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Limón y Papel

Ojos de cristal y manos de acero

Cale Henituse, a pesar de su corta edad, poseía una capacidad de observación que superaba con creces la de cualquier niño de su posición. Quizás era el silencio que se había instalado en la mansión tras la partida de su madre lo que había agudizado sus sentidos. En ese vacío, Cale aprendió a leer los matices de las sombras, el peso de los suspiros y, sobre todo, la forma en que las personas se movían unas alrededor de otras.

Al principio, Cale pensó que su padre simplemente se estaba rompiendo. Deruth Henituse caminaba por los pasillos como un espectro, con la mirada perdida en los retratos de Jour y las manos temblorosas cada vez que intentaba acariciar el cabello rojo de su hijo. Cale sentía el dolor de su padre, un eco del suyo propio, y durante mucho tiempo creyó que ambos terminarían consumidos por esa tristeza gris.

Pero entonces, algo cambió. O mejor dicho, alguien se volvió el eje de ese cambio.

Ron Molan siempre había estado allí, impecable y frío como una mañana de invierno. Sin embargo, Cale empezó a notar que la distancia entre su padre y el mayordomo se acortaba de maneras casi imperceptibles para un ojo descuidado.

— El té de hoy tiene un aroma diferente —comentó Cale una tarde, observando la taza humeante frente a su padre.

Deruth, que parecía haber recuperado algo de color en las mejillas, levantó la vista y sonrió con una suavidad que Cale no había visto en años.

— Ron ha estado probando una nueva mezcla, Cale. Dice que ayuda con el agotamiento.

Cale miró hacia la esquina de la habitación, donde Ron permanecía de pie, con las manos entrelazadas a la espalda y esa sonrisa benigna que nunca llegaba a sus ojos. Pero esta vez, Cale notó algo más. La mirada de Ron no estaba fija en la pared o en la puerta, sino en la nuca de Deruth, con una intensidad que no era de un sirviente, sino de un guardián.

— Es una mezcla de cáscara de limón y hierbas del norte, joven maestro —explicó Ron—. El Conde ha estado trabajando demasiado en los informes de las minas de mármol. Mi deber es asegurar que no se desmorone antes de la cena.

Cale asintió lentamente, llevándose un trozo de postre a la boca.

— Papá ya no parece tan cansado —dijo el niño, lanzando el anzuelo con una inocencia fingida.

— Es gracias a la excelente gestión de la casa, Cale —respondió Deruth rápidamente, aunque evitó mirar a Ron directamente.

Cale no era tonto. Notó cómo los dedos de su padre jugueteaban con el borde de la taza de porcelana, un gesto de nerviosismo que solo aparecía cuando Ron estaba demasiado cerca. Y Ron... Ron parecía disfrutarlo. El mayordomo se acercó para rellenar la taza de Deruth, y por un segundo, solo un segundo, sus dedos rozaron la mano del Conde. Deruth no se apartó. Al contrario, pareció apoyarse sutilmente en ese contacto.

"Interesante", pensó Cale, volviendo su atención a su plato.

En las cocinas, la situación no era muy diferente. Beacrox Molan, el hijo de Ron y el encargado de las delicias culinarias de la mansión, era un hombre de pocas palabras y una obsesión casi patológica por la limpieza. Cale solía visitarlo para "probar" los nuevos platos, pero en realidad, le gustaba observar la dinámica de los Molan.

— Tu padre pasa mucho tiempo en el despacho del mío —comentó Cale mientras veía a Beacrox afilar un cuchillo con una precisión aterradora.

Beacrox no dejó de mover la piedra de afilar. El sonido rítmico del metal contra la piedra llenaba el espacio.

— Mi padre es un hombre dedicado, joven maestro. El Conde requiere mucha... supervisión.

Cale se sentó en un taburete alto, balanceando las piernas.

— No solo supervisión, Beacrox. Ayer los vi en el jardín. No estaban hablando de impuestos ni de la cosecha de uvas. Estaban simplemente... parados. Mirando la nieve.

Beacrox se detuvo. Miró el filo del cuchillo, lo probó con el pulgar y luego miró a Cale. Sus ojos eran tan agudos como los de su padre, pero carecían de la máscara de amabilidad.

— Mi padre ha perdido muchas cosas, joven maestro —dijo Beacrox con una voz profunda y carente de emoción aparente—. El Conde también. A veces, dos personas que han perdido todo simplemente deciden que es más fácil caminar juntos para no caerse.

