la verdad
El Rugido de la Soledad y el Trono de Escamas
La mañana siguiente a la cumbre no trajo la paz, sino una extraña y pesada calma que se arrastraba por los pasillos de la Academia Sobu como una niebla cargada de estática. Issei Hyoudou caminaba hacia el salón del Club de Servicio, pero sus pasos ya no eran los de un estudiante ordinario. Cada vez que sus zapatos golpeaban el suelo, el aire a su alrededor vibraba con una frecuencia que hacía que los demás estudiantes se hicieran a un lado instintivamente, sin saber por qué sentían la necesidad de reverenciar o huir.
Dentro del club, la atmósfera era un microcosmos de la nueva realidad de Issei. Yukino Yukinoshita estaba sentada en su lugar habitual, pero no leía un libro; revisaba mapas de flujos de energía sobre la ciudad de Chiba. Yui Yuigahama, por su parte, intentaba preparar té, pero sus manos temblaban ligeramente, no de miedo hacia Issei, sino por la magnitud de lo que ahora protegían.
— Llegas tarde, Issei-kun —dijo Yukino sin levantar la vista, aunque el tono gélido de su voz se suavizó al pronunciar su nombre—. Supongo que ser el eje del equilibrio mundial consume mucho tiempo de sueño.
— Lo siento, Yukino —respondió Issei, rascándose la nuca con esa honestidad que desarmaba cualquier barrera—. Ddraig no dejaba de gruñir en mi cabeza sobre "presencias extrañas". Parece que medio inframundo ha decidido mudarse a las afueras de la ciudad.
Yui dejó la tetera y se lanzó a los brazos de Issei, rodeando su cuello con fuerza.
— ¡Me alegra que estés aquí! —exclamó ella, hundiendo el rostro en su pecho—. Anoche tuve pesadillas con ese tipo Lucifer. Issei-kun, prometiste que no te irías a ninguna parte, ¿verdad?
Issei le devolvió el abrazo, sintiendo el calor humano que lo anclaba a la tierra.
— No voy a ninguna parte, Yui. Ni los dioses ni los demonios pueden obligarme a dejar este club.
Desde el rincón más oscuro de la sala, un suspiro cargado de cinismo cortó el momento romántico. Hachiman Hikigaya estaba hundido en su silla, con los ojos de pescado podrido fijos en la escena. El ácido de los celos le quemaba la garganta. Ver a las dos chicas que alguna vez habitaron sus pensamientos más profundos —una por su intelecto desafiante y la otra por su calidez inalcanzable— rendidas ante el "héroe" era una tortura que ninguna lógica cínica podía mitigar.
— Qué conmovedor —masculló Hachiman—. El dragón y sus princesas. ¿Podemos bajarle un poco al tono de comedia romántica de fantasía? Algunos todavía estamos tratando de procesar que el mundo podría acabarse porque un tipo con alas decidió que Chiba es un buen lugar para una reunión de consorcio.
Issei soltó suavemente a Yui y miró a Hachiman. A diferencia de otros, Issei no veía a Hachiman como un estorbo, sino como su conexión más vital con la realidad que tanto temía perder.
— Hachiman, sé que esto es difícil para ti —dijo Issei con sinceridad brutal—. Pero te necesito. Eres el único que no me mira como si fuera un arma o un salvador.
— Te miro como a un idiota con demasiada suerte —replicó Hachiman, levantándose—. Pero tienes razón en algo: las cosas se van a poner feas. He estado observando los alrededores de la escuela. No son solo las facciones. Hay "observadores" humanos. Familias que no pertenecen a los Yukinoshita y que ven tu existencia como una oportunidad para escalar posiciones.
Yukino cerró sus mapas y se puso de pie, su postura recta y autoritaria.
— Hikigaya-kun tiene razón. Mi madre ha recibido amenazas veladas de otros clanes. Dicen que tener al Dragón Celestial más fuerte en una relación con dos estudiantes de preparatoria es un "desperdicio de potencial". Quieren que Issei sea un semental político o un general de guerra.
— ¡Eso es horrible! —gritó Yui, apretando los puños—. ¡Issei-kun es Issei-kun! ¡Él no es una propiedad!
