La montaña
La paradoja de la atracción
El espejo del vestidor de Kendall le devolvía una imagen que millones de personas considerarían la perfección absoluta. Llevaba un conjunto de lencería de su propia colección, una bata de seda traslúcida y su piel brillaba con ese resplandor saludable que solo los tratamientos más caros del mundo podían comprar. Sin embargo, Kendall no se sentía poderosa. Se sentía invisible.
En su mesita de noche, un libro de afirmaciones descansaba abierto. Ella misma había popularizado en sus redes sociales, y en su círculo íntimo, ese mantra que ahora parecía burlarse de ella: "Yo no persigo, yo atraigo. Lo que es para mí, simplemente me encontrará". Era una filosofía de vida que le había funcionado siempre. Los contratos llegaban, los hombres suplicaban por una cita, las cámaras la buscaban sin descanso. El universo siempre había conspirado para ponerle todo en bandeja de plata.
Hasta que apareció Dante Guzmán.
—No puede ser —susurró Kendall, lanzando su teléfono sobre la cama—. No puede ser que me haya dejado en "visto" otra vez.
Había pasado una semana desde el encuentro en la obra de construcción en Malibú. Kendall había intentado mantener su dignidad, aplicando su propia regla de "no perseguir". Había publicado fotos espectaculares en Instagram, sabiendo que él las vería, luciendo más inalcanzable que nunca. Pero Dante no solo no le había dado un "like", sino que cuando ella le envió un mensaje casual sobre una recomendación de un restaurante en Ciudad de México, él simplemente respondió tres horas después con un: "¡Hola! Hay muchos buenos, te mando una lista luego. Saludos a tu mamá".
Saludos a su mamá. Kendall sintió un nudo de frustración en la garganta. Dante la trataba con la misma cortesía con la que trataría a una tía lejana o a una socia de negocios de Alejandra.
La puerta de su habitación se abrió y Khloé entró con un vaso de té helado, observando el caos de ropa que Kendall había descartado en su intento de "no arreglarse demasiado" para una cena a la que Dante ni siquiera asistiría.
—Sigues dándole vueltas al asunto del arquitecto, ¿verdad? —preguntó Khloé, sentándose en el borde de la cama—. Kenny, tienes esa cara de "voy a incendiar algo" que solo sacas cuando pierdes un contrato millonario.
—Es que no lo entiendo, Khloé —dijo Kendall, caminando de un lado a otro—. Yo no persigo. Ese es mi lema. Yo atraigo. Soy un imán. Pero con Dante, el imán parece tener la polaridad invertida. Cuanto más trato de ser "magnética", más se aleja él con sus planos y su estúpida bicicleta de montaña.
Khloé soltó una carcajada suave.
—Quizás el problema es que Dante no está en la misma frecuencia de radio que el resto del mundo. A ver, piénsalo. Es guapo, tiene dinero propio, una carrera que ama y una madre que es una leyenda. No necesita el brillo de las Kardashian-Jenner para sentirse alguien. Para él, tú no eres "La Kendall Jenner", eres solo una chica muy guapa y un poco intensa que conoce a su mamá.
—¡No soy intensa! —protestó Kendall, aunque sabía que estaba mintiendo—. Solo... creo que él es para mí. Siento esa conexión. ¿Y si el universo me está diciendo que esta vez tengo que romper mis propias reglas?
—O tal vez el universo te está diciendo que él simplemente no está interesado, cariño —respondió Khloé con honestidad brutal—. Pero te conozco. No te vas a rendir hasta que te des contra la pared.
Kendall no se rindió. Dos días después, se enteró por un descuido de Alejandra que Dante estaría en un partido de fútbol benéfico en un club privado de Los Ángeles. Era un evento discreto, nada de alfombras rojas, solo amigos y entusiastas del deporte.
Kendall llegó luciendo un atuendo de "espectadora de lujo": unos jeans vintage que le quedaban como una segunda piel, una camiseta blanca impecable y gafas de sol oscuras. Se sentó en las gradas laterales, tratando de pasar desapercibida pero asegurándose de estar en la línea de visión de Dante cuando él saliera al campo.
Lo vio aparecer con el uniforme de su equipo. Se veía increíble; el sudor ya perlaba su frente por el calentamiento y su cabello rubio oscuro estaba sujeto por una banda elástica. Tenía esa concentración feroz en los ojos azules que tanto la fascinaba. Cuando Dante finalmente la vio, se detuvo un momento y le dedicó un saludo con la mano, acompañado de una sonrisa genuina pero breve.
—¡Kendall! ¿Qué haces por aquí? —gritó él desde el campo antes de que empezara el partido.
