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Lagrimas en silencio

Promesas de plata y el calor de una nueva familia

La mañana en la Academia de Hechicería de Tokio tenía un matiz agridulce. El aire, usualmente cargado de la energía vibrante de los entrenamientos, se sentía pesado, casi estático. Maki estaba de pie en la entrada principal, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Frente a ella, Yuta Okkotsu sostenía una pequeña maleta, con los hombros más caídos de lo habitual.

Había sido una decisión de los altos mandos, respaldada por la lógica aplastante de Satoru Gojo. Yuta debía partir a una misión de entrenamiento intensivo en el extranjero. Oficialmente, era para que aprendiera a estabilizar su inmenso poder; extraoficialmente, era una medida de seguridad.

—Es por tu bien, Maki —había dicho Gojo la noche anterior, quitándose las gafas para mostrar una seriedad poco común—. Rika es inestable. Aunque parece haberte aceptado, su naturaleza es posesiva. Si se siente amenazada por el vínculo que están formando, podría intentar "eliminar" la competencia. No puedo arriesgarme a que te pase algo mientras Yuta aún no tiene la llave del candado.

Maki no había protestado. Sabía que Gojo tenía razón, pero el vacío que sentía en el estómago era una sensación nueva y molesta.

—Maki-san... —Yuta rompió el silencio. Su voz era apenas un susurro—. No quería que fuera así. Siento que te estoy dejando sola con todo este lío del matrimonio y el clan Zenin.

—No digas estupideces, Okkotsu —respondió ella, aunque sus ojos no tenían el fuego habitual—. No estoy sola. Tengo a Megumi, y ahora estoy en la academia. Además, no necesito que nadie me cuide.

Yuta dejó la maleta en el suelo y rebuscó en su bolsillo. Sacó una pequeña caja de terciopelo oscuro. Con dedos temblorosos, la abrió para revelar una cadena de plata fina de la que colgaba un anillo sencillo pero elegante.

—Sé que nuestra unión fue... forzada —dijo Yuta, dando un paso hacia ella—. Pero para mí, tú eres la persona que me salvó de la oscuridad. No quiero que me olvides mientras no esté. Este anillo... es para que sepas que siempre volveré a ti.

Maki se quedó petrificada. El metal brillaba bajo la luz del sol, reflejando una promesa que iba más allá de los contratos de sangre de los ancianos. Yuta tomó la mano de Maki y depositó el collar en su palma. El contacto fue breve, pero eléctrico.

—Póntelo, por favor —suplicó él.

Maki, sin decir palabra, se pasó la cadena por el cuello. El anillo quedó descansando justo sobre su corazón, frío al principio, pero calentándose rápidamente con su propia piel.

—No voy a olvidarte, idiota —dijo ella, bajando la cabeza para ocultar el rastro de humedad en sus ojos—. Más te vale volver siendo el hechicero más fuerte, o yo misma te daré una paliza por hacerme perder el tiempo.

Yuta sonrió, una sonrisa triste pero llena de esperanza.

—Lo prometo.

Con un último vistazo, Yuta subió al coche donde Gojo lo esperaba con un gesto de despedida. El motor rugió y, en cuestión de minutos, Maki se quedó sola en la entrada, apretando el anillo de plata entre sus dedos.

***

Pasaron tres meses. Tres meses en los que Maki se sumergió en el entrenamiento con una ferocidad que asustaba incluso a los de segundo año. Se había hecho cercana a Panda y Toge Inumaki, quienes se habían convertido en sus pilares. También habían llegado nuevos estudiantes: Itadori Yuji, un chico con una energía inagotable y un destino tan trágico como el de Yuta, y Kugisaki Nobara, una chica de campo con un carácter tan fuerte como el de la propia Maki.

Nobara y Maki habían hecho clic de inmediato. Había algo en la forma en que ambas despreciaban las expectativas de la sociedad que las unía más que cualquier lazo de sangre.

—¡Maki-san! ¡Mira esto! —gritó Nobara una tarde, irrumpiendo en el campo de entrenamiento—. Gojo-sensei dice que hoy tenemos visitas especiales. ¡Viene una mujer de Kyoto!

