La sonrisa de tus ojos
Herederos de Seda y Manchas de Papilla
Tres años habían pasado desde que el pequeño Venice llegó al mundo para poner patas arriba el ordenado y carísimo universo de Kinn. El ático, que antes parecía un catálogo de decoración minimalista de Milán, ahora presentaba una decoración mucho más... ecléctica. Había dinosaurios de plástico sobre las mesas de mármol, pegatinas de estrellas en los ventanales de cristal irrompible y, lo más alarmante para las visitas, una pequeña mancha de puré de calabaza en la alfombra de seda persa que Kinn se negaba a tirar por puro valor sentimental.
Kinn estaba sentado en el sofá, vistiendo una bata de casa de terciopelo burdeos, tratando de leer un guion para su próxima serie de GMMTV. A su lado, Venice, un niño de tres años con los ojos grandes de su padre Kinn y la sonrisa traviesa de Barcode, intentaba "ayudar" a su papá subrayando el libreto con un crayón de color verde fluorescente.
—Venice, tesoro —dijo Kinn, cerrando los ojos con una paciencia que solo el amor paternal podía otorgar—, ese guion es para una audición muy importante. Si el director ve que mis líneas están decoradas con garabatos de brócoli saltarín, pensará que he perdido la cabeza.
—Es un dragón, papá —respondió Venice con una seriedad absoluta, señalando el manchón verde—. Un dragón que protege a papá Kinn.
Barcode entró en la sala en ese momento, cargando una bandeja con trozos de manzana y luciendo una camiseta de tirantes que dejaba ver sus tatuajes y sus músculos bien definidos. Se dejó caer en la alfombra, cruzando las piernas con la agilidad de siempre.
—Déjalo, Kinn —se burló Barcode, robándole un trozo de manzana a su hijo—. El niño tiene mejor sentido artístico que tú. Al menos él sabe que tus guiones necesitan un poco de color. Son todos tan... serios. "Drama corporativo", "Traición en la alta sociedad"... Aburrido.
—Se llama arte, chusma —replicó Kinn, aunque no pudo evitar que una sonrisa tirara de la comisura de sus labios—. Algo que tú, con tus canciones de "amor en el mercado", claramente no terminas de procesar.
Venice dejó el crayón y se trepó al regazo de Kinn, hundiendo su carita en el pecho de su padre. El niño inhaló el aroma a crema cara y sándalo que siempre desprendía Kinn.
—Papá —susurró Venice, mirando a Kinn con esos ojos que siempre lograban que el actor le comprara cualquier juguete—. He estado hablando con Keen en el set hoy.
Kinn arqueó una ceja, lanzando una mirada de advertencia a Barcode.
—¿Ah, sí? ¿Y qué te ha dicho el tío Keen esta vez? Espero que no te haya enseñado más palabras prohibidas para decirlas frente al jefe de la empresa.
—No —dijo Venice, negando con la cabeza—. Me dijo que las cigüeñas son muy lentas. Que si quiero un hermanito para jugar a los dinosaurios, tengo que pedirlo con mucha fuerza. Papá... ¿puedes pedirle un hermanito a la cigüeña hoy?
El silencio que cayó sobre el salón fue tan pesado que se podía oír el zumbido del aire acondicionado. Barcode se atragantó con la manzana, tosiendo con fuerza mientras intentaba recuperar el aire. Kinn, por su parte, se puso de un color rojo que rivalizaba con su bata de terciopelo.
—¡Venice! —exclamó Kinn, tartamudeando ligeramente—. Los hermanitos no son... no es como pedir una pizza por aplicación. La cigüeña tiene mucho trabajo. Además, ya tienes a tus tíos de Clover para jugar. Son básicamente niños grandes con salarios de adultos.
—Pero ellos no viven aquí —protestó Venice, haciendo un puchero que era una copia exacta del de Barcode—. Quiero un bebé. Uno pequeño que use mis camisas de cuando yo era bebé. Las que tienen ositos con corbata.
Barcode, recuperado de su ataque de tos, miró a Kinn con una chispa de picardía en los ojos. Se acercó gateando por la alfombra hasta quedar frente a la rodilla de su esposo.
—¿Oíste eso, Cenicienta? —susurró Barcode, su voz bajando a ese tono ronco que siempre hacía que a Kinn se le erizara la piel—. El cliente está haciendo un pedido especial. Y sabes que en esta casa siempre nos esforzamos por dar el mejor servicio al cliente.
—Ni se te ocurra, Barcode —advirtió Kinn, aunque su respiración se volvió un poco más agitada—. Apenas estamos recuperando nuestras horas de sueño. Venice finalmente duerme toda la noche. ¿Quieres volver a los pañales y a las náuseas matutinas? ¿Quieres que vuelva a odiar el olor de tu perfume barato?
