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Lagrimas en silencio

El silencio de las flores marchitas

El hospital de la Academia de Hechicería de Tokio siempre había sido un lugar de transición, un espacio donde el dolor era temporal y la técnica de inversión de Shoko Ieiri obraba milagros. Pero para Maki Zenin, el tiempo se había detenido en el preciso instante en que el monitor de signos vitales de Mai emitió un pitido largo y constante, una nota fúnebre que rasgó el aire de la madrugada.

Mai se había ido. No hubo últimas palabras heroicas, ni una reconciliación de película. Solo un suspiro débil, una mano que se enfrió entre las de Maki y un último rastro de energía maldita que se desvaneció como el humo. El cuerpo de su hermana, consumido por esa enfermedad extraña y cruel que los Zenin habían ignorado, descansaba ahora bajo una sábana blanca que parecía demasiado pesada para alguien tan joven.

Maki no gritó. No rompió nada. Simplemente se quedó sentada al borde de la cama, mirando el vacío con unos ojos que habían perdido su brillo habitual. El mundo a su alrededor se volvió gris, una neblina densa que lo devoraba todo.

Pasaron los días, y luego las semanas. Maki no regresó a su habitación. Se trasladó a un pequeño cuarto en la enfermería, donde permanecía sentada frente a la ventana, viendo cómo las hojas de los árboles caían, una a una, imitando el desmoronamiento de su propia alma.

—Maki, tienes que comer algo —dijo Utahime Iori, entrando suavemente en la habitación.

En sus brazos, el pequeño Takeru dormía plácidamente, ajeno a la tragedia que asfixiaba el cuarto. Utahime dejó una bandeja con sopa caliente sobre la mesa, pero Maki ni siquiera giró la cabeza. Su rostro estaba demacrado, las ojeras eran surcos profundos en su piel pálida y sus manos, antes callosas y fuertes, ahora temblaban levemente sobre su regazo.

—No tengo hambre, Utahime-san —respondió Maki. Su voz sonaba como papel de lija, seca y carente de vida.

Utahime se sentó a su lado, acomodando a Takeru para que no se despertara. La profesora de Kyoto sentía un nudo en la garganta cada vez que veía a la chica. Ella misma había perdido amigos y alumnos, pero ver a Maki así, tan rota, era ver la caída de un roble que todos creían invencible.

—Takeru te ha echado de menos hoy —susurró Utahime, intentando apelar a la conexión que Maki había sentido con el bebé—. Gojo está intentando arreglar el desastre con los Zenin. No va a dejar que se salgan con la suya después de lo que le hicieron a Mai. Él está peleando por ti, Maki.

—¿Para qué? —Maki finalmente la miró, y Utahime retrocedió mentalmente ante la desolación de esa mirada—. Mai está muerta. Los Zenin ganaron en el momento en que ella dejó de respirar. Todo lo que hice... salir de esa casa, casarme con Yuta, hacerme fuerte... no sirvió para nada si no pude salvarla a ella.

Takeru se removió en sueños y soltó un pequeño quejido. Maki observó al bebé por un segundo, y por un instante, una chispa de dolor genuino cruzó sus ojos antes de ser reemplazada por esa apatía gélida.

—Lévatelo, Utahime-san —dijo Maki, volviendo la vista a la ventana—. No quiero que mi tristeza lo manche. Él es luz. Yo solo soy ceniza.

Utahime salió de la habitación con el corazón encogido. En el pasillo, se encontró con Satoru Gojo. El hechicero más fuerte no llevaba su venda habitual; sus ojos azules estaban fijos en la puerta de la enfermería, cargados de una frustración que rara vez mostraba.

—¿Cómo está? —preguntó Gojo. Su voz era baja, carente de su habitual tono juguetón.

—Está desapareciendo, Satoru —respondió Utahime, limpiándose una lágrima traicionera—. No come, apenas duerme. Shoko dice que su salud física está colapsando porque su mente se ha rendido. Si sigue así, su cuerpo simplemente dejará de funcionar. No tiene energía maldita que la sostenga, solo su voluntad, y su voluntad se murió con Mai.