— Para ellos, lo es —sentenció Hachiman—. Y aquí es donde entra el problema real. Issei, tu poder es tan grande que ha anulado el valor de todo lo demás. La inteligencia de Yukino, la empatía de Yui... ante un rugido que puede borrar una montaña, todo eso parece irrelevante para el resto del mundo.
Issei sintió que el guantelete carmesí vibraba en su brazo izquierdo, respondiendo a su agitación interna.
— Pues les demostraré que se equivocan —dijo Issei—. No soy el dragón más fuerte por mis escamas, sino por ellas. Y por ti, Hachiman, aunque te cueste admitirlo.
— No me metas en tu discurso de amistad —gruñó Hachiman, aunque por dentro sintió una punzada de respeto que odiaba admitir—. Pero si quieres sobrevivir a la próxima hora, mejor prepárate. Alguien acaba de cruzar la barrera de la escuela. Y no viene a pedir una solicitud de ingreso al club.
De repente, los cristales del salón estallaron hacia adentro en una lluvia de diamantes translúcidos. Issei reaccionó en una fracción de segundo, desplegando un ala de energía carmesí que protegió a Yukino y Yui del impacto. Hachiman, por puro instinto de supervivencia, se lanzó detrás de un sofá.
En el centro del salón, envuelta en un aura de luz plateada y azul, apareció una figura que Issei conocía demasiado bien. Era una joven de cabello plateado recogido en una trenza, con ojos azules que brillaban con una sed de batalla insaciable. Vestía el uniforme de la academia, pero la forma en que el aire se distorsionaba a su alrededor delataba su verdadera naturaleza.
— Vali... —gruñó Issei, su voz volviéndose más profunda, más draconiana.
— Hola, Hyoudou Issei —dijo Vali Lucifer, la portadora del Dragón Blanco, con una sonrisa depredadora—. He oído que has despertado algo... interesante. Algo que hace que incluso mi abuelo se ponga nervioso.
Yukino dio un paso al frente, ignorando el peligro.
— ¿Quién eres y por qué destruyes la propiedad de la escuela? —preguntó con una frialdad que rivalizaba con el aura de la recién llegada.
Vali miró a Yukino de arriba abajo, luego a Yui.
— Así que estas son las razones de tu debilidad, Issei. O de tu fuerza, según se mire. Son hermosas, lo admito. Pero en el mundo de los dragones, la belleza es solo un adorno para la tumba.
— ¡No te atrevas a hablar de ellas! —rugió Issei, y el suelo bajo sus pies se agrietó.
— Tranquilo, rival —dijo Vali, levantando las manos en un gesto de paz burlona—. No he venido a pelear... todavía. He venido a darte un mensaje de la Brigada del Caos. Las facciones están divididas. Algunos quieren adorarte, otros quieren diseccionarte. Pero nosotros... nosotros solo queremos ver qué pasa cuando el Rojo y el Blanco chocan en su forma final.
Hachiman asomó la cabeza por encima del sofá, ajustándose los nervios.
— Oye, "chica mágica" —dijo Hachiman con su tono más despectivo—. Si vas a dar un monólogo de villana, ¿podrías hacerlo sin romper las ventanas? Hace frío y no creo que el presupuesto del club cubra reparaciones por invasiones dimensionales.
Vali fijó su mirada en Hachiman. Por un momento, el chico sintió que su alma era pesada en una balanza.
— Un humano con ojos de muerto —observó Vali—. Tienes un olor interesante, Hikigaya Hachiman. Hueles a resentimiento y a una soledad tan pura que casi parece poder. Tal vez deberías unirte a nosotros. Issei tiene a sus reinas, pero tú... tú no tienes nada.
— Tengo mi dignidad —respondió Hachiman, aunque su voz tembló un poco—. Y tengo el desagradable hábito de no querer que este idiota muera antes de que me pague los almuerzos que me debe.
Issei se colocó entre Vali y sus amigos. El *Boosted Gear* emitió un sonido metálico ensordecedor: *¡BOOST!*
— Vete, Vali —advirtió Issei—. Si quieres pelear, búscame en el campo de entrenamiento del inframundo. Pero no aquí. No frente a ellas.
Vali se encogió de hombros.
