla, cubriéndose el rostro con las manos. El amor que sentía por él, ese sentimiento que creía muerto, dio un vuelco doloroso en su pecho. Odiaba que, a pesar de todo, el sonido de su voz todavía hiciera que sus alas de fénix vibraran bajo su piel. Odiaba que su cuerpo recordara el calor de él con una traicionera nostalgia.
La noche cayó sobre el Valle de las Espinas con una pesadez inusual. Freiliana se encontraba en sus aposentos, vestida con una camisola de seda que apenas cubría sus curvas. Se miró al espejo, notando cómo su complexión algo rellenita y suave contrastaba con la dureza de su mirada. Sabía que Malleus vendría. Él nunca rompía una promesa, especialmente una que alimentara su obsesión.
Cuando la puerta se abrió, no hubo necesidad de que el guardia anunciara su llegada. El aura gélida y potente de Malleus llenó la habitación. Él entró, ya sin su capa real, con la camisa entreabierta dejando ver la piel pálida de su pecho. Sus cuernos parecían más grandes en la penumbra, dándole un aspecto divinamente aterrador.
— Has venido —susurró ella, sin girarse.
— Te dije que lo haría —respondió él, acortando la distancia en tres zancadas—. No voy a permitir que este muro de hielo entre nosotros siga creciendo.
Malleus puso sus manos grandes sobre los hombros de Freiliana. La diferencia de estatura era tan extrema que ella apenas llegaba a su cintura si él estaba erguido, pero en ese momento, él se inclinó, envolviéndola con su cuerpo.
— Todavía me amas —afirmó él, rozando con sus labios la curva de su cuello—. Puedo sentir el calor de tu fuego. Tu fénix está despertando, Freili.
— Te odio por lo que nos hiciste —respondió ella, aunque su voz flaqueó cuando las manos de él comenzaron a bajar por sus brazos—. Te odio por hacerme sentir que no era suficiente.
— Eres más que suficiente. Eres mi mundo entero —dijo Malleus con una sinceridad feroz—. Lo de esa mujer... fue una sombra. Tú eres el sol. Déjame entrar de nuevo, Freiliana. Déjame demostrarte que ningún otro ser en este mundo puede reclamarte como yo lo hago.
Él la giró para que lo mirara. Freiliana tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás, sintiéndose abrumada por la inmensidad de su esposo. Malleus la levantó con una facilidad pasmosa, como si no pesara nada, y la llevó hacia la cama de dosel.
A pesar de los siglos que habían pasado juntos, Freiliana nunca se había acostumbrado del todo a la herencia dracónica de Malleus. Había algo primitivo y abrumador en la forma en que él la poseía, una intensidad que solo un dragón de su linaje podía manifestar. Pero esa noche, había algo más: una urgencia nacida del miedo a perderla del todo y una desesperación por borrar el rastro de cualquier otra persona de sus vidas.
Cuando finalmente se unieron, el contraste fue absoluto. La suavidad de ella contra la dureza de él, el fuego azul del fénix mezclándose con el rayo verde del dragón. Malleus era posesivo, sus manos marcando su piel con una delicadeza que rozaba el dolor, recordándole a cada segundo que ella le pertenecía. Freiliana, a pesar de su orgullo, no pudo evitar responder. Sus uñas se clavaron en la espalda de Malleus y sus alas se desplegaron finalmente, bañando la habitación en un resplandor azul eléctrico.
En el clímax de su unión, Malleus le susurró al oído con una voz cargada de una obsesión milenaria:
— Tendrás mis hijos, Freiliana. Tantos como Aurora desee, tantos como yo necesite para asegurarme de que nunca me dejes. Serás la madre de una estirpe que gobernará este mundo, y nadie, absolutamente nadie, se atreverá a cuestionar tu lugar a mi lado.
Freiliana lloró en silencio, no de tristeza, sino de una mezcla confusa de alivio y derrota. El amor que sentía por él era una enfermedad de la que no podía curarse, y Malleus lo sabía. Él usaba su deber, su hija y su propio cuerpo para encadenarla a él, y ella, por el bien de Aurora y por el resto de fuego que aún quedaba en sus cenizas, aceptaba las cadenas.
Horas después, mientras Malleus dormía con un brazo protector rodeando su pequeña cintura, Freiliana observaba la luna a través de la ventana. Sabía que la guerra con la amante apenas comenzaba. Sabía que el hijo bastardo sería una amenaza latente. Pero mientras sentía el peso del Rey sobre ella, se hizo una promesa.
Si tenía que engendrar un ejército de príncipes para proteger a Aurora y mantener su dignidad, lo haría. Se convertiría en la reina que Malleus necesitaba: una fénix que no solo daba calor, sino que también era capaz de reducir a cenizas a cualquiera que amenazara su nido.
— El tiempo de la gentileza se ha acabado, Malleus —susurró ella, acariciando la marca que los dientes de él habían dejado en su hombro—. Me querías como tu reina y como tu igual en el poder. Ahora vas a ver de lo que es capaz un fénix cuando decide que ya no tiene nada que perder, excepto a su hija.
En la oscuridad del castillo, el destino del Valle de las Espinas se selló con un pacto de sangre y deseo. El Rey había recuperado su tesoro, pero no se daba cuenta de que el tesoro ahora tenía espinas propias, mucho más afiladas que las que rodeaban su reino. La farsa continuaría, pero bajo la superficie, el fuego azul de Freiliana ardía con una intensidad nueva y peligrosa, lista para consumir todo lo que se interpusiera en su camino.