Lil
Entre sombras de jade y pétalos de cerezo
—Yuji, si vuelves a intentar ponerle esa capa de superhéroe a Hitoshi para ir a la reunión del consejo, te juro que te invocaré a Max y dejaré que te use de juguete para morder.
Megumi suspiró, frotándose el puente de la nariz mientras observaba la escena en medio de la sala. Habían pasado tres años desde el nacimiento de su hijo, y aunque Hitoshi ya correteaba con una energía que desafiaba las leyes de la física, Yuji seguía comportándose como si cada día fuera una oportunidad para un festival temático. El pequeño, una copia casi exacta del alfa pero con las pestañas largas y la mirada ocasionalmente severa de Megumi, soltaba risitas mientras su padre le anudaba una toalla roja al cuello.
—¡Pero Megumi! —protestó Yuji, poniéndose en pie y exhibiendo esa sonrisa de cachorro que siempre hacía que las defensas del omega flaquearan—. ¡Es su primera presentación formal ante los ancianos del clan Kamo! Tiene que verse imponente. Un héroe en formación. Además, mira qué bien le queda el rojo.
—Es una reunión política, no una convención de cómics —replicó Megumi, acercándose para desanudar la toalla con dedos ágiles—. Hitoshi necesita proyectar estabilidad, no que su padre es un idiota que no sabe distinguir entre un evento de hechicería y un parque de juegos.
—¡Papá no es idiota! —intervino el pequeño Hitoshi, abrazando la pierna de Yuji con una fuerza que ya empezaba a delatar su linaje—. ¡Papá es fuerte! ¡Vroom!
Yuji alzó al niño en vilo, colocándolo sobre sus hombros con una facilidad pasmosa.
—¿Ves? Hasta el cachorro lo sabe. Eres demasiado estricto, Gumi. Un poco de color no matará a esos viejos amargados.
Megumi se quedó en silencio un momento, observándolos. La luz de la mañana se filtraba por la ventana, iluminando las motas de polvo y el cabello rosado de ambos. Era una estampa de felicidad tan pura que, por un segundo, sintió ese nudo familiar en la garganta. A veces, todavía le costaba creer que este era su hogar, que este alfa ruidoso y este niño incansable eran suyos.
—Como sea —murmuró Megumi, desviando la mirada para ocultar la pequeña curva de sus labios—. Prepárate. Salimos en diez minutos. Y quítale eso, Yuji. Hablo en serio.
***
La reunión con el consejo fue, como era de esperar, tediosa. Megumi se mantenía erguido, con la elegancia innata de un líder del clan Zen'in, respondiendo a las preguntas sobre la distribución de energía maldita en las fronteras de Tokio. A su lado, Yuji permanecía sentado en *seiza*, manteniendo una postura inusualmente formal, con Hitoshi sentado en su regazo.
Sin embargo, la tensión comenzó a subir cuando uno de los ancianos de la familia Kamo, un hombre cuya piel parecía pergamino seco, fijó su vista en Yuji.
—Es... curioso —dijo el anciano, entornando los ojos— ver a un alfa de su reputación, Itadori-san, tan ocupado en tareas de crianza durante una sesión de esta importancia. ¿No tiene el clan Zen'in sirvientes u omegas de menor rango para ocuparse del infante? Un alfa debería estar discutiendo estrategias de combate, no entreteniendo a un niño con figuras de papel.
Megumi sintió que el aire en la habitación se volvía pesado. Sus sombras, siempre sensibles a su estado de ánimo, empezaron a agitarse bajo el tatami. Estaba a punto de soltar una respuesta que probablemente iniciaría una disputa diplomática, pero la mano de Yuji se posó sobre su rodilla bajo la mesa. Un toque firme, cálido, que lo ancló al presente.
—Con todo respeto, honorable anciano —dijo Yuji, y su voz, aunque amable, tenía una vibración profunda que hizo que los presentes se enderezaran—, no hay estrategia de combate más importante que asegurar el futuro de mi hijo. Y en cuanto a mi "reputación", mi mayor orgullo no es cuántas maldiciones he exorcizado, sino que mi omega confíe en mí lo suficiente como para dejarme cuidar de nuestro tesoro mientras él lidera este consejo. Si para usted ser un alfa significa estar ausente, me alegra decir que somos muy diferentes.
