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la proteccion del amor

El Amanecer de una Nueva Dinastía y el Heredero del Corazón

El Receso de la Nube se había transformado en un santuario donde la paz no era impuesta por leyes frías, sino por el calor de una familia que desafió al destino mismo. Con el paso de los años, Wei Ying, la Gran Madam Lan, no solo se había convertido en el corazón de Gusu, sino en un símbolo de esperanza para todo el mundo de la cultivación. Aquel joven que una vez fue el temido Patriarca de Yiling, ahora caminaba entre los magnolios con una túnica de seda blanca bordada con hilos de un rojo carmesí tan intenso como su espíritu, llevando consigo la dignidad de una posición que nadie más podría haber ocupado con tal gracia.

Lan Wangji, el Hanguang-Jun, observaba desde el balcón del Jingshi cómo su esposo jugaba con sus hijos en el prado. Wei Ying, a pesar de haber dado a luz a cuatro hermosos herederos, conservaba esa agilidad felina y esa belleza que parecía desafiar el paso del tiempo. Su cuerpo, aunque masculino en esencia, poseía curvas suaves y una delicadeza que la purificación espiritual del ataúd de cristal había acentuado, convirtiéndolo en un ser de una dualidad fascinante.

—¡Lan Zhan! ¡Mira a A-Yuan! —gritó Wei Ying con una sonrisa que eclipsaba la luz de la mañana—. ¡Su técnica de espada es tan perfecta que incluso tú deberías estar celoso!

Lan Wangji bajó los escalones con su elegancia habitual, su túnica azul y blanca ondeando suavemente. Se detuvo al lado de Wei Ying y colocó una mano posesiva sobre su cintura, sintiendo el calor que emanaba de su esposo.

—No hay celos —dijo Wangji con su voz profunda—, solo orgullo. Él es tu hijo tanto como el mío.

—Y tiene tu terquedad, Lan Zhan —rio Wei Ying, apoyando la cabeza en el hombro robusto de su marido—. A veces me pregunto si el mundo está preparado para tantos Lan con el espíritu de un Wei.

Lan Yuan, el mayor, ya era un joven de una rectitud impecable, mientras que la pequeña Shizhui y el enérgico Jingyi corrían tras los conejos, seguidos por el pequeño Lan An, que apenas empezaba a dar sus primeros pasos. La escena era perfecta, un cuadro de felicidad que hace años parecía un sueño imposible mientras Wei Ying dormía en aquel ataúd de cristal.

—Madam Lan —llamó un discípulo acercándose con una reverencia profunda—, el Maestro Lan Qiren solicita su presencia en el Gran Salón. Los líderes de las sectas han llegado para la Gran Conferencia.

Wei Ying suspiró dramáticamente, aunque sus ojos brillaban de anticipación.

—Ah, el deber llama. Lan Zhan, ¿crees que Jiang Cheng ha traído más de esas semillas de loto picantes? Prometió que la nueva cosecha de Yunmeng sería la mejor.

—Lo hizo —respondió Wangji—, pero primero debemos atender los asuntos de la secta.

El Gran Salón estaba lleno de una atmósfera de respeto. Ya no había susurros de odio ni miradas de sospecha. Cuando Wei Ying entró, flanqueado por el imponente Hanguang-Jun, todos los líderes se pusieron en pie. La reacción a las canciones y visiones del pasado había dejado una marca indeleble; ahora todos sabían que la estabilidad del mundo dependía de la felicidad de la pareja de Gusu.

Jiang Cheng, el líder de la secta Jiang, asintió con una rigidez que escondía un profundo afecto.

—Wei Wuxian —dijo Jiang Cheng—, te ves... bien. Supongo que la vida en las montañas no te ha vuelto tan aburrido como pensaba.

—¡Jiang Cheng! —exclamó Wei Ying, acercándose para darle un golpe juguetón en el hombro—. ¡Sigues tan gruñón como siempre! ¿Es que Zidian no te deja dormir por las noches?

