La luz de mi corazón
Seda, Sudor y un Beso de Contrabando
El martes en las oficinas de GMMTV comenzó con un aura de incredulidad absoluta. El personal del buffet, los estilistas y hasta los guardias de seguridad se detuvieron en seco cuando vieron entrar a Kinn. El joven heredero, que normalmente no pisaba el suelo si no era con zapatos de suela roja y trajes que requerían un seguro de vida, vestía una sudadera gris de algodón, visiblemente desgastada y un par de tallas más grande de lo necesario.
Aun, Keen y Aungpao estaban junto a la máquina de café cuando el "príncipe de la seda" pasó por su lado.
—¿Mis ojos me engañan o Kinn lleva puesta una prenda que no cuesta el salario de un año? —susurró Keen, frotándose los párpados—. Esa sudadera... me resulta familiar.
—Es la de Barcode —sentenció Aungpao con su calma habitual, aunque sus cejas se elevaron—. La que dio por perdida ayer.
Barcode llegó apenas unos minutos después, con su energía habitual, saludando a todos con bromas ruidosas hasta que divisó la figura de Kinn de espaldas, hablando con Paul. Se quedó congelado a mitad de un paso. No podía ser. Esa mancha de pintura seca en el puño derecho, el deshilachado del cuello...
—¡Oye, tú! ¡Presumido de pacotilla! —gritó Barcode, cruzando el vestíbulo a zancadas—. ¡Ladrón de clóset!
Kinn se giró con una lentitud exasperante. A pesar de llevar una prenda tan informal, su porte seguía siendo el de alguien que despreciaba el mundo desde un pedestal de diamantes. Se ajustó las mangas de la sudadera gris con la misma elegancia con la que se ajustaría un esmoquin.
—¿Te refieres a mí, chico chusma? —preguntó Kinn, arqueando una ceja perfectamente depilada—. Modera tu tono. Hay gente intentando trabajar en un ambiente distinguido.
—¡Distinguido mi pie izquierdo! —Barcode lo señaló con el dedo, casi tocándole la nariz—. ¡Esa es mi sudadera! La que "desapareció" ayer mágicamente de mi silla. ¿Qué haces usándola? ¡Si ayer dijiste que era basura!
Kinn soltó una risita seca, aunque por dentro su pulso se aceleraba al sentir el aroma de Barcode impregnado en la tela que ahora tocaba su propia piel.
—Bueno, decidí que necesitaba experimentar cómo vive la clase baja por un día —respondió Kinn con frialdad—. Es... interesante. Un poco áspera para mi piel sensible, pero supongo que es un sacrificio por el arte. Consideralo una donación forzosa.
—¡Devuélvemela ahora mismo! —Barcode intentó agarrar el dobladillo de la prenda, pero Kinn lo apartó con un movimiento rápido de mano.
—No —dijo Kinn con firmeza—. Ahora es mía. Mis abogados te enviarán un cheque por el valor de este trapo, aunque dudo que el banco acepte procesar una cantidad tan insignificante.
—¡No quiero tu dinero, quiero mi sudadera favorita! —protestó Barcode, frustrado—. ¡Te queda fatal, pareces un niño rico que se perdió en un callejón!
—A mí todo me queda bien, Barcode. Es una bendición genética —sentenció Kinn, dándose la vuelta para dirigirse al set de rodaje—. Y ahora, si me disculpas, tengo una serie que protagonizar. Intenta no babear demasiado cuando me veas actuar.
Paul, que seguía a Kinn cargando un bolso de marca lleno de productos de cuidado facial, le lanzó una mirada de disculpa a Barcode antes de desaparecer por el pasillo.
—Ese tipo está loco —murmuró Barcode, sintiendo un calor extraño en el pecho—. Está loco y me va a volver loco a mí.
—O tal vez solo quería algo que oliera a ti —comentó Aun, apareciendo detrás de él y dándole un codazo—. Admítelo, que use tu ropa es lo más romántico que ese robot ha hecho en su vida.
—¡No es romántico, es un robo! —replicó Barcode, aunque no pudo evitar sonreír de lado mientras se dirigía al set.
