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La luz de mi corazón

Seda, Contracciones y una Corona de Cristal

— ¡No, Aun! Te digo que la nota alta en el estribillo tiene que sonar como si estuviéramos rompiendo un diamante con un martillo de terciopelo —exclamó Barcode, gesticulando con entusiasmo en medio del set de GMMTV—. Si no le ponemos ese drama, las fans no van a sentir que se les parte el alma.

Aun soltó una carcajada, ajustándose los auriculares alrededor del cuello mientras Keen y Aungpao compartían un paquete de papas fritas en el sofá del estudio.

— Barcode, amigo, estás obsesionado con el drama desde que vives con el "Príncipe de la Seda" —bromeó Keen, lanzándole una papa frita que Barcode atrapó en el aire—. Antes eras un chico chusma normal, ahora hablas de martillos de terciopelo. ¿Qué sigue? ¿Vas a pedir que el catering sea de caviar orgánico?

— El amor cambia a las personas —intervino Aungpao con su tono pacífico habitual—, y tener a un Kinn embarazado en casa cambia el código genético de cualquiera. ¿Cómo está el gran heredero hoy?

Barcode sonrió, una expresión de ternura genuina suavizando sus facciones traviesas.

— Está... insoportable, como siempre —admitió Barcode, sentándose al borde de la mesa de mezclas—. Hoy amaneció diciendo que el color del cielo era "demasiado pretencioso" y que solo quería ver dibujos animados. Lo dejé con Paul viendo Pocoyó. Dice que el pato amarillo le recuerda a su infancia en el club de campo.

Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, en el ático que parecía una sucursal de una galería de arte contemporáneo, la atmósfera era considerablemente menos musical.

Kinn estaba sepultado bajo una montaña de cojines de plumas de ganso, vistiendo un pijama de satén azul eléctrico que costaba más que el coche de la mayoría de los empleados de la empresa. Sus ojos estaban fijos en la pantalla gigante de 90 pulgadas, donde un niño con gorro azul saltaba alegremente.

— Paul... —murmuró Kinn, su voz cargada de una languidez aristocrática—. ¿Por qué el elefante es rosa? Siento que es una falta de respeto a la paleta de colores de esta habitación.

Paul, sentado en un sillón individual con su computadora portátil y un termo de té de manzanilla, ni siquiera levantó la vista.

— Es un dibujo animado, Kinn. Los elefantes pueden ser del color que quieran en el mundo de la imaginación. Además, Loula es naranja y no te has quejado.

— Loula es un perro, los perros tienen permitido ser excéntricos —replicó Kinn, acomodando su enorme vientre de nueve meses—. Pero un elefante... un elefante debería tener la dignidad del gris pizarra. ¡Ah!

Kinn se tensó de repente, soltando un gemido ahogado. Paul levantó la vista, alerta.

— ¿Otra contracción de Braxton Hicks? —preguntó Paul, dejando la computadora a un lado.

— No... es solo que este niño cree que mi vejiga es un balón de fútbol de la Champions —se quejó Kinn, frotándose la zona baja—. Siento una presión... ¡Oh, no! ¡Paul! ¡Esto es el colmo de la humillación!

Kinn se quedó paralizado mientras una sensación de calidez húmeda empapaba sus pantalones de satén y se filtraba hacia las sábanas de seda. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de una indignación genuina.

— ¡Me he hecho pipí! —gritó Kinn, su rostro encendiéndose en un rojo escarlata—. ¡Paul, llama a la tintorería de lujo ahora mismo! ¡He arruinado el satén de edición limitada! ¡Es la degradación absoluta de mi linaje!

Paul se acercó rápidamente, observando el charco que se extendía por el sofá. Su experiencia como mánager de crisis entró en modo automático.

— Kinn, eso no es pipí —dijo Paul con voz firme, aunque por dentro estaba entrando en pánico—. Se te ha roto la fuente. El bebé viene ahora.

— ¡No digas tonterías! —chilló Kinn, tratando de levantarse pero volviendo a caer entre los cojines por un pinchazo agudo en el vientre—. Yo no rompo fuentes, Paul. Las fuentes son para los jardines de Versalles. Esto es un fallo de mi sistema urinario debido al estrés de ver a ese pato bailarín. ¡Tráeme ropa limpia de seda orgánica inmediatamente!

— ¡Kinn, escúchame! —Paul lo tomó por los hombros—. No es ropa limpia lo que necesitas, es un hospital. ¡Voy a llamar a Barcode!