— Como quieras. Pero recuerda, Issei: el mundo no te dejará ser feliz por mucho tiempo. Un dragón que intenta vivir como un humano es como un volcán que intenta ser una estufa. Tarde o temprano, vas a explotar. Y cuando lo hagas, espero estar allí para ver quién queda en pie.
Con un destello de luz, Vali desapareció, dejando tras de sí solo el viento frío que entraba por las ventanas rotas y el silencio sepulcral de la habitación.
Yui corrió hacia Issei y le tomó la mano.
— ¿Estás bien? Estás ardiendo...
Issei respiró hondo, tratando de retraer su aura. Su piel emitía un vapor tenue.
— Estoy bien, Yui. Solo... estoy harto de que todos piensen que pueden entrar en nuestras vidas y dictar las reglas.
Yukino se acercó a Hachiman y le ofreció una mano para levantarse. El chico la aceptó, sintiendo el contacto eléctrico de su piel.
— Gracias por hablar, Hikigaya-kun —dijo Yukino en voz baja—. Tu... interrupción ayudó a bajar la tensión.
— Solo quería que dejara de hablar —mintió Hachiman, desviando la mirada—. Las personas con complejos de superioridad me dan dolor de cabeza.
Pero la calma no duró. Shizuka Hiratsuka-sensei entró en el salón segundos después, con el rostro pálido y un cigarrillo apagado en los labios.
— Issei, Yukinoshita, Yuigahama... Hikigaya —dijo la profesora con urgencia—. Tienen que venir conmigo ahora. La madre de Yukinoshita está en la oficina del director con representantes del panteón sintoísta. Han declarado a Issei como un "Recurso de Seguridad Nacional".
Hachiman soltó una carcajada amarga.
— Lo que dije. El dragón ya no es un chico, es un activo financiero.
— No dejaré que me traten así —dijo Issei, sus ojos brillando de nuevo con esa intensidad dorada—. Yukino, Yui... ¿están conmigo?
— Siempre —dijo Yui con determinación.
— Hasta el final, Issei —afirmó Yukino, entrelazando su brazo con el de él.
Hachiman suspiró, metiéndose las manos en los bolsillos mientras caminaban hacia la oficina del director. Los pasillos de la escuela parecían diferentes ahora; las sombras eran más largas, y el aire olía a incienso y azufre.
— Oye, Issei —dijo Hachiman mientras caminaban—. Si esto termina en una guerra total, asegúrate de que mi casa sea la última en ser destruida. Tengo una colección de novelas ligeras que todavía no he terminado de leer.
Issei sonrió de lado, una sonrisa de camaradería pura.
— Te protegeré, Hachiman. Aunque tenga que enfrentarme a Amaterasu misma.
Al llegar a la oficina, la escena era surrealista. La madre de Yukino estaba sentada frente a un hombre vestido con túnicas sacerdotales antiguas, cuya sola presencia hacía que las sombras de la habitación bailaran de forma antinatural. Shizuka-sensei se quedó en la puerta, actuando como guardia.
— Issei Hyoudou —dijo la madre de Yukino, su voz fría y pragmática—. Estos caballeros representan el consejo de deidades locales. Han llegado a la conclusión de que tu presencia en esta escuela es un riesgo inaceptable, a menos que aceptes un contrato de servidumbre divina.
— ¿Servidumbre? —preguntó Issei, su voz vibrando con un poder que hizo que el sacerdote retrocediera un paso—. ¿Creen que pueden ponerme una correa?
— Es por el bien de Japón, joven —dijo el sacerdote—. Tu poder atrae a entidades que este país no está preparado para enfrentar. Si te unes a nuestro panteón, te daremos estatus de semidiós. Podrás tener a tus... compañeras, pero bajo nuestra supervisión.
Yukino dio un paso al frente, su rostro convertido en una máscara de desprecio.
— Mi familia ya ha dado su bendición a esta unión —dijo Yukino—. Issei no es un objeto de negociación. Si intentan forzarlo, se enfrentarán no solo al Dragón Celestial, sino a toda la influencia política de los Yukinoshita.
— Y a la mía —añadió Yui, sorprendiendo a todos con su firmeza—. No sé mucho de dioses o demonios, pero sé que Issei-kun es la persona más buena del mundo. Si intentan quitarle su libertad, ¡yo también pelearé!
