La sonrisa de tus ojos
Lágrimas de Cristal y el Heredero del Caos
El auditorio principal de GMMTV estaba a reventar. Las luces de neón parpadeaban al ritmo de una coreografía eléctrica mientras el grupo Clover dominaba el escenario con una energía que hacía vibrar hasta los cimientos del edificio. Barcode, en el centro de la formación, era un torbellino de carisma; su sudadera amarilla brillante y su sonrisa traviesa tenían a los fans y al staff hipnotizados.
En la zona lateral, sentado en una silla de cuero que Paul había insistido en traer de su oficina para que estuviera cómodo, Kinn observaba la actuación con una mezcla de orgullo y un fastidio hormonal que no lograba disimular. Tenía ocho meses y medio de embarazo, y su vientre era ahora una esfera prominente que desafiaba la sastrería de su camisa de lino hecha a medida.
—Paul, este jugo de guayaba orgánica está demasiado frío —se quejó Kinn, sosteniendo el vaso de cristal con la punta de los dedos—. Siento que mis órganos internos se están convirtiendo en cubitos de hielo. Y la música está tres decibelios por encima de lo que un bebé de linaje refinado debería soportar.
Paul, que estaba acostumbrado a los caprichos de Kinn multiplicados por el embarazo, simplemente asintió mientras revisaba su tableta.
—Señor Kinn, usted insistió en venir para "supervisar" que Barcode no hiciera algún movimiento vulgar en el escenario —le recordó Paul con voz monótona—. Además, el médico dijo que caminar un poco le vendría bien.
—Caminar, Paul, no ser bombardeado por el entusiasmo chusma de Clover —replicó Kinn, ajustándose la posición. De repente, sintió una presión extraña en la parte baja de la espalda—. Barcode se mueve como si no tuviera huesos. Es irritante lo mucho que me gusta verlo.
En el escenario, Barcode lanzó un guiño hacia la zona donde estaba Kinn, provocando un grito ensordecedor de las fans. Kinn rodó los ojos, pero sus orejas se tiñeron de un rojo suave.
—Mira eso, Paul. Es un exhibicionista —susurró Kinn—. Mi hijo va a heredar esa necesidad de atención constante. Va a ser un desastre para mi paz mental.
De pronto, Kinn se quedó rígido. Una sensación de calor líquido y repentino lo recorrió. No fue un dolor agudo, sino una liberación de presión que lo dejó paralizado. Miró hacia abajo, a sus pantalones de vestir de color gris perla, y vio cómo una mancha oscura se extendía rápidamente por la tela costosa, goteando hacia el suelo de madera pulida.
—Paul... —La voz de Kinn salió en un hilo, cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba. Sus mejillas y sus orejas pasaron de un rojo suave a un carmesí violento de pura vergüenza—. Paul, creo que... creo que me he hecho pipí.
Paul levantó la vista de la tableta y sus ojos casi se salen de sus órbitas al ver el charco bajo la silla de Kinn.
—Señor... eso no es pipí —dijo Paul, cuya calma habitual se evaporó en un segundo—. ¡Ha roto aguas! ¡El bebé viene ahora!
—¡No seas ridículo! —chilló Kinn, tratando de cubrirse con las manos, aunque era inútil—. ¡Faltan dos semanas! ¡Mis pantalones de sastre! ¡Paul, esto es una humillación pública! ¡Trae una toalla de microfibra de alta densidad ahora mismo!
El grito de Paul fue lo suficientemente fuerte como para ser escuchado por encima de la música. Barcode, que estaba en medio de un giro, se detuvo en seco, rompiendo la formación de Clover. Keen y Aungpao chocaron contra él, pero a Barcode no le importó. Sus ojos se clavaron en la figura de Kinn, que intentaba ponerse de pie con una expresión de pánico y dignidad herida.
—¡Kinn! —gritó Barcode, soltando el micrófono, que retumbó con un chirrido agudo por todo el auditorio.
Saltó del escenario con una agilidad que dejó a todos boquiabiertos y corrió hacia el lateral. Los miembros de Clover y el staff se quedaron congelados mientras veían a su estrella principal arrodillarse frente al hombre más arrogante de la empresa.
