Volver al resumen

la proteccion del amor

El Eco de la Verdad y el Peso de un Sacrificio

El silencio en el Gran Salón del Receso de la Nube no era el silencio habitual de la meditación o el estudio; era un silencio denso, cargado de una culpa colectiva que asfixiaba a los presentes. Las proyecciones de luz que la entidad ancestral había mostrado todavía vibraban en las retinas de los líderes de secta. Habían visto la caída del muelle de loto, el dolor insoportable de la pérdida y, sobre todo, la verdad tras el núcleo dorado de Jiang Cheng.

Jiang Wanyin permanecía de rodillas, con las manos enterradas en los muslos, apretando la seda de sus túnicas moradas hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El Zidian en su dedo chispeaba débilmente, no por ira, sino por la inestabilidad emocional de su portador. Sus ojos, siempre fieros y desafiantes, estaban fijos en el suelo, empañados por una realización que amenazaba con romper su cordura.

—¿Cómo pudo...? —La voz de Jiang Cheng se quebró, un sonido rudo y doloroso—. ¿Cómo pudo dejarme creer que yo era el genio, que mi esfuerzo me había devuelto mi poder? Me llamó arrogante... me llamó desagradecido... ¡Y todo este tiempo, yo estaba caminando con su vida dentro de mí!

Lan Wangji, que permanecía de pie como una estatua de jade protegiendo el ataúd de cristal, no desvió la mirada. Sus ojos dorados reflejaban una tristeza milenaria, pero también una firmeza inquebrantable. Acarició suavemente el borde del cristal, donde la mano de Wei Ying descansaba justo debajo de la superficie translúcida.

—Wei Ying nunca buscó tu gratitud, Líder de Secta Jiang —dijo Lan Wangji, su voz resonando en el salón con una claridad cortante—. Él buscaba tu supervivencia. Para él, tu vida valía más que su camino en la cultivación ortodoxa.

Nie Huaisang, oculto tras su abanico, cerró el mismo con un golpe seco. Sus ojos, usualmente fingiendo confusión, brillaban con una inteligencia afilada y una melancolía profunda.

—Todos lo juzgamos —susurró Nie Huaisang—. Lo llamamos el Patriarca de Yiling como si fuera un monstruo nacido de la ambición. Pero el "monstruo" fue creado por nuestra propia incapacidad de proteger a los inocentes. Lo obligamos a usar la energía resentida porque le quitamos cualquier otra opción.

Lan Xichen, el Primer Jade de Gusu, suspiró pesadamente, sintiendo el peso de su propia rectitud fallida. Miró a su hermano menor y luego al joven que dormía en el cristal.

—Hemos cometido un error histórico —declaró Xichen, dirigiéndose a los líderes restantes—. Pero el destino nos ha dado una oportunidad única: la de enmendarlo antes de que el ciclo de odio se repita. Wei Wuxian no es un prisionero, ni un villano. Es un invitado de honor... y pronto, será parte de nuestra familia.

En ese momento, el resplandor dentro del ataúd se intensificó. No era una luz cegadora, sino un brillo cálido, como el sol de la tarde filtrándose a través de las hojas de los árboles. El cuerpo de Wei Ying comenzó a reaccionar. Sus dedos, largos y elegantes, se contrajeron levemente.

Lan Wangji dio un paso adelante, su respiración contenida.

—Wei Ying... —susurró, con un tono tan cargado de anhelo que hizo que varios discípulos de Lan bajaran la cabeza por la intensidad de la emoción.

La tapa de cristal comenzó a disolverse en motas de luz dorada que ascendieron hacia el techo del salón. El aire se llenó de un aroma a sándalo y flores de loto. Wei Wuxian soltó un suspiro profundo, un sonido que parecía arrastrar consigo años de cansancio y muerte. Lentamente, sus párpados se agitaron y se abrieron.

Sus ojos grises, antes nublados por el vacío de la muerte, se enfocaron con dificultad. Lo primero que vio fue el techo familiar del Receso de la Nube, y luego, el rostro de Lan Wangji.

—¿Lan Zhan? —La voz de Wei Ying era un susurro ronco, apenas audible, pero para Wangji, fue la música más hermosa del universo.

—Estoy aquí —respondió Wangji, extendiendo sus manos para ayudarlo a incorporarse.

