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Lil

Ecos de sombra y luz solar

La mañana en el hogar de los Itadori-Fushiguro siempre comenzaba con una sinfonía de sonidos que Megumi, en sus años de soledad y disciplina en el clan Zen'in, nunca habría imaginado como propios. No era el silencio sepulcral de los pasillos de piedra, ni el susurro del viento entre los árboles de bambú; era el sonido de unos pies pequeños corriendo por el pasillo y el golpe sordo de un cuerpo musculoso cayendo al suelo tras un juego de lucha matutino.

Megumi abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de la manta y el calor residual de la persona que acababa de abandonar la cama. A su lado, el sitio de Yuji estaba vacío, pero las sábanas aún olían a él: ese aroma embriagador a sol, a sudor limpio y a esa dulzura que Megumi asociaba con la seguridad.

—¡Papá, mira! ¡Puedo invocarlo! —La voz de Hitoshi, clara y llena de una emoción desbordante, llegó desde la sala de estar.

—¡Eso es, campeón! ¡Casi lo tienes! Solo concéntrate en la sombra, no en tus manos —respondió Yuji con ese tono de orgullo que siempre hacía que a Megumi le doliera un poco el pecho, de la mejor manera posible.

Megumi se levantó, estirando sus extremidades. A sus veintitantos, sentía que su cuerpo había pasado por tres guerras y dos embarazos psicológicos debido a la intensidad de su marido, pero se sentía más fuerte que nunca. Se puso su bata oscura y caminó hacia la sala, deteniéndose en el umbral para observar la escena.

Hitoshi, que ahora tenía casi tres años, estaba en cuclillas sobre la alfombra. Sus manos pequeñas estaban entrelazadas en una posición que Megumi reconocía perfectamente: la señal para invocar a los Perros Divinos. Frente a él, Yuji estaba arrodillado, con una rodilla en el suelo y una mano apoyada en el hombro del pequeño, guiándolo con una paciencia que solo un alfa tan perdidamente enamorado de su familia podría tener.

De la sombra de Hitoshi, una pequeña masa de energía oscura comenzó a burbujear. No era un lobo completo, ni siquiera una cabeza, sino una pequeña cola negra que se agitaba frenéticamente antes de disiparse en el aire con un sonido de vapor.

—¡Lo hice! —gritó Hitoshi, saltando a los brazos de Yuji—. ¡Papá, viste la cola! ¡Tora tiene un hermano de sombra!

Yuji lo levantó en vilo, haciéndolo girar mientras reía con esa carcajada ruidosa que llenaba cada rincón de la casa.

—¡Lo vi! ¡Fue increíble! Eres un genio, Hitoshi. ¡Megumi, tienes que ver esto! ¡Nuestro cachorro es un prodigio!

Megumi se apoyó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible para cualquiera que no fuera Yuji, curvó sus labios.

—He estado aquí los últimos cinco minutos, Yuji. Y técnicamente, solo invocó una cola que parecía un renacuajo —dijo Megumi, aunque su tono carecía de cualquier rastro de crítica real.

Yuji se giró hacia él, con los ojos brillando como dos soles dorados. Hitoshi, al ver a su "mami", se soltó de los brazos de su padre y corrió hacia él, abrazándole las rodillas con una fuerza que ya empezaba a recordar a la potencia física de los Itadori.

—¡Mami, viste! ¡Hice magia de sombras! —exclamó el niño, mirando hacia arriba con una adoración pura.

Megumi se agachó para quedar a su altura, pasando una mano por el cabello rosado del niño, que estaba tan alborotado como el de su padre cada mañana.

—Lo vi. Pero recuerda lo que dijimos: no uses las sombras dentro de la casa a menos que sea una emergencia. No queremos que Tora intente pelear con un perro de sombras y termine rompiendo el televisor otra vez.

—¡Fue Tora el que empezó! —protestó Yuji desde el suelo, rascándose la nuca con una sonrisa de culpabilidad—. Yo solo estaba... supervisando.

—Sí, claro. Supervisando cómo destruir el mobiliario —suspiró Megumi, levantándose—. Hitoshi, ve a lavarte la cara. El desayuno estará listo en diez minutos.

