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la proteccion del amor

El Resplandor de la Dinastía de Jade y Loto

El Receso de la Nube se había transformado. Lo que antaño fue un bastión de reglas inquebrantables y silencio absoluto, ahora palpitaba con una vitalidad que nadie, ni siquiera el más anciano de los Lan, se atrevería a llamar inapropiada. La presencia de Wei Ying como Madam Lan no solo había traído consigo una descendencia bendecida, sino una reforma espiritual que había sanado las grietas del mundo de la cultivación. Los líderes de las sectas, que una vez observaron la verdad a través de las visiones del ataúd de cristal, ahora enviaban a sus discípulos a Gusu no solo para aprender la espada, sino para entender la compasión que el Patriarca de Yiling personificaba.

Wei Ying se encontraba en el pabellón de la biblioteca, pero no estaba castigado copiando reglas. Estaba sentado en una mesa baja, rodeado de pergaminos de invenciones nuevas, mientras su cuarto hijo, un bebé de apenas unos meses llamado Lan An, dormía plácidamente en una cuna de sándalo a su lado. El cuerpo de Wei Ying, a pesar de haber dado a luz a cuatro hijos, conservaba esa gracia etérea y curva que lo hacía ver como una deidad de la fertilidad y la guerra. Sus túnicas, una mezcla exquisita de seda blanca de Gusu con bordados rojos profundos que recordaban su origen en Yunmeng, fluían a su alrededor como agua.

—¿Otra vez despierto hasta tarde, Wei Ying? —La voz de Lan Wangji resonó en la entrada, profunda y vibrante como una nota de guqin.

Wei Ying levantó la vista y sus ojos grises se iluminaron con ese brillo que solo Lan Zhan podía provocar. Dejó el pincel a un lado y se estiró, arqueando la espalda de una manera que hizo que las túnicas se tensaran sobre su pecho y su cintura estrecha.

—Lan Zhan... —susurró Wei Ying, extendiendo los brazos—. Estaba terminando un nuevo talismán para que los discípulos menores puedan comunicarse sin romper el silencio de la montaña. ¡Es una genialidad!

Lan Wangji se acercó, ignorando los pergaminos para fijar su mirada dorada en el rostro de su esposo. Se inclinó y besó la frente de Wei Ying con una devoción que el tiempo solo había intensificado.

—Es tarde —dijo Wangji, su mano bajando para acariciar la nuca de Wei Ying—. El descanso es necesario.

—Lo sé, lo sé —rio Wei Ying, enredando sus dedos en la cinta de la frente de su marido—. Pero con A-Yuan ya liderando cacerías nocturnas y Shizhui ayudando al tío Qiren con las clases, siento que tengo demasiado tiempo libre. Jingyi está practicando con la espada y el pequeño An es tan tranquilo como tú. A veces olvido lo que era el caos.

Lan Wangji lo ayudó a levantarse, rodeando su cintura con un brazo protector. El contacto de sus cuerpos, incluso después de años de matrimonio, enviaba chispas de deseo a través de sus núcleos dorados.

—El caos no es necesario cuando hay paz —sentenció Wangji.

Caminaron juntos hacia el Jingshi, el santuario privado que había sido testigo de su amor más profundo. Al entrar, el aroma a sándalo y nardos los envolvió. Wei Ying se despojó de su capa exterior, revelando la delicadeza de sus hombros bajo la seda fina. Se giró hacia Lan Wangji, quien ya lo observaba con esa intensidad que prometía una noche larga.

—Lan Zhan —dijo Wei Ying, su voz volviéndose baja y seductora—, ¿recuerdas lo que los líderes de secta dijeron durante la reacción? Que nuestro amor era algo que las canciones no podían capturar del todo.

Lan Wangji cerró la puerta con un movimiento fluido de su manga y se acercó a él, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron.

—Las canciones son limitadas —respondió Wangji—. Mi amor por ti no tiene fin.

Wei Ying sonrió y comenzó a desatar el cinturón de Lan Wangji con manos expertas.

—Entonces muéstramelo de nuevo. Muéstrame que no soy un sueño en un ataúd de cristal. Muéstrame que soy tu esposo, tu Madam Lan, y que este cuerpo te pertenece solo a ti.

Lan Wangji no necesitó más palabras. Levantó a Wei Ying por los muslos, haciendo que este envolviera sus piernas alrededor de su cintura robusta. Wei Ying soltó una carcajada suave que se convirtió en un gemido cuando los labios de Wangji encontraron su cuello, marcando la piel pálida con una posesión feroz. Lo llevó hacia la cama de sándalo, donde las sábanas de seda blanca esperaban para ser desordenadas por su pasión.

—Wei Ying... —gruñó Wangji, su voz llena de una necesidad que quemaba—. Cada vez es como la primera vez.

—Es porque nuestras almas están entrelazadas, Er-gege —respondió Wei Ying, abriendo sus túnicas para ofrecerse por completo—. No te detengas. Hazme sentir cada parte de ti.

La noche en el Jingshi fue una sinfonía de piel contra piel, de suspiros compartidos y de una unión que trascendía lo físico. Lan Wangji fue meticuloso, adorando cada centímetro del cuerpo de Wei Ying, desde las puntas de sus dedos hasta la cicatriz casi invisible en su vientre que recordaba el nacimiento de sus hijos. Wei Ying se entregó con una ferocidad que igualaba la de su esposo, sus uñas marcando la espalda robusta de Wangji mientras alcanzaban juntos un clímax que hizo vibrar la energía espiritual de toda la estancia.

A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las rendijas de las ventanas, iluminando a la pareja entrelazada entre las sábanas. Wei Ying descansaba su cabeza en el pecho de Lan Zhan, escuchando el latido rítmico de su corazón.