El silencio que siguió fue absoluto. Megumi miró de reojo a su esposo. Yuji no parecía enfadado; simplemente irradiaba esa seguridad inamovible que solo poseen aquellos que no tienen nada que demostrar. El anciano Kamo carraspeó, visiblemente incómodo, y volvió a sus pergaminos sin decir una palabra más.
***
De regreso en el coche, el ambiente era mucho más relajado. Hitoshi se había quedado dormido en su silla de seguridad, agotado tras haber intentado invocar a un "perrito de sombras" (que resultó ser solo una mancha amorfa que asustó a un gato del jardín).
—Fuiste un poco arrogante ahí atrás —dijo Megumi, rompiendo el silencio mientras conducía—. "Mi mayor orgullo", ¿en serio? Casi pareces un personaje de novela barata.
Yuji se rió, reclinando el asiento y estirando sus largos brazos.
—Pero funcionó, ¿no? Se calló de inmediato. Además, era verdad. Me encanta cuando te pones en modo "líder serio", pero odio cuando intentan menospreciarte o menospreciar nuestra forma de hacer las cosas.
—No me estaban menospreciando a mí, idiota. Te estaban llamando mandilón a ti.
—Oh, pero lo soy —admitió Yuji con total naturalidad, girándose para mirar a Megumi con ojos brillantes—. Soy el mandilón número uno de Megumi Fushiguro. Y si eso significa que tengo que aguantar las miradas de unos viejos que no han abrazado a sus hijos en cincuenta años, lo acepto con gusto.
Megumi apretó el volante, sintiendo el calor subir por su cuello.
—A veces eres realmente insoportable.
—Y tú me amas —respondió Yuji, estirando la mano para acariciar la nuca de Megumi, justo por encima de la marca de unión—. ¿Sabes qué estaba pensando? Deberíamos ir a ese restaurante de jengibre que te gusta. Hitoshi sigue dormido, podemos pedir para llevar y comer en el parque.
—Tenemos comida en casa, Yuji.
—Pero es nuestro aniversario de marcaje, Gumi. No me digas que se te olvidó.
Megumi guardó silencio. Por supuesto que no se le había olvidado. Llevaba el registro exacto de cada día desde que Yuji había reclamado su cuello en aquella noche de tormenta y girasoles, pero admitirlo sería darle demasiada ventaja al alfa.
—...El restaurante de jengibre está de camino —murmuró finalmente.
Yuji soltó un grito de alegría contenido para no despertar al niño, y Megumi no pudo evitar que una sonrisa real, pequeña y privada, se dibujara en su rostro.
***
Más tarde esa noche, después de que Hitoshi fuera depositado en su cama con su peluche de lobo negro, la casa quedó sumida en una paz acogedora. Tora, el perro que Yuji había insistido en adoptar, roncaba suavemente a los pies de la cama del niño.
Megumi estaba en el balcón, observando la luna, cuando sintió el calor de Yuji rodeándolo desde atrás. El alfa envolvió sus brazos alrededor de su cintura, apoyando la barbilla en su hombro. El aroma de Yuji —madera, lluvia y esa vitalidad chispeante— lo inundó por completo.
—¿Estás bien? —susurró Yuji, besando la curva de su cuello, justo donde la piel estaba marcada permanentemente.
—Sí —respondió Megumi, dejándose caer contra el pecho sólido de su alfa—. Solo... pensando. En lo mucho que ha cambiado todo.
—¿Te arrepientes de algo? —La pregunta de Yuji fue suave, casi temerosa. A pesar de toda su confianza externa, el alfa siempre guardaba ese pequeño rincón de duda, el miedo de que su intensidad fuera demasiado para el reservado Megumi.
Megumi se giró entre sus brazos, quedando cara a cara. Sus ojos verdes buscaron los dorados de Yuji.
—A veces me arrepiento de no haberte golpeado más fuerte la primera vez que nos vimos —bromeó Megumi, pero su expresión se suavizó de inmediato—. No, Yuji. No me arrepiento de nada. Ni de la marca, ni de Hitoshi, ni siquiera de tener que aguantar tus chistes malos a las tres de la mañana.
Yuji sonrió, pero esta vez no fue su sonrisa de cachorro, sino una llena de una ternura profunda y madura.
