Volver al resumen

La sonrisa de tus ojos

Llaves de Oro y Tentaciones de Seda

Dos meses habían pasado desde que Kinn aterrizara en GMMTV como un huracán de cachemira y arrogancia, y la oficina se había convertido en un campo de batalla diario. No había una sola mañana en la que Barcode no encontrara una forma de ridiculizar el pañuelo de bolsillo de Kinn, ni una tarde en la que Kinn no soltara un comentario mordaz sobre el "estilo callejero de mercadillo" que, según él, Barcode lucía con demasiado orgullo.

Sin embargo, entre los insultos y los apodos constantes, algo había mutado. Las discusiones ya no terminaban en portazos, sino en risas sofocadas que ambos intentaban ocultar cuando sus amigos, especialmente el grupo Clover, los observaban con ojos de halcón.

—¡Es que no puedo con él! —exclamó Barcode, dejándose caer en una silla de la sala de ensayos mientras Keen, Aun y Aungpao lo miraban divertidos—. Hoy se quejó porque el café de la máquina no tenía "notas de avellana silvestre". ¡Es café de máquina, por Dios! Es un presumido insoportable.

—Pues para ser tan insoportable, ayer pasaste tres horas encerrado en su camerino "repasando el guion" —comentó Keen con una sonrisa maliciosa, ajustándose las gafas—. Y que yo sepa, la escena que grabaron hoy no requería que tuvieras el labio inferior tan hinchado.

Barcode se puso rojo como un tomate y lanzó una botella de agua vacía hacia Keen.

—¡Fue un accidente! Me tropecé con su ego y me golpeé la cara —mintió descaradamente.

—Claro, y su ego sabe a bálsamo labial de Dior, ¿verdad? —añadió Aun, estallando en carcajadas junto a Aungpao.

Esa misma tarde, Barcode decidió que necesitaba una victoria definitiva. Kinn le había ganado la última apuesta sobre quién tenía más seguidores en redes sociales esa semana (Kinn había comprado un anuncio en una revista de moda solo para restregárselo), y Barcode no pensaba quedarse de brazos cruzados. Sabía que Kinn vivía en un ático que parecía sacado de una película de espías elegantes, y también sabía —gracias a un descuido de Paul, el asistente personal de Kinn— dónde guardaba la llave de repuesto en caso de emergencia.

—Esta noche vas a aprender lo que es una broma de verdad, "Cenicienta" —murmuró Barcode para sí mismo mientras conducía hacia el exclusivo edificio.

Había planeado algo clásico pero efectivo: llenar el lujoso vestidor de Kinn con globos de colores chillones y confeti biodegradable que se pegara a sus trajes de miles de dólares. Quería verlo perder la compostura, quería que gritara y luego, como siempre, quería terminar riendo con él mientras Kinn intentaba mantener su dignidad entre pedazos de papel brillante.

Llegó al piso 22. El pasillo olía a ese perfume caro que ya se había instalado en su sistema como una droga. Con manos expertas, sacó la llave de la maceta de diseño que flanqueaba la puerta —un escondite muy poco original para alguien tan "sofisticado", pensó Barcode— y giró la cerradura con cuidado.

El ático estaba en penumbra, bañado por las luces de la ciudad que se filtraban a través de los ventanales de techo a suelo. Todo era minimalista, frío y extremadamente caro. Barcode caminó de puntillas, sosteniendo una bolsa llena de suministros para su broma, pero se detuvo en seco al escuchar el sonido de agua corriendo.

—Vaya, el rey se está dando un baño de sales —susurró Barcode con una sonrisa traviesa.

Se dirigió hacia la habitación principal, pero antes de llegar al vestidor, la puerta del baño se abrió. El vapor salió en ondas blanquecinas, trayendo consigo un aroma a sándalo y jabón de lujo.

Barcode se quedó petrificado.

Kinn salió del baño secándose el cabello con una toalla pequeña. No llevaba camisa. Solo vestía unos pantalones de pijama de seda negra que colgaban peligrosamente bajos en su cadera. Su piel estaba ligeramente húmeda, brillando bajo la luz tenue, y sus músculos estaban definidos de una manera que los trajes de sastre solían ocultar con maestría.

Barcode sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Siempre supo que Kinn era guapo —sería un idiota si no lo admitiera—, pero verlo así, sin su armadura de diseñador, era otra historia. Su pecho era ancho, firme, y su piel se veía tan suave que parecía un pecado no tocarla.

Kinn se detuvo al notar la presencia extraña. Sus ojos se abrieron de par en par, pero en lugar de gritar, una chispa de arrogancia volvió a su rostro, aunque sus mejillas se tiñeron de un rosa inusual.

—Pero qué ven mis ojos... —dijo Kinn, bajando la toalla y cruzándose de brazos, lo que solo sirvió para acentuar sus pectorales—. ¿El chico chusma ha decidido convertirse en un ladrón de casas? ¿O es que finalmente no pudiste resistir la tentación de verme en mi hábitat natural?

Barcode tragó saliva, intentando recuperar su lengua afilada, pero sus ojos estaban fijos en el pecho de Kinn. Había algo en la forma en que la luz delineaba su figura que lo volvía loco.

—Vine a... a dejarte un regalo —logró decir Barcode, aunque su voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Pero veo que el regalo me lo llevé yo. No sabía que los maniquíes tenían músculos, pensaba que estabas relleno de algodón y billetes.

Kinn soltó una risa corta y dio un paso hacia él. El espacio entre ambos se redujo drásticamente.

