La luz de mi corazón
El Aroma del Enemigo y el Hilo de Seda
El sol de Bangkok se filtraba por las persianas de la sala de ensayos de GMMTV, creando un patrón de luces y sombras que parecía acentuar la tensión eléctrica en el aire. No habían pasado ni veinticuatro horas desde que el director soltó la bomba de la nueva serie, y el ambiente ya estaba a punto de estallar. Barcode, fiel a su estilo, había llegado temprano, vistiendo una camiseta de algodón holgada y unos pantalones de chándal que, aunque caros, parecían elegidos al azar.
—¿Es que nadie te enseñó que los ensayos son una extensión de tu imagen pública? —La voz de Kinn, gélida y perfecta, cortó el aire.
Kinn entró en la sala luciendo un conjunto de lino color crema de una marca italiana que probablemente costaba más que el equipo de sonido de la habitación. Paul caminaba un paso por detrás, sosteniendo un café artesanal en un vaso de cristal térmico.
—¡Oh, mira! —exclamó Barcode, fingiendo una sorpresa exagerada mientras se levantaba del suelo—. El maniquí ha cobrado vida y ha decidido darnos una charla sobre moda. ¿No te da calor tanto privilegio, "princesita"? Aquí venimos a sudar, no a posar para la portada de Vogue.
—Sudar es para personas que no pueden permitirse un aire acondicionado personal —replicó Kinn, quitándose las gafas de sol con una lentitud exasperante—. Y no me llames así, chico chusma. Mi nombre es Kinn, aunque dudo que tu vocabulario limitado pueda procesar más de dos sílabas sin cansarse.
Aun y Keen, que estaban sentados en un rincón compartiendo unos bocadillos, intercambiaron miradas divertidas.
—Aquí vamos de nuevo —susurró Keen—. Diez bahts a que Barcode le tira el agua en menos de cinco minutos.
—Acepto —respondió Aun con una sonrisa—. Yo digo que Kinn se queja del olor a humanidad en tres.
Barcode se acercó a Kinn, invadiendo su espacio personal con esa confianza juguetona que lo caracterizaba. Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para notar el perfume de Kinn: una mezcla de sándalo, cuero y algo metálico que gritaba "dinero".
—¿Sabes qué pasa, Kinn? —dijo Barcode, bajando la voz a un susurro ronco—. Que debajo de toda esa seda y ese oro, sigues siendo el mismo niño que se escondía detrás de mí cuando los perros de la calle le ladraban. Puedes comprarte el mundo, pero no puedes comprar una personalidad que no sea de plástico.
Kinn no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia adelante, desafiando la cercanía. Sus ojos recorrieron el rostro de Barcode, deteniéndose un segundo de más en sus labios antes de volver a chocar con su mirada.
—Y tú sigues siendo el mismo niño que buscaba atención haciendo ruido porque no tenía nada más que ofrecer —respondió Kinn, y por un momento, la arrogancia flaqueó, dejando ver una intensidad que quemaba—. Pero ahora el ruido es molesto. Aléjate, hueles a... común.
—¡Pues este "común" es el que va a tener que besarte frente a las cámaras en un mes! —soltó Barcode con una carcajada burlona, aunque sus orejas se habían teñido de un rojo delatador—. Así que mejor ve acostumbrándote, porque pienso comer mucho ajo antes de cada escena.
—Si te atreves a tocarme con aliento a ajo, pediré que te reemplacen por un doble de acción que al menos sepa lo que es un cepillo de dientes —sentenció Kinn, dándose la vuelta para hablar con el coreógrafo, aunque su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas.
El ensayo fue una tortura de tres horas. Cada vez que debían practicar una posición cercana o un movimiento de baile coordinado, la fricción era casi tangible. Barcode aprovechaba cualquier descuido para rozar la cintura de Kinn o susurrarle comentarios mordaces al oído, disfrutando de cómo el cuello de Kinn se tensaba y cómo su respiración se volvía errática. Kinn, por su parte, mantenía una fachada de indiferencia aristocrática, pero sus manos temblaban ligeramente cada vez que los dedos de Barcode se entrelazaban con los suyos por exigencia del guion.
—¡Descanso de quince minutos! —gritó el coreógrafo, saliendo de la sala para atender una llamada.
Barcode se desplomó en un banco, jadeando. Se quitó la sudadera que llevaba encima de la camiseta, dejándola tirada sobre una silla mientras iba hacia Aungpao para pedirle un poco de agua.
—Estás jugando con fuego, Barcode —le advirtió Aungpao, pasándole la botella—. Kinn parece que va a explotar en cualquier momento.
—Que explote —dijo Barcode, bebiendo con avidez—. Es divertido ver cómo se le desmorona la fachada de niño rico.
Mientras tanto, en el otro extremo de la sala, Kinn observaba la sudadera de Barcode. Era una prenda sencilla, de color gris, con un pequeño logo de una marca deportiva local. Se veía desgastada, suave y, lo más importante, estaba impregnada del olor de Barcode: ese aroma a jabón barato, sudor limpio y la energía caótica que siempre lo rodeaba.
