la verdad
El Trono de Ceniza y el Pacto de las Sombras
El aire en la oficina del director se había vuelto tan denso que la respiración de los presentes sonaba como el fuelle de una fragua. Issei Hyoudou permanecía en el centro de la estancia, su figura recortada contra la luz del atardecer que se filtraba por los ventanales, tiñendo su piel de un tono cobrizo que evocaba el metal fundido. A su lado, Yukino y Yui se mantenían como dos pilares de una voluntad inquebrantable, sus manos entrelazadas con las del joven dragón en un gesto que desafiaba no solo a los dioses presentes, sino a las leyes mismas de la realidad.
Hachiman Hikigaya, apoyado contra la pared junto a la puerta, observaba la escena con sus habituales ojos de pescado podrido, aunque una tormenta de amargura y admiración reñida sacudía su interior. Él, el maestro del aislamiento, el arquitecto de la soledad elegida, se sentía como un espectador en la primera fila de un teatro donde el guion había sido escrito por una deidad ebria de poder. Los celos le escocían en la base de la garganta, un sabor metálico y agrio que no lograba tragar.
— Esto es absurdo —rompió el silencio Hachiman, su voz arrastrada y carente de la reverencia que el sacerdote sintoísta esperaba—. Están aquí hablando de "recursos nacionales" y "equilibrio místico" como si estuvieran discutiendo el precio del arroz en el mercado. ¿Acaso no ven lo que tienen delante?
El sacerdote, un hombre cuya túnica blanca parecía brillar con una luz propia y molesta, giró la cabeza hacia Hachiman con una expresión de profundo desagrado.
— Silencio, humano. No tienes derecho a intervenir en los asuntos de los altos panteones. Tu existencia es una mota de polvo en el engranaje del destino.
— Una mota de polvo que puede hacer que todo el engranaje rechine hasta romperse —replicó Hachiman, enderezándose—. Issei no es un objeto. Si intentan ponerle una correa, lo único que conseguirán es que el perro muerda la mano del dueño, y en este caso, el perro tiene el poder de borrar este país del mapa.
Issei soltó un suspiro vibrante, y una pequeña voluta de humo carmesí escapó de entre sus labios. Miró al sacerdote y luego a la madre de Yukino, quien observaba todo con una calma gélida, como si estuviera presenciando una partida de ajedrez particularmente interesante.
— Hachiman tiene razón —dijo Issei, y su voz resonó con el eco de mil rugidos antiguos—. No aceptaré ser un "activo". He luchado contra la Brigada del Caos, he muerto y regresado, y he visto el abismo de frente. Si creen que un título de "semidiós" o un contrato de servidumbre me va a tentar, es que no saben nada de mí.
— Issei-kun... —susurró Yui, apretando su brazo—. No dejes que te hablen así. Eres nuestro Issei-kun, nadie más.
Yukino dio un paso al frente, su mirada afilada como el hielo del invierno más crudo.
— Mi familia ha prosperado durante generaciones gracias a nuestra capacidad para reconocer el verdadero valor —sentenció Yukino, mirando directamente al sacerdote—. Y el valor de Issei no reside en su capacidad destructiva, sino en su humanidad. Si el panteón sintoísta intenta coaccionarlo, la familia Yukinoshita retirará todo apoyo financiero y político a los santuarios de esta prefectura. Vean cómo sobrevive su "influencia divina" sin el respaldo del mundo moderno.
El sacerdote palideció. La amenaza de Yukino era pragmática y letal. En el Japón actual, incluso los dioses necesitaban que sus templos estuvieran limpios y sus impuestos pagados.
— ¡Esto es una blasfemia! —exclamó el hombre de túnica blanca—. ¡Están protegiendo a una entidad que atrae el fin de los tiempos!
— El fin de los tiempos ya está aquí —intervino Shizuka-sensei desde la puerta, encendiendo un cigarrillo a pesar de la prohibición—. Y prefiero tener al fin de los tiempos de mi lado, sentado en mi clase y quejándose de la tarea, que encerrado en una jaula de oro esperando a explotar.
La madre de Yukino se levantó con una elegancia que hizo que todos guardaran silencio de inmediato. Caminó hacia Issei y le puso una mano en el hombro. El contacto hizo que el guantelete carmesí de Issei destellara por un segundo, pero la mujer no retrocedió.
— El consejo ha escuchado suficiente —dijo ella—. Issei Hyoudou permanece bajo la protección y el patrocinio del clan Yukinoshita. Cualquier otra facción que desee negociar deberá pasar por mí. Ahora, retírense. Tienen un largo camino de regreso a sus templos para reflexionar sobre su irrelevancia.
Cuando los emisarios del panteón abandonaron la oficina, escoltados por una Shizuka-sensei que exhalaba humo con satisfacción, la tensión en la sala cambió de forma. Ya no era una amenaza externa, sino una intimidad pesada y complicada.
