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Lil

El reflejo del sol y el eco de las risas

Dos años habían pasado desde que Hitoshi llegó al mundo para poner patas arriba la ordenada y estoica vida de Megumi Fushiguro. Si el omega pensó alguna vez que el caos terminaría cuando el bebé dejara de usar pañales, estaba lamentablemente equivocado. El caos no se había ido; simplemente había crecido, había aprendido a correr y ahora tenía un cómplice peludo de cuatro patas.

Megumi estaba en la cocina, intentando preparar un té en relativa paz, cuando un estruendo proveniente del pasillo le indicó que la "hora del huracán" había comenzado.

—¡Hitoshi, no! ¡Vuelve aquí, soldado! ¡Esa es una retirada estratégica no autorizada! —La voz de Yuji retumbó en las paredes, seguida por el sonido de pasos pesados y el rítmico *tac-tac-tac* de garras contra el suelo de madera.

Un segundo después, un pequeño proyectil de energía con cabello rosado alborotado y ojos ámbar brillantes pasó zumbando por la entrada de la cocina. Hitoshi, que a sus dos años ya mostraba una agilidad física que daba miedo, iba montado —o más bien, aferrado— al lomo de un robusto Shiba Inu que Yuji había insistido en adoptar un año atrás. El perro, llamado "Tora", parecía disfrutar del caos tanto como sus dueños alfas.

—¡Vroom, vroom! —gritó Hitoshi, agitando una mano en el aire mientras la otra se hundía en el pelaje del perro—. ¡Corre, Tora! ¡Papá es lento!

—¡No soy lento, estoy dándote ventaja! —Yuji apareció en el umbral, jadeando y con una sonrisa de oreja a oreja, con la ropa manchada de lo que parecía ser mermelada y barro.

Megumi cerró los ojos un momento, pidiendo paciencia a cualquier entidad superior que estuviera escuchando. Cuando los abrió, se encontró con dos pares de ojos ámbar idénticos mirándolo: uno desde la altura de un hombre adulto y otro desde el nivel del suelo.

—Yuji —dijo Megumi, su voz peligrosamente baja—, ¿por qué el perro está dentro de la casa después de que les dije que necesitaba un baño? Y más importante, ¿por qué nuestro hijo está usando a Tora como si fuera un caballo de guerra?

Yuji se enderezó, intentando poner una expresión seria que falló miserablemente ante la mirada inquisidora de su omega.

—Bueno, verás, Gumi... estábamos en el jardín, y Hitoshi dijo que quería ser un hechicero de grado especial como su papá, y Tora se ofreció voluntario para ser su shikigami personal. Fue una decisión táctica.

—¡Sicigami! —exclamó Hitoshi, bajándose del perro con una voltereta torpe pero efectiva que terminó en un aterrizaje forzoso sobre sus pompas. No lloró; en su lugar, se levantó de inmediato y corrió hacia Megumi, abrazándole las piernas con fuerza—. ¡Mami, mira! ¡Soy fuerte como papá!

Megumi sintió que su resolución se derretía. Odiaba que lo llamara "mami" en esos momentos de vulnerabilidad, pero el pequeño Hitoshi era una copia tan exacta de Yuji que era imposible mantener el enfado. Tenía las mismas marcas leves bajo los ojos, la misma nariz respingona y, sobre todo, esa aura de sol radiante que hacía que el apartamento se sintiera demasiado pequeño para tanta energía.

—Sí, eres muy fuerte —susurró Megumi, pasando una mano por el cabello rosado del niño—. Pero los hechiceros fuertes también se bañan. Yuji, llévatelos ahora mismo. A los tres.

—¡A la orden, capitán! —Yuji hizo un saludo militar ridículo y cargó a Hitoshi sobre un hombro mientras silbaba a Tora—. ¡Ya oyeron, escuadrón! ¡Al área de descontaminación!

Mientras el sonido del agua y los gritos de alegría llenaban el baño, Megumi se quedó solo en la cocina. Se sentó a la mesa, observando el desastre de juguetes y huellas de patas, y suspiró. A veces se preguntaba qué había hecho mal para terminar rodeado de tanta hiperactividad. Él, que amaba el silencio, los libros y la penumbra, ahora vivía en un festival constante de testosterona alfa y entusiasmo desmedido.

Sin embargo, cuando el ruido cesó y fue reemplazado por el murmullo suave de Yuji contándole un cuento al niño, Megumi se acercó a la puerta de la habitación.