Maki dejó su lanza y se limpió el sudor de la frente.

—¿De Kyoto? —preguntó, frunciendo el ceño—. Espero que no sea nadie del clan.

—No, no —intervino Megumi, apareciendo detrás de Nobara con su habitual expresión sombría—. Es Utahime Iori. Es profesora allí, pero es amiga de Gojo desde hace años. Bueno... amiga es una palabra generosa, teniendo en cuenta que Gojo vive para molestarla.

Caminaron hacia la zona de las residencias de los profesores. Allí, sentada en un banco de madera, una mujer de cabello largo y oscuro, vestida con un traje tradicional de miko, sostenía un bulto envuelto en mantas azul claro. A su lado, Satoru Gojo gesticulaba de forma exagerada, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Utahime-chan! ¡Mira qué grandes están mis alumnos! —exclamó Gojo—. Chicos, ella es Utahime. Intenta no asustarla, Nobara, es un poco sensible.

—¡Cállate, Satoru! —gritó Utahime, aunque su voz se suavizó de inmediato cuando el bulto en sus brazos se movió—. Vas a despertar a Takeru.

Maki se acercó con curiosidad. Utahime levantó la vista y sus ojos se encontraron. Había una calidez maternal en la mujer de Kyoto que Maki nunca había experimentado en su propia casa.

—Tú debes ser Maki —dijo Utahime con una sonrisa dulce—. He oído mucho sobre ti. Y sobre tu valentía al enfrentarte a los Zenin.

Maki se encogió de hombros, un poco incómoda con el cumplido.

—Solo hice lo que tenía que hacer.

—¿Puedo ver? —preguntó Nobara, asomándose al bulto—. ¡Oh, por Dios! ¡Es precioso!

Dentro de las mantas, un bebé de apenas tres meses, con unos mechones de cabello oscuro y ojos que empezaban a enfocarse con curiosidad, bostezó ruidosamente.

—Se llama Takeru —explicó Utahime—. Es... bueno, es el hijo de Satoru y mío. Aunque a veces me pregunto cómo un hombre tan infantil pudo engendrar a alguien tan tranquilo.

Maki sintió un vuelco en el corazón. Miró a Gojo, quien por una vez no estaba bromeando. El hechicero más fuerte del mundo observaba al pequeño con una devoción absoluta, una ternura que humanizaba su aterrador poder.

—¿Quieres cargarlo, Maki? —preguntó Utahime de repente.

—¿Yo? No, no creo que sea una buena idea —respondió Maki, retrocediendo un paso—. Mis manos solo saben sostener armas. Podría... no sé, asustarlo.

—Tonterías —dijo Utahime, levantándose y acercándose a ella—. Takeru sabe quién es buena gente. Vamos, pon los brazos así.

Casi sin darse cuenta, Maki se encontró sosteniendo al pequeño Takeru. El bebé era increíblemente ligero y olía a talco y leche. Sus pequeñas manos se agitaron en el aire hasta que una de ellas se cerró alrededor del dedo índice de Maki. El agarre era sorprendentemente firme.

—Vaya —susurró Maki, sintiendo una calidez que se extendía desde su pecho hasta la punta de sus pies—. Es... es muy pequeño.

—¡Mira eso! —exclamó Yuji, acercándose con una sonrisa enorme—. ¡Maki-san tiene instinto maternal!

—Cierra la boca, Itadori —replicó Maki, aunque no apartó la vista del bebé.

Takeru emitió un pequeño gorjeo y fijó sus ojos en el collar que colgaba del cuello de Maki. El anillo de plata de Yuta brilló bajo el sol, y el bebé intentó alcanzarlo con su otra mano.

—Le gusta tu anillo —notó Utahime, poniéndose al lado de Maki—. Es un objeto con mucha historia, ¿verdad?

—Es de mi... —Maki dudó un segundo—... de mi marido. Está fuera, entrenando.

Utahime asintió, comprendiendo el peso de esas palabras.

