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la proteccion del amor

El Vientre de la Gracia y el Renacer de los Cerezos

La vida en el Receso de la Nube había adquirido un ritmo que desafiaba la rigidez de las tres mil reglas talladas en la roca. Desde que Wei Wuxian fuera nombrado Madam Lan, el silencio sepulcral de la montaña se veía interrumpido frecuentemente por risas vibrantes, el correteo de niños y el ocasional sonido de una flauta que, lejos de invocar fantasmas, ahora llamaba a los pájaros y calmaba el espíritu de los discípulos.

Wei Ying se encontraba recostado en el diván del Jingshi, con una mano descansando sobre su vientre, que empezaba a mostrar una curva apenas perceptible de su tercer embarazo. A su lado, Lan Wangji leía unos informes de la secta, pero su atención se desviaba constantemente hacia su esposo. La luz del atardecer bañaba la estancia, otorgándole a Wei Ying un aura casi divina. Su belleza, que siempre había sido notable, se había suavizado con la maternidad, adquiriendo una madurez que volvía loco a Lan Zhan.

—Lan Zhan —susurró Wei Ying, rompiendo el pacífico silencio—, ¿crees que este también querrá aprender a tocar la cítara antes de caminar? A-Yuan ya está intentando corregir la postura de los discípulos menores, y la pequeña Shizhui tiene una puntería con el arco que asusta a Lan Qiren.

Lan Wangji dejó el pergamino a un lado y se acercó, sentándose en el borde del diván. Deslizó su mano grande y cálida sobre la de Wei Ying, sintiendo la conexión espiritual que compartían.

—Sea lo que sea que elijan, serán brillantes —respondió Wangji con esa voz profunda que siempre hacía vibrar el pecho de Wei Ying—. Tienen tu espíritu.

—Y tu terquedad —rio Wei Ying, incorporándose un poco para besar la mejilla de su esposo—. A veces olvido que todo esto es real. Que no estoy en ese ataúd de cristal, viendo sombras de lo que pudo ser.

Lan Wangji lo atrajo hacia un abrazo protector. El recuerdo de Wei Ying inconsciente, rodeado de líderes de secta que solo entendieron su valor cuando lo creyeron perdido, seguía siendo una cicatriz en la memoria de Wangji. Por eso, se aseguraba de que cada día Wei Ying se sintiera el ser más amado de la creación.

—Es real, Wei Ying. El mundo cambió porque tú lo hiciste cambiar.

La puerta del Jingshi se abrió de golpe, rompiendo el momento íntimo. Un pequeño torbellino de túnicas blancas y cintas de frente impecables entró corriendo. Era Lan Yuan, seguido de cerca por la pequeña Shizhui, que sostenía un conejo blanco contra su pecho con una determinación feroz.

—¡Madre! ¡Padre! —exclamó A-Yuan, haciendo una reverencia rápida pero perfecta, antes de perder la compostura y saltar hacia la cama—. ¡El tío abuelo Qiren dice que ya puedo empezar a estudiar las melodías de purificación!

Wei Ying soltó una carcajada y revolvió el cabello de su hijo mayor, ignorando el hecho de que estaba deshaciendo el peinado perfecto que los sirvientes de la secta se esmeraban en mantener.

—¿Ah, sí? ¿Y qué dice tu padre de eso? —preguntó Wei Ying, mirando de reojo a Lan Zhan.

—Si el Maestro Lan lo permite, es porque tu núcleo está listo —dijo Wangji, con un orgullo mal disimulado en sus ojos dorados.

La pequeña Shizhui se acercó con más timidez, sentándose a los pies de Wei Ying. Sus ojos, dorados como los de su padre pero con la picardía de su madre, observaban el vientre de Wei Ying con curiosidad.

—¿Cuándo saldrá el nuevo hermanito? —preguntó ella, acariciando las orejas del conejo—. Quiero enseñarle a alimentar a los conejos.

—Pronto, mi pequeña A-Zhui —respondió Wei Ying, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Pero mientras tanto, tienes que ayudarme a convencer a tu padre de que me deje comer un poco de sopa de semillas de loto picante. Dice que no es bueno para el bebé, ¡pero el bebé me lo pide a gritos!

—Wei Ying —advirtió Lan Wangji, aunque no había verdadera severidad en su tono—. El médico dijo dieta ligera.

—¡El médico no tiene un núcleo dorado y un bebé Lan creciendo dentro! —protestó Wei Ying con un puchero que siempre lograba ablandar el corazón de piedra de los ancianos de Gusu, y especialmente el de su marido.

Tras un rato de juegos y risas, Lan Wangji escoltó a los niños a sus propias habitaciones. Al regresar, encontró a Wei Ying de pie junto a la ventana, mirando hacia el bosque de magnolias. Había una melancolía dulce en su rostro.

—¿En qué piensas? —preguntó Wangji, rodeando su cintura por detrás.

—En cómo cambió todo —dijo Wei Ying, apoyando la espalda contra el pecho robusto de Lan Zhan—. Recuerdo las caras de Jiang Cheng y de los demás cuando vieron la verdad en las proyecciones. Recuerdo el dolor de ver mi propia muerte. Pero ahora, cuando miro a nuestros hijos, siento que cada sacrificio valió la pena. Solo lamento que el mundo tuviera que ver mi sufrimiento para decidirse a ser justo.

—El mundo es lento para aprender —sentenció Wangji—, pero Gusu Lan no volverá a fallarte. Eres nuestra Madam Lan. Tu palabra tiene el peso de la montaña.

Wei Ying se giró en sus brazos, enredando sus dedos en la cinta de la frente de Lan Zhan. Esa cinta que representaba su restricción y que ahora, por ley y por amor, solo Wei Ying tenía el derecho de tocar y desatar.

