La montaña
Cimientos fracturados y verdades bajo anestesia
La mesa de la familia Kardashian-Jenner no era solo un mueble; era un escenario, un campo de batalla y, en ocasiones, un tribunal de la inquisición de alta costura. Esa noche, el aire en la mansión de Kris en Palm Springs estaba cargado de una expectación eléctrica. Dante Guzmán, el hombre que había convertido la reticencia en un arte, estaba sentado entre Kim y Corey Gamble, luciendo una camisa de lino azul marino con las mangas remangadas, revelando unos antebrazos curtidos por el sol y el esfuerzo físico.
Kendall, sentada frente a él, apenas podía probar su ensalada. Había pasado semanas cultivando esta frágil paz entre su mundo mediático y la burbuja privada de Dante. La relación se había hecho pública apenas tres días antes, después de que un paparazzi los captara riendo en un puesto de tacos en Silver Lake. La prensa se había vuelto loca: "¿El nuevo arquitecto de Kendall?", "¿Quién es el misterioso hijo de la Reina del Rock?".
—Entonces, Dante —comenzó Kris, afinando su voz de matriarca mientras servía un poco más de vino—, hemos visto las fotos del centro comunitario en Malibú. Es una estructura impresionante. Pero dime, ¿cómo manejas la atención ahora que todo el mundo sabe que estás con nuestra Kenny?
Dante dejó el tenedor con parsimonia y miró a Kris con esos ojos azules que siempre parecían estar analizando la carga estructural de una habitación.
—Con respeto, Kris —respondió él con una sonrisa tranquila—, trato de no mirarlo. Mi trabajo requiere precisión, y el ruido de las redes sociales es solo eso: ruido. Si dejo que afecte mi pulso, mis planos salen torcidos.
—Es tan... centrado —susurró Khloé hacia Kylie, pero lo suficientemente alto para que todos lo oyeran—. Casi me hace sentir mal por haberle ofrecido ser donante de esperma hace un mes.
Dante soltó una carcajada limpia, sin rastro de incomodidad.
—Fue una oferta generosa, Khloé. Pero como le dije a Kendall esa noche, prefiero construir las cosas desde los cimientos, no por mensajería instantánea.
Kendall sintió un calor reconfortante en el pecho. Dante no se amilanaba. Él no intentaba impresionar a nadie, y esa era precisamente la razón por la que su familia, acostumbrada a hombres que buscaban desesperadamente su aprobación o su fama, estaba tan fascinada con él.
Sin embargo, la cena terminó con una nota de realismo que Kendall conocía bien. Mientras caminaban hacia el coche de Dante bajo las estrellas del desierto, él se detuvo y le tomó las manos.
—Mañana salgo temprano hacia el cañón de Topanga —dijo él, su voz suavizándose—. Hay una ruta de MTB que quiero probar antes de que empiece la ola de calor.
—Dante, tengo ese evento de Versace en Los Ángeles —respondió ella, haciendo un pequeño puchero—. Pensé que quizás podrías pasar por el estudio después.
—Sabes que me encantaría verte, Kendall —dijo él, dándole un beso casto en la frente—, pero tengo que entregar el cálculo de materiales para el viernes. Si voy al evento, perderé el hilo. El trabajo es lo primero, lo sabes.
—Lo sé —suspiró ella—. Solo... ten cuidado en la montaña. Esos senderos son traicioneros.
—Soy un experto, Ken. No te preocupes por mí.
Pero Kendall sí se preocupó. Lo hizo durante todo el evento de Versace al día siguiente. Mientras posaba con un vestido dorado que pesaba casi tanto como su ansiedad, revisaba su teléfono cada vez que salía del set de fotografía. No había mensajes. Ni un "ya regresé", ni un pulgar arriba.
A las seis de la tarde, cuando el sol empezaba a teñir de naranja los rascacielos de Los Ángeles, recibió una llamada. No era de Dante, sino de un número desconocido de un hospital en Santa Mónica.
—¿Hablo con Kendall Jenner? —preguntó una voz administrativa—. El señor Dante Guzmán la tiene registrada como contacto de emergencia secundario. Su madre no responde al teléfono.
El corazón de Kendall dio un vuelco violento.
—¿Qué pasó? ¿Dónde está? —preguntó, ignorando a su asistente que intentaba retocarle el labial.
—Hubo un accidente en el sendero. Una caída a alta velocidad. Está estable, pero ingresó con una fractura expuesta de radio y una posible conmoción. Está solo aquí, señorita Jenner.