Wei Ying se sentó con lentitud, sintiendo su cuerpo extraño. No sentía el frío de los Túmulos Funerarios, ni el dolor punzante de las heridas que recordaba haber recibido. Su cuerpo se sentía ligero, pero a la vez, extrañamente sensible. Sus túnicas negras y rojas caían sobre su figura, que mantenía esa dualidad fascinante: la fuerza de un hombre y la delicadeza curvilínea que la purificación espiritual había acentuado.

—¿Dónde...? —Wei Ying miró a su alrededor, viendo a los líderes de las sectas. Sus ojos se detuvieron en Jiang Cheng y una sombra de temor y tristeza cruzó su rostro—. Jiang Cheng... yo...

Jiang Cheng se levantó de un salto, dando un paso adelante, pero se detuvo en seco. Sus labios temblaban. Quería gritar, quería reclamar, pero la imagen de Wei Ying entregando su núcleo en la visión era demasiado vívida.

—¡Eres un idiota! —gritó Jiang Cheng, con lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡Un idiota absoluto! ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me dejaste odiarte?

Wei Ying parpadeó, confundido, hasta que sus recuerdos empezaron a encajar con las imágenes que aún flotaban en el aire del salón. Comprendió que ya no había secretos.

—Porque... —Wei Ying bajó la mirada, sonriendo con una tristeza infinita—, prometí que siempre estarías bien. Si lo hubieras sabido, nunca habrías aceptado el núcleo. Y yo necesitaba que vivieras, Jiang Cheng. El Muelle de Loto necesitaba a su líder.

Lan Wangji rodeó los hombros de Wei Ying con su brazo, atrayéndolo hacia su pecho robusto en un gesto de posesión absoluta. No permitiría que nadie, ni siquiera su hermano de crianza, volviera a herirlo con palabras o expectativas.

—Wei Ying ya ha dado suficiente —sentenció Lan Wangji—. A partir de ahora, su única responsabilidad es su propia felicidad.

—Wangji tiene razón —intervino Lan Qiren, quien había permanecido en silencio en un rincón, procesando todo lo visto. El anciano Lan, conocido por su rigidez, miró a Wei Wuxian no con desaprobación, sino con una renuente admiración—. Las reglas de Gusu Lan prohíben la injusticia. Lo que se le hizo a este joven fue la mayor de las injusticias. Si él ha de despertar aquí, bajo nuestro techo, estará bajo nuestra protección.

Wei Ying se apoyó en Lan Wangji, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo del Segundo Jade. Era una calidez que lo anclaba a la realidad.

—Lan Zhan... —susurró Wei Ying, levantando la mano para tocar la mejilla de Wangji—. ¿Es esto real? ¿No estoy muerto?

—Estás vivo —afirmó Wangji, tomando la mano de Wei Ying y besando la palma con una devoción que rompió cualquier protocolo—. Y nunca te dejaré ir de nuevo.

Los días que siguieron al despertar fueron una mezcla de recuperación y reestructuración política. Con las pruebas mostradas por la entidad ancestral, los conspiradores como Jin Guangshan fueron expuestos y despojados de su poder. La secta Lan asumió la custodia total de Wei Wuxian, y Lan Wangji dejó claro que no aceptaría nada menos que el matrimonio formal.

La preparación para la boda fue un proceso meticuloso. Wei Ying, aunque todavía se recuperaba, recuperó rápidamente su espíritu vivaz. Sin embargo, algo en él había cambiado. Su cuerpo, reconstruido por la energía espiritual pura que lo mantuvo en el ataúd, poseía una vitalidad nueva. Los médicos de la secta Lan, tras varios exámenes, confirmaron lo increíble: Wei Ying, debido a la naturaleza única de su resurrección y la armonía de su energía, poseía la capacidad de concebir.

Cuando Lan Wangji recibió la noticia, su expresión, usualmente impasible, se llenó de una luz tan intensa que Lan Xichen tuvo que apartar la mirada para no sentirse abrumado por la felicidad de su hermano.

La noche antes de la boda, Wei Ying estaba sentado en el borde de la cama en el Jingshi, vistiendo una túnica de seda blanca. Lan Wangji entró, llevando una bandeja con té medicinal.

—Lan Zhan, ¿realmente vamos a hacer esto? —preguntó Wei Ying, con una sonrisa juguetona—. ¿La Gran Madam Lan? Los ancianos van a tener un síncope cada vez que yo rompa una regla. Y sabes que rompo muchas.

Lan Wangji dejó la bandeja y se acercó a él, arrodillándose entre sus piernas. Tomó las manos de Wei Ying entre las suyas.