—Gracias por dejarme entrar, Megumi. Sé que no fue fácil para ti. Sé que a veces mi forma de ser te agobia, pero...
—No me agobia —lo interrumpió Megumi, bajando la voz—. Bueno, a veces sí. Pero es el tipo de agobio que me hace sentir vivo. Antes de ti, todo era... gris. Disciplina, sombras y soledad. Tú trajiste el ruido, y aunque me queje, no sabría qué hacer sin él.
Yuji lo atrajo hacia un beso. Fue un beso lento, con sabor a jengibre y a promesas cumplidas. No había prisa; solo el reconocimiento mutuo de dos almas que habían encontrado su lugar en el mundo. Megumi pasó sus manos por el cabello rosado de Yuji, tirando suavemente, disfrutando de la exhalación de placer del alfa.
—Eres mi omega —gruñó Yuji contra sus labios, su instinto alfa aflorando brevemente—. Mi Megumi.
—Y tú eres mi idiota —respondió Megumi, aunque sus manos se aferraban a la camiseta de Yuji con posesividad—. Vamos adentro. Hace frío.
***
Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas. Unas semanas después, estalló una de sus raras pero intensas discusiones.
—¡No puedes simplemente decidir que te vas a una misión de grado especial sin decirme nada, Yuji! —exclamó Megumi, con los ojos echando chispas—. ¡Hitoshi te estuvo esperando para cenar!
—¡Fue una emergencia, Megumi! —respondió Yuji, dejando su equipo en el suelo con frustración—. ¡Las ventanas se estaban rompiendo en el sector cuatro! ¡Si no iba yo, alguien iba a morir!
—¡Para eso están los otros hechiceros! ¡Ya no eres un adolescente con complejo de mártir, Itadori! Tienes un hijo. Tienes un esposo. No puedes lanzarte al peligro como si tu vida no le perteneciera a nadie más.
Yuji se detuvo en seco, con la respiración agitada. Se pasó una mano por el cabello, visiblemente agotado.
—¿Crees que no lo sé? —dijo con voz ronca—. Cada vez que exorcizo algo, solo pienso en volver a casa. Pero mi deber es proteger este mundo para que Hitoshi pueda crecer en él. ¿Cómo puedo mirarlo a la cara si dejo que otros mueran cuando yo tengo el poder de ayudar?
Megumi apretó los puños. Sabía que Yuji tenía razón, pero el miedo de perderlo era una sombra que siempre lo acechaba. El embarazo y la paternidad habían agudizado sus instintos de protección hasta un punto casi doloroso.
—Solo... avísame —susurró Megumi, su voz quebrándose ligeramente—. No me dejes esperando en la oscuridad, imaginando lo peor.
Yuji se acercó rápidamente, acortando la distancia entre ellos. Envolvió a Megumi en un abrazo desesperado, aplastándolo contra su pecho.
—Lo siento. Perdóname, Gumi. Tienes razón. Fui un estúpido. Te prometo que nunca más te dejaré con la duda.
Megumi hundió el rostro en el pecho de Yuji, permitiéndose ser vulnerable por un momento. El conflicto se disolvió en el calor del contacto físico. Eran dos fuerzas de la naturaleza, fuego y sombra, intentando encontrar el equilibrio en un mundo que siempre quería separarlos.
***
Los meses pasaron y Hitoshi cumplió cuatro años. Para celebrarlo, Yuji decidió organizar una fiesta en el jardín del clan Zen'in, a pesar de las protestas de los miembros más conservadores.
—¡Es el cumpleaños del futuro líder! —exclamó Yuji, colgando farolillos de colores en los árboles ancestrales—. ¡Tiene que haber color! ¡Y dulces! ¡Y un castillo inflable!
—Yuji, no vas a poner un castillo inflable en el jardín de meditación de mi abuelo —dijo Megumi, aunque ya sabía que era una batalla perdida.
—¡Ya lo alquilé, Gumi! Llega en una hora.
Al final, el jardín Zen'in se llenó de risas infantiles y el aroma de la barbacoa que Yuji mismo estaba preparando, luciendo un delantal que decía "El mejor papá alfa" (un regalo de Nobara que Megumi sospechaba que Yuji usaba incluso para dormir).