Kendall no esperó a que terminara la frase. Se quitó los tacones de Versace, se puso unas zapatillas que tenía en su bolso y salió corriendo del estudio, dejando a tres fotógrafos y a un representante de la marca con la boca abierta.
Cuando llegó al hospital, todavía llevaba el maquillaje editorial dramático y el peinado escultural del evento. Se veía ridícula en la sala de espera de urgencias, pero no le importaba. Tras usar su nombre para saltarse un par de protocolos, logró que la dejaran pasar a la zona de observación.
Allí estaba él. Dante se veía pequeño bajo las sábanas blancas de la camilla, una imagen que contrastaba dolorosamente con su habitual fuerza atlética. Su brazo derecho estaba envuelto en un vendaje grueso y rígido, y tenía un apósito en la sien. Tenía los ojos cerrados, pero cuando escuchó el sonido de los pasos de Kendall, los abrió lentamente. Estaban nublados, perdidos en la neblina de los analgésicos fuertes.
—¿Kendall? —susurró él, arrastrando un poco las palabras—. Te ves... muy brillante. ¿Hay una fiesta aquí?
Kendall se acercó a la camilla y le tomó la mano izquierda, la que estaba libre de vías intravenosas. Sus ojos se llenaron de lágrimas de alivio y rabia contenida.
—Eres un idiota, Dante Guzmán —dijo ella con la voz temblorosa—. Te dije que tuvieras cuidado.
—La piedra se movió —explicó él con una sonrisa boba, producto de la morfina—. Yo no quería que se moviera. Le dije: "Piedra, quédate ahí", pero no me hizo caso. No tiene disciplina arquitectónica.
Kendall soltó una risa ahogada entre sollozos, limpiándose una lágrima que amenazaba con arruinar su sombra de ojos dorada.
—Viniste sola —dijo ella, acariciándole el cabello rubio oscuro, que todavía tenía restos de polvo del camino—. ¿Por qué no llamaste a nadie más? ¿Por qué viniste solo al hospital?
Dante suspiró y cerró los ojos un momento, disfrutando del contacto de sus dedos.
—No quería asustar a mi madre —murmuró—. Y mi equipo de trabajo está en una entrega. No quería ser una carga. Siempre he... siempre he hecho estas cosas solo, Kendall. El hospital es como una obra en construcción mal diseñada. Solo hay que aguantar hasta que fragüe.
—Ya no estás solo —le recriminó ella suavemente—. Me tienes a mí. Soy tu contacto de emergencia, Dante. Eso significa algo.
Él abrió los ojos de nuevo y la miró con una intensidad que la anestesia no lograba apagar del todo.
—Significa que eres muy paciente —dijo él—. Soy un hombre difícil, ¿verdad? Siempre eligiendo los planos o la montaña. Mis ex tenían razón... soy un egoísta con mi tiempo.
—No eres egoísta —lo interrumpió Kendall—. Eres apasionado. Y aunque me vuelve loca que prefieras una viga de acero a una cena conmigo, también es la razón por la que te amo.
La palabra quedó flotando en el aire aséptico de la habitación. Kendall se quedó helada, dándose cuenta de que lo había dicho por primera vez, y en el peor momento posible: con él drogado y ella vestida de Versace en una sala de urgencias.
Dante no respondió de inmediato. Parecía estar procesando la información a través de la bruma de los fármacos. De repente, hizo un esfuerzo por incorporarse un poco, soltando un gemido de dolor cuando el movimiento afectó su brazo fracturado.
—No te muevas —le ordenó ella, poniéndole una mano en el pecho.
—Kendall —dijo él, ignorando la advertencia—. Acércate.
Ella se inclinó sobre él, su rostro a pocos centímetros del suyo. El olor a hospital se mezclaba con el aroma residual de Dante, ese olor a tierra y pino que tanto la atraía.
—No soy bueno con las palabras cuando mi cerebro funciona —confesó él, con los ojos fijos en los de ella—, y mucho menos cuando no funciona. Pero no te vayas. Quédate aquí hasta que el cemento se seque.
Kendall no esperó más. Se inclinó y lo besó. Fue un beso suave, lento, cargado de una ternura que nunca se había permitido mostrar en público. Dante respondió con una torpeza dulce, moviendo su mano sana para acariciar la nuca de Kendall. En ese beso, Kendall sintió que las barreras que él había construido —esos muros de reticencia y prioridades laborales— finalmente tenían una grieta por la que ella podía pasar.