Yuji estaba sentado en la alfombra, con Hitoshi sentado entre sus piernas. El niño estaba envuelto en una toalla con orejas de oso, y Yuji le secaba el cabello con una delicadeza infinita. Tora estaba echado a sus pies, todavía húmedo pero feliz.

—...y entonces, el lobo negro y el lobo blanco saltaron desde las sombras para proteger al príncipe —decía Yuji, usando sus manos para hacer sombras chinescas en la pared—. Pero el príncipe no tenía miedo, porque sabía que su papá alfa y su mami omega siempre estarían allí para luchar a su lado.

—¿Mami tiene sombras? —preguntó Hitoshi, con los ojos muy abiertos.

—Las mejores sombras del mundo —respondió Yuji, mirando hacia la puerta y atrapando la mirada de Megumi—. Mami es el hechicero más increíble que existe. Por eso papá tuvo que esforzarse mucho para que se fijara en él.

Megumi entró en la habitación, cruzándose de brazos.

—No le cuentes mentiras, Yuji. Te fijaste en mí porque te di un golpe en la cabeza la primera vez que nos vimos.

Yuji soltó una carcajada que hizo que Hitoshi también riera, aunque el niño no entendiera el chiste.

—¡Fue amor al primer impacto! —Yuji se levantó, dejando a Hitoshi en la cama, y se acercó a Megumi.

A pesar de que Megumi intentó mantener su expresión de "no me toques", no pudo evitar que su cuerpo se relajara cuando Yuji lo rodeó con sus brazos. El aroma del alfa, ahora mezclado con el olor a champú infantil y perro mojado, lo envolvió como una manta cálida. Yuji apoyó la barbilla en el hombro de Megumi, inhalando profundamente.

—Hueles cansado —murmuró Yuji, su tono volviéndose ese susurro protector que solo usaba en la intimidad—. Déjame encargarme de la cena. Tú ve a descansar un rato.

—Ya hiciste suficiente desastre hoy, Itadori —replicó Megumi, aunque apoyó la cabeza contra la de su esposo—. Si te dejo solo en la cocina, terminaremos pidiendo comida a domicilio porque habrás quemado hasta el agua.

—¡Eso solo pasó una vez! Y fue porque Gojo me llamó para una emergencia de dulces.

—Como digas.

Hitoshi, viendo que sus padres estaban distraídos en su propio mundo, decidió que era el momento perfecto para saltar sobre ellos. El pequeño se lanzó desde la cama, aterrizando en medio del abrazo de sus padres.

—¡Abrazo de familia! —gritó el niño, apretujándose entre los dos.

Yuji soltó un quejido fingido por el impacto, pero abrazó a ambos con una fuerza que desbordaba devoción. Megumi, atrapado entre el alfa gigante y la versión miniatura de este, finalmente se rindió. Soltó una pequeña risa, una de esas que rara vez salían a la luz, y besó la coronilla de su hijo.

—Eres igualito a tu padre —dijo Megumi—. Un aprovechado y un encimoso.

—Y tú nos amas así —respondió Yuji, dándole un beso rápido en los labios antes de que Megumi pudiera protestar.

La noche avanzó de manera más tranquila. Después de una cena que, milagrosamente, no terminó en desastre gracias a la supervisión de Megumi, lograron acostar a Hitoshi. El niño, agotado por sus aventuras como "hechicero jinete", cayó rendido en cuanto su cabeza tocó la almohada, abrazado a un peluche de lobo que Megumi le había regalado.

Más tarde, Megumi y Yuji se sentaron en el balcón, observando las luces de Tokio. Tora dormía a sus pies, roncando suavemente.

—¿Crees que sea un hechicero? —preguntó Yuji de repente, su mirada perdida en el horizonte.

Megumi guardó silencio un momento. Hitoshi ya mostraba señales de una energía maldita inusualmente alta para su edad, algo que no era de extrañar considerando el linaje de ambos.

—Tiene tu fuerza y mi potencial —dijo Megumi finalmente—. Pero espero que tenga la libertad de elegir. No quiero que sienta que tiene que cargar con el peso del mundo solo por ser quien es.

Yuji asintió, tomando la mano de Megumi y entrelazando sus dedos.

—No lo hará. Porque nos tiene a nosotros. Y porque yo me encargaré de que, si decide luchar, sea porque quiere proteger algo, no porque se lo impongan.