El ambiente en el set de grabación era pesado. El director, un hombre que vivía para el drama visual, estaba revisando los monitores con una expresión de hambre voraz. La escena del día era crucial: el primer beso de los protagonistas bajo la lluvia artificial.
—¡Posiciones! —gritó el director—. Barcode, recuerda que estás enamorado pero resentido. Kinn, tú eres el chico rico que finalmente baja la guardia. ¡Y Kinn, por el amor de Dios, quítate esa sudadera gris! El vestuario dice que debes usar la camisa de seda azul.
—Me niego —dijo Kinn, cruzándose de brazos en medio del set—. Esta prenda aporta una... vulnerabilidad orgánica al personaje. Es un concepto artístico que dudo que entiendan, pero me quedo con ella.
El director suspiró, pero conociendo el temperamento de Kinn y su estatus de inversor indirecto, cedió.
—Está bien, grabaremos así. ¡Acción!
La lluvia comenzó a caer, empapando a ambos actores en segundos. Barcode sintió cómo la camiseta se le pegaba al cuerpo, pero su atención estaba totalmente centrada en Kinn. La sudadera gris, ahora mojada, se pegaba a los hombros anchos de Kinn, revelando la musculatura que solía ocultar bajo capas de ropa cara.
—¿Por qué eres así? —dijo Barcode, siguiendo el guion pero inyectando una verdad que le quemaba la garganta—. ¿Por qué tienes que comprarlo todo, incluso mis sentimientos?
Kinn se acercó, el agua resbalando por su mandíbula afilada. Sus ojos, generalmente fríos, brillaban con una intensidad que hizo que Barcode olvidara su siguiente línea.
—Porque es la única forma que conozco de asegurarme de que no te vayas —respondió Kinn, su voz apenas un susurro por encima del ruido de la lluvia artificial—. Eres un chico chusma, ruidoso y molesto... y no puedo soportar la idea de que alguien más te escuche.
Barcode sintió que el mundo desaparecía. El guion pedía un beso corto, un roce de labios dubitativo, pero cuando Kinn lo tomó por la nuca, no hubo nada de dubitativo en ello.
El beso fue una colisión de años de añoranza oculta tras insultos. Kinn saboreaba a Barcode con una desesperación que rompía su máscara de arrogancia, y Barcode respondió con la misma ferocidad, enredando sus dedos en el cabello empapado de Kinn. La sudadera gris entre ellos actuaba como un puente, un recordatorio de que, a pesar de los millones y las marcas, seguían siendo los mismos niños del barrio.
—¡Corten! ¡Corten! —gritó el director, emocionado—. ¡Eso fue oro puro! ¡La química es increíble!
Pero ellos no se soltaron de inmediato. Se quedaron allí, bajo la lluvia que empezaba a detenerse, respirando el mismo aire, con las frentes unidas.
—Sigues siendo un presumido —susurró Barcode contra los labios de Kinn.
—Y tú sigues siendo un desastre —respondió Kinn, aunque sus manos no soltaban la cintura de Barcode.
El resto del día fue un borrón de trabajo y miradas robadas. Kinn no se quitó la sudadera ni un segundo, incluso cuando Paul intentó convencerlo de que se pusiera algo seco para no resfriarse. Cuando el rodaje terminó y las luces del estudio empezaron a apagarse, Kinn se dirigió hacia el estacionamiento subterráneo, donde su coche de lujo lo esperaba en la zona privada.
Barcode lo siguió, manteniéndose a una distancia prudencial hasta que estuvieron lejos de los ojos curiosos de sus amigos.
—¡Oye! —llamó Barcode cuando Kinn estaba a punto de abrir la puerta de su coche.
Kinn se detuvo y se giró, apoyándose contra la carrocería brillante del vehículo. La sudadera seguía húmeda, dándole un aspecto inusualmente terrenal y peligrosamente atractivo.
—¿Vienes a pedir tu ropa otra vez? —preguntó Kinn con una sonrisa de suficiencia—. Ya te dije que el cheque está en camino.