En el set de GMMTV, el teléfono de Barcode vibró sobre la mesa de mezclas. Al ver el nombre de Paul, Barcode sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.

— ¿Diga? —contestó Barcode, haciendo una señal a sus amigos para que se callaran.

— ¡Barcode, ven a la clínica privada ahora mismo! —la voz de Paul era un caos de gritos de fondo y ruidos de motor—. ¡El heredero está en proceso de entrega y está intentando despedir al conductor de la ambulancia porque dice que el uniforme tiene bolitas en la tela!

Barcode no perdió ni un segundo.

— ¡Se acabó el ensayo! —gritó Barcode, saliendo disparado hacia la puerta—. ¡Mi hijo va a nacer y Kinn está teniendo un colapso de estilo! ¡Aun, tráeme el coche!

El hospital privado parecía más un hotel de siete estrellas que un centro médico. Cuando Barcode llegó a la zona de partos, los gritos de Kinn se escuchaban desde el ascensor.

— ¡No me toquen con esos guantes de látex baratos! —rugía Kinn desde la sala de dilatación—. ¡Quiero que el anestesista use seda! ¡Y exijo que la iluminación sea cálida, parezco un cadáver bajo estos fluorescentes!

Barcode entró en la habitación, encontrando a tres enfermeras tratando de calmar a un Kinn que, a pesar del dolor evidente, mantenía una mano extendida como si estuviera dando una orden real.

— ¡Cariño, ya estoy aquí! —dijo Barcode, corriendo hacia su lado y tomando su mano.

Kinn lo miró con los ojos empañados en lágrimas, pero su expresión cambió a una de puro reproche en un segundo.

— ¡Tú! —gritó Kinn, apretando la mano de Barcode con una fuerza que casi le rompe los huesos—. ¡Mira lo que me has hecho! ¡Estoy sudando! ¡Kinn no suda, Kinn brilla, y ahora estoy empapado como un... como un chico chusma después de un concierto! ¡Exijo una toalla de algodón egipcio mojada en agua de rosas ahora mismo!

— Lo sé, mi vida, lo sé —susurró Barcode, besándole la frente sudada—. Pero ya casi está. El doctor dice que tienes diez centímetros de dilatación.

— ¡Me importa un rábano la geometría de mi cuerpo! —chilló Kinn mientras otra contracción lo sacudía—. ¡Duele! ¡Duele de una forma que no es estéticamente aceptable! ¡Barcode, si este niño nace feo, juro que te pediré la indemnización más cara de la historia!

El doctor entró en la habitación, haciendo una señal para que empezaran los pujos.

— Vamos, joven Kinn —dijo el médico con paciencia infinita—. Necesito que puje con fuerza.

— ¡No voy a pujar! —hizo un berrinche Kinn, hundiéndose en las almohadas—. ¡Es indigno! ¡Un hombre de mi posición no hace esfuerzos físicos de este calibre! ¡Hagan que el bebé salga por su propia cuenta si tiene algo de la educación que le he inculcado estos meses!

— ¡Kinn, por favor! —suplicó Barcode, riendo entre dientes a pesar de la tensión—. ¡Hazlo por mí! ¡Hazlo para que podamos comprarle ese cochecito de oro que viste en la revista!

Kinn se detuvo un segundo, procesando la oferta.

— ¿El de las ruedas con fibra de carbono? —preguntó Kinn, respirando entrecortadamente.

— El mismo.

Kinn soltó un grito que mezclaba agonía y determinación.

— ¡Está bien! ¡Pero quiero que sepas que te odio, Barcode! ¡Odio tu cara, odio tu música y odio que me hayas hecho esto en plena temporada de rebajas en París!

Las siguientes dos horas fueron un torbellino de drama, berrinches y una demostración de resistencia física que dejó a todo el personal médico agotado. Kinn insultó al doctor en tres idiomas diferentes, se quejó de que el monitor cardíaco no tenía un diseño minimalista y exigió que le trajeran un espejo para comprobar si su peinado seguía decente entre pujo y pujo.

— ¡Ya veo la cabeza! —exclamó el doctor—. ¡Un último esfuerzo, Kinn!

— ¡No puedo más! —sollozó Kinn, su voz volviéndose débil—. ¡Me estoy desvaneciendo! ¡Díganle a mis padres que... que mi colección de zapatos sea donada a un museo de arte, no a la caridad!

— ¡Vamos, Kinn! ¡Tú puedes! —animó Barcode, su voz quebrada por la emoción.

