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La luz de mi corazón

Retazos de Seda y el Vuelo de la Cigüeña

El ático de Kinn, tres años después del nacimiento de Venice, ya no lucía como una fría galería de arte minimalista. Aunque los muebles seguían siendo de diseñadores europeos y el suelo de mármol brillaba bajo la luz de Bangkok, ahora había pequeñas manchas de crayones en las esquinas de las mesas de cristal y un dinosaurio de peluche con una bufanda de cachemira descansaba sobre el piano de cola.

Esa tarde, el silencio habitual fue roto por el estruendo de risas y pasos correteando por el pasillo. Venice, un niño de tres años con los ojos chispeantes de Barcode y la barbilla altiva de Kinn, entró corriendo a la sala, seguido de cerca por sus "tíos" favoritos: Keen y Aun.

— ¡Papi! ¡Papá! —gritó Venice, trepando al sofá de cuero donde Kinn intentaba leer una revista de moda mientras Barcode tarareaba una melodía con su guitarra.

— Cuidado con la seda, pequeño terremoto —dijo Kinn, aunque su voz carecía de cualquier rastro de molestia real. Dejó la revista a un lado y atrapó a su hijo en un abrazo, llenándole las mejillas de besos—. ¿Cómo te fue con estos dos salvajes? Espero que no te hayan llevado a comer comida callejera sin marca.

— ¡Tío Keen me dio un helado que se derretía mucho! —exclamó Venice, señalando con su dedito a Keen, quien entraba a la sala luciendo una de sus típicas camisetas de bandas de rock—. Y tío Aun dice que soy un "mini-presumido" porque no quise sentarme en el suelo del parque.

— Es que el suelo estaba sucio, papá —explicó el niño con una seriedad que hizo que Barcode soltara una carcajada.

— Definitivamente es tu hijo, Kinn —dijo Barcode, dejando la guitarra y acercándose para revolver el cabello de Venice—. Tiene ese radar para la suciedad que solo los millonarios poseen.

Aun se dejó caer en un sillón, suspirando con exageración.

— Este niño es una versión mejorada de ambos. Tiene la lengua afilada de Barcode y los gustos caros de Kinn. Se pasó media hora mirando el cielo y luego nos soltó una de sus "perlas".

Venice se soltó de los brazos de Kinn y se puso de pie sobre el sofá, mirando fijamente a Kinn con una adoración que derretía cualquier rastro de arrogancia en el mayor.

— Papá Kinn —susurró el niño, tomando el rostro de su padre entre sus manos pequeñas—, tus ojos son más hermosos que las estrellas que vimos en el planetario. Brillan como los diamantes de tu reloj, pero más bonito.

Kinn se quedó sin aliento por un momento. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave, algo que solo Barcode lograba provocar normalmente.

— Oh, Venice... eso es lo más dulce que me han dicho —murmuró Kinn, conmovido.

— Por eso —continuó el niño, bajando la voz como si contara un gran secreto—, le pregunté a tío Keen si podíamos pedirle un hermanito a la cigüeña. Quiero a alguien para enseñarle cuáles son los zapatos caros y cuáles son los feos.

Barcode arqueó una ceja, mirando a Keen con una expresión de "¿qué le has dicho?".

Keen, tratando de contener la risa, se encogió de hombros.

— El niño tenía curiosidad científica, Barcode. Me preguntó de dónde venía la cigüeña que lo trajo a él.

— ¿Y qué le respondiste, Keen? —preguntó Barcode con un tono peligroso pero divertido.

— Bueno —Keen soltó una risita maliciosa—, le dije que para tener un hermanito, tenía que pedírselo específicamente a la cigüeña de su papá Barcode. Que esa es la cigüeña que hace todo el trabajo pesado mientras la cigüeña de Kinn se dedica a elegir el color de las mantas.

Kinn se puso rojo como un tomate, ocultando el rostro en el cuello de su hijo mientras Barcode estallaba en una risa ronca y vibrante.

— ¡Keen! —exclamó Kinn desde su escondite—. ¡Es un niño de tres años! ¡No puedes decirle esas cosas!

— ¡Pero es verdad! —gritó Venice, saltando de alegría—. Tío Keen dijo que la cigüeña de papá Barcode es muy fuerte y que siempre trae los mejores regalos. ¡Papá Barcode, dile a tu cigüeña que quiero un hermanito ahora!

Barcode tomó a Venice en brazos, dándole vueltas en el aire mientras el niño reía a carcajadas.

— Hablaré con mi cigüeña esta noche, pequeño —dijo Barcode, lanzándole una mirada cargada de intención a Kinn, quien seguía visiblemente avergonzado—. Pero ahora, es hora de que los tíos se vayan a sus casas de solteros y que tú vayas a darte un baño de burbujas carísimas.

Después de despedir a los amigos con las bromas habituales sobre la falta de estilo de Keen, la casa volvió a sumirse en esa calma cálida que solo el amor verdadero puede construir. Barcode ayudó a bañar a Venice, escuchando las historias del niño sobre cigüeñas mágicas y estrellas, mientras Kinn preparaba la pijama de seda italiana que el pequeño usaría esa noche.

Finalmente, el niño se quedó dormido, abrazado a su peluche y con una sonrisa de satisfacción en el rostro, soñando probablemente con su futuro hermanito.