El niño asintió enérgicamente y salió corriendo hacia el baño, seguido de cerca por Tora, quien parecía considerar su misión vital seguir al pequeño alfa a todas partes.

Una vez solos en la sala, Yuji se acercó a Megumi. No caminaba, más bien gravitaba hacia él, como si hubiera un hilo invisible que siempre lo atrajera a su omega. Envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Megumi, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello.

—Buenos días, Gumi —murmuró Yuji, dejando un beso húmedo en su piel—. Hueles a descanso. Me gusta.

Megumi puso los ojos en blanco, pero sus manos encontraron su camino natural hacia los hombros de Yuji, apretando los músculos firmes que tanto conocía.

—Yuji, suéltame. Tengo que hacer el desayuno.

—Cinco minutos más —pidió el alfa, apretándolo un poco más contra su pecho—. Solo cinco minutos de recarga de energía Megumi. Es necesaria para sobrevivir al día.

—Eres un mandilón exagerado —dijo Megumi, aunque no hizo ningún esfuerzo por soltarse. De hecho, se inclinó un poco más hacia el calor que Yuji desprendía—. ¿Qué planes tienes para hoy? Pensé que tenías una misión con Nobara.

Yuji se separó un poco, lo suficiente para mirar a Megumi a los ojos, pero sin romper el contacto físico.

—La pospuse. Nobara se quejó, dijo algo sobre que me he vuelto un "amo de casa ablandado", pero me da igual. Hoy es el festival en el jardín botánico y prometí llevar a Hitoshi a ver los girasoles. Y quiero que vengas con nosotros.

Megumi frunció el ceño ligeramente.

—Tengo informes que terminar para el clan. Esos ancianos no dejan de enviar pergaminos preguntando sobre la gestión de las tierras en Kioto.

Yuji soltó un suspiro dramático y apoyó su frente contra la de Megumi.

—Gumi... el clan Zen'in puede esperar un día. Los girasoles no. Además, Hitoshi ha estado practicando su "cara de perrito triste" solo para convencerte. No querrás romperle el corazón a tu pequeño clon, ¿verdad?

Megumi miró hacia el pasillo, donde Hitoshi regresaba del baño, efectivamente poniendo una expresión de ojos grandes y labios temblorosos que era una copia exacta de la que Yuji usaba cuando quería convencerlo de comprar helado a medianoche.

—Son insoportables —murmuró Megumi, derrotado—. Está bien. Iremos al festival. Pero tú conduces y tú llevas la mochila con los suministros de Hitoshi.

—¡Sí! —Yuji soltó un grito de victoria y levantó a Megumi del suelo, dándole una vuelta rápida antes de depositarlo de nuevo en sus pies—. ¡Eres el mejor, Megumi! ¡El mejor omega, el mejor líder de clan y el mejor esposo!

—¡Y el mejor mami! —añadió Hitoshi, sumándose al abrazo grupal.

***

El festival del jardín botánico estaba lleno de gente, colores y el aroma dulce de la primavera en pleno apogeo. Yuji caminaba con Hitoshi sentado sobre sus hombros, el niño agitaba un molinillo de viento de papel mientras señalaba cada flor que veía. Tora, con una correa decorada con pequeñas flores, caminaba orgulloso al lado de Megumi.

A pesar de que Megumi solía detestar las multitudes, estar allí con su familia se sentía diferente. Yuji, con su presencia vibrante y su feromona alfa que irradiaba una protección cálida y reconfortante, creaba una burbuja de paz alrededor de ellos. Nadie se atrevía a empujarlos o a molestarlos; no porque Yuji pareciera amenazante —al contrario, su sonrisa era la más amable del lugar—, sino porque su aura de "alfa feliz y protector" era tan poderosa que imponía un respeto natural.

Se detuvieron frente a un gran campo de girasoles. Hitoshi bajó de los hombros de su padre y corrió hacia las flores, riendo mientras intentaba comparar su altura con los tallos gigantes.

—¡Mira, papá! ¡Son como tú! —gritó el niño, señalando una de las flores más grandes y brillantes.

Yuji se rió, acercándose a Megumi y rodeándolo con un brazo por los hombros.