Cuando se separaron, Dante tenía una expresión de paz absoluta.
—Eso dolió menos que la fractura —bromeó él, volviendo a cerrar los ojos—. Mucho menos.
—Duérmete, Dante —dijo ella, sentándose en la silla junto a la camilla—. No me voy a mover de aquí.
—¿Ni siquiera por Versace? —preguntó él, ya casi dormido.
—Ni siquiera por Versace.
Pasaron las horas. La noche cayó sobre Santa Mónica y la habitación se sumió en una penumbra solo interrumpida por el pitido rítmico de los monitores. Kendall, todavía con su vestido de gala, se quedó dormida con la cabeza apoyada en el borde de la camilla, sujetando la mano de Dante.
A las tres de la mañana, la puerta se abrió silenciosamente. Kris Jenner entró, seguida de Alejandra Guzmán, que acababa de aterrizar desde México tras recibir el mensaje de Kendall. Ambas mujeres se detuvieron en seco al ver la escena.
Alejandra miró a su hijo dormido y luego a la supermodelo que, a pesar del lujo que la rodeaba habitualmente, estaba allí, en una silla incómoda de hospital, cuidando de lo que más quería en el mundo.
—Parece que tu hija realmente lo quiere —susurró Alejandra, conmovida, mientras se acercaba para tocar el brazo de su hijo.
—Kendall nunca ha sido de las que se rinden —respondió Kris en voz baja, sintiendo un orgullo inmenso—. Pero Dante es el primer cimiento que ella misma ha querido poner.
Alejandra sonrió, mirando los planos médicos al pie de la cama y luego a la pareja.
—Mi hijo es reticente a las relaciones porque tiene miedo de que nadie entienda su mundo —dijo la cantante—. Pero mira a Kendall. Está cubierta de gloria y ahora también de la realidad de Dante. Creo que finalmente ha encontrado a alguien que no quiere cambiar sus planos, sino vivir en la casa que él construya.
A la mañana siguiente, cuando Dante despertó, la anestesia ya se había ido, dejando paso a un dolor agudo en el brazo pero a una claridad mental absoluta. Lo primero que vio fue a Kendall, que se había despertado minutos antes y estaba tratando de arreglarse el cabello frente al reflejo de una ventana.
—Te ves fatal, Jenner —dijo él con voz ronca, pero con una chispa de adoración en los ojos.
Kendall se giró, asustada, y luego sonrió con alivio.
—Gracias, Guzmán. Tú también te ves como si te hubiera pasado un camión por encima.
Dante hizo un gesto para que se acercara. Cuando ella estuvo a su lado, él usó su mano buena para atraerla hacia sí.
—Recuerdo lo que dijiste anoche —dijo él, su voz volviéndose seria—. Y recuerdo el beso.
Kendall sintió que el corazón se le detenía.
—¿Ah, sí? Pensé que estarías demasiado drogado para procesarlo.
—Puedo olvidar muchas cosas, pero no eso —dijo él—. Kendall, sigo siendo un hombre que trabaja catorce horas al día. Sigo siendo alguien que prefiere la montaña a las cámaras. No voy a cambiar eso.
—No te pedí que lo hicieras —respondió ella con firmeza.
—Lo sé —asintió él—. Pero quiero que sepas que, a partir de ahora, en mis planos siempre habrá un espacio reservado para ti. No como una "amiga", ni como una "invitada". Como parte de la estructura.
Kendall sintió que las lágrimas volvían, pero esta vez eran de pura felicidad.
—Eso suena a un compromiso muy serio para un arquitecto —bromeó ella.
—Es el contrato más importante de mi carrera —respondió Dante, y esta vez fue él quien la atrajo para un beso que selló, por fin, la unión entre dos mundos que todos juraban que eran incompatibles.
A fuera, en el pasillo, las cámaras de los paparazzi esperaban, y el mundo del espectáculo ardía con rumores. Pero dentro de esa habitación de hospital, solo había un hombre con un brazo roto y una mujer con un vestido dorado, dándose cuenta de que, a veces, para construir algo eterno, primero hay que dejar que todo lo demás se derrumbe. La conquista de Dante Guzmán no había sido una campaña de marketing; había sido una obra de ingeniería emocional que, finalmente, tenía cimientos inquebrantables.