Megumi miró a su alfa. A veces, Yuji decía cosas con una sabiduría tan simple y pura que lo dejaba sin palabras. Era ese equilibrio entre el guerrero feroz y el hombre compasivo lo que había hecho que Megumi cayera por él, a pesar de todas sus reticencias iniciales.

—Sabes —continuó Yuji con una sonrisa traviesa—, las viejas del clan Zen'in todavía me envían cartas de vez en cuando. Dicen que debería ser más "firme" contigo. Que un omega no debería liderar reuniones del clan mientras su alfa está en casa cuidando al niño.

Megumi bufó, sintiendo una punzada de molestia.

—¿Y qué les respondes?

—Les envío fotos de los dibujos que hace Hitoshi —rio Yuji—. Y les digo que estoy muy ocupado siendo el mejor asistente del líder del clan como para preocuparme por sus tonterías. Además, les dije que si seguían molestando, dejaría que Tora hiciera sus necesidades en su jardín sagrado.

—Eres un idiota, Yuji. Un idiota integral.

—Pero soy tu idiota mandilón favorito.

Megumi no respondió, pero apretó la mano de Yuji con fuerza. No necesitaba decirlo. En el silencio de la noche, con su hijo durmiendo a salvo y su alfa a su lado, Megumi Fushiguro se sentía, por primera vez en su vida, completamente en casa.

Al día siguiente, la rutina comenzó de nuevo. Megumi se despertó con la sensación de algo pesado sobre su pecho. Al abrir los ojos, se encontró con Hitoshi sentado sobre él, observándolo con una intensidad analítica.

—Mami, ¿los lobos comen fresas? —preguntó el niño sin preámbulos.

Megumi parpadeó, tratando de procesar la pregunta a las seis de la mañana.

—No, Hitoshi. Los lobos comen carne. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque Tora se comió las fresas de papá. Y papá está llorando en la cocina.

Megumi suspiró y se pasó una mano por la cara. Se levantó de la cama, cargando al niño en su cadera, y caminó hacia la cocina. Allí encontró a Yuji, dramáticamente arrodillado frente a un cuenco vacío, mientras Tora se lamía los bigotes con una expresión de absoluta satisfacción.

—¡Eran las fresas especiales, Megumi! ¡Las que compré para nuestro aniversario de hoy! —sollozó Yuji, aunque sus ojos brillaban con esa exageración cómica que siempre usaba para hacer reír al niño.

—Es nuestro aniversario, Yuji. Podrías haber comprado más. O mejor aún, podrías no haber dejado el cuenco al alcance del perro.

Yuji se levantó, limpiándose las lágrimas inexistentes, y caminó hacia ellos. Envolvió a Megumi y a Hitoshi en uno de sus abrazos de oso matutinos.

—Bueno, las fresas se han ido, pero todavía tengo a mis dos personas favoritas. ¡Feliz aniversario, Gumi!

Hitoshi, contagiado por el entusiasmo, empezó a saltar en los brazos de Megumi.

—¡Feliz aniver-sario! ¡Queremos pastel!

Megumi miró a los dos alfas de su vida. Eran ruidosos, eran caóticos, eran agotadores y, definitivamente, eran demasiado parecidos entre sí. Hitoshi ya estaba empezando a imitar los gestos heroicos de Yuji y su falta de filtro al hablar. El omega sabía que los años venideros estarían llenos de más travesuras, más perros, más intervenciones del clan y, probablemente, muchas más fresas robadas.

Pero mientras miraba la sonrisa radiante de Yuji y la risa cristalina de Hitoshi, Megumi supo que no cambiaría ni un segundo de ese caos.

—Está bien —cedió Megumi, permitiendo que una pequeña sonrisa asomara a su rostro—. Iremos por pastel. Pero Yuji...

—¿Sí, mi amor?

—Si el perro vomita en el coche, tú lo limpias.

—¡Hecho! —exclamó Yuji, robándole un beso antes de salir corriendo a buscar las llaves.

Megumi bajó a Hitoshi al suelo y lo vio correr tras su padre, con Tora pisándoles los talones. El apartamento se llenó de nuevo con el sonido de la felicidad más pura y ruidosa. Megumi se quedó un momento a solas en la cocina, inhalando el aroma a café y a hogar.

Definitivamente, había dado a luz a un clon de su esposo. Y aunque a veces fuera una pesadilla logística, era la mejor bendición que la vida le había otorgado. Porque en ese mundo de sombras y maldiciones, él había encontrado su propia luz, multiplicada por dos.