—Tiene razón, ¿sabes? —dijo Yuji en voz baja—. Recuerdo que cuando estábamos en la escuela, Gojo-sensei siempre decía que yo era como un girasol porque siempre buscaba la luz. Pero la verdad es que mi luz siempre fuiste tú, Megumi.

Megumi sintió que el calor subía a sus mejillas. Odiaba cuando Yuji se ponía sentimental en público, pero en el fondo, esas palabras eran el ancla que lo mantenía cuerdo en los días más oscuros.

—Cállate, idiota. La gente nos está mirando.

—Que miren —respondió Yuji, dándole un beso en la sien—. Que vean lo afortunado que soy.

Mientras observaban a Hitoshi jugar, una pareja de ancianos se acercó a ellos. La mujer, vestida con un kimono tradicional muy formal, observó a Yuji, que en ese momento estaba agachado en el suelo, ayudando a Hitoshi a atarse los cordones de los zapatos mientras sostenía la bolsa de pañales y un peluche bajo el brazo.

—Disculpe, joven —dijo la anciana, dirigiéndose a Yuji—. Es usted un alfa muy... dedicado. Pero no debería permitir que su omega se quede ahí parado sin hacer nada. Un omega debe atender las necesidades de su alfa y de su hijo, especialmente en un lugar público. La etiqueta es importante para mantener el respeto.

Megumi se tensó. Sus sombras comenzaron a agitarse bajo sus pies, respondiendo a su irritación. Estaba a punto de lanzar una réplica mordaz que probablemente haría llorar a la mujer, pero sintió la mano de Yuji sobre la suya, apretándola con suavidad.

Yuji se levantó, manteniendo su sonrisa habitual, aunque sus ojos tenían esa chispa de acero que solo aparecía cuando alguien cruzaba una línea con su familia.

—Entiendo su punto, señora —dijo Yuji con una cortesía impecable—, pero creo que tiene una idea equivocada. Mi esposo no está "ahí parado sin hacer nada". Él es el pilar de esta familia. Él lidera uno de los clanes más importantes del país, protege a la gente de cosas que usted ni siquiera podría imaginar y, además de eso, me hace el hombre más feliz del mundo cada día.

La anciana parpadeó, sorprendida por la firmeza del joven.

—Pero... las tareas del hogar, el cuidado...

—Esas son tareas de ambos —la interrumpió Yuji, atrayendo a Megumi hacia su costado—. Si yo puedo cargar las bolsas y atar los zapatos para que él pueda disfrutar de un momento de paz, lo haré mil veces. Porque él se merece todo el descanso del mundo después de todo lo que hace por nosotros. Así que, con todo respeto, mi "etiqueta" es cuidar a quien amo. Que tengan un buen día.

Yuji no esperó respuesta. Con un gesto suave, guio a Megumi y a Hitoshi hacia otra parte del jardín, dejando a la pareja de ancianos sumida en un silencio desconcertado.

Megumi suspiró, sintiendo cómo la tensión abandonaba su cuerpo.

—No tenías por qué hacer eso. Podría haberme defendido solo.

—Lo sé —dijo Yuji, deteniéndose frente a un pequeño estanque con carpas koi—. Pero me encanta presumir de lo increíble que eres. Además, me gusta ver cómo te pones rojo cuando te defiendo. Es muy tierno.

—Te odio —murmuró Megumi, aunque sus dedos se entrelazaron con los de Yuji.

—Me amas —corrigió el alfa con una seguridad absoluta.

Pasaron el resto de la tarde entre risas y juegos. Hitoshi terminó con la cara manchada de helado y los bolsillos llenos de piedras "mágicas" que había encontrado por el camino. Cuando el sol empezó a ponerse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras, emprendieron el camino de regreso al coche.

Hitoshi se quedó dormido casi al instante en su silla de seguridad, abrazado a Tora, que también estaba agotado. Yuji conducía en silencio, con una mano en el volante y la otra descansando sobre la rodilla de Megumi.

—Gumi —dijo Yuji después de un rato, su voz suave para no despertar al niño.

—¿Mmm?

—¿Alguna vez te arrepientes? Ya sabes... de todo esto. De haberte casado con un alfa tan ruidoso y de haber tenido un cachorro que no se queda quieto ni un segundo. A veces siento que te he arrastrado a una vida demasiado caótica para alguien que ama la calma tanto como tú.