—Satoru me contó lo de Yuta. Es un buen chico. Takeru tiene suerte de tener a tanta gente fuerte cuidando de él. Megumi ya se ha autoproclamado su hermano mayor protector, ¿verdad, Megumi?

Megumi, que estaba un poco apartado, se cruzó de brazos y desvió la mirada, aunque sus orejas estaban rojas.

—Gojo-sensei es mi tutor legal —dijo Megumi con voz monótona—. Supongo que eso me convierte en algo parecido a su familia. No voy a dejar que nada le pase a ese enano.

—¡Yo también seré su hermano mayor! —gritó Yuji, levantando un puño—. ¡Le enseñaré las mejores películas y a comer ramen!

—¡Y yo le enseñaré a tener estilo! —añadió Nobara—. No dejaré que vista esos uniformes aburridos de hechicero todo el tiempo.

Maki observó la escena. Estaba rodeada de personas que, a pesar de sus traumas y del mundo oscuro en el que vivían, estaban celebrando la vida. Takeru era un símbolo de algo que ella nunca pensó que tendría: un futuro que no estuviera manchado por el odio de los Zenin.

—Gracias, Utahime-san —dijo Maki, devolviéndole el bebé con cuidado—. Necesitaba ver esto hoy.

—Cuando quieras, Maki. Eres bienvenida en nuestra casa siempre.

Esa noche, Maki se sentó en el porche de su habitación, tocando el anillo de plata. El recuerdo del peso de Takeru en sus brazos seguía presente. Se sentía extrañamente en paz.

—¿Maki-san?

Era Megumi. Se sentó a su lado, mirando hacia el bosque.

—¿Qué pasa, Megumi?

—He hablado con Gojo —dijo el chico—. Dice que Yuta está progresando más rápido de lo esperado. Podría volver antes de lo previsto.

Maki sintió que su corazón daba un vuelco.

—¿Ah, sí? Bueno, más le vale. El entrenamiento con Nobara y los de segundo se está volviendo repetitivo. Necesito a alguien que aguante mis golpes de verdad.

Megumi soltó una pequeña risa.

—Sabes que no es solo por el entrenamiento. He visto cómo miras ese anillo cada cinco minutos.

—Cállate, Megumi. O te enviaré a dormir con tus perros —amenazó ella, aunque sin malicia.

—Solo quería decirte... que me alegra que estés aquí —continuó Megumi, volviéndose serio—. Ver cómo te encariñaste con Takeru hoy... me hizo darme cuenta de que los Zenin perdieron mucho más que a una "herramienta" cuando te fuiste. Perdieron a una persona increíble.

Maki no respondió de inmediato. Se ajustó las gafas y miró hacia las estrellas, pensando en Mai, en Yuta, y en el pequeño bebé que había sostenido esa tarde.

—Ya no soy una Zenin, Megumi —dijo ella con firmeza—. Soy Maki. Y voy a construir un lugar donde niños como Takeru no tengan que crecer con miedo.

—Lo sé —respondió Megumi—. Y yo estaré allí para ayudarte.

El silencio que siguió ya no era el silencio de la soledad, sino el de la camaradería. Maki apretó el anillo una vez más, enviando un pensamiento silencioso a través del océano, hacia donde quiera que estuviera Yuta.

"Vuelve pronto, idiota", pensó. "Hay una familia esperándote aquí. Y yo... yo también te espero".

En algún lugar de África, bajo un cielo diferente, Yuta Okkotsu sintió un calor repentino en su pecho. Miró hacia el horizonte y sonrió, apretando la empuñadura de su katana. El entrenamiento era duro, y Rika seguía siendo una presencia constante y poderosa, pero ahora tenía una razón para dominarla. Tenía una esposa, un hogar y una nueva esperanza que lo esperaba al otro lado del mundo.

La jaula de cristal no solo se había roto; se había transformado en los cimientos de algo nuevo. Y Maki Zenin, con un anillo de plata en el cuello y el calor de un bebé aún en sus brazos, sabía que la verdadera fuerza no residía en la energía maldita, sino en los lazos que uno elegía proteger.