Maki y Nobara estaban allí, riendo mientras veían a Panda intentar entrar en el castillo inflable. Incluso Gojo-sensei apareció, trayendo un regalo tan grande que casi no cabía por la puerta.
—Míralos —dijo Maki, acercándose a Megumi, que observaba la escena desde el porche—. Quién diría que el amargado de Fushiguro terminaría con una familia tan... ruidosa.
Megumi observó a Hitoshi, que corría tras Tora, y luego a Yuji, que estaba rodeado de niños del clan, contándoles historias exageradas de sus misiones mientras les repartía comida.
—Es un desastre —admitió Megumi, pero su mirada estaba llena de una calidez que Maki nunca había visto antes.
—Es tu desastre —corrigió ella con una sonrisa.
Cuando la fiesta terminó y los invitados se marcharon, la familia se quedó sola bajo las estrellas. Hitoshi estaba profundamente dormido en el sofá, con la cara manchada de chocolate. Yuji se sentó junto a Megumi, pasando un brazo por sus hombros.
—Hoy fue un buen día, ¿verdad? —preguntó Yuji, cerrando los ojos con cansancio satisfecho.
—Sí —respondió Megumi, apoyando la cabeza en el hombro de su alfa—. Fue un buen día.
De repente, Hitoshi se removió en sueños y, de su pequeña sombra, emergió un cachorro de lobo de jade perfectamente formado. El pequeño espíritu se acercó a Megumi y le lamió la mano antes de desvanecerse.
Yuji abrió los ojos de par en par, asombrado.
—¡Gumi! ¡¿Viste eso?! ¡Invocó un lobo! ¡Un lobo real!
Megumi sintió una oleada de orgullo que casi lo dejó sin aliento.
—Sí, lo vi.
—¡Va a ser increíble! ¡Será el hechicero más fuerte de la historia! —Yuji empezó a divagar emocionado, pero Megumi lo silenció con un beso suave.
—Será lo que él quiera ser —dijo Megumi—. Pero por ahora, solo es nuestro hijo. Y necesita dormir.
Yuji asintió, con los ojos humedecidos por la emoción. Cargó al niño con una reverencia casi religiosa y lo llevó a su habitación. Megumi lo siguió, observando cómo Yuji arropaba al pequeño con una ternura que siempre lograba conmoverlo.
Esa noche, mientras se preparaban para dormir, Yuji se detuvo frente al espejo, observando las cicatrices de su cuerpo, las marcas de batallas pasadas. Megumi se acercó y puso una mano sobre su espalda.
—Eres un buen alfa, Yuji —dijo Megumi, encontrando su mirada en el reflejo—. No importa lo que digan los ancianos o el resto del mundo. Eres exactamente lo que nosotros necesitamos.
Yuji se giró y tomó las manos de Megumi entre las suyas. Sus palmas estaban llenas de callos, pero su toque era como la seda.
—Y tú eres mi hogar, Megumi. Mi calma en la tormenta.
Se acostaron juntos, entrelazando sus piernas bajo las sábanas. En la oscuridad de la habitación, el aroma de los girasoles y la lluvia fresca se mezclaba, creando una atmósfera de paz absoluta. Megumi cerró los ojos, escuchando el latido constante del corazón de Yuji contra su espalda.
Podían venir más guerras, más maldiciones y más ancianos criticones. Podían tener más discusiones por misiones peligrosas o capas de superhéroes. Pero mientras tuviera este calor, este alfa mandilón que lo adoraba por encima de todas las cosas y este cachorro que empezaba a dominar las sombras, Megumi sabía que el mundo estaba en equilibrio.
—Te amo, Megumi —susurró Yuji, ya medio dormido.
Megumi guardó silencio por un largo momento, disfrutando del peso del brazo de Yuji sobre su cintura.
—Yo también te amo, idiota —respondió finalmente, dejando que el sueño lo envolviera en la seguridad de su nido.
Afuera, la luna iluminaba el jardín del clan Zen'in, donde un castillo inflable desinflado y unos farolillos de colores recordaban que, por una vez, la alegría le había ganado la partida al destino. Y en el centro de todo, un omega que solía amar la soledad dormía profundamente, sabiendo que nunca más tendría que caminar solo entre las sombras.