Megumi miró por la ventana, observando cómo las luces de la ciudad empezaban a encenderse. Recordó su vida antes de Yuji: las misiones solitarias, el peso de las expectativas de los Zen'in, el frío constante en su pecho. Luego pensó en el calor de su hogar, en las risas de Hitoshi, en la comida casera de Yuji y en la forma en que su alfa siempre sabía cuándo necesitaba un abrazo, incluso antes de que él mismo lo supiera.

—A veces —admitió Megumi en un susurro—, cuando Hitoshi decide que las paredes son un lienzo para sus dibujos o cuando tú decides que es buena idea entrenar en la sala a las seis de la mañana, me pregunto cómo terminé así.

Yuji bajó la mirada, un poco decaído, pero Megumi continuó de inmediato.

—Pero luego me doy cuenta de que, antes de ustedes, mi vida era solo una serie de sombras. Tú trajiste la luz, Yuji. Y Hitoshi... él es el reflejo de esa luz. No cambiaría este caos por todo el silencio del mundo.

Yuji apretó la rodilla de Megumi, y aunque no dijo nada, su aroma se volvió tan dulce y lleno de felicidad que Megumi tuvo que abrir un poco la ventana para no marearse.

Al llegar a casa, Yuji cargó a Hitoshi hasta su cama, moviéndose con esa agilidad silenciosa que solo un hechicero de su calibre poseía. Megumi se encargó de Tora y de guardar las cosas del festival. Cuando finalmente se reunieron en su habitación, el cansancio del día empezó a hacer mella en ambos.

Megumi se sentó en el borde de la cama, soltando un largo suspiro. De repente, sintió unas manos grandes y cálidas sobre sus hombros. Yuji se situó detrás de él, comenzando a masajear los músculos tensos de su cuello y espalda.

—Te duele aquí, ¿verdad? —preguntó Yuji, presionando un punto exacto que hizo que Megumi soltara un gemido involuntario de alivio.

—Un poco. Hitoshi estuvo pidiendo que lo cargara más de lo habitual hoy.

—Es porque se está haciendo grande. Pero para eso estoy yo. Tú descansa, Gumi. Yo me encargo de todo.

Megumi se dejó llevar por el toque de su alfa. Cerró los ojos, disfrutando de la atención y el cuidado. Era en estos momentos, lejos de las miradas de los demás, donde la verdadera dinámica de su relación brillaba. Yuji no era un "mandilón" por debilidad; lo era por una fuerza inmensa de amor que no entendía de jerarquías obsoletas.

—Yuji —murmuró Megumi mientras el alfa continuaba con el masaje—. Gracias. Por hoy. Y por... bueno, por ser tú.

Yuji se detuvo un momento, rodeando el cuello de Megumi con sus brazos y apoyando la mejilla contra la suya.

—Siempre, Megumi. Hasta el final.

Esa noche, mientras dormían abrazados, Megumi soñó con campos de girasoles que nunca se marchitaban. En el sueño, Hitoshi corría entre las flores y Yuji lo esperaba al final del camino con los brazos abiertos. Al despertar unos minutos antes de que sonara la alarma, Megumi observó el rostro relajado de su esposo y el pequeño bulto que era Hitoshi, quien se había colado en su cama en algún momento de la madrugada.

Se sintió completo. El omega amargado y solitario que solía ser había desaparecido, reemplazado por un hombre que, aunque seguía prefiriendo el silencio, había aprendido que la música más hermosa era el latido del corazón de su familia.

—Levántate, idiota —susurró Megumi, dándole un suave codazo a Yuji—. Hitoshi ya se despertó y está intentando comerse tu almohada.

Yuji abrió un ojo, sonriendo perezosamente.

—¿Cinco minutos más, jefe?

Megumi suspiró, pero se acomodó de nuevo contra el pecho de su alfa.

—Solo cinco minutos.

Porque al final del día, no importaba cuántas veces Megumi negara su apego en público, en la privacidad de su hogar, él era el primero en buscar el refugio de su alfa mandilón. Y así, entre sombras domesticadas y luz solar constante, la historia de los Itadori-Fushiguro continuaba, un día caótico a la vez.