—Lan Zhan... —susurró Wei Ying, su voz volviéndose ronca y cargada de deseo—. Los niños ya están dormidos. Y el médico dijo que el ejercicio moderado es bueno para la circulación.

Lan Wangji sintió que el calor subía por su cuello. A pesar de los años y de los hijos, la pasión de Wei Ying seguía teniendo el mismo efecto devastador sobre su autocontrol.

—Wei Ying... —advirtió de nuevo, pero esta vez sus manos bajaron hacia las caderas de su esposo, apretando con firmeza.

—Vamos, HanGuang-Jun —provocó Wei Ying, desatando lentamente la cinta blanca—. Muéstrame de nuevo por qué dicen que los Lan tienen una fuerza legendaria.

Wangji no necesitó más invitación. Levantó a Wei Ying en vilo, haciendo que este soltara un grito ahogado de sorpresa y placer, y lo llevó hacia la cama de sándalo. Las túnicas blancas y negras cayeron al suelo en un desorden que habría horrorizado a cualquier discípulo, pero que en esa habitación era el símbolo de una libertad absoluta.

El acto de amor entre ellos nunca era algo rutinario. Era una danza de gratitud, de reconocimiento y de una devoción que rozaba lo sagrado. Lan Wangji besó cada cicatriz antigua en el cuerpo de Wei Ying, aquellas que el cristal no pudo borrar del todo, como si con cada beso pudiera reescribir el pasado. Wei Ying, por su parte, se entregaba con una intensidad que desafiaba su estado, sus gemidos llenando el Jingshi y perdiéndose en el viento de la montaña.

—Te amo —susurró Wangji en el clímax, su frente contra la de Wei Ying, ambos empapados en sudor y con los corazones latiendo al unísono.

—Y yo a ti, mi Lan Er-gege —respondió Wei Ying, con los ojos grises brillando de lágrimas de felicidad—. Siempre te elegiría a ti, en cada vida, en cada ataúd, en cada sueño.

A la mañana siguiente, el Receso de la Nube despertó con una noticia que hizo que incluso Lan Qiren soltara un suspiro de alivio. Los enviados de la secta Jiang y la secta Nie habían llegado con regalos y propuestas de tratados comerciales que consolidarían la paz definitiva. El mundo de la cultivación, una vez dividido por el miedo al Patriarca de Yiling, ahora se unía bajo la luz de Madam Lan.

Wei Ying, vestido con sus mejores galas —túnicas de seda negra con intrincados bordados de nubes azules y lotos rojos—, recibió a los emisarios en el salón principal. A su lado, Lan Wangji permanecía como su sombra inamovible.

Jiang Cheng entró al salón, luciendo más calmado que en años anteriores. Se detuvo ante la pareja y, para sorpresa de muchos, hizo una reverencia profunda.

—Wei Wuxian —dijo Jiang Cheng, su voz firme—. El Muelle de Loto ha enviado estas semillas de loto de la cosecha más pura. Mi hermana... ella habría querido que tus hijos conocieran el sabor de nuestro hogar.

Wei Ying sintió un nudo en la garganta. Se acercó a su hermano de crianza y, rompiendo todo protocolo, lo abrazó. Por un momento, Jiang Cheng se quedó rígido, pero luego correspondió el abrazo, cerrando los ojos.

—Gracias, Jiang Cheng —susurró Wei Ying—. A-Yuan y Shizhui estarán encantados. Y el nuevo integrante también.

Nie Huaisang, que observaba desde atrás con su abanico siempre presente, sonrió para sí mismo. El plan de la entidad ancestral había funcionado mejor de lo esperado. No solo habían salvado a un hombre, habían salvado el alma de las grandes sectas.

—Bueno, bueno —intervino Huaisang con su tono jovial—, ahora que estamos todos en paz, ¿cuándo será el banquete? He oído que las cocineras de Gusu han aprendido a usar especias de Yunmeng solo para complacer a Madam Lan.

La risa de Wei Ying llenó el salón, una risa que era el sonido de la victoria sobre la tragedia.

—¡Hoy mismo habrá banquete! —declaró Wei Ying, mirando a Lan Qiren, quien solo pudo asentir con resignación—. Y Lan Zhan promete no hacernos recitar las reglas antes de comer. ¿Verdad, Lan Zhan?

Lan Wangji miró a su esposo, la luz de su vida, y por un breve instante, una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios.

—Si Wei Ying lo desea, así será.

La jornada terminó con una celebración que quedó marcada en los anales de la historia. No por la opulencia, sino por la sinceridad de los lazos recuperados. Wei Ying, sentado en la mesa principal junto a su esposo y sus hijos, miró hacia el cielo estrellado.

Sabía que su camino no había sido fácil. Había conocido el abismo, la soledad de la muerte y el juicio de los hombres. Pero allí, rodeado del aroma a sándalo, con el calor de Lan Wangji a su lado y el futuro creciendo en su vientre, comprendió que el destino no es lo que nos sucede, sino lo que construimos con los pedazos que nos quedan.

—Lan Zhan —dijo Wei Ying, tomando la mano de su marido bajo la mesa.

—¿Mmm?

—Gracias por no rendirte conmigo. Gracias por esperarme en el silencio.

Lan Wangji apretó su mano, sus ojos dorados reflejando la eternidad.

—No fue espera, Wei Ying. Fue fe. Sabía que el sol siempre vuelve a salir en Gusu.

Y bajo la bendición de la luna, la Gran Madam Lan y el Hanguang-Jun brindaron por una vida que, tras haber sido escrita en sangre y lágrimas, ahora se escribía en amor y luz, asegurando que el linaje de los Lan y el espíritu de los Jiang florecieran juntos por mil generaciones más.