— ¿Y a ti te parece bien? —preguntó Cale, con una curiosidad genuina.

Beacrox volvió a su tarea.

— Mientras el Conde siga apreciando la cocina de esta casa y mi padre mantenga su propósito, no tengo motivos para quejarme. Además, el Conde es un hombre justo. Trata a mi padre con un respeto que pocos nobles muestran a sus sirvientes.

Cale comprendió entonces que Beacrox no solo lo sabía, sino que lo aceptaba como una extensión natural de su nueva vida en el condado. Los Molan eran personas peligrosas, Cale lo intuía en la forma en que se movían y en la frialdad de sus ojos, pero también eran increíblemente leales. Si su padre había encontrado un ancla en el hombre que cortaba sus limones y guardaba sus secretos, Cale no iba a ser quien rompiera ese equilibrio.

El tiempo siguió su curso, y la atmósfera en la mansión Henituse se transformó de un luto pesado a una calidez silenciosa y privada. Los rumores de que el Conde no buscaría una nueva esposa se confirmaron con el paso de los meses. Los vasallos dejaron de enviar retratos de damas nobles y las invitaciones a bailes de compromiso fueron declinadas con cortesía.

Deruth Henituse por fin dormía por las noches. Ya no despertaba gritando el nombre de Jour, aunque su recuerdo seguía vivo en cada rincón. Ahora, cuando el frío arreciaba, sabía que habría una manta caliente esperándolo y una presencia constante que no pedía nada más que su compañía.

Una noche, después de que Cale se hubiera retirado a sus aposentos, Deruth se quedó en el balcón de su habitación, observando las tierras que tanto amaba. El aire era gélido, pero no se sentía solo.

Escuchó el clic de la puerta cerrándose y los pasos ligeros de Ron acercándose por detrás.

— El joven maestro se ha dormido —anunció Ron, colocando una capa pesada sobre los hombros de Deruth—. Ha estado preguntando de nuevo por qué usted y yo pasamos tanto tiempo "discutiendo asuntos del condado" hasta tarde.

Deruth soltó una risa suave, sintiendo el calor de la capa y la cercanía del hombre.

— Cale es demasiado inteligente para su propio bien. A veces me mira como si supiera exactamente lo que estoy pensando.

Ron se colocó al lado de Deruth, apoyando sus manos enguantadas en la barandilla de piedra.

— Es un Henituse, mi señor. Y tiene el fuego de su madre. No es de extrañar que vea a través de nuestras pequeñas omisiones.

Deruth suspiró, girándose para mirar a Ron. Bajo la luz de la luna, las arrugas en las esquinas de los ojos del mayordomo parecían más profundas, pero su expresión era de una serenidad absoluta.

— Ron, a veces me pregunto si esto es justo para ti —dijo Deruth, su voz apenas un susurro que el viento casi se llevaba—. Eres un hombre con un pasado que apenas puedo imaginar. Podrías estar en cualquier lugar, haciendo cualquier cosa... y sin embargo, estás aquí, cuidando de un viudo y su hijo.

Ron extendió una mano y, con una audacia que solo se permitía en la intimidad de esas horas, acarició el rostro de Deruth. Sus dedos recorrieron la mandíbula del Conde con una ternura que contrastaba con la reputación que Ron ocultaba tan bien.

— He pasado décadas en la oscuridad, Deruth —respondió Ron—. He visto lo peor que la humanidad tiene para ofrecer. El poder, la sangre, la traición... todo eso es efímero. Pero lo que encontré aquí, lo que encontré en ti... eso es lo que me mantiene humano.

Deruth cerró los ojos, inclinándose hacia el toque de Ron.

— No soy el hombre fuerte que debería ser —confesó el Conde—. Todavía lloro por Jour. Todavía me siento perdido cuando Cale me hace preguntas difíciles.

— Y por eso estoy aquí —dijo Ron, acercándose más, hasta que sus pechos casi se tocaban—. No necesito un héroe, mi señor. Necesito a un hombre que valore la paz tanto como yo. Necesito a alguien por quien valga la pena limpiar mis dagas.

Deruth sonrió, abriendo los ojos para encontrarse con la mirada ámbar de Ron, que en ese momento brillaba con un afecto innegable.

— Eres un hombre terrible, Ron Molan. Me haces depender de ti de formas que nunca creí posibles.

— Es mi especialidad —respondió Ron con una pizca de malicia antes de acortar la distancia final.

El beso fue profundo y tranquilo, una promesa sellada en la oscuridad. No había urgencia, solo