—Las reglas pueden cambiarse —dijo Wangji con seriedad—. Tú eres irremplazable.

—Oh, Lan Er-gege, siempre tan romántico —Wei Ying se inclinó, rodeando el cuello de Wangji con sus brazos—. Prometo intentar ser una buena Madam Lan. Pero no prometo no llevarte por el mal camino de vez en cuando.

La boda fue un estallido de color rojo contra el blanco inmaculado de Gusu. Wei Ying caminaba con una gracia que cautivaba a todos los presentes. Sus túnicas de boda eran una obra maestra de bordado, con hilos de oro que trazaban nubes y lotos entrelazados. Cuando Lan Wangji y Wei Wuxian realizaron las tres reverencias, el cielo sobre el Receso de la Nube se tiñó de un violeta crepuscular, como si los mismos dioses estuvieran dando su bendición.

Al final de la ceremonia, fueron conducidos al Jingshi, que había sido decorado con velas rojas y flores frescas. El silencio del lugar era acogedor, un refugio del mundo exterior que tanto daño les había hecho.

Lan Wangji cerró la puerta y se volvió hacia su esposo. Wei Ying estaba de pie junto a la ventana, mirando la luna. Al oír el cerrojo, se giró, y la luz de las velas resaltó la belleza de su rostro y la suavidad de su figura.

—Finalmente —dijo Wei Ying, con voz suave—. Solo nosotros dos.

Lan Wangji se acercó, sus pasos decididos. Sin decir una palabra, tomó a Wei Ying por la cintura y lo atrajo hacia sí. El contacto de sus cuerpos envió una descarga de electricidad a través de ambos. Wangji hundió el rostro en el cuello de Wei Ying, aspirando su aroma.

—Wei Ying... mi Wei Ying —gruñó Wangji, su voz cargada de una pasión que había contenido durante trece años de luto y espera.

—Tuyo, Lan Zhan. Siempre he sido tuyo —respondió Wei Ying, deshaciendo con dedos temblorosos el cinturón de las túnicas de Wangji.

Lan Wangji lo levantó con facilidad, llevándolo hacia la cama. Allí, bajo el dosel de seda, el tiempo se detuvo. Cada beso de Wangji era una promesa, cada caricia de Wei Ying era una entrega. Lan Wangji fue meticuloso, adorando cada rincón del cuerpo de su esposo, desde la punta de sus dedos hasta la curva de su espalda.

Cuando finalmente se unieron, fue como si dos mitades de un alma se encontraran después de una eternidad. El gemido de Wei Ying fue música para los oídos de Wangji, quien se movía con una mezcla de ferocidad y ternura, asegurándose de que Wei Ying sintiera todo el peso de su amor. En ese momento de éxtasis absoluto, una energía dorada fluyó entre ellos, sellando no solo su matrimonio, sino el futuro que estaba por venir.

Meses después, la noticia del embarazo de Madam Lan llenó de alegría el Receso de la Nube. Wei Ying llevaba su estado con una mezcla de orgullo y travesura, a menudo quejándose de que Lan Wangji no le dejaba comer suficiente picante.

El nacimiento de Lan Yuan fue un evento que cambió la secta para siempre. El pequeño, con sus ojos grises y su risa contagiosa, se convirtió en el centro del mundo de Wangji y Wei Ying. Pero el destino tenía más bendiciones preparadas. Dos años después, nació Lan Shizhui, una niña de ojos dorados que heredó la calma de su padre y la agudeza de su madre.

Una tarde de primavera, Wei Ying estaba sentado en el muelle de madera del Jingshi, observando a A-Yuan intentar practicar con una espada de madera mientras la pequeña Shizhui gateaba tras un conejo blanco. Lan Wangji apareció detrás de él, colocando una manta sobre sus hombros.

—Hace fresco, Wei Ying.

Wei Ying se recostó contra el pecho de su esposo, suspirando de felicidad.

—Lan Zhan, ¿recuerdas cuando estábamos en el ataúd de cristal? Parecía que todo era oscuridad.

Wangji lo abrazó con más fuerza, besando la coronilla de su cabeza.

—La oscuridad se ha ido. Solo queda la luz.

Wei Ying sonrió, viendo a sus hijos jugar en el hogar que una vez pensó que nunca tendría. El Patriarca de Yiling había muerto, pero Madam Lan vivía, amada y protegida, en el corazón de Gusu.

—Tienes razón, Er-gege —susurró Wei Ying—. Solo queda la luz.