Gojo apretó los puños. Había estado moviendo hilos diplomáticos, amenazando a los ancianos del clan Zenin y asegurándose de que la academia fuera un refugio seguro, pero nada de eso servía si Maki se rendía desde adentro.

—Shoko me lo dijo esta mañana —dijo Gojo, mirando hacia el techo—. Dice que si no hay un cambio radical, tendremos que alimentarla por sonda. Maki Zenin, la chica que iba a quemar el mundo, se está dejando morir de pena.

—Haz algo, Satoru —suplicó Utahime—. Eres el más fuerte, ¿no? Encuentra una forma de traerla de vuelta.

Gojo no respondió de inmediato. Sacó su teléfono y marcó un número que no había usado en meses. Un número que conectaba directamente con las tierras lejanas donde el sol quemaba de otra manera.

—Yuta —dijo Gojo cuando la llamada fue atendida—. Tienes que volver. Ahora mismo. No es una misión, es una emergencia personal. Es Maki.

***

Tres días después, un coche negro derrapó frente a la academia. Yuta Okkotsu bajó antes de que el vehículo se detuviera por completo. Su aspecto había cambiado; era más alto, sus hombros eran más anchos y su presencia emanaba un poder que hacía vibrar el aire, pero su rostro estaba pálido de terror.

Gojo lo recibió en el patio. No hubo saludos largos.

—Está en la enfermería, habitación 402 —dijo Gojo, señalando hacia el edificio—. Yuta... prepárate. No es la Maki que recuerdas.

Yuta corrió por los pasillos, ignorando las miradas de los otros estudiantes. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un animal enjaulado. Al llegar a la puerta, se detuvo. Su mano tembló sobre el pomo de madera. Rika, en las sombras de su alma, gimió con una tristeza compartida; ella también sentía el vacío que emanaba de esa habitación.

Abrió la puerta con suavidad.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz pálida de un atardecer gris. Maki estaba sentada en una silla junto a la ventana. Llevaba un camisón blanco que le quedaba grande, y su cabello verde, antes vibrante, colgaba lacio y sin brillo. Sus manos estaban apoyadas en su regazo, sosteniendo débilmente el anillo de plata que Yuta le había regalado.

—¿Maki-san? —susurró Yuta. Su voz se quebró al ver lo pequeña que se veía.

Maki no se movió. No hubo una respuesta sarcástica, ni una mirada de desafío. Parecía una estatua de sal.

Yuta se acercó lentamente y se arrodilló frente a ella, quedando a la altura de sus ojos. Cuando finalmente la vio de cerca, el alma se le cayó a los pies. Maki estaba consumida. Sus pómulos sobresalían de forma alarmante y sus labios estaban agrietados. Pero lo peor era la mirada: era la mirada de alguien que ya no estaba allí.

—Maki-san, he vuelto —dijo Yuta, tomando sus manos frías entre las suyas—. Siento haber tardado tanto. Siento no haber estado aquí cuando Mai... cuando todo pasó.

Maki bajó la vista hacia las manos de Yuta. Tardó varios segundos en procesar quién era el chico que le hablaba. Sus dedos se cerraron débilmente sobre los de él, como si buscara comprobar que era real y no otra alucinación nacida de su fiebre.

—Yuta... —su voz fue un susurro roto, apenas audible—. Ella se fue. Se fue y me dejó aquí.

—Lo sé, lo sé —respondió Yuta, sintiendo las lágrimas agolparse en sus propios ojos—. Lo siento muchísimo, Maki.

—No pude hacer nada —continuó ella, y finalmente, la primera lágrima rodó por su mejilla, dejando un surco húmedo en la piel pálida—. Todo el entrenamiento, toda la fuerza... no sirvieron para nada. Ella murió odiándome porque yo era la que podía irse, y yo me quedé aquí porque no podía salvarla.

