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El peso de la felicidad y las lecciones del nido
El sol de la tarde se filtraba por las cortinas de la sala, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Megumi estaba sentado en el sillón, con las piernas estiradas y un libro de botánica en el regazo, aunque no había pasado de la misma página en los últimos veinte minutos. Sus ojos, generalmente afilados y alertas, estaban entrecerrados por el cansancio acumulado. A su lado, en una cuna portátil que Yuji insistía en mover a cada habitación donde estuviera Megumi, el pequeño Hitoshi dormía plácidamente, soltando pequeños suspiros que hacían que el corazón del omega diera un vuelco involuntario.
—¡Ya llegué! ¡Traje los suministros de guerra!
La puerta se abrió con un estruendo que hizo que Megumi se tensara y que el bebé se removiera en sueños. Yuji entró cargado con cuatro bolsas de supermercado en cada brazo, luciendo tan lleno de energía como si acabara de despertar de una siesta de diez horas en lugar de haber estado entrenando y haciendo recados toda la mañana.
—Shhh, idiota —susurró Megumi, lanzándole una mirada fulminante—. Acaba de dormirse. Si lo despiertas, tú te encargas de la crisis de llanto de las cuatro de la tarde.
Yuji se congeló en el sitio, con una bolsa a medio camino de la mesa de la cocina. Hizo una mueca de disculpa y caminó de puntillas, una imagen cómica dado su tamaño y musculatura, hasta depositar las compras con un silencio casi sobrenatural.
—Perdón, Gumi —susurró Yuji, acercándose al sillón para plantar un beso sonoro en la frente de su esposo—. Es que estaba emocionado. Encontré esas fresas dulces que te gustan y también compré más pañales, de esos que no le irritan la piel al campeón.
Megumi suspiró, sintiendo cómo la irritación se evaporaba ante la calidez familiar del aroma de Yuji: sol, sudor limpio y ese toque de girasoles que siempre lo envolvía.
—Te dije que no necesitábamos tantas cosas. Aún quedan pañales en el armario.
—Nunca son suficientes —replicó Yuji, arrodillándose frente a Megumi y apoyando las manos en sus rodillas—. Además, hablé con Gojo-sensei hoy. Dijo que quería venir a ver al bebé, pero le dije que ni se le ocurriera aparecerse sin avisar. Sé que necesitas descansar.
Megumi arqueó una ceja.
—¿Tú le pusiste límites a Gojo? Eso es nuevo.
—Por ti y por Hitoshi, soy capaz de pelear hasta con el Rey de las Maldiciones otra vez —declaró Yuji con una seriedad que rozaba lo ridículo, pero que Megumi sabía que era genuina—. ¿Cómo te sientes? ¿Te duele la espalda? ¿Has comido algo que no sea café?
—He comido, Yuji. Deja de interrogarme —respondió Megumi, aunque no retiró la mano cuando Yuji comenzó a masajearle los tobillos con una presión experta—. Pero... sí, me duele un poco. Hitoshi está pesando más cada día.
Yuji sonrió, esa sonrisa amplia y brillante que siempre lograba desarmar las defensas de Megumi.
—Es porque es fuerte. Va a ser un alfa increíble, o quizás un omega dominante, ¡quién sabe! Pero sea lo que sea, tendrá tu inteligencia y mi... bueno, mi encanto.
—Espero que tenga mi paciencia, porque si sale con tu hiperactividad, voy a terminar en un hospital psiquiátrico —murmuró Megumi, aunque sus labios se curvaron en una mínima sonrisa.
La paz duró poco. Un golpe seco en la puerta principal anunció visitas. Megumi frunció el ceño; no esperaba a nadie. Yuji se levantó de inmediato, su instinto protector poniéndose en alerta roja.
—Yo voy. Quédate ahí.
Cuando Yuji abrió la puerta, se encontró con dos mujeres mayores del clan Zen'in. Vestían kimonos tradicionales de una pulcritud asfixiante y llevaban expresiones que gritaban "juicio social". Eran las mismas que, semanas atrás, habían intentado sermonear a Megumi sobre sus "deberes".
—Itadori-san —dijo la más anciana, una mujer llamada Shizuka—. Hemos venido a traer un presente para el nuevo heredero y a comprobar si la casa está siendo mantenida según los estándares de nuestra familia.
Yuji bloqueó la entrada sutilmente con su cuerpo.
—Es muy amable de su parte, pero Megumi está descansando y el bebé duerme. No es un buen momento.
