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La sonrisa de tus ojos

Seda, Algodón y Marcas de Guerra

El sol de Bangkok se filtraba por las persianas de la sala de ensayos principal de GMMTV, pero el calor exterior no era nada comparado con el incendio que estaba a punto de estallar en el interior. Ese martes no era un día cualquiera. Era el día de la sesión de fotos promocional para la nueva serie "Líneas de Sangre Azul", y el ambiente estaba cargado de una electricidad que ni siquiera el aire acondicionado a máxima potencia podía disipar.

Barcode llegó primero, saltando sobre sus talones con una energía que desafiaba las leyes de la física a las ocho de la mañana. Llevaba una chaqueta de cuero sintético con tachuelas, unos pantalones de mezclilla rasgados estratégicamente y una camiseta blanca básica que resaltaba su piel canela. Se veía como el epítome de la rebeldía juvenil, el "chico chusma" que todo el mundo adoraba.

—¡Buenos días, perdedores! —gritó Barcode, arrebatándole un trozo de donut a Aungpao, quien apenas podía mantener los ojos abiertos.

—¿No puedes ser ruidoso en otra frecuencia? —se quejó Aun, frotándose las sienes—. Mi cabeza todavía está procesando que hoy tenemos que aguantar a tu "novio" de alta alcurnia.

—No es mi novio —replicó Barcode con una sonrisa demasiado ancha—, es mi juguete de marca. Y hablando del diablo...

Las puertas se abrieron y Kinn entró. Pero esta vez, el silencio que siguió a su entrada no fue por su habitual aura de superioridad, sino por el impacto visual. Kinn vestía un traje de sastre de una edición limitada de una casa de moda europea, pero el color... el color era exactamente el mismo tono de azul eléctrico que los detalles de la chaqueta de Barcode. Incluso la textura de la camisa de seda de Kinn parecía complementar de manera insultante los parches de la ropa de Barcode. Parecían haber sido vestidos por el mismo estilista con una intención pecaminosa de combinarlos.

Keen, que estaba revisando el itinerario en su tableta, levantó la vista y soltó una carcajada que resonó en toda la sala.

—Vaya, vaya... —dijo Keen, entornando los ojos con malicia—. Parece que alguien se puso de acuerdo anoche entre beso y beso. ¿Es este el nuevo uniforme oficial de "Los Inseparables"?

Kinn se detuvo en seco, recorriendo con la mirada el atuendo de Barcode. Su rostro, usualmente impasible, mostró una mezcla de horror y fascinación.

—¿Qué es esta atrocidad? —preguntó Kinn, señalando con un dedo perfectamente manicurado la chaqueta de Barcode—. Barcode, dime que no has intentado imitar mi paleta de colores con esa... esa imitación de cuero que huele a neumático quemado.

—¿Imitarte yo a ti? —Barcode se acercó a él, invadiendo su espacio personal sin ningún pudor—. Ya quisieras, "Cenicienta". Yo me puse esto porque tengo estilo natural. Tú pareces un catálogo de muebles caros que alguien olvidó en la lluvia. ¿Y por qué vas de azul? Ese es mi color de hoy. ¡Quítatelo!

—No pienso quitarme un traje que cuesta más que tu carrera entera solo porque tú decidiste vestirte como un extra de una película de pandillas de los ochenta —replicó Kinn, ajustándose los puños de la camisa con una elegancia irritante—. Es una falta de respeto a la moda que estemos respirando el mismo aire con colores tan similares. Parece que vamos a una fiesta de graduación de mal gusto.

—¡Chicos, basta! —intervino Aungpao, aunque se estaba divirtiendo demasiado—. Se ven bien. Parecen una pareja real que intenta, sin éxito, ocultar que viven juntos.

—¡No vivimos juntos! —gritaron ambos al unísono, lo que solo provocó más risas entre los miembros de Clover.

La discusión escaló durante toda la mañana. En el set de fotografía, cada vez que el fotógrafo les pedía que se acercaran, uno de los dos soltaba un comentario mordaz.

—No me toques con esas manos llenas de grasa de donut, chusma —susurró Kinn mientras posaban mejilla contra mejilla.

—Pues no pongas esa cara de oler algo podrido, presumido. Arruinas mi encuadre —respondió Barcode, apretando la mandíbula mientras su mano bajaba "accidentalmente" para pellizcar la cintura de Kinn.

Kinn soltó un jadeo contenido, sus ojos chispeando de una furia que Barcode sabía leer perfectamente: era deseo puro disfrazado de indignación.

Cuando finalmente terminó la sesión, la tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo de plata. Barcode esperó a que los demás se distrajeran con el catering y, con un movimiento rápido, agarró a Kinn por la corbata de seda y lo arrastró hacia uno de los camerinos privados del fondo, cerrando la puerta con pestillo.

—¿Pero qué te pasa? —protestó Kinn, intentando arreglarse el cuello de la camisa—. Casi rompes la seda, animal.

—Estoy harto de tus aires de grandeza hoy, Kinn —dijo Barcode, empujándolo contra la mesa de maquillaje llena de luces—. "Chico chusma" por aquí, "falta de etiqueta" por allá... ¿Quieres saber lo que es realmente una falta de etiqueta?

Kinn abrió la boca para replicar, para soltar alguna frase lapidaria sobre la educación y el buen gusto, pero Barcode no le dio la oportunidad. Se lanzó sobre él, atrapando sus labios en un beso hambriento y dominante que hizo que las rodillas de Kinn flaquearan.