— Has jugado bien tus cartas, Yukino —dijo su madre, mirando a su hija con una mezcla de orgullo y escrutinio—. Pero no olvides que el poder de Issei es un faro. Atraerá a otros que no son tan fáciles de disuadir con amenazas financieras.
— Lo sé, madre —respondió Yukino, sin soltar la mano de Issei—. Pero no estoy sola.
La madre de Yukino asintió y salió de la habitación, dejando a los cuatro jóvenes y al director, que parecía haber envejecido diez años en los últimos diez minutos, solos en el despacho.
— Deberíamos irnos —dijo Hachiman, rompiendo el silencio—. Ver tanta demostración de poder y amor me está dando una migraña de proporciones épicas. Además, el club todavía tiene que ser limpiado después del desastre que dejó la chica de cabello plateado.
Caminaron por los pasillos vacíos de la academia, donde las luces fluorescentes parpadeaban con una frecuencia nerviosa. Issei caminaba en medio de Yukino y Yui, sintiendo el peso de su responsabilidad. Cada vez que sus alas invisibles rozaban la realidad, sentía el pulso de la ciudad de Chiba, como si ahora fuera parte de su propio cuerpo.
— ¿Estás bien, Issei? —preguntó Yukino en voz baja mientras bajaban las escaleras.
— Sí... es solo que todo esto se siente tan irreal —confesó Issei—. Un día estoy preocupado por si podré ver el festival deportivo y al siguiente los dioses me piden que sea su sirviente. A veces desearía ser solo un chico normal, como Hachiman.
Hachiman, que caminaba unos pasos por delante, se detuvo en seco y se giró. Sus ojos se entrecerraron.
— No desees eso, Hyoudou —dijo Hachiman con una amargura que sorprendió incluso a Yukino—. Ser normal es ser invisible. Es ver cómo el mundo se mueve sin que tú puedas hacer nada para cambiarlo. Tú tienes el poder de proteger lo que es importante. Yo solo tengo el poder de observar cómo otros lo pierden. No insultes mi mediocridad deseándola para ti.
— Hachiman... —Issei se rascó la nuca, sintiéndose genuinamente apenado—. No lo decía así. Solo que... a veces me siento solo, incluso con ellas a mi lado. Siento que este poder me aleja de todo.
— Por eso nos tienes a nosotros —intervino Yui, abrazando su brazo con más fuerza—. No importa cuánto crezcas o qué tan fuerte seas, siempre te traeremos de vuelta. ¡Yukinon te regañará si te pones demasiado arrogante y Hikki te dirá algo cínico para bajarte los humos!
Yukino asintió con una pequeña sonrisa.
— Yuigahama tiene razón, por una vez. Tu poder es una carga, Issei, pero no tienes que llevarla solo. Compartiremos el peso, incluso si eso significa enfrentarse al mundo entero.
Llegaron al salón del Club de Servicio. Las ventanas rotas por Vali habían sido cubiertas temporalmente con tablones de madera, y el aire olía a polvo y ozono. Se sentaron en sus lugares habituales, buscando recuperar una normalidad que sabían perdida para siempre.
— Tenemos que hablar de Vali —dijo Issei, rompiendo el silencio—. Ella no vino solo a presumir. Está buscando algo. Ddraig dice que la energía del Dragón Blanco está cambiando, volviéndose más... inestable.
— "Compañero" —la voz de Ddraig resonó en la habitación, audible para todos por primera vez debido a la intensidad del poder de Issei—, "el Blanco ha sentido tu ascenso. El equilibrio entre el Rojo y el Blanco es una ley fundamental. Si tú te vuelves el más fuerte de todos los tiempos, ella debe buscar una forma de igualarte, o el mundo mismo colapsará bajo tu peso".
Yui se estremeció al escuchar la voz profunda del dragón.
— ¿Quieres decir que ella va a intentar volverse más fuerte también? —preguntó Yui.
— "Ya lo está haciendo" —respondió Ddraig—. "Esa chica tiene la sangre de Lucifer corriendo por sus venas y la voluntad de un dragón. No se detendrá ante nada para alcanzarte. La próxima vez que se encuentren, no será una charla de cafetería".
Hachiman se cruzó de brazos, mirando hacia los tablones de la ventana.
— Así que tenemos una carrera armamentista mágica en medio de nuestra preparatoria. Fantástico. ¿Hay algún manual de instrucciones para sobrevivir a una colisión de dragones celestiales o simplemente me tiro al suelo y cubro mi cabeza?
— Te protegeré, Hachiman —dijo Issei con una sonrisa honesta—. Te lo prometí.
— Ahorra tus promesas para ellas, Hyoudou —masculló Hachiman, desviando la mirada—. Yo me las arreglaré. Siempre lo hago.
