Lagrimas en silencio
El eco de los pasos sobre la madera
La primera noche en la Academia de Hechicería de Tokio fue, para Maki, la más ruidosa de su vida. No porque hubiera gritos o música, sino por el silencio absoluto que no lograba reconocer. En la finca Zenin, el silencio siempre era una amenaza; era el preludio de un castigo o el sonido de la indiferencia que la asfixiaba. Aquí, en la habitación que le habían asignado —convenientemente conectada por una puerta corredera a la de Yuta, por orden de los ancianos que supervisaban el "matrimonio"—, el aire se sentía ligero, casi demasiado.
Maki se sentó en el futón, con las manos apoyadas en las rodillas. Se había quitado la chaqueta del uniforme y las gafas, dejando que su vista borrosa descansara. Sin embargo, sus oídos estaban alerta. Al otro lado de la pared, escuchó un sollozo ahogado, seguido de un susurro frenético.
—Por favor, Rika... ahora no. Ella está durmiendo. Tienes que estar tranquila.
Maki suspiró. Se puso las gafas, recuperando la nitidez del mundo, y se levantó. No era la rudeza lo que la movía en ese momento, sino una extraña fatiga emocional. Estaba cansada de pelear, al menos por hoy. Se acercó a la puerta divisoria y la deslizó con suavidad.
Yuta estaba sentado en medio de su habitación, rodeado de cajas que no había tenido el ánimo de desempacar. La atmósfera a su alrededor estaba cargada, como si el oxígeno se hubiera vuelto espeso. Sobre él, una masa de energía oscura y blanquecina se retorcía, una forma que recordaba a una columna vertebral gigante y ojos que no deberían existir.
—¿No puedes dormir? —preguntó Maki, recostándose contra el marco de la puerta.
Yuta dio un respingo, casi cayéndose hacia atrás. Rika siseó, una vibración que Maki sintió en sus propios huesos a pesar de no tener energía maldita.
—¡Maki-san! Lo siento, yo... no quería despertarte. Rika está un poco... inquieta por el lugar nuevo.
Maki entró en la habitación de Yuta. Cualquier otra persona habría salido corriendo o habría invocado una técnica ritual. Ella simplemente caminó hacia él y se sentó en el suelo, a una distancia que no resultara invasiva pero que marcara su presencia.
—No me has despertado. No puedo dormir en camas que no huelen a humedad y desprecio —dijo ella, y aunque sus palabras eran ácidas, su tono era inusualmente suave—. Ven aquí.
Yuta la miró con los ojos muy abiertos, llenos de una vulnerabilidad que le recordaba a Mai cuando eran niñas y las tormentas azotaban el complejo Zenin.
—Pero Rika... ella es celosa. Si te acercas demasiado, podría...
—Rika no me va a hacer nada —lo interrumpió Maki, extendiendo una mano hacia el espacio vacío donde sentía la mayor presión de la maldición—. Ella sabe que no soy una amenaza para ti. Y tú necesitas calmarte, porque ella reacciona a lo que tú sientes. Si tú tienes miedo, ella ataca.
Yuta tragó saliva y, con movimientos lentos, se acercó a Maki. Cuando finalmente se sentó a su lado, la presencia de la maldición pareció encogerse, volviéndose menos agresiva, aunque seguía allí, vigilante.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —susurró Yuta, mirando sus propias manos—. Todo el mundo me mira como si fuera una bomba a punto de estallar. Incluso Gojo-sensei, aunque sea amable, me trata como un caso de estudio. Pero tú... me hablas como si fuera una persona normal.
Maki miró hacia el techo, dejando que un mechón de su cabello verde cayera sobre su rostro.
—Porque sé lo que es ser el "error" del sistema. A ti te temen por lo que tienes, a mí me desprecian por lo que me falta. En el fondo, ambos somos piezas que no encajan en el tablero de esos viejos estúpidos. No voy a tratarte como un monstruo porque, si lo hiciera, les daría la razón a ellos.
Yuta guardó silencio por un largo rato. Por primera vez desde que habían salido de la finca Zenin, la tensión en sus hombros desapareció. Se permitió observar a Maki de reojo. No era la guerrera feroz que había desafiado a su abuelo horas antes; era solo una chica que, al igual que él, buscaba un lugar donde no tener que pedir perdón por existir.
—Maki-san —dijo él en voz baja—, sobre el matrimonio... sé que fue una forma de escapar. No espero que seas mi "esposa" de verdad. No tienes que forzarte a nada.
Maki soltó una pequeña risa, una que no tenía el filo de una espada.
—Eres demasiado bueno para tu propio bien, Okkotsu. Cualquier otro chico estaría aterrado o intentando aprovecharse de la situación. Pero tú te preocupas por mi comodidad.