Hachiman observó la escena desde la puerta. Vio el valor de las chicas y la furia contenida de Issei. Pero también vio la codicia en los ojos del sacerdote. No era seguridad lo que buscaban; era el arma definitiva.
— Qué aburrido —intervino Hachiman, ganándose la mirada irritada de la madre de Yukino—. Están usando el mismo guion de siempre. "Por el bien común", "estabilidad nacional". La verdad es que tienen miedo de que un chico de preparatoria tenga más poder que todos sus santuarios juntos.
— Cállate, humano —siseó el sacerdote—. No tienes idea de las fuerzas que están en juego.
— Tengo una idea bastante clara —replicó Hachiman—. Veo a un grupo de ancianos asustados intentando robarle la vida a alguien porque no pueden controlarlo. Issei, no tienes que aceptar nada. Si ellos son dioses, tú eres el que los hace ver pequeños.
Issei sintió que una oleada de energía recorría su cuerpo. No era la rabia destructiva de antes, sino una claridad absoluta. Se acercó al escritorio del director y apoyó las manos sobre él. El mueble comenzó a humear bajo su tacto.
— Escúchenme bien —dijo Issei, y su voz resonó no solo en la habitación, sino en las mentes de todos en la escuela—. No acepto contratos. No acepto servidumbres. Soy el Dragón Celestial más fuerte de todos los tiempos, pero también soy un estudiante de la Academia Sobu. Mi lealtad es para mis amigos y para las mujeres que amo. Si intentan interferir con nuestras vidas, les demostraré por qué incluso los cielos tiemblan cuando un dragón decide proteger su hogar.
El sacerdote palideció y miró a la madre de Yukino, buscando apoyo, pero ella simplemente se cruzó de brazos, con una sonrisa gélida de satisfacción. Ella había apostado por el ganador.
— La reunión ha terminado —sentenció la madre de Yukino—. Pueden retirarse antes de que mi yerno decida que el santuario de ustedes necesita una remodelación completa.
Cuando los sacerdotes salieron apresuradamente, la habitación quedó en silencio. Issei se volvió hacia Yukino y Yui, y las tres figuras se fundieron en un abrazo que desafiaba a todo el universo sobrenatural.
Hachiman, apoyado en el marco de la puerta, sintió una mezcla de alivio y una soledad punzante. Había ayudado a salvar el día, una vez más, desde las sombras. Pero mientras veía a Issei besar las manos de Yukino y Yui, comprendió que su papel en esta historia siempre sería el del observador cínico, el hombre que caminaba por el borde del abismo para que otros pudieran disfrutar del sol.
— Buen trabajo, Hikigaya —susurró Shizuka-sensei, poniendo una mano en su hombro—. Eres un pésimo estudiante, pero un excelente amigo.
— Solo quería que se callaran, sensei —mintió Hachiman, aunque sus ojos, por un breve momento, mostraron una chispa de tristeza—. El ruido de los dioses es demasiado molesto para alguien que solo quiere una vida tranquila.
Issei se separó de las chicas y miró a Hachiman.
— Gracias, Hachiman. De verdad. No sé qué habría hecho sin tu intervención.
— Probablemente habrías quemado la escuela —respondió Hachiman—. Y yo todavía tengo que devolver tres libros a la biblioteca. No me hagas quedar mal con la bibliotecaria.
Mientras el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo carmesí que recordaba a las escamas de Ddraig, el grupo del Club de Servicio abandonó la oficina. Sabían que esto era solo el comienzo. Vali seguía ahí fuera, las facciones seguían conspirando y el mundo entero estaba mirando. Pero mientras caminaban juntos por el pasillo, Issei sintió que, con Yukino a un lado, Yui al otro y Hachiman vigilando sus espaldas desde las sombras, no había nada en la creación que pudiera romper el pacto que habían formado.
El dragón había encontrado su nido, y pobre de aquel que intentara perturbar su paz. En la soledad de su mente, Hachiman Hikigaya se permitió una última reflexión cínica antes de sumergirse en su rutina habitual: el mundo podía estar loco, poblado de dragones y dioses, pero mientras hubiera un club al que regresar, tal vez, solo tal vez, valía la pena soportar el ardor de los celos por el bien de una realidad que, aunque injusta, era la suya.