La noche cayó sobre Chiba, y con ella, una sensación de vigilancia constante. Issei acompañó a Yukino y Yui a sus respectivas casas, asegurándose de que las barreras mágicas que había colocado estuvieran intactas. El contacto físico con ellas, los besos de despedida cargados de una urgencia nueva, le daban la fuerza necesaria para seguir adelante. Sin embargo, cuando finalmente se quedó solo en la calle, caminando hacia su propia casa, una figura apareció entre las sombras de un callejón.
No era Vali. Era Haruno Yukinoshita.
— Vaya, el gran héroe finalmente está solo —dijo Haruno, saliendo a la luz de una farola. Su sonrisa era tan enigmática y peligrosa como siempre—. Has causado un gran revuelo hoy, Issei-kun. Mi madre está encantada, pero mi hermanita está aterrada, aunque no lo admita.
— Haruno-san —dijo Issei, poniéndose en guardia—. ¿Qué quieres?
— Solo quería darte un consejo gratuito —respondió ella, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de él—. Estás intentando mantener dos mundos unidos: el de la normalidad escolar y el de los dragones. Pero cuanto más fuerte te haces, más pesada se vuelve la cuerda que los une. Un día, se romperá. Y cuando eso pase, tendrás que elegir.
— No elegiré —sentenció Issei—. Los mantendré a ambos. Ese es mi camino.
Haruno soltó una carcajada cristalina.
— Qué arrogancia tan encantadora. Pero ten cuidado, Issei. Hay sombras que ni siquiera tu luz carmesí puede disipar. Y algunas de esas sombras están más cerca de lo que crees.
Haruno desapareció antes de que Issei pudiera preguntar más, dejando un rastro de perfume y dudas en el aire frío.
Al día siguiente, la escuela parecía haber vuelto a una tensa normalidad. Los rumores sobre lo ocurrido en la oficina del director se habían extendido, pero nadie se atrevía a preguntar directamente. Issei, Yukino y Yui caminaban por los pasillos como una unidad indivisible, atrayendo miradas de asombro y envidia.
Hachiman los observaba desde la distancia, sentado en un banco del patio. Se sentía más solo que nunca, a pesar de estar rodeado de gente. La presencia de Issei era como un sol que eclipsaba todo lo demás, y aunque él era parte del círculo íntimo, no podía evitar sentirse como un satélite frío y distante.
— Es patético, ¿verdad? —dijo una voz a su lado.
Hachiman no necesitó mirar para saber que era Iroha Isshiki. La presidenta del consejo estudiantil se sentó a su lado, balanceando sus piernas.
— ¿El qué, Isshiki? —preguntó Hachiman sin interés.
— La forma en que los miras. Como si hubieras perdido algo que nunca tuviste —dijo ella con una perspicacia que dolió—. Issei-senpai es increíble, pero también es aterrador. Yukino-senpai y Yui-senpai han elegido un camino muy difícil. Tú, en cambio, estás aquí, en el suelo, con nosotros los humanos normales.
— No me metas en tu saco, Isshiki —respondió Hachiman—. Yo no soy normal. Soy un error del sistema.
— Pues ese error es lo único que mantiene a este lugar con sentido —dijo Iroha, poniéndose de pie—. No dejes que el brillo del dragón te ciegue, senpai. A veces, las sombras son necesarias para ver la verdadera forma de las cosas.
Iroha se alejó, dejándolo con sus pensamientos. Hachiman se levantó y se dirigió al salón del club. Al entrar, encontró a Issei, Yukino y Yui riendo por algo que Yui había dicho. Por un momento, la imagen era perfecta. Un cuadro de felicidad adolescente que desafiaba a los dioses.
Pero entonces, el aire se congeló.
No fue una metáfora. Literalmente, una capa de escarcha cubrió las paredes del club en un segundo. Issei se puso en pie, su brazo izquierdo transformándose instantáneamente en el *Boosted Gear*.
— ¡Sal de ahí! —rugió Issei.
Desde la sombra de los tablones de la ventana, una figura emergió. Era un hombre joven, de cabello rubio y ojos verdes que destellaban con una malicia antigua. Vestía una armadura ligera de diseño nórdico.
— Issei Hyoudou —dijo el hombre, su voz era como el crujir del hielo—. Soy Vidar, el dios del silencio y la venganza. He venido a reclamar lo que el panteón sintoísta fue demasiado cobarde para tomar.
— ¿Otro más? —suspiró Hachiman, buscando su lugar detrás del sofá—. De verdad, ¿no tienen un sistema de turnos para venir a molestarnos?
Vidar ignoró a Hachiman y levantó una mano. Una lanza de hielo puro se materializó en el aire, apuntando directamente al pecho de Issei.