—Precisamente por eso estamos aquí —intervino la otra mujer, cruzando los brazos—. Hemos oído rumores de que usted, un alfa de gran calibre, está realizando tareas que corresponden estrictamente al omega de la casa. Limpiar, cocinar, cargar al infante... eso debilita el orden natural. Fushiguro-sama debe aprender que, aunque sea el líder del clan, en el hogar su papel es servir a su alfa para asegurar la armonía.
Megumi, que había escuchado todo desde el salón, sintió que la sangre le hervía. Intentó levantarse, pero el dolor punzante en su espalda lo hizo jadear. Antes de que pudiera decir una palabra, escuchó la voz de Yuji, y esta vez no era la voz del cachorro alegre que él conocía.
—Escuchen bien —dijo Yuji, y su tono bajó una octava, volviéndose denso y autoritario—. No sé qué clase de "orden natural" sigan en su clan, pero en esta casa, el orden es que mi esposo esté bien. Megumi ha pasado por meses de dolor, ha traído una vida al mundo y sigue trabajando en los informes del clan mientras amamanta a nuestro hijo.
—Pero Itadori-san, la tradición dicta que...
—La tradición me importa un bledo si significa que Megumi tenga que sufrir más de lo necesario —la interrumpió Yuji. Su feromona alfa se expandió, no de forma violenta, pero sí con una firmeza absoluta que hizo que las dos mujeres retrocedieran un paso—. Yo soy el alfa de esta familia. Y como alfa, mi mayor deber y mi mayor honor es cuidar de los míos. Si eso significa lavar los platos, cambiar pañales o masajearle los pies a mi omega hasta que se quede dormido, lo haré con orgullo. Si ustedes han venido a criticar cómo cuido a mi esposo, pueden llevarse sus presentes y sus consejos a otra parte.
Hubo un silencio tenso. Las mujeres, claramente no acostumbradas a que un alfa las desafiara en defensa de un omega de esa manera, balbucearon un par de excusas antes de retirarse apresuradamente por el pasillo del edificio.
Yuji cerró la puerta con firmeza y soltó un largo suspiro, dejando caer los hombros. La tensión desapareció de su cuerpo instantáneamente.
—Vaya... eso fue intenso —murmuró, rascándose la nuca mientras regresaba al salón—. ¿Estás bien, Gumi? ¿Te despertaron?
Megumi lo miraba fijamente. A veces olvidaba que, debajo de toda esa capa de tontería y entusiasmo desmedido, Yuji era un hombre que había enfrentado horrores inimaginables y que poseía una voluntad de hierro. Pero lo que más le conmovía era que esa voluntad siempre estaba al servicio de su bienestar.
—Eres un mandilón, Itadori —dijo Megumi, aunque su voz carecía de cualquier rastro de veneno.
Yuji se rió, sentándose en el suelo junto al sillón de Megumi.
—Si ser un mandilón significa que tú estás cómodo y feliz, entonces acepto el título con honores. ¿Quieres que te traiga las fresas ahora?
—Sí. Y Yuji...
El alfa se detuvo y lo miró con curiosidad.
—Gracias. Por lo de afuera.
Yuji se sonrojó ligeramente, sus orejas volviéndose del mismo tono que su cabello.
—No tienes que agradecerlo. Es lo que se supone que debo hacer. Eres mi omega, Megumi. Y eres... bueno, eres todo para mí.
Megumi desvió la mirada, sintiendo el calor subir por su cuello. Odiaba ser tan transparente, pero con Yuji era imposible mantener las máscaras.
—Solo trae las fresas antes de que me arrepienta de ser amable contigo.
Yuji salió disparado hacia la cocina, tarareando una canción inventada sobre fresas y bebés fuertes. Megumi suspiró y miró a Hitoshi, que acababa de abrir un ojo ámbar, observando el techo con la misma curiosidad distraída que su padre.
—Tu padre es un idiota, ¿sabes? —le susurró Megumi al bebé, acariciándole la mejilla—. Un idiota ruidoso y pegajoso que no sabe cuándo callarse.
Hitoshi soltó un pequeño gorjeo y estiró una mano diminuta, agarrando el dedo índice de Megumi con una fuerza sorprendente.
—Pero —continuó Megumi en un susurro casi inaudible— supongo que tenemos suerte de que sea nuestro idiota.
Pocos minutos después, Yuji regresó con un cuenco de fresas perfectamente lavadas y cortadas. Se sentó en el suelo y, sin pedir permiso, apoyó la cabeza en el muslo de Megumi mientras le ofrecía una fruta.
—Di "ah", Gumi.
—Puedo comer solo, Yuji. No soy un inválido.
—Lo sé, pero quiero alimentarte. ¡Es nutritivo! Y el bebé necesita que estés bien alimentado.