—Ella no te odiaba, Maki —dijo Yuta, apretando sus manos—. Ella te amaba tanto que te dio su última pizca de vida para que pudieras seguir adelante. No puedes rendirte ahora. Si lo haces, su sacrificio será en vano.

Maki negó con la cabeza, y de repente, el dique se rompió. Un sollozo desgarrador escapó de su garganta, un sonido tan lleno de agonía que Yuta sintió que el aire le faltaba. Maki se inclinó hacia adelante, dejando caer su cabeza sobre el hombro de Yuta, y empezó a llorar desesperadamente.

Eran los gritos de una niña que había sido maltratada toda su vida y que finalmente había perdido su único refugio. Era el llanto de una guerrera que había soltado su arma porque ya no encontraba una razón para luchar.

—¡Me duele! —gritó Maki, aferrándose a la chaqueta de Yuta con una fuerza desesperada—. ¡Yuta, me duele tanto que no puedo respirar! ¡Llévame con ella! ¡Por favor, llévame con ella!

Yuta la rodeó con sus brazos, estrechándola contra su pecho. Podía sentir sus costillas, podía sentir el calor febril de su cuerpo y la fragilidad de su espíritu. Lloró con ella, dejando que sus propias lágrimas mojaran el cabello de la chica.

—No puedo llevarte con ella, Maki —susurró Yuta al oído de ella, con una determinación feroz—. Pero puedo quedarme aquí contigo. No te voy a soltar. Nunca más. Vamos a pasar por esto juntos.

—No tengo nada... no me queda nada —sollozaba ella, su cuerpo sacudido por temblores violentos.

—Me tienes a mí —respondió él—. Tienes a Gojo, a Utahime, a Takeru, a Megumi. Somos tu familia ahora. Mai te confió su vida porque sabía que eras la única capaz de llevar su recuerdo al futuro. No estás sola en este agujero, Maki. Yo estoy aquí.

Maki siguió llorando hasta que no le quedaron fuerzas, hasta que sus gritos se convirtieron en hipos silenciosos y su cuerpo se desplomó por el agotamiento. Yuta no la soltó. La levantó con cuidado y la recostó en la cama, sentándose a su lado y manteniendo su mano entrelazada con la de ella.

En la puerta, Gojo y Utahime observaban la escena en silencio. Gojo suspiró, sintiendo un peso menos sobre sus hombros, aunque sabía que el camino hacia la recuperación sería largo y doloroso.

—Se va a poner bien —susurró Utahime, secándose los ojos.

—Tendrá cicatrices —respondió Gojo—. Pero con Yuta a su lado, al menos tendrá una razón para despertar mañana.

Dentro de la habitación, la luz de la luna empezó a entrar por la ventana, bañando a los dos jóvenes en una claridad plateada. Maki dormía por primera vez en semanas sin pesadillas, aferrada a la mano de Yuta como si fuera su único ancla en un mar de oscuridad.

Yuta miró el anillo de plata que ahora descansaba de nuevo sobre el pecho de Maki. Sabía que el dolor no desaparecería pronto, que el fantasma de Mai siempre caminaría a su lado y que el clan Zenin aún debía pagar por sus pecados. Pero mientras veía el pecho de Maki subir y bajar con una respiración más tranquila, hizo un juramento silencioso.

—Voy a cuidarte, Maki —susurró hacia la penumbra—. Voy a ser la fuerza que te falte hasta que puedas volver a empuñar tu lanza. Y algún día, volveremos a reír, aunque sea solo para demostrarle al mundo que no pudieron destruirnos.

El silencio de la enfermería ya no era el silencio de la muerte, sino el de una tregua necesaria. Afuera, el viento soplaba entre los pinos de la academia, llevando consigo el eco de una tristeza que empezaba, muy lentamente, a transformarse en algo parecido a la esperanza. Maki Zenin seguía rota, pero ya no estaba sola en los fragmentos de su propia vida. Tenía a su "monstruo", a su familia y, por encima de todo, tenía el derecho de seguir viviendo, incluso si era solo por un día más.