—¡Vine a apoyar la causa! —respondió ella, tratando de proyectar una voz casual—. ¡Buena suerte!
Durante los noventa minutos, Kendall no le quitó los ojos de encima. Dante jugaba con una pasión técnica, moviéndose con agilidad y gritando instrucciones a sus compañeros. Era un líder nato. Cuando el partido terminó y su equipo ganó, Kendall esperó cerca de la salida de los vestidores, con una botella de agua mineral fría en la mano.
Vio salir a Dante riendo con otros hombres, hablando en español sobre una jugada específica. Cuando la vio, se despidió de sus amigos y se acercó a ella.
—Gracias por el agua, de verdad la necesitaba —dijo Dante, tomando la botella y bebiendo casi la mitad de un trago—. No sabía que te gustaba el fútbol.
—Me gusta ver a la gente apasionada por lo que hace —dijo ella, acercándose un poco más, rompiendo esa barrera de seguridad que él siempre mantenía—. Estuviste increíble, Dante. Tienes mucha energía.
—Es el único momento en que mi cerebro se apaga y dejo de pensar en estructuras de concreto —rio él, secándose la cara con una toalla—. Pero bueno, tengo que irme rápido. Tengo una reunión por Zoom con unos proveedores en Alemania en una hora.
Kendall sintió que el tiempo se le escapaba entre los dedos.
—¿Ni siquiera tienes tiempo para un café rápido? Dante, estamos a cinco minutos de un sitio increíble. Solo media hora.
Dante se detuvo y la miró fijamente. No había desprecio en su mirada, solo una especie de cansancio amable.
—Kendall, ya hablamos de esto —dijo en voz baja—. Eres una mujer maravillosa, de verdad. Pero me siento mal aceptando estos "cafés" cuando sé que tú esperas algo más. No quiero darte señales equivocadas. Soy un hombre de una sola vía: ahora mismo, mi vía es el trabajo y mi paz mental.
—¿Tan difícil es creer que solo quiero ser tu amiga? —mintió Kendall, con el corazón latiéndole con fuerza.
—Es difícil creerlo cuando me miras como si fuera el último plano que te falta para terminar una mansión —respondió Dante con una perspicacia que la dejó muda—. Te aprecio mucho, Kendall. Pero no fuerces las cosas. Lo que es para ti, te encontrará, ¿no es eso lo que siempre dices?
La ironía de sus propias palabras saliendo de la boca de Dante fue como una bofetada. Kendall se quedó en silencio mientras él le daba un apretón amistoso en el hombro y se alejaba hacia su camioneta, cargando su equipo de fútbol.
Esa noche, la familia se reunió en casa de Kris Jenner para una cena de domingo. La mesa estaba llena de comida, risas y el caos habitual de los niños corriendo por todas partes. Pero Kendall estaba inusualmente callada.
—¿Qué pasa, Kenny? —preguntó Kris, observando a su hija—. Estás picoteando la ensalada como si fuera veneno.
—Dante me rechazó. Otra vez —soltó Kendall, sin filtros—. Y lo peor es que usó mis propias palabras contra mí. Me dijo que "lo que es para mí, me encontrará".
Kim, que estaba revisando unos correos en su iPad, levantó la vista.
—Oh, eso duele. Usar tu propio marketing en tu contra es de genios. Ese chico es más listo de lo que pensábamos.
—No es solo que sea listo, Kim —dijo Kendall con frustración—. Es que no le importa. No le importa quién soy, no le importa mi dinero, no le importa mi alcance en redes sociales. He intentado "atraerlo" de todas las formas posibles. He sido la chica deportista, la chica glamurosa, la chica interesada en su trabajo... y nada funciona.
—Tal vez ese es el problema —intervino Kylie, que estaba sentada frente a ella—. Has sido todas esas "chicas", pero ¿has sido solo Kendall? Sin la estrategia de "yo no persigo", sin el aura de supermodelo.
—Es que si soy solo yo, y aun así no me quiere, entonces el rechazo es real —confesó Kendall en un susurro que silenció la mesa por un momento—. Si uso una estrategia y fallo, puedo culpar a la estrategia. Pero si soy yo misma y él se aleja...
Kris Jenner se levantó y rodeó la mesa para abrazar a su hija por los hombros.
—Escucha, Kendall. Dante Guzmán es un hombre que ha crecido rodeado de una mujer muy fuerte y muy real como Alejandra. Él sabe distinguir entre el espectáculo y la realidad. Si de verdad lo quieres, vas a tener que dejar de intentar "conquistarlo" como si fuera una campaña de Calvin Klein.
—¿Y qué se supone que haga? —preguntó Kendall—. ¿Rendirme?