—Lan Zhan —dijo Wei Ying perezosamente—, ¿crees que deberíamos tener otro?

Lan Wangji abrió los ojos, su mirada dorada llena de una ternura infinita. Besó la coronilla de la cabeza de Wei Ying.

—Si Wei Ying lo desea —respondió—. Pero primero, el desayuno.

—¡Oh, Lan Zhan! ¡Siempre tan pragmático! —rio Wei Ying, incorporándose y dejando que el cabello negro cayera sobre sus hombros desnudos—. Pero tienes razón. Necesito energía si voy a entrenar a los discípulos hoy.

Mientras se vestían, un golpe suave sonó en la puerta. Era Lan Yuan, ahora un joven apuesto y distinguido que llevaba el uniforme de discípulo principal con un orgullo sereno.

—Madre, Padre —llamó A-Yuan desde afuera—. El Líder de Secta Jiang ha llegado para la conferencia de primavera. Trae a Jin Ling con él.

Wei Ying se iluminó. Jiang Cheng y él habían reconstruido su relación sobre las cenizas del pasado, y aunque todavía discutían, el vínculo de hermanos era más fuerte que nunca.

—¡Dile que bajamos en un momento, A-Yuan! —gritó Wei Ying con entusiasmo—. ¡Y dile que si no trajo vino de sonrisa del emperador, puede darse la vuelta y volver al Muelle de Loto!

—¡Wei Ying! —reprendió Lan Wangji, aunque sus ojos sonreían.

—¡Es broma, Lan Zhan, es broma! —dijo Wei Ying, terminando de ajustar su cinta roja—. Pero sabes que le gusta que lo provoque.

El salón principal del Receso de la Nube estaba lleno de actividad. Jiang Cheng estaba de pie, con Zidian brillando débilmente en su dedo, mientras observaba a los discípulos de Lan con una mezcla de envidia y respeto. Cuando Wei Ying entró al salón, flanqueado por Lan Wangji, el ambiente cambió. Todos los presentes se inclinaron ante la Gran Madam Lan.

—¡Jiang Cheng! —exclamó Wei Ying, acercándose rápidamente—. ¡Mira qué cara de pocos amigos traes hoy! ¿Es porque Jin Ling finalmente te ganó en un duelo?

Jiang Cheng resopló, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa cruzara su rostro al ver a su hermano tan lleno de vida.

—Sigue hablando, Wei Wuxian, y te aseguro que Zidian recordará tu nombre —dijo Jiang Cheng, aunque su tono era cálido—. Has crecido... o al menos tu vientre parece indicar que no dejas de comer.

—¡Oye! —protestó Wei Ying, dándose una palmada en el estómago—. ¡Eso es falta de respeto hacia tu sobrino o sobrina que podría estar en camino!

Lan Xichen, que observaba la escena desde su asiento de honor, intervino con una sonrisa pacífica.

—Es un honor tenerlos a todos aquí. Después de lo que vimos en las visiones hace años, prometimos que el mundo de la cultivación nunca volvería a caer en la oscuridad de la ignorancia. Ver a nuestras sectas unidas de esta manera es el mayor regalo.

La reunión continuó con discusiones sobre tratados de paz y nuevas técnicas de cultivo, pero el centro de todo era la armonía que Wei Ying y Lan Wangji habían creado. Ya no eran solo dos cultivadores poderosos; eran el símbolo de que el amor y la verdad podían reconstruir lo que la guerra había destruido.

Al atardecer, Wei Ying y Jiang Cheng se sentaron en el muelle del estanque de lotos que los Lan habían construido especialmente para Wei Ying.

—A veces todavía me cuesta creerlo —dijo Jiang Cheng, mirando los lotos—. Que estés aquí. Que tengas esta familia. Aquel día en el Gran Salón, cuando el ataúd se abrió... pensé que te perdería de nuevo.

Wei Ying puso una mano sobre el hombro de su hermano.

—No me perdiste, Jiang Cheng. Solo estaba esperando el momento adecuado para despertar en un mundo que estuviera listo para nosotros. Y Lan Zhan... él nunca me soltó.

—Ese Lan Wangji... —susurró Jiang Cheng—. Es un hombre terco. Pero supongo que es el único que podría soportarte.

—¡Exactamente! —rio Wei Ying.

La noche cayó sobre Gusu, y con ella, una sensación de plenitud absoluta. Wei Ying regresó al Jingshi, donde Lan Wangji lo esperaba con una taza de té caliente. Se sentaron juntos en el porche, mirando la luna que brillaba sobre las montañas.

—Lan Zhan —dijo Wei Ying, recostando su cabeza en el hombro de su esposo—. ¿Crees que nuestra historia se contará en el futuro?

Lan Wangji lo rodeó con su brazo, atrayéndolo hacia su calor.

—No importa si se cuenta —respondió Wangji—. Lo que importa es que la vivimos.

Wei Ying cerró los ojos, sintiendo la brisa fresca y el latido del corazón de Lan Zhan. Recordó el frío del cristal, el dolor de la flauta Chenqing y la soledad de los Túmulos Funerarios. Pero todo eso parecía ahora una vida ajena, un prólogo necesario para el paraíso que habitaba ahora.

—Tienes razón —susurró Wei Ying—. Esto es lo único que importa.

Bajo la mirada eterna de la luna de Gusu, el sol de Yunmeng y el jade de Lan vivieron su eternidad, rodeados de hijos que llevarían su legado y de un amor que, tras haber sido probado por el fuego y el hielo, ahora florecía como el loto más puro en el jardín de las nubes. La Gran Madam Lan sonrió en sueños, sabiendo que, finalmente, el descanso era dulce y el mañana siempre traería la luz de los ojos dorados de su amado Lan Zhan.