—¡Barcode, no me mires! —exclamó Kinn, tratando de empujarlo—. ¡Vete! ¡Sigue bailando! ¡Estoy empapado y huelo a... a biología! ¡Es asqueroso!
—Cállate, presumido —dijo Barcode, y por primera vez en meses, su voz no tenía ni un rastro de burla. Era pura determinación—. No me importa tu ropa ni el suelo. El bebé viene, Kinn.
—¡Mis pantalones de gris perla! —sollozó Kinn, mientras una contracción real, esta vez sí, lo golpeaba como un mazo—. ¡Barcode, duele! ¡Duele de una forma que no es elegante!
Barcode se quitó su sudadera amarilla, quedando en una camiseta de tirantes, y la envolvió alrededor de la cintura de Kinn para cubrir la mancha, sin importarle que la prenda se arruinara. Luego, con un movimiento firme, pasó un brazo por debajo de las rodillas de Kinn y otro por su espalda.
—¡Agárrate a mi cuello, Cenicienta! —ordenó Barcode—. ¡Keen, trae el coche a la puerta principal! ¡Aungpao, aparta a la gente!
—¡No puedes cargarme! —protestó Kinn, aunque sus dedos se enterraron en los hombros de Barcode mientras otra contracción lo hacía jadear—. ¡Soy pesado! ¡Peso por dos!
—He cargado con tu ego durante años, Kinn. Esto no es nada —replicó Barcode, levantándolo en vilo—. ¡Abran paso! ¡Actor de GMMTV en labor de parto! ¡Fuera de aquí!
El caos se apoderó de los pasillos. Barcode corría con Kinn en brazos, mientras Paul iba detrás cargando el bolso de diseñador que Kinn había preparado para el hospital (y que contenía tres tipos diferentes de cremas hidratantes). Keen iba delante, abriendo las puertas a patadas y gritando a los internos que se quitaran del camino.
—¡Barcode, si dejas que alguien me tome una foto así, te juro que te pido el divorcio antes de casarnos! —gritó Kinn entre dientes, escondiendo el rostro en el pecho de Barcode para ocultar sus lágrimas de dolor y vergüenza.
—Nadie te va a tomar fotos, presumido. Y si lo hacen, compraré la red social entera y las borraré —prometió Barcode, llegando a la camioneta negra que ya esperaba con el motor encendido.
El trayecto al hospital fue una sinfonía de gritos, insultos y respiraciones agitadas. Kinn apretaba la mano de Barcode con tanta fuerza que los nudillos del cantante estaban blancos.
—¡Es tu culpa! —gritaba Kinn durante una contracción—. ¡Tú y tus "ganas de celebrar"! ¡Nunca más, Barcode! ¡La próxima vez te compras un perro!
—¡Respira, Kinn! —decía Barcode, tratando de mantener la calma mientras Keen conducía como si estuviera en una película de acción—. ¡Recuerda lo que dijiste en el curso prenatal! ¡Visualiza un prado de flores caras!
—¡No quiero flores! ¡Quiero una epidural de diamante! —aulló Kinn, rompiendo accidentalmente el posavasos de la camioneta.
Al llegar al hospital privado, el equipo médico ya los esperaba. Barcode no soltó la mano de Kinn ni un segundo, ni siquiera cuando lo subieron a la camilla y empezaron a correr hacia la sala de partos.
—Barcode... —susurró Kinn, su voz volviéndose suave y asustada mientras entraban en la zona restringida—. No me dejes. Tengo miedo. Y sigo pensando que huelo mal.
—Hueles a mi familia, presumido —respondió Barcode, besándole la mano—. Y eres la persona más valiente y hermosa que he visto, incluso con esa sudadera amarilla horrible que te puse.
Las horas siguientes fueron un borrón de luces blancas, monitores pitando y el sonido de la voz de Barcode susurrando palabras de aliento (y algún que otro chiste sobre enfermeras) al oído de Kinn. El "Chico Elegante" luchó con cada fibra de su ser, olvidándose de la etiqueta, del sudor en su frente y de su cabello desordenado.