Megumi rodó los ojos pero aceptó la fresa. Estaba dulce y fresca. Por un momento, el silencio en la habitación fue absoluto, solo roto por el sonido de la masticación y la respiración rítmica del bebé. Era una paz doméstica que Megumi nunca pensó que tendría, viniendo de una familia tan rota y un mundo tan oscuro como el de la hechicería.
—¿Sabes qué estaba pensando? —dijo Yuji de repente, su voz suave para no alterar el ambiente.
—Miedo me da preguntarlo.
—Estaba pensando que Hitoshi necesita un perro. O dos. Como tus lobos de jade, pero de verdad. Para que crezca con amigos peludos.
—Yuji, ya tenemos suficiente con los perros de sombras. Y con un alfa que se comporta como un golden retriever gigante. No necesitamos más animales en esta casa.
Yuji hizo un puchero, inflando las mejillas de una manera que Megumi encontraba irritantemente tierna.
—¡No soy un perro! Soy un lobo feroz que protege su territorio.
—Eres un cachorro que llora cuando no le doy atención por más de cinco minutos.
—¡Eso no es cierto! —protestó Yuji, aunque se pegó más al muslo de Megumi, restregando su mejilla contra la tela de su pantalón—. Bueno... tal vez un poquito. Pero es que hueles tan bien, Megumi. Desde que nació Hitoshi, tu aroma es más... no sé, más profundo. Me hace querer estar cerca de ti todo el tiempo.
Megumi suspiró, dejando su libro a un lado y hundiendo finalmente los dedos en el cabello rosado de Yuji. El alfa soltó un suspiro de satisfacción, casi ronroneando ante el contacto.
—Eres agotador —murmuró Megumi—. Pero supongo que puedo soportarlo un poco más.
—¿Solo un poco más? —Yuji levantó la vista, con esos ojos dorados brillando de picardía—. Yo planeaba estar pegado a ti al menos los próximos ochenta años.
—No me des esas noticias tan terribles tan temprano —replicó Megumi, aunque sus dedos no dejaron de acariciar el cuero cabelludo de su esposo.
En ese momento, Hitoshi decidió que la siesta había terminado y soltó un llanto enérgico. Yuji saltó como si le hubieran dado una descarga eléctrica, llegando a la cuna antes de que Megumi pudiera siquiera reaccionar.
—¡Ya voy, ya voy! ¡Papá está aquí! ¿Qué pasa, campeón? ¿Tienes hambre? ¿Pañal sucio?
Megumi observó cómo Yuji levantaba al bebé con una destreza que había perfeccionado en tiempo récord. El pequeño Hitoshi dejó de llorar casi al instante al sentir los brazos de su padre, mirándolo con una adoración que era el espejo exacto de la que Yuji sentía por Megumi.
—Es idéntico a ti —dijo Megumi, levantándose con cuidado para acercarse a ellos—. Incluso tiene esa forma tonta de arrugar la nariz cuando quiere algo.
—¡Oye! Mi nariz no es tonta —se quejó Yuji, aunque estaba demasiado ocupado haciéndole muecas al bebé como para ofenderse de verdad—. Mira, Gumi, está intentando agarrar mi pelo. ¡Es un guerrero!
Megumi se colocó al lado de Yuji, dejando que el alfa lo rodeara con un brazo mientras sostenía al bebé con el otro. El calor del cuerpo de Yuji, la fragilidad del pequeño ser en sus brazos y la seguridad de su hogar formaban un escudo contra el mundo exterior.
Las ancianas del clan podían decir lo que quisieran. Podían hablar de deberes, de jerarquías y de tradiciones anticuadas. Pero mientras estuviera en ese círculo de calor, Megumi sabía que no tenía que servir a nadie, y que Yuji no se estaba "rebajando" al cuidarlo. Simplemente se amaban, de esa forma caótica, intensa y un poco ridícula que solo ellos entendían.
—Yuji —dijo Megumi en voz baja.
—¿Sí, Gumi?
—Mañana... mañana puedes ir a comprar ese perro si quieres. Pero tú lo bañas.
Los ojos de Yuji se iluminaron tanto que Megumi temió que fuera a cegarlo.
—¡¿De verdad?! ¡Gumi, eres el mejor! ¡Te amo! ¡Hitoshi, vamos a tener un perrito!
Yuji intentó abrazar a Megumi con más fuerza, casi aplastando al bebé en el proceso, lo que provocó una nueva ronda de protestas y risas. Megumi negó con la cabeza, una sonrisa genuina finalmente rompiendo su expresión seria.
Sí, su alfa era un idiota mandilón. Pero era su idiota, y no lo cambiaría por nada en el mundo.