— Tu existencia es un insulto a los panteones antiguos —declaró el dios—. Un humano con el poder de Ophis y Gran Rojo es una aberración que debe ser corregida.
— Inténtalo —desafió Issei, y su aura estalló en una columna de fuego carmesí que derritió la escarcha de la habitación en un instante.
La batalla fue breve pero devastadora. Vidar lanzó su lanza, pero Issei la atrapó con su mano desnuda, el calor de su guantelete evaporando el hielo divino antes de que pudiera tocarlo. En un parpadeo, Issei estaba frente al dios, su puño cargado con el poder de mil aumentos.
— *¡DRAGON SHOT!* —gritó Issei.
La explosión de energía lanzó a Vidar a través de la pared del club, enviándolo a volar por el patio de la academia. Issei no se detuvo; saltó tras él, sus alas desplegándose en toda su gloria carmesí y dorada.
Yukino y Yui corrieron hacia el agujero en la pared, mirando hacia abajo. Hachiman se quedó en el centro de la sala, rodeado de escombros y el olor a quemado.
— Esto es lo que quería decir Haruno —susurró Hachiman para sí mismo—. La cuerda se está rompiendo.
Abajo, en el patio, Issei aterrizó frente a un Vidar malherido. El dios intentó levantarse, pero la presión que emanaba de Issei lo mantenía pegado al suelo. No era solo fuerza física; era la autoridad del Dragón Celestial más fuerte de todos los tiempos. Los estudiantes que estaban en el patio observaban con horror y asombro cómo su compañero de clase dominaba a una deidad.
— Escúchame bien, "dios de la venganza" —dijo Issei, su voz resonando en todo el campus—. No me importa de qué panteón vengas. Si vuelves a poner un pie en esta escuela, si vuelves a amenazar a mis amigos, no te enviaré de vuelta a Asgard. Te borraré de la memoria del mundo.
Issei levantó su brazo, y una esfera de energía tan brillante como un sol en miniatura se formó en la palma de su mano. Vidar, por primera vez en su existencia inmortal, conoció el verdadero terror.
— ¡Vete! —ordenó Issei, disparando la energía hacia el cielo como una advertencia.
El dios no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se desvaneció en una ráfaga de nieve, huyendo hacia las sombras de las que había salido.
Issei permaneció en el centro del patio, su armadura desapareciendo lentamente. El silencio en la academia era absoluto. Cientos de ojos estaban fijos en él. Ya no era Issei el pervertido, ni Issei el estudiante. Era Issei el Dragón.
Yukino y Yui bajaron corriendo y se lanzaron sobre él, abrazándolo frente a todos. No les importaba la audiencia, no les importaba el escándalo. Solo les importaba que él estuviera a salvo.
Hachiman observaba desde el agujero en la pared del club, en el segundo piso. Vio la escena y sintió una soledad que le heló la sangre. Él era el único que veía las grietas en la armadura de Issei. Sabía que cada victoria como esta alejaba a Issei un paso más de la humanidad y un paso más de ellos.
— Lo estás logrando, Hyoudou —murmuró Hachiman, apretando los puños—. Estás salvando el mundo. Pero me pregunto... ¿quién te salvará a ti cuando ya no quede nada de Issei y solo quede el Dragón?
En ese momento, una mano se posó en el hombro de Hachiman. Era Shizuka-sensei.
— Tendremos que inventar una excusa muy buena para ese agujero en la pared —dijo la profesora, aunque su voz carecía de su habitual ironía—. Hikigaya, el mundo está cambiando. Asegúrate de no quedarte atrás.
— Ya me quedé atrás hace mucho tiempo, sensei —respondió Hachiman, dándose la vuelta—. Ahora solo estoy tratando de no perderme en la sombra que proyecta ese idiota.
Mientras el sol terminaba de ponerse, Issei, Yukino y Yui regresaron al salón del club, pasando por el lado de Hachiman. Issei le puso una mano en el hombro al pasar.
— Gracias por quedarte, Hachiman —dijo Issei con sinceridad—. Sé que odias estas cosas.
— Alguien tiene que vigilar que no destruyas toda la propiedad pública —replicó Hachiman, aunque por un breve momento, permitió que una pequeña sonrisa cruzara su rostro.
El Club de Servicio estaba en ruinas, pero ellos seguían allí. El Dragón Celestial más fuerte, la Reina de Hielo, el Rayo de Sol y el Maestro de las Sombras. El pacto de los cuatro se había fortalecido en el fuego de la batalla divina, y aunque el futuro era oscuro y lleno de deidades hambrientas de poder, por esa noche, la pequeña realidad de Chiba seguía siendo suya. El trono de escamas de Issei estaba rodeado de amigos, y eso, en el gran esquema de las cosas, era el poder más grande que cualquier panteón pudiera soñar.