—No —dijo Kris con esa chispa de mánager en los ojos—. Solo deja de ser una Jenner por un momento. Deja de intentar que el universo te encuentre y simplemente vive tu vida. Si él ve que eres una persona real, no un producto, quizás entonces se dé cuenta de lo que tiene delante.
Días después, Kendall decidió tomarse un respiro. Se fue sola a su rancho, lejos de las cámaras y del bullicio de Los Ángeles. Pasó el tiempo montando a caballo, sin maquillaje, con ropa vieja y el cabello recogido en una trenza descuidada. Fue allí, en la soledad de la naturaleza, donde empezó a entender lo que Dante quería decir con "su paz".
Una tarde, mientras caminaba por un sendero, vio a un grupo de ciclistas de montaña a lo lejos. Su corazón dio un vuelco al pensar que podría ser él, pero luego recordó que Dante estaba trabajando en Malibú. Se sentó en una roca y sacó su teléfono. Estuvo a punto de enviarle una foto del paisaje, pero se detuvo.
"Yo no persigo, yo atraigo", pensó. Pero esta vez, lo dijo de verdad. No como una estrategia para manipular el destino, sino como una aceptación de que no podía controlar los sentimientos de otro hombre.
Semanas más tarde, se organizó una gala benéfica en el Museo de Arte. Era un evento de etiqueta, y Kendall sabía que Dante asistiría porque su firma de arquitectura había diseñado una de las nuevas alas del museo.
Kendall llegó tarde. No buscó las cámaras. Entró discretamente, luciendo un vestido sencillo de alta costura, pero con una actitud diferente. No estaba buscando a Dante con la mirada. Se dedicó a hablar con los artistas, a disfrutar de las obras y a reír genuinamente con sus amigos.
Estaba observando una escultura de mármol cuando sintió una presencia a su lado. El aroma a madera y aire libre, mezclado con un perfume caro, la hizo estremecer.
—Es una pieza impresionante, ¿verdad? —dijo la voz profunda de Dante.
Kendall se giró lentamente. Dante estaba impecable en un esmoquin que resaltaba su porte atlético. Pero lo que más le llamó la atención fue su expresión: ya no era la cortesía distante de antes. Había una curiosidad genuina en sus ojos azules.
—Lo es —respondió Kendall con una sonrisa tranquila—. El artista logró capturar la tensión entre la fuerza y la vulnerabilidad. Me recuerda a muchas cosas.
Dante la observó por un largo momento.
—Te ves... diferente, Kendall. No es el vestido, ni el lugar. Hay algo en tu mirada que no había visto antes.
—He estado pasando tiempo conmigo misma —dijo ella, sin intentar impresionarlo—. Entendiendo que no todo se puede diseñar ni construir con precisión matemática. A veces, las cosas simplemente son lo que son.
Dante asintió, visiblemente impresionado.
—Me gusta esa versión de ti. Es más... real.
—Me alegra —dijo ella, y por primera vez, no sintió la necesidad de pedirle un café o una cita—. Disfruta la gala, Dante. Tu trabajo en esta ala del museo es magnífico. Deberías estar orgulloso.
Ella empezó a caminar para alejarse, aplicando su mantra de no perseguir, pero esta vez con la paz de quien realmente lo cree. Había dado apenas tres pasos cuando escuchó su voz de nuevo.
—¡Kendall!
Ella se detuvo y lo miró sobre el hombro.
—Mañana voy a salir con la bicicleta a una ruta nueva cerca de Santa Mónica —dijo Dante, rascándose la nuca en un gesto de timidez que Kendall nunca le había visto—. No es una cita de alfombra roja, y seguramente terminaremos cubiertos de lodo... pero si quieres venir, me gustaría que me acompañaras. Como amigos... o como lo que el camino decida.
Kendall sintió un triunfo silencioso, pero no fue el triunfo de la modelo que consigue lo que quiere. Fue la calidez de saber que, cuando finalmente dejó de intentar ser el centro de su mundo, él finalmente la había visto de verdad.
—A las cinco de la mañana me parece una hora perfecta —respondió ella con una sonrisa traviesa.
Dante rió, una risa que esta vez sí tenía un matiz de algo más profundo.
—Te veo entonces, Jenner.
Kendall se alejó entre la multitud, sintiendo que por fin, después de tanto tiempo, el imán estaba funcionando. Pero no porque ella lo hubiera forzado, sino porque había aprendido que, para atraer a alguien como Dante, primero tenía que encontrarse a sí misma en el camino. Aquella noche, Kendall no persiguió; simplemente dejó que el destino, con su propio plano arquitectónico, empezara a construir algo nuevo.