—¡Cállate! —gruñó Jiang Cheng, aunque una pequeña sonrisa tiró de la comisura de sus labios—. He traído lo que pediste. Y Jin Ling insiste en que quiere quedarse aquí un tiempo extra para entrenar con sus primos.

—Será un placer —intervino Lan Wangji, su mirada dorada encontrándose con la de Jiang Cheng en un entendimiento mutuo.

La conferencia transcurrió entre acuerdos de paz y planes de cacerías nocturnas conjuntas, pero para Wei Ying y Lan Zhan, el verdadero evento comenzaría al caer la noche. En Gusu, el silencio era la regla, pero en la intimidad del Jingshi, las reglas de los hombres se desvanecían para dar paso a las leyes del corazón y del deseo.

Al terminar el banquete, Wei Ying se retiró a sus aposentos. Se despojó de las pesadas túnicas ceremoniales, quedando solo en una túnica de seda fina que revelaba la palidez de su piel bajo la luz de las velas rojas. Lan Wangji entró poco después, cerrando el cerrojo con un movimiento fluido.

—Wei Ying —susurró Wangji, su voz cargada de una necesidad que trece años de soledad habían convertido en un fuego eterno.

—Lan Er-gege —respondió Wei Ying, girándose con una mirada cargada de picardía y amor—. Has estado muy callado durante la cena. ¿Acaso mi esposo está celoso de que pasara tanto tiempo hablando con Jiang Cheng?

Lan Wangji no respondió con palabras. Se acercó a pasos largos y tomó a Wei Ying por la nuca, uniendo sus labios en un beso feroz, un beso que reclamaba cada parte de su alma. Wei Ying soltó un jadeo de sorpresa que rápidamente se convirtió en un gemido de placer, enredando sus dedos en el cabello largo y negro de Wangji.

—Tuyo —gruñó Wangji contra sus labios—. Siempre mío.

—Siempre —asintió Wei Ying, su respiración entrecortada—. Hazme sentir que estoy vivo, Lan Zhan. Hazme olvidar que alguna vez hubo oscuridad.

Lan Wangji lo levantó con una fuerza asombrosa, llevándolo hacia la cama de sándalo. Allí, bajo el dosel de seda, el tiempo se detuvo. Wangji fue devoto, adorando cada centímetro de la piel de Wei Ying con besos que eran promesas de una eternidad compartida. Sus manos, grandes y fuertes, recorrieron las curvas del cuerpo de Wei Ying, deteniéndose en su vientre, donde la vida había florecido tantas veces.

—Eres el sol de Gusu —susurró Wangji mientras se unía a él en un movimiento lento y profundo, haciendo que Wei Ying arqueara la espalda y sollozara de éxtasis.

—Y tú... tú eres mi luz, Lan Zhan —respondió Wei Ying, sus ojos grises nublados por las lágrimas y el deseo—. No te detengas... nunca te detengas.

La noche fue una danza de pasión y ternura, una celebración de la vida que casi les fue arrebatada. En el clímax de su unión, una luz dorada emanó de sus núcleos, sellando una vez más el vínculo que los unía más allá de la carne. Wei Ying se durmió en los brazos de su esposo, sintiendo el latido rítmico del corazón de Wangji contra su oído, el sonido más reconfortante del universo.

A la mañana siguiente, Wei Ying despertó con una sensación de plenitud que llenaba cada rincón de su ser. Se vistió con calma, observando a Lan Wangji meditar junto a la ventana. El sol de la mañana iluminaba el rostro de su marido, haciéndolo parecer una estatua de jade viviente.

—Lan Zhan —dijo Wei Ying, acercándose para abrazarlo por la espalda—, he estado pensando.

Wangji abrió los ojos y tomó las manos de Wei Ying entre las suyas.

—¿En qué piensa mi esposo?