—Es lo mínimo que puedo hacer —respondió él, bajando la mirada—. Me salvaste de ese salón. No creo que hubiera podido aguantar mucho más tiempo solo allí.
Maki estiró una mano y, dudando por un segundo, la puso sobre el hombro de Yuta. Rika emitió un sonido similar al ronroneo de un motor averiado, pero no atacó. El contacto era cálido, y Yuta sintió un vuelco en el corazón que no tenía nada que ver con maldiciones de grado especial.
—Somos un equipo ahora —dijo Maki—. Mañana, cuando vayamos al campo de entrenamiento, quiero que dejes de pedir perdón por cada paso que das. No eres un monstruo, Yuta. Eres un hechicero en formación. Y yo voy a ser la mejor, así que no te permito quedarte atrás.
Yuta asintió, sintiendo una determinación nueva nacer en su pecho.
—Lo intentaré. No... lo haré.
—Así me gusta.
Se quedaron así un rato, compartiendo el silencio que ahora ya no se sentía amenazante. Eventualmente, el cansancio venció a Yuta, cuya cabeza empezó a balancearse hasta que, sin darse cuenta, terminó apoyada en el hombro de Maki. Ella se tensó por un instante, un instinto de defensa que había cultivado durante años, pero al ver el rostro pacífico de Yuta, se relajó.
—Vaya peso me ha tocado cargar —murmuró ella para sí misma, aunque una pequeña sonrisa curvó sus labios—. Pero supongo que es mejor que estar sola.
***
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba por las ventanas de la academia. Maki fue la primera en levantarse, realizando su rutina de ejercicios con una disciplina militar. Para cuando Yuta despertó, ella ya estaba vestida con el uniforme azul oscuro, ajustándose las vendas en las manos.
—Buenos días —dijo Yuta, frotándose los ojos y tratando de ocultar el sonrojo al recordar que se había quedado dormido sobre ella.
—Tarde —respondió Maki, aunque no había molestia en su voz—. Gojo-sensei nos espera en el campo tres. Dice que quiere ver de qué somos capaces antes de asignarnos misiones reales.
Caminaron juntos por los terrenos de la escuela. El aire de la montaña era fresco y olía a pino. En el camino, se encontraron con Megumi, que parecía estar alimentando a unos perros blancos y negros que surgían de las sombras.
—Maki —saludó Megumi, levantando una mano—. ¿Cómo fue la primera noche?
—Sobrevivimos —respondió ella, deteniéndose un momento—. ¿Y tú? Pensé que estarías en misiones de campo.
—Gojo me pidió que me quedara para ayudar con la integración de... los nuevos alumnos —dijo Megumi, lanzando una mirada cautelosa a Yuta—. Hola, Okkotsu.
—Hola, Fushiguro-kun —respondió Yuta con una reverencia tímida.
Megumi notó algo diferente en Maki. Sus ojos no estaban tan nublados por la ira como de costumbre. Había una suavidad en la forma en que se paraba cerca de Yuta, una especie de instinto protector que rara vez mostraba.
—Maki, si necesitas algo, cualquier cosa... —empezó Megumi, pero ella lo cortó con un gesto amable.
—Estoy bien, Megumi. De verdad. Cuida de Mai cuando vuelvas al complejo. Dile que este lugar es... diferente.
Megumi asintió, entendiendo el mensaje implícito. Maki estaba encontrando algo que los Zenin nunca podrían ofrecerle: paz.
Cuando llegaron al campo de entrenamiento, Satoru Gojo los esperaba sentado sobre una valla, balanceando las piernas como un niño pequeño.
—¡Mis recién casados favoritos! —exclamó Gojo, saltando al suelo con una agilidad sobrenatural—. ¿Qué tal la luna de miel en los dormitorios? ¿Ya han decidido quién lava los platos?
—Cállate, Gojo —dijo Maki, aunque no pudo evitar que un leve rubor cruzara sus mejillas—. Vinimos a entrenar.
—¡Esa es la actitud! —Gojo aplaudió—. Muy bien. Yuta, hoy quiero que intentes canalizar un poco de la energía de Rika en este objeto —le lanzó una espada de madera—. Maki, tú vas a intentar desarmarlo. Sin piedad, pero sin romperle los huesos... todavía.
El entrenamiento comenzó. Al principio, Yuta estaba aterrado. Cada vez que Maki se acercaba con su lanza de madera, él retrocedía, temiendo que Rika reaccionara violentamente para "defenderlo".
—¡Atácame, Yuta! —le gritó Maki, esquivando un golpe torpe—. ¡Si no lo haces, nunca aprenderás a controlarla! ¡Ella se alimenta de tu indecisión!
