Lagrimas en silencio
Entre los susurros de la lluvia y el peso del invierno
El silencio en la habitación de Maki ya no era el de una tumba, pero seguía siendo un silencio frágil, como el cristal que ha sido pegado tras mil pedazos. Durante los meses que siguieron a la muerte de Mai, el mundo exterior dejó de existir para ella. Las secuelas físicas de su colapso fueron devastadoras; la falta de energía maldita, que antes era su mayor orgullo y su armadura, se convirtió en una trampa. Sin esa fuerza vital que otros hechiceros usaban para remendar sus cuerpos, Maki quedó a merced de una debilidad humana y descarnada.
No podía comer más que unas pocas cucharadas de caldo antes de que su estómago se cerrara en un nudo de náuseas. El sueño, cuando llegaba, era un campo de batalla lleno de sombras verdes y el sonido de disparos que nunca cesaban. Se volvió delicada, una palabra que Maki Zenin siempre había odiado, pero que ahora la definía. Sus músculos, antes de acero, se atrofiaron, y su piel se volvió tan traslúcida que se podían ver las venas azules latiendo con un esfuerzo agónico.
Yuta Okkotsu no se separó de su lado.
Él fue quien aprendió a cocinar los platos más ligeros, quien le leía libros en voz baja cuando ella no tenía fuerzas para sostenerlos, y quien la sostenía durante las noches de fiebre, cuando Maki despertaba gritando el nombre de su hermana. Yuta se convirtió en su sombra, en su enfermero y en su único vínculo con la realidad. Rika, la presencia inmensa y aterradora que siempre lo seguía, parecía haber entendido la fragilidad de la situación; se manifestaba solo como un frío suave que ayudaba a bajar la temperatura de Maki en las tardes de crisis.
—Tienes que probar un poco más, Maki-san —decía Yuta, sosteniendo una cuchara con infinita paciencia—. Solo un bocado por mí.
Maki lo miraba con ojos que parecían demasiado grandes para su rostro demacrado.
—No puedo, Yuta —susurraba ella, apartando la cara—. Siento que si trago algo, el vacío que tengo dentro se desbordará.
—Entonces deja que yo sostenga ese vacío por ti —respondía él, dejando el cuenco a un lado y tomando su mano fría—. No tienes que ser fuerte hoy. Ni mañana. Solo tienes que estar aquí.
Pasó un año. Un año de pasos lentos por los pasillos de la academia, de tardes sentados bajo los cerezos donde Maki simplemente observaba los pétalos caer sin decir una palabra. Poco a poco, el color regresó a sus mejillas y la firmeza a su voz, aunque nunca volvió a tocar una lanza. El entrenamiento era un recuerdo de otra vida, una que pertenecía a una chica que ya no existía.
Cuando llegó el día de la boda formal, el evento fue discreto, lejos de las garras del clan Zenin, que ahora guardaba un silencio cauteloso bajo las amenazas de Gojo. Maki vestía un kimono blanco impoluto, pero no llevaba las gafas; quería ver el mundo tal como era, aunque fuera borroso. Yuta, con su uniforme de gala, la miraba con una devoción que rozaba lo religioso.
—Estás hermosa —dijo él mientras caminaban por el jardín del santuario, ya como marido y mujer ante todas las leyes.
—Estoy viva —respondió Maki, apretando su brazo—. Supongo que eso es suficiente por ahora.
Yuta sonrió, pero en el fondo de sus ojos moraba una sombra de preocupación. A pesar de que ella caminaba por su propio pie y volvía a sonreír de vez en cuando, el vacío seguía allí. Era una oquedad en su pecho que ni todo su amor podía llenar. Maki estaba presente, pero una parte de ella seguía enterrada en el jardín de los Zenin, junto a la gemela que se llevó su mitad.
Tres meses después de la ceremonia, el aire de la primavera trajo consigo algo inesperado.
Maki estaba sentada en el porche de la pequeña casa que Gojo les había ayudado a conseguir cerca de la academia. El sol de la tarde calentaba la madera, y el aroma de las glicinias inundaba el ambiente. Se sentía extraña. No era la debilidad de la enfermedad, sino una pesadez nueva, una especie de marea interna que la hacía sentir conectada a la tierra de una forma que nunca había experimentado.
Cuando Yuta regresó de una misión corta con Megumi, la encontró esperándolo en la entrada. Él dejó su katana a un lado y se acercó para besar su frente, pero se detuvo al notar la expresión de su esposa.
—¿Maki? ¿Te encuentras mal? —preguntó él de inmediato, el instinto de cuidador saltando a la superficie—. Estás pálida. ¿Es el estómago otra vez? Debería llamar a Ieiri-san...
—Yuta, cállate un momento —dijo ella, y aunque su voz era suave, tenía un rastro de la antigua autoridad que solía tener—. No estoy enferma. Al menos, no de esa manera.