—En que este mundo que vimos en las visiones... el mundo que sufría... ya no existe. Hemos creado algo nuevo. Pero todavía hay mucho por hacer. Quiero abrir una escuela en los Túmulos Funerarios, un lugar donde los cultivadores que no tienen secta puedan aprender sin miedo.

Lan Wangji se giró y lo miró con una admiración infinita.

—Es una idea noble, Wei Ying. Gusu Lan te apoyará. Yo te apoyaré.

—Lo sé —sonrió Wei Ying—. Siempre lo haces.

Semanas después, los preparativos para la nueva escuela estaban en marcha. Wei Ying viajaba frecuentemente entre Gusu y Yiling, pero siempre regresaba a los brazos de su esposo. En uno de esos regresos, Wei Ying traía una noticia que hizo que incluso el impasible Hanguang-Jun soltara una lágrima de alegría.

—Lan Zhan... parece que A-Yuan y los demás tendrán otra hermana —dijo Wei Ying, tomando la mano de Wangji y colocándola sobre su vientre, donde una nueva chispa de energía empezaba a vibrar.

Lan Wangji se arrodilló ante él, besando su vientre con una reverencia que rozaba lo sagrado.

—Gracias, Wei Ying. Gracias por volver a mí y por llenar mi vida de tanta luz.

La noticia del quinto embarazo de Madam Lan fue recibida con júbilo en todo el reino. El nacimiento de la pequeña Lan Meiling coincidió con el florecimiento de los ciruelos en el Receso de la Nube. Era una niña hermosa, con los ojos grises de Wei Ying y la serenidad de los Lan.

Con el paso de los años, Wei Ying y Lan Wangji vieron a sus hijos crecer y convertirse en pilares de la sociedad. A-Yuan heredó el título de líder de secta con una sabiduría que asombraba a todos, mientras que Shizhui y Jingyi se convirtieron en los mejores cultivadores de su generación. La escuela en Yiling prosperó, convirtiéndose en un puente entre el pasado oscuro y un futuro brillante.

Una tarde, mientras Wei Ying y Lan Wangji caminaban por el muelle del Receso de la Nube, observando el atardecer, Wei Ying se detuvo y miró hacia el horizonte.

—¿Sabes, Lan Zhan? Aquella entidad que nos mostró el futuro... que nos hizo reaccionar a nuestras propias vidas... a veces me pregunto quién era.

Lan Wangji lo atrajo hacia sí, envolviéndolo en su capa para protegerlo del viento fresco de la montaña.

—Quizás era el destino mismo —respondió Wangji—, dándonos la oportunidad de corregir lo que estaba roto. O quizás era el amor que nos tenemos, que fue tan fuerte que rompió las barreras del tiempo.

Wei Ying rió, una risa clara y pura que resonó en los valles.

—Sea lo que sea, estoy agradecido. Estoy agradecido por el ataúd de cristal que me mantuvo a salvo, por las canciones que nos recordaron quiénes éramos, y sobre todo, por ti.

Lan Wangji besó su sien, su mirada fija en el sol que se ocultaba.

—Te amo, Wei Ying. En esta vida y en todas las que vendrán.

—Y yo a ti, Lan Er-gege. Hasta que el sol deje de salir en Gusu.

Y así, bajo el cielo teñido de violeta y oro, el Patriarca y el Hanguang-Jun permanecieron juntos, dos almas que se convirtieron en leyenda, no por su poder, sino por la inmensidad de un amor que transformó el dolor en gloria y la soledad en una dinastía de luz que nunca se apagaría. El Receso de la Nube ya no era solo un lugar de reglas; era el hogar de un sol que nunca dejaba de brillar y de un jade que siempre lo protegería. La historia de Wei Ying y Lan Wangji se convirtió en la canción más hermosa jamás cantada, una melodía de redención, familia y un amor eterno que floreció en el corazón de las nubes.