Barcode y Kinn caminaron de puntillas fuera de la habitación infantil, cerrando la puerta con suavidad. Al llegar a la sala, la atmósfera cambió. El aire se volvió más espeso, cargado de esa electricidad que siempre había existido entre ellos, desde que eran niños en el barrio hasta que se convirtieron en las estrellas de GMMTV.

Kinn se dirigió al mueble bar para servirse una copa de vino tinto, pero antes de que pudiera alcanzar la botella, sintió los brazos de Barcode rodeando su cintura desde atrás.

— Así que... —susurró Barcode, apoyando la barbilla en el hombro de Kinn—, mi cigüeña tiene mucho trabajo pendiente según Keen.

Kinn soltó un suspiro trémulo, sintiendo el calor del cuerpo de Barcode filtrándose a través de su camisa de seda.

— Ese idiota de Keen no sabe cuándo cerrar la boca —respondió Kinn, aunque no se apartó—. Venice va a estar preguntando por esa cigüeña toda la semana.

— Tal vez no sea tan mala idea —dijo Barcode, girando a Kinn para que quedara frente a él. Sus ojos brillaban con esa travesura burlona que Kinn tanto amaba y odiaba—. Venice se siente solo en este ático tan grande. Y yo... yo siempre tengo ganas de trabajar con mi cigüeña.

Kinn se sonrojó de nuevo, bajando la mirada hacia los botones de la camisa de Barcode.

— Eres un chusma, Barcode. Un chusma pervertido.

— Y tú eres un presumido que se muere por este chusma —replicó Barcode, acortando la distancia hasta que sus narices se rozaron—. ¿Me vas a decir que no quieres otro pequeño diamante correteando por aquí? ¿Otro bebé con tus ojos de estrella?

Kinn finalmente levantó la vista, y Barcode pudo ver el deseo ardiente mezclado con una ternura infinita.

— Tal vez... tal vez un hermanito no vendría mal —admitió Kinn en un susurro—. Pero esta vez, quiero que el proceso sea muy, muy lento. Sin prisas.

Barcode sonrió de esa forma depredadora que siempre hacía que las rodillas de Kinn flaquearan. Sin decir una palabra más, lo tomó de la mano y lo guio hacia la habitación principal.

La luz de la luna entraba por los ventanales, bañando la cama de seda con un resplandor plateado. Barcode se tomó su tiempo. No hubo la urgencia desesperada de sus primeros encuentros en el set, sino una devoción pausada, casi religiosa.

Empezó por despojar a Kinn de su reloj de diamantes, depositándolo en la mesilla de noche con una delicadeza inusual. Luego, sus manos viajaron hacia los botones de la camisa de Kinn.

— Esta seda es demasiado suave —comentó Barcode, su voz volviéndose más profunda—. Pero tu piel debajo es mucho mejor.

— Cállate y bésame —pidió Kinn, tirando de la nuca de Barcode.

El beso fue largo y profundo, con sabor a vino y a años de historia compartida. Barcode fue desvistiendo a Kinn poco a poco, deteniéndose para besar cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Sus labios viajaron por el cuello de Kinn, bajando por sus hombros y deteniéndose en su pecho, donde el corazón del millonario latía con fuerza.

— Te amo, presumido —susurró Barcode contra su piel—. Te amo más que a todas las canciones que he escrito.

Kinn soltó un jadeo cuando las manos de Barcode empezaron a acariciar sus muslos con una lentitud tortuosa.

— Y yo a ti... aunque seas un desastre —respondió Kinn, arqueando la espalda cuando Barcode lo hizo suyo con una suavidad que lo hizo llorar de puro placer.

En la penumbra de la habitación, los dos se fundieron en un solo ritmo. Barcode cuidaba cada movimiento, observando el rostro de Kinn, deleitándose en la forma en que sus ojos se cerraban y sus labios se entreabrían en suspiros silenciosos. Era una entrega total, una danza de dos hombres que habían aprendido que el verdadero lujo no estaba en las marcas que vestían, sino en la piel que compartían.

— Barcode... —jadeó Kinn, aferrándose a los hombros de su pareja—. Por favor...

— Estoy aquí, Kinn. Siempre voy a estar aquí —respondió Barcode, sellando su promesa con un beso mientras el mundo exterior, con sus cámaras y sus chismes de oficina, desaparecía por completo.

Mucho más tarde, cuando la respiración de ambos se había calmado y el sudor se secaba sobre las sábanas de seda, Kinn descansaba su cabeza en el pecho de Barcode, escuchando el latido constante de su corazón.

— ¿Crees que la cigüeña nos escuchó? —preguntó Kinn con una pequeña sonrisa cansada.

Barcode soltó una risa suave, abrazándolo más fuerte.

— Si no nos escuchó, es que está sorda. Pero no te preocupes, mañana podemos volver a intentarlo. Y pasado mañana también. Hasta que Venice tenga su ejército de mini-presumidos.

Kinn cerró los ojos, sintiéndose finalmente completo. La arrogancia y el lujo seguían ahí, eran parte de su esencia, pero ahora estaban subordinados a la calidez de esos brazos y a la risa de un niño que dormía en la habitación de al lado.

— Eres un idiota, Barcode —murmuró Kinn antes de quedarse dormido.

— Tu idiota favorito, presumido —respondió Barcode, besándole la frente y cerrando los ojos él también, mientras soñaba con nuevas canciones y futuros ojos de estrella.