Con un último grito que desgarró el aire de la clínica, un llanto agudo y potente llenó la habitación. El doctor levantó a un pequeño bebé, cubierto de barnix pero con una vitalidad asombrosa.

— Es un niño —anunció el médico, colocándolo sobre el pecho de Kinn.

El silencio cayó sobre la habitación. Kinn, que estaba a punto de desmayarse de agotamiento, bajó la mirada hacia la pequeña criatura. El bebé tenía la piel todavía sonrosada, pero sus rasgos eran una copia exacta de Barcode: la misma forma de los ojos traviesos, la misma nariz pequeña y una boca que ya parecía estar lista para soltar una broma.

— Es... es igual a ti —susurró Kinn, una sonrisa débil y genuina apareciendo en su rostro—. Es un pequeño chico chusma... pero con mi cutis perfecto.

Barcode lloraba abiertamente, acariciando la cabecita del recién nacido.

— Es hermoso, Kinn. Gracias. Gracias por este regalo.

Kinn intentó decir algo más, quizás una última queja sobre la falta de música ambiental adecuada, pero su cuerpo finalmente se rindió. La palidez extrema cubrió su rostro y sus ojos se cerraron lentamente.

— ¿Kinn? —Barcode se alarmó, viendo cómo la mano de su pareja caía inerte sobre la cama—. ¡Doctor! ¡Kinn se ha desmayado!

— Es normal, ha perdido mucha energía y el estrés emocional ha sido inmenso —explicó el médico mientras las enfermeras se llevaban al bebé para pesarlo y revisarlo—. Déjenlo descansar. Ha sido un parto difícil para alguien tan... delicado.

Barcode se quedó al lado de la cama, sosteniendo la mano de Kinn, que ahora se sentía fría y pequeña. El ático de lujo, las marcas famosas y la arrogancia de los millones no importaban nada en ese momento. Solo importaba el ritmo pausado de la respiración de Kinn y el eco del llanto de su hijo en la habitación contigua.

Dos horas después, Kinn abrió los ojos lentamente. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una lámpara de diseño que Barcode había pedido encender para que Kinn no se asustara al despertar.

— ¿Barcode? —murmuró Kinn, su voz apenas un hilo.

— Aquí estoy, mi vida —Barcode apareció a su lado, sosteniendo un fardo de mantas blancas de la mejor calidad.

— ¿Dónde está el niño? —preguntó Kinn, tratando de incorporarse—. Necesito comprobar si tiene buen gusto. Si ha agarrado la manta de hospital común, tendremos que empezar su educación desde cero.

Barcode soltó una carcajada ronca y le entregó al bebé. El niño estaba despierto, mirando a Kinn con una curiosidad que parecía trascender sus pocas horas de vida.

— Se llama... bueno, todavía no le hemos puesto nombre —dijo Barcode—. Estaba esperando a que el jefe diera su aprobación.

Kinn observó al bebé. El niño estiró una mano pequeña y agarró el dedo de Kinn con una fuerza sorprendente.

— Se llamará Venice —sentenció Kinn, su tono recuperando un poco de su antigua altivez—. Porque es elegante, internacional y suena como algo que solo la gente con clase puede pronunciar correctamente.

— Venice —repitió Barcode, probando el nombre—. Me gusta. Venice, el hijo del presumido y el chico chusma.

Kinn miró a Barcode y luego al bebé. Por un momento, la máscara de arrogancia desapareció por completo, revelando el amor profundo que siempre había intentado ocultar tras capas de seda y diamantes.

— Gracias por no dejarme solo con Paul y Pocoyó —susurró Kinn—. Y Barcode...

— ¿Sí?

— Mañana quiero que traigas a mis amigos y a los tuyos. Pero diles a Aun y a Keen que si vienen con esas camisetas desteñidas, no los dejaré entrar a la suite. Este bebé tiene que acostumbrarse a lo mejor desde el primer día.

Barcode besó a Kinn en los labios, una caricia suave que sabía a victoria y a un futuro compartido.

— Lo que tú digas, mi rey. Lo que tú digas.

Y así, en la habitación más cara de la clínica más exclusiva de Bangkok, nació una nueva leyenda. Una leyenda que no se basaba en cuentas bancarias ni en etiquetas de diseñador, sino en el llanto de un niño que tenía los ojos de un cantante popular y el corazón protegido por la seda de un millonario que, por fin, lo tenía todo.

Afuera, en la sala de espera, Paul finalmente se permitió sonreír mientras enviaba un mensaje al grupo de la empresa: "El heredero ha llegado. Preparen el caviar y los pañales de seda. La era de Venice ha comenzado".