—¡Una vez más, Kinn! —exclamó la doctora—. ¡Ya casi está aquí!
Kinn soltó un grito que pareció desgarrar el aire, apretando la mano de Barcode con una fuerza final. Y de repente, el silencio fue roto por un llanto agudo, potente y demandante. Un llanto que tenía toda la arrogancia de un Kinn y toda la energía de un Barcode.
—Es un niño —anunció la doctora, colocando un bulto cálido y ruidoso sobre el pecho de Kinn.
Kinn se quedó sin aliento. Sus lágrimas, que antes eran de dolor, ahora fluían libres por pura emoción. Miró al pequeño ser que tenía la piel rosada, un mechón de cabello oscuro y unos pulmones que reclamaban atención inmediata.
—Es... es tan pequeño —susurró Kinn, tocando la manita del bebé con un dedo tembloroso—. Y mira esa nariz, Barcode. Es mi nariz. Gracias a Dios no heredó la tuya, habría sido un desastre estético.
Barcode soltó una carcajada húmeda, limpiándose los ojos con el brazo. Se inclinó sobre ambos, abrazándolos con una delicadeza infinita.
—Tiene tus ojos, presumido. Va a mirar a todo el mundo por encima del hombro desde la cuna —dijo Barcode, maravillado—. Hola, pequeño. Bienvenido al caos. Soy tu papá, el que no usa corbata.
—Y yo soy tu padre, el que va a asegurarse de que nunca uses ropa sintética —añadió Kinn, su voz quebrándose de amor.
Unas horas después, la habitación privada del hospital estaba llena de flores (de las caras, como Kinn exigía) y de los miembros de Clover, que habían llegado cargados de regalos. Keen estaba tomando fotos de cada ángulo, mientras Aun y Aungpao miraban al bebé con una mezcla de asombro y miedo a romperlo.
Kinn estaba sentado en la cama, luciendo una bata de seda nueva que Paul había traído de urgencia, con el bebé dormido en sus brazos. Barcode estaba sentado a su lado, comiendo una hamburguesa de la cafetería, luciendo completamente exhausto pero radiante.
—Se va a llamar Venice —declaró Kinn, mirando al bebé con adoración—. Es un nombre con clase, internacional y sofisticado.
—Venice... —probó Barcode—. Suena bien. Venice el Presumido Junior.
—¡Barcode! —protestó Kinn, aunque sin mucha fuerza—. No le pongas apodos todavía. Mira qué tranquilo está. Es un ángel.
En ese momento, el pequeño Venice abrió un ojo, soltó un pequeño quejido y, con un movimiento rápido, pateó el vaso de agua que estaba en la mesita de noche, mojando la bata de seda de Kinn.
—Vaya —dijo Keen, soltando una carcajada—. Parece que el ángel tiene el carácter de Barcode.
—¡Mi seda! —exclamó Kinn, aunque luego miró a su hijo y suspiró con una sonrisa resignada—. Definitivamente es un desastre. Un desastre de alta costura.
Barcode se inclinó y besó a Kinn en los labios, un beso largo que sabía a alivio y a un futuro compartido.
—Bienvenido a la vida real, Cenicienta —susurró Barcode—. Donde los bebés hacen pipí en la seda y los chusmas como yo son los dueños de tu corazón.
Kinn apoyó la cabeza en el hombro de Barcode, viendo cómo sus amigos bromeaban alrededor de la cuna. El reencuentro que había empezado con insultos en un pasillo de GMMTV había terminado en ese nido de amor y caos.
—Supongo —dijo Kinn, cerrando los ojos— que puedo acostumbrarme a este tipo de desorden. Siempre y cuando me compres una bata nueva mañana mismo.
—Hecho, presumido. Hecho.
Y así, mientras la luna de Bangkok iluminaba la habitación, el cantante burlón y el novato elegante comenzaron su papel más importante: el de padres de un niño que, sin duda, sería el dueño absoluto de todas las cámaras y de todos los corazones de la ciudad. El caos, después de todo, nunca se había visto tan bien.