Barcode no respondió con palabras. Caminó hacia él con una determinación que hizo que Kinn se tensara. Cuando llegó a su altura, Barcode lo empujó suavemente contra el coche y lo besó. Pero no fue el beso del set. Este era un beso cargado de posesión, de realidad, sin cámaras que los juzgaran.
Barcode soltó un gemido bajo y empezó a explorar el cuerpo de Kinn con sus manos. Sus palmas recorrieron el pecho de Kinn a través de la tela de la sudadera, bajando hacia su cintura y apretando con fuerza. El contraste entre la suavidad de la prenda de algodón y la firmeza del cuerpo de Kinn estaba volviendo loco a Barcode.
—Te odio —jadeó Barcode entre besos, bajando sus manos hacia la cadera de Kinn, sintiendo la piel caliente donde la sudadera se había subido un poco—. Odio que te veas tan bien con mi ropa vieja. Odio que seas tan arrogante y que pienses que puedes tenerlo todo.
Kinn echó la cabeza hacia atrás cuando los labios de Barcode encontraron un punto sensible en su cuello. Sus manos, antes tan controladas, se aferraron a los hombros de Barcode con una fuerza casi dolorosa. La arrogancia de Kinn se estaba desmoronando, dejando paso a una necesidad cruda que solo Barcode sabía provocar.
—Entonces... toma lo que es tuyo —susurró Kinn, su voz rota por la excitación—. No solo la sudadera, Barcode. Todo.
Barcode bajó una de sus manos, acariciando el muslo de Kinn a través del pantalón de tela fina, sintiendo cómo el otro temblaba bajo su toque. El poder que sentía al ver al impecable Kinn perdiendo el control era embriagador. Barcode metió la mano por debajo de la sudadera, tocando la piel desnuda de la espalda de Kinn, subiendo por su columna vertebral mientras sus labios volvían a encontrarse en un beso hambriento.
—¿Crees que puedes comprarme con un traje de seda? —murmuró Barcode contra su oreja, mordisqueando el lóbulo—. Prefiero verte así, desarmado, usando algo que no tiene marca pero que tiene mi nombre.
Kinn soltó un suspiro tembloroso, sus dedos enredándose en la camiseta de Barcode, tirando de él para pegarlo más a su cuerpo. La frialdad del estacionamiento contrastaba con el fuego que ardía entre ellos. Kinn, el chico que solo aceptaba lo mejor, se dio cuenta en ese momento de que nada de lo que poseía en su cuenta bancaria valía tanto como el peso de Barcode contra él.
—Eres un chico chusma... —logró decir Kinn, aunque sus manos bajaron para apretar la parte trasera de los muslos de Barcode, levantándolo ligeramente—. Un chico chusma que me tiene a sus pies. ¿Estás satisfecho ahora?
Barcode se separó apenas unos centímetros, mirando a Kinn a los ojos. El cabello de Kinn estaba desordenado, sus labios hinchados y su mirada nublada por el deseo. Era la imagen de la imperfección perfecta.
—Todavía no —respondió Barcode con una sonrisa traviesa, la misma sonrisa que había cautivado a Kinn desde que eran niños—. Pero es un buen comienzo, princesita.
Kinn soltó una carcajada ronca, la primera risa auténtica que Barcode le escuchaba en años.
—Súbete al coche —ordenó Kinn, recuperando un poco de su tono autoritario, aunque sus ojos seguían brillando con una promesa ardiente—. Paul ya se fue. Estamos solos.
Barcode no necesitó que se lo dijera dos veces. Mientras entraban al vehículo, Barcode se aseguró de tirar con fuerza de la capucha de su propia sudadera, acercando a Kinn para otro beso que prometía que la noche no había hecho más que empezar.
En la penumbra del coche de lujo, rodeados de cuero italiano y tecnología de punta, lo único que importaba era el roce de la piel, el aroma compartido de una prenda vieja y la certeza de que, por fin, la guerra entre el presumido y el chico chusma se había transformado en algo mucho más peligroso y adictivo: la rendición absoluta.