—Sigues siendo un insolente, incluso cuando te atrapan con las manos en la masa —Kinn lo miró de arriba abajo, notando cómo la respiración de Barcode se aceleraba—. ¿Qué pasa, Barcode? ¿Te quedaste sin palabras? ¿O es que mi "estética superior" te ha dejado deslumbrado?

Barcode soltó la bolsa de globos, que cayó al suelo con un ruido sordo. El impulso de la travesura se transformó en algo mucho más oscuro y eléctrico. Se acercó un paso más, quedando a escasos centímetros del torso desnudo de Kinn. Podía sentir el calor que emanaba de su piel.

—Eres un presumido, Kinn —susurró Barcode, levantando la mirada para encontrarse con los ojos oscuros del otro—. Un presumido con un cuerpo que parece esculpido por alguien que odia a la humanidad por ser tan perfecta.

Kinn se tensó. El coqueteo habitual, ese juego de palabras que siempre mantenían, estaba cruzando una línea peligrosa. Su arrogancia flaqueó por un segundo cuando vio la intensidad en los ojos de Barcode.

—¿Y qué vas a hacer al respecto? —desafió Kinn en un susurro, aunque su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas—. ¿Vas a seguir burlándote o vas a admitir que te mueres por tocar lo que tienes enfrente?

Barcode no respondió con palabras. Su mirada bajó de nuevo al pecho de Kinn, centrándose en la curva firme de sus pectorales. Un deseo repentino, primario y travieso lo invadió. Sin pensarlo dos veces, se inclinó hacia adelante.

Kinn soltó un jadeo ahogado cuando sintió los labios húmedos de Barcode rozar su piel. Pero no fue un beso suave. Barcode, fiel a su naturaleza atrevida y juguetona, hundió los dientes con suavidad en el músculo firme, dejando una marca de mordida justo sobre su corazón.

—¡Barcode! —exclamó Kinn, su voz rompiéndose—. ¿Qué... qué demonios estás haciendo?

El rostro de Kinn estaba ahora completamente rojo, una mezcla de sorpresa, indignación y un deseo que ya no podía ocultar tras sus marcas famosas. Barcode se separó lentamente, lamiéndose los labios con una sonrisa de pura malicia.

—Te ves mucho mejor con una marca mía que con cualquier logo de Gucci, presumido —dijo Barcode, retrocediendo un paso mientras disfrutaba de la confusión en el rostro de Kinn—. Tenía ganas de morderte desde que entraste a la oficina aquel primer día. Tienes una piel muy... cara.

Kinn se llevó una mano al lugar de la mordida, sintiendo el hormigueo eléctrico expandirse por todo su cuerpo. Su fachada de chico elegante y frío se desmoronó por completo.

—Eres un salvaje —logró decir Kinn, aunque dio un paso hacia Barcode, acortando la distancia de nuevo—. Un chico chusma que no sabe comportarse en una casa de clase alta.

—Y tú eres un arrogante que se muere por que este salvaje te haga perder los papeles —replicó Barcode, desafiante—. ¿O me vas a decir que no te gustó?

Kinn lo agarró por la cintura con una fuerza que hizo que Barcode soltara un pequeño suspiro de sorpresa. No era un agarre delicado; era posesivo, cargado de toda la tensión acumulada durante esos dos meses de peleas constantes y miradas robadas.

—Me vas a pagar este traje de seda, Barcode —susurró Kinn, acercando su rostro al suyo hasta que sus labios rozaron los del cantante—. Porque no pienso dejar que te vayas de aquí hasta que aprenda a morderte de la misma manera.

—Pruébame, "Cenicienta" —desafió Barcode, rodeando el cuello de Kinn con sus brazos—. Pero te advierto que no soy tan fácil de manejar como tus acciones en la bolsa.

Kinn no esperó más. Estrelló sus labios contra los de Barcode en un beso que sabía a hambre contenida, a rivalidad y a esa extraña forma de amor que solo ellos dos entendían. Barcode respondió con la misma intensidad, tirando del cabello de Kinn y pegando su cuerpo al suyo, disfrutando del contacto de la piel desnuda contra su camiseta.

En medio del beso, Kinn se separó apenas unos milímetros, jadeando.

—Mañana... mañana les diremos a los chicos que la broma salió mal —dijo Kinn, con los ojos brillando de una manera que Barcode nunca había visto.

—La broma salió perfecta —corrigió Barcode, mordiendo ahora el labio inferior de Kinn—. Conseguí exactamente lo que quería.

Kinn soltó una carcajada, una de esas risas reales que solo Barcode lograba sacarle, y lo cargó en brazos, llevándolo hacia la cama de sábanas de mil hilos.

—Chico chusma... —murmuró Kinn contra su cuello.

—Presumido de cuarta... —respondió Barcode, sonriendo mientras se preparaba para hacer de esa noche la mejor "escena" de sus vidas.

Al día siguiente, cuando ambos llegaron a GMMTV con dos horas de retraso, Keen no necesitó preguntar nada. Solo miró el cuello de Kinn, donde un cuello de camisa de seda estratégicamente alto no lograba ocultar una pequeña marca púrpura, y luego miró la sonrisa de suficiencia de Barcode.

—Parece que la "física pura" finalmente hizo explosión —comentó Keen, anotando algo en su libreta con una sonrisa triunfal.

—Cállate, Keen —dijeron ambos al unísono, antes de lanzarse una mirada que prometía que la guerra, aunque ahora se librara entre sábanas, estaba lejos de terminar.