—¡No quiero lastimarte! —respondió él, bloqueando un tajo que casi le quita el arma de las manos.
Maki se detuvo en seco, bajando la lanza. Respiraba con dificultad, pero sus ojos brillaban con una intensidad que Yuta nunca había visto.
—Escúchame bien —dijo ella, acercándose hasta que sus pechos casi se tocaban—. No soy de cristal. He sobrevivido a cosas mucho peores que una maldición. Si de verdad quieres protegerme, si de verdad te importa este "matrimonio", entonces hazte fuerte. Porque si tú caes, yo también caigo.
Yuta la miró fijamente. Las palabras de Maki no eran un insulto, eran una invitación a confiar. Ella no le tenía miedo, ella creía en él.
—Entiendo —dijo Yuta, y su voz ya no tembló.
Cerró los ojos por un segundo. "Rika", pensó, "ayúdame. No para matar, sino para seguirle el ritmo".
Una corriente de energía azulada rodeó la espada de madera. Yuta se lanzó hacia adelante, no con la intención de herir, sino con una velocidad que obligó a Maki a emplearse a fondo. El sonido de la madera chocando resonó en todo el campo. Maki sonrió mientras bloqueaba, giraba y contraatacaba. Por primera vez en años, no estaba entrenando para demostrarle algo a su padre; estaba entrenando porque se sentía viva.
Gojo, observando desde la distancia, bajó un poco su venda. Podía ver los hilos de energía maldita y la ausencia de ella en Maki. Lo que veía era fascinante: no era una lucha, era una danza. Dos almas rotas tratando de encajar sus pedazos a través del combate.
—Vaya, vaya —susurró Gojo para sí mismo—. Tal vez los ancianos, en su estupidez, terminaron creando algo que no pueden controlar.
Después de varias horas, ambos terminaron tendidos en el césped, exhaustos y empapados de sudor. El sol estaba en su punto más alto.
—Nada mal, Okkotsu —dijo Maki, jadeando—. Casi me das en el hombro en ese último intercambio.
—Tú eres... increíble, Maki-san —respondió Yuta, mirando las nubes—. Nunca había visto a nadie moverse así. Sin energía maldita, eres más rápida que cualquiera que haya conocido.
Maki se giró hacia él, apoyándose en un codo. El sudor hacía que sus gafas se resbalaran, y ella se las ajustó con un gesto distraído.
—Gracias —dijo en voz baja—. Nadie en mi familia me ha dicho nunca que soy increíble.
Yuta se giró también, quedando cara a cara con ella sobre la hierba.
—Pues se equivocan. Eres la persona más fuerte que he conocido. Y no hablo solo de los golpes.
Maki sintió un nudo en la garganta. No era la rudeza lo que necesitaba en ese momento, sino esa validación sencilla y honesta. Sin pensarlo mucho, estiró la mano y le quitó una brizna de hierba que Yuta tenía en el cabello. Sus dedos rozaron su frente, y esta vez, el aire no se volvió pesado. Rika permaneció en silencio, como si ella también hubiera aceptado la presencia de la chica.
—Oye —dijo Maki, rompiendo el momento antes de que se volviera demasiado intenso para ella—. Gojo dijo que hay una máquina de refrescos cerca de los salones. Si me ganas una carrera hasta allá, yo pago.
Yuta sonrió, una sonrisa real que iluminó sus ojos cansados.
—¡Eso no es justo! ¡Tú corres más rápido!
—¡Pues empieza a correr ya! —gritó Maki, levantándose de un salto y echando a correr.
—¡Espera, Maki-san!
Mientras corría, Maki sintió que el peso que había llevado sobre sus hombros durante diecisiete años se había aligerado. Todavía tenía que enfrentarse a los Zenin, todavía tenía que lidiar con el hecho de que estaba legalmente unida a un chico que cargaba con una maldición catastrófica, pero por primera vez, no sentía que el futuro fuera una celda oscura.
Había encontrado un aliado. Había encontrado a alguien que la miraba y no veía un error. Y mientras escuchaba las risas de Yuta intentando alcanzarla, Maki Zenin supo que, aunque este matrimonio fuera forzado, la libertad que estaba construyendo junto a él era lo más real que había tenido jamás.
—¡Te voy a alcanzar! —gritó Yuta, tropezando pero sin dejar de reír.
—¡Sigue soñando, novato! —respondió ella, mirando hacia atrás con una expresión de pura alegría.
En ese momento, bajo el sol de Tokio, el filo de la jaula de cristal finalmente se había roto. Y lo que quedaba no era una víctima, sino una guerrera que ya no caminaba sola.