Kinn sintió un impulso irracional, una punzada de deseo y nostalgia que lo dejó sin aliento. Quería algo de él. Algo que no fuera un insulto o una mirada desafiante. Quería algo que pudiera poseer en la soledad de su ático de lujo, lejos de las cámaras y de los ojos curiosos de sus amigos.
—Paul, ve al coche y tráeme mi otra tableta —ordenó Kinn, sin apartar la vista de la silla—. Olvidé revisar unos contratos de modelaje.
—Pero Kinn, la tienes en el maletín... —empezó Paul, pero la mirada gélida de su amigo lo detuvo—. Está bien, voy ahora mismo.
Con Paul fuera del camino y los amigos de Barcode distraídos en una discusión sobre qué almorzar, Kinn se movió con la gracia de un depredador. Se acercó a la silla, fingiendo que buscaba algo en su propio bolso, y en un movimiento rápido y preciso, tomó la sudadera de Barcode y la deslizó dentro de su maletín de cuero de diseñador.
Cerró la cremallera justo cuando Barcode regresaba, secándose el cuello con una toalla.
—¿Qué haces tan cerca de mis cosas, presumido? —preguntó Barcode, arqueando una ceja—. ¿Vas a intentar robarme el talento por ósmosis?
Kinn se irguió, recuperando su máscara de arrogancia en un parpadeo.
—Solo me aseguraba de que tus pertenencias no contaminaran mi maletín. Es de piel de avestruz, no quiero que se pegue la pobreza.
—Eres increíble —bufó Barcode, volviendo a sentarse—. Por cierto, ¿viste mi sudadera? Estaba aquí hace un momento.
Kinn ni siquiera parpadeó.
—Probablemente salió corriendo por vergüenza de ser tan fea. O quizás algún asistente la tiró a la basura, que es donde pertenece.
Barcode frunció el ceño, buscando alrededor de la sala, pero el ensayo se reanudó y no tuvo tiempo de seguir buscando. Al final del día, se fue a casa refunfuñando sobre cómo GMMTV necesitaba mejores protocolos de limpieza, sin sospechar ni por un segundo que su prenda favorita viajaba en el asiento trasero de un Rolls-Royce.
Esa noche, en el piso 45 de uno de los edificios más exclusivos de la ciudad, Kinn se encontraba solo. El apartamento era un monumento al minimalismo y al lujo: mármol blanco, muebles de diseñador y una vista impresionante de las luces de Bangkok. Sin embargo, se sentía frío.
Kinn dejó su reloj de diamantes sobre la mesa de noche y, tras asegurarse de que la puerta estaba cerrada, abrió su maletín. Sacó la sudadera gris. En la iluminación cálida de su habitación, la prenda parecía fuera de lugar, un objeto extraño en un templo de perfección.
Se sentó en el borde de su cama de seda y acercó la tela a su rostro. Cerró los ojos y aspiró profundamente.
Ahí estaba. Barcode.
No era el Barcode que gritaba insultos en el pasillo o el que coqueteaba con las cámaras. Era el aroma del chico que solía trepar a los árboles con él, el que le prometió que nunca se iría y luego desapareció cuando su familia se mudó. Era el olor de la única persona que alguna vez lo hizo sentir que no necesitaba ser perfecto para ser amado.
—Idiota —susurró Kinn a la oscuridad, apretando la sudadera contra su pecho—. Eres un idiota ruidoso y chusma.
Se tumbó en la cama, cubriéndose con su edredón de mil hilos, pero manteniendo la sudadera de Barcode cerca de su almohada. La tensión que había acumulado durante todo el día parecía disolverse solo con tener ese pequeño pedazo de Barcode con él. Se sentía patético, un millonario caprichoso robando ropa usada, pero en ese momento, no le importaba.
Mientras tanto, en su propio apartamento, Barcode estaba tirado en el sofá, mirando el techo.
—Ese presumido —murmuró, tocándose los labios—. ¿Por qué tiene que oler tan bien? Y por qué me mira como si quisiera devorarme y matarme al mismo tiempo...
Barcode se dio la vuelta, sintiendo una inquietud que no podía explicar. Echaba de menos su sudadera, pero más que eso, sentía que algo había cambiado ese día. La guerra seguía en pie, sí, pero las armas estaban empezando a derretirse bajo el calor de una atracción que ninguno de los dos podía seguir ocultando, por mucho que se insultaran en los pasillos de la empresa.
Kinn, en su cama de lujo, finalmente se quedó dormido con el rastro del aroma de Barcode envolviéndolo, mientras que Barcode, en su sencillez, soñaba con unos ojos fríos que, por un segundo en el ensayo, habían brillado con una vulnerabilidad que lo había dejado desarmado.
Al día siguiente, la batalla continuaría. Kinn llegaría con un traje nuevo y Barcode con un chiste nuevo. Se dirían "presumido" y "chusma", se empujarían y se desafiarían, pero ahora había un secreto entre ellos, oculto en un maletín de cuero y en el latido acelerado de dos corazones que, a pesar de los años y el dinero, seguían perteneciéndose el uno al otro.