—Mi perfume te encanta —replicó Barcode, subiendo su mano para acariciar el muslo de Kinn por debajo de la bata—. Y admite que echas de menos verme correr a las tres de la mañana para buscarte fresas con chocolate. Además, Venice tiene razón. Se ve muy solo en este ático tan grande. Necesita a alguien a quien enseñarle a ser un pequeño presumido.
Kinn miró a su hijo, que seguía esperando una respuesta con los ojos brillantes, y luego a Barcode, que lo miraba con una devoción que no había cambiado en todos esos años. La idea de ver a otro pequeño ser con la mezcla de ambos, quizás esta vez con el cabello revuelto de Barcode y la elegancia natural de Kinn, empezó a florecer en su pecho como una flor de seda.
—Ve a tu cuarto, Venice —dijo Kinn finalmente, su voz suavizándose—. Papá Barcode y yo tenemos que... hablar seriamente con la cigüeña. Por teléfono. Es una llamada de larga distancia.
Venice saltó de alegría, dándole un beso ruidoso en la mejilla a Kinn y otro a Barcode antes de salir corriendo hacia su habitación, gritando que iba a preparar sus juguetes para el nuevo invitado.
Cuando la puerta del cuarto del niño se cerró, Barcode no perdió el tiempo. Se puso de pie y tiró de la mano de Kinn, obligándolo a levantarse del sofá. El guion y los crayones cayeron al suelo, olvidados.
—¿Hablar por teléfono, eh? —se burló Barcode, rodeando la cintura de Kinn con sus brazos y pegándolo a su cuerpo—. No sabía que tenías el número directo del cielo, presumido.
—Cállate —respondió Kinn, rodeando el cuello de Barcode y hundiendo los dedos en su nuca—. Solo estoy aceptando esto porque no soporto ver a Venice triste. Y porque... bueno, quizás un segundo heredero no sea una idea tan terrible. Pero esta vez, Barcode, si me vuelves a poner esa sudadera amarilla horrible durante el parto, te juro que te demando.
—Te pondré seda, mi amor. Te pondré diamantes si quieres —prometió Barcode, antes de capturar sus labios en un beso que sabía a deseo acumulado y a promesas de futuro.
Caminaron hacia la habitación principal, dejando un rastro de ropa por el pasillo. La bata de terciopelo de Kinn cayó sobre una silla de diseño, seguida rápidamente por la camiseta de Barcode. En la penumbra del dormitorio, bajo la luz de la luna que se filtraba por los ventanales, la piel de Kinn brillaba con una palidez aristocrática que Barcode adoraba profanar con sus manos traviesas.
Hicieron el amor con una intensidad que recordaba a sus primeros días, pero con una profundidad que solo dan los años de conocer cada rincón del alma del otro. No había burlas esta vez, solo susurros de amor y el sonido de sus respiraciones acompasadas. Barcode fue cuidadoso pero posesivo, reclamando cada centímetro de Kinn como si fuera la primera vez, mientras Kinn se entregaba con una pasión que desmentía toda su fachada de frialdad.
—Hazme otro hijo, Barcode —susurró Kinn en el clímax del encuentro, con las uñas enterradas en la espalda de su esposo—. Haz que valga la pena cada náusea y cada noche en vela.
—Te daré todo lo que me pidas, presumido —respondió Barcode, sellando la promesa con un beso que duró hasta que el sueño los venció, entrelazados entre sábanas de mil hilos y sueños de risas infantiles.
Los meses siguientes fueron un torbellino de emociones. Kinn, para sorpresa de nadie, empezó a sentir los síntomas antes de lo esperado. Pero esta vez, la experiencia era diferente. Ya no había miedo, solo una expectación alegre que contagiaba a toda la empresa.
—¡Es oficial! —anunció Keen en la cafetería de GMMTV, levantando su tableta como si fuera un trofeo—. ¡La cigüeña ha respondido al llamado! ¡Kinn está oficialmente en modo "embarazado de alta costura" otra vez!
Aun y Aungpao celebraron con gritos, mientras Barcode caminaba por los pasillos con el pecho inflado de orgullo, repartiendo dulces y presumiendo de que su puntería seguía siendo legendaria.
Sin embargo, la verdadera sorpresa llegó en la ecografía del tercer mes. Kinn estaba tumbado en la camilla de la clínica privada, con Barcode sosteniendo su mano tan fuerte que casi le cortaba la circulación. Venice estaba sentado en una silla alta, mirando la pantalla con curiosidad científica.
El doctor movió el transductor sobre el vientre de Kinn, que ya empezaba a mostrar una pequeña curva.
—Vaya —dijo el médico, ajustando la imagen—. Parece que la cigüeña no solo escuchó el pedido de Venice, sino que decidió enviar un paquete doble para compensar la espera.