Yuta se quedó quieto, con la mano aún suspendida en el aire.
—Fui a ver a Shoko esta mañana —continuó Maki, bajando la vista hacia sus manos, que descansaban sobre su vientre—. Le dije que me sentía cansada, que todo me olía demasiado fuerte. Pensé que mis secuelas estaban volviendo.
—¿Y qué te dijo? —preguntó Yuta, con el corazón empezando a latir con una fuerza incontrolable.
Maki levantó la vista. Por primera vez en muchísimo tiempo, no había vacío en sus ojos. Había un miedo genuino, pero también una chispa de algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.
—Dijo que no son las secuelas —susurró ella—. Dijo que estoy embarazada, Yuta.
El silencio que siguió fue tan absoluto que se podía escuchar el aleteo de un pájaro en un árbol cercano. Yuta sintió que el mundo se inclinaba. Él, que había enfrentado maldiciones de grado especial y había caminado por el borde del abismo, sintió que sus rodillas flaqueaban.
—¿Un... un bebé? —logró articular, con la voz temblorosa.
—Sí —respondió Maki, y una pequeña lágrima, esta vez de pura confusión emocional, resbaló por su mejilla—. Un bebé. No sé cómo ha pasado, Yuta. Mi cuerpo estaba tan roto... Shoko dice que es un milagro que haya podido concebir.
Yuta se dejó caer de rodillas frente a ella, envolviendo su cintura con los brazos y apoyando la mejilla contra su vientre, todavía plano y firme. Rika apareció por un instante, una sombra protectora que rodeó a ambos con una suavidad casi maternal antes de desvanecerse.
—Maki... —Yuta sollozó contra su ropa—. Gracias. Gracias por no rendirte.
Maki pasó los dedos por el cabello oscuro de su marido. Sentía el calor de su cuerpo y la vibración de su alegría, y por primera vez, el vacío en su pecho pareció encogerse. No desapareció del todo —nunca lo haría—, pero ahora había algo nuevo creciendo allí, una vida que no sabía nada de clanes, de maldiciones o de gemelas perdidas.
—Tengo miedo, Yuta —confesó ella en un susurro—. No sé cómo ser madre. Mi único ejemplo fue una mujer que me odiaba y un padre que me trataba como basura. ¿Y si le heredo mi falta de energía? ¿Y si el mundo de los hechiceros intenta usarlo como nos usaron a nosotros?
Yuta levantó la cabeza y la miró con una determinación que hizo que Maki recordara por qué se había enamorado de él.
—Nadie tocará a este niño —dijo él, y su voz tenía el peso del hechicero más poderoso de su generación—. No será un Zenin, ni una herramienta. Será nuestro. Le enseñaremos que su valor no depende de cuánta energía tenga en las venas, sino de la bondad de su corazón. Tendrá a Gojo como un tío loco, a Utahime para cuidarlo y a Megumi para protegerlo. Tendrá una familia, Maki. Una de verdad.
Maki sonrió, y esta vez la sonrisa llegó hasta sus ojos.
—Supongo que tendré que volver a entrenar un poco —comentó ella, intentando recuperar su tono sarcástico—. No puedo dejar que mi hijo piense que su madre es una debilucha que se cansa por subir unas escaleras.
—No eres débil, Maki —la corrigió Yuta, poniéndose de pie y tomándola en sus brazos para cargarla hacia el interior de la casa—. Eres la mujer que sobrevivió al infierno y decidió crear un jardín en sus cenizas. Eres la persona más fuerte que conozco.
Esa noche, mientras la luna iluminaba la habitación, Maki no tuvo pesadillas. Soñó con un campo de flores donde una niña de cabello verde corría hacia ella, y por primera vez, la niña no estaba sola; llevaba de la mano a otra pequeña que reía con la misma fuerza.
Maki despertó al amanecer, sintiendo la mano de Yuta descansando protectoramente sobre su vientre. El vacío seguía allí, una cicatriz permanente en su alma, pero ahora, bajo esa cicatriz, latía un nuevo comienzo. La jaula de cristal se había roto hacía mucho tiempo, y aunque las heridas habían tardado en cerrar, la luz finalmente estaba inundando cada rincón de su vida.
—Buenos días —susurró Yuta, despertando al sentir el movimiento de ella.
—Buenos días —respondió Maki, entrelazando sus dedos con los de él—. ¿Crees que será niño o niña?
—No lo sé —dijo él con una sonrisa radiante—, pero sea lo que sea, será libre.
Y en ese momento, rodeada por el calor de su hogar y la promesa de una nueva vida, Maki Zenin finalmente perdonó al destino. Había perdido una mitad, pero estaba a punto de crear una totalidad nueva, un lazo que ni la muerte ni el clan más poderoso del mundo podrían romper jamás.