Kinn intentó mantener su fachada de control por unos segundos, apoyando las manos en los hombros de Barcode para apartarlo, pero el aroma del chico —una mezcla de sudor, energía y ese perfume barato que extrañamente le encantaba— lo venció. Gimió contra los labios de Barcode, permitiendo que el beso se profundizara, que sus lenguas lucharan por el dominio en una danza que ya conocían bien.

Barcode, sintiendo que tenía la ventaja, bajó sus manos con lentitud. Sus dedos, expertos en provocar incendios, se deslizaron por los costados del traje de Kinn hasta llegar a sus muslos. Kinn era un hombre que se cuidaba, que iba al gimnasio con la misma disciplina con la que revisaba sus cuentas bancarias, y sus muslos eran firmes, potentes bajo la tela costosa del pantalón.

Barcode apretó con fuerza, hundiendo sus dedos en el músculo de Kinn a través de la seda. El contraste entre la suavidad del tejido y la dureza de la pierna de Kinn hizo que Barcode soltara un gruñido de satisfacción.

—¿Te gusta esto, presumido? —susurró Barcode contra su oído, su aliento caliente causando estragos en el autocontrol de Kinn—. ¿Te gusta que este "chico chusma" te tenga así, temblando en un camerino?

Kinn echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, donde todavía se adivinaba la marca de la noche anterior. Sus manos, antes dubitativas, ahora se aferraban al cabello de Barcode con desesperación.

—Cállate... —logró decir Kinn con la voz rota por la excitación—. Solo... sigue haciendo eso.

Barcode no se hizo de rogar. Con un movimiento ágil, se posicionó entre las piernas de Kinn, obligándolo a abrirse mientras sus manos seguían explorando y apretando sus muslos con una posesividad absoluta. Era una lucha de poder donde la ropa de diseño no servía de nada. Barcode besaba a Kinn con una intensidad que decía "eres mío", marcando su territorio no con etiquetas de diseñador, sino con caricias que quemaban.

—Dilo —exigió Barcode, separándose apenas unos centímetros, mirando fijamente a los ojos nublados de Kinn—. Di que prefieres mis manos sobre ti que cualquier traje de marca.

Kinn soltó un suspiro tembloroso, su arrogancia finalmente derrotada por la cruda realidad de lo que sentía. Sus dedos se enterraron en la chaqueta de cuero de Barcode, arrugándola sin importarle ya el valor de nada que no fuera el chico frente a él.

—Lo prefiero —admitió Kinn en un susurro casi inaudible—. Te prefiero a ti, maldito descarado.

Barcode sonrió, una sonrisa triunfal que iluminó su rostro antes de volver a atacar los labios de Kinn. Esta vez, el beso fue más lento, más profundo, lleno de una promesa que ambos sabían que cumplirían en cuanto llegaran al ático de Kinn.

Minutos después, cuando el silencio volvió al camerino y solo se escuchaba su respiración agitada, Kinn se miró en el espejo. Su traje estaba arrugado, su cabello era un desastre y sus labios estaban rojos y ligeramente hinchados. Se veía, según sus propios estándares, impresentable.

Y sin embargo, nunca se había sentido mejor.

Barcode, apoyado contra la puerta con los brazos cruzados y una expresión de absoluta suficiencia, le lanzó un guiño.

—Arréglate la corbata, Cenicienta. Tenemos un ensayo en diez minutos y no quiero que Keen empiece a hacer preguntas sobre por qué tus pantalones de seda tienen marcas de dedos.

Kinn soltó una risa seca, ajustándose el traje con manos que aún temblaban ligeramente.

—Eres un desastre, Barcode. Un desastre que me va a costar la cordura.

—Pero es el mejor desastre que te ha pasado en la vida —replicó Barcode, abriendo la puerta y asomándose para asegurarse de que el pasillo estuviera despejado—. Y por cierto, el azul te queda bien, pero se ve mejor en el suelo de tu habitación.

Kinn no pudo evitar sonreír mientras veía a Barcode alejarse por el pasillo con ese caminar despreocupado y burlón. Se ajustó la chaqueta, intentando recuperar su aire de heredero arrogante, pero la sensación de las manos de Barcode en sus muslos seguía allí, grabada a fuego.

Al salir, se encontró con Paul, su asistente, que lo miró con una ceja levantada.

—Señor Kinn, el director lo busca. Dice que... —Paul se detuvo, mirando fijamente el hombro de Kinn—. Tiene un trozo de confeti biodegradable pegado en la solapa.

Kinn se lo quitó con elegancia, recordando la bolsa de bromas de la noche anterior y todo lo que había sucedido después.

—Es un nuevo accesorio, Paul —dijo Kinn, retomando su voz perezosa y sofisticada—. Se llama "caos". Deberías probarlo alguna vez.

Caminó hacia el set con la cabeza alta, ignorando las miradas cómplices de los miembros de Clover. Sabía que la discusión sobre la ropa volvería a empezar en cualquier momento, que los apodos seguirían volando y que Barcode encontraría una nueva forma de burlarse de sus gustos caros. Pero también sabía que, al final del día, no importaba cuántas marcas famosas llevara puestas; la única marca que realmente le importaba era la que Barcode dejaba en su piel cada vez que decidía que el presumido necesitaba una lección de humildad.

Porque entre un cantante burlón y un novato arrogante, la mejor sintonía no estaba en los colores de su ropa, sino en el desorden que provocaban el uno en el otro. Y ese desastre, pensó Kinn mientras veía a Barcode reírse a lo lejos, era absolutamente invaluable.