Kinn se quedó pálido, mirando la pantalla.
—¿Doble? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Doble como en "dos"? ¿Como en "gemelos"?
—Exactamente —confirmó el doctor, señalando dos pequeños puntos que palpitaban con fuerza—. Aquí hay dos corazones. Dos bebés.
Barcode soltó una carcajada histérica que resonó en toda la consulta, cayendo sentado en el taburete.
—¡Dos! —gritó Barcode—. ¡Kinn, vamos a tener un equipo de fútbol! ¡Gemelos! ¡Voy a tener que comprar una camioneta más grande!
—¡Dos! —exclamó Venice, saltando de la silla—. ¡Dos hermanitos! ¡Uno para los dinosaurios y otro para los coches!
Kinn, tras el shock inicial, sintió que una lágrima de pura felicidad rodaba por su mejilla. Miró a Barcode, que ya estaba planeando cómo decorar la habitación para dos, y supo que su vida de orden y silencio se había terminado para siempre, sustituida por un caos bendito que no cambiaría por nada del mundo.
Los meses de embarazo fueron, como Kinn predijo, un desafío estético. Su vientre creció el doble de rápido, y para el séptimo mes, Kinn sentía que era más una obra de arte redonda que un actor de élite. Pero Barcode estuvo allí en cada paso, dándole masajes en los pies, comprándole los antojos más extravagantes y asegurándose de que siempre se sintiera el hombre más hermoso del planeta.
El día del parto llegó en una tarde lluviosa. A diferencia de la primera vez, no hubo gritos de pánico en los pasillos de GMMTV. Barcode llevó a Kinn al hospital con una calma profesional, aunque sus manos temblaban un poco al volante.
En la sala de partos, rodeado de la mejor tecnología y del amor incondicional de su esposo, Kinn dio la bienvenida a los gemelos. Primero nació un niño, fuerte y ruidoso, que Barcode inmediatamente bautizó como "el pequeño guerrero". Minutos después, nació una niña, delicada pero con una mirada decidida que ya gritaba que ella sería la que mandaría en la casa.
—Se llamarán Rome y Paris —decidió Kinn, mientras sostenía a los dos bultitos envueltos en mantas de cachemira—. Siguiendo con la tradición de nombres de ciudades elegantes.
—Rome y Paris —repitió Barcode, besando la frente sudada de Kinn—. Suena perfecto. El imperio y la moda. Como nosotros.
Cuando regresaron al ático, Venice los esperaba en la puerta, vestido con su mejor traje de niño pequeño para recibir a sus hermanos. Al ver a los bebés, sus ojos se llenaron de una maravilla que hizo que Kinn volviera a llorar.
—Hola, Rome. Hola, Paris —susurró Venice, acariciando las cabecitas de los recién nacidos—. Soy vuestro hermano mayor. No os preocupéis, yo os enseñaré qué juguetes son los mejores y cómo hacer que papá Kinn os compre dulces cuando papá Barcode no mira.
Kinn miró la escena desde el sofá: Barcode ayudando a Venice a sostener a uno de los bebés, los juguetes esparcidos por el suelo de mármol, y el sonido de las risas llenando cada rincón del lujoso apartamento. Se dio cuenta de que la elegancia ya no se medía por la ausencia de manchas o el precio de los muebles.
La verdadera elegancia estaba en esa familia ruidosa, desordenada y profundamente enamorada que habían construido juntos. El cantante burlón y el actor presumido habían creado un mundo donde los apodos eran términos de cariño y donde el amor era el único diseñador que importaba.
—¿En qué piensas, presumido? —preguntó Barcode, acercándose para sentarse a su lado y pasarle un brazo por los hombros.
—Pienso en que eres un chusma —respondió Kinn, apoyando la cabeza en su hombro—, pero eres el chusma que me dio todo lo que nunca supe que quería. Gracias, Barcode. Por el nido, por los gemelos y por enseñarme que la seda se siente mucho mejor cuando está arrugada por los abrazos de nuestros hijos.
Barcode lo besó con ternura, mientras en el centro de la sala, Venice intentaba explicarle a un dormido Rome por qué los tiranosaurios eran superiores a los triceratops. El reencuentro de aquellos dos amigos de la infancia había pasado por muchas cosas, pero al final, habían demostrado que no importa cuán diferentes sean dos mundos, cuando el amor es real, siempre encuentran la forma de girar en la misma órbita.
Y así, bajo las luces de Bangkok, la historia de Barcode y Kinn continuó, no como una serie de televisión con un final cerrado, sino como una vida llena de episodios nuevos, marcas de papilla en trajes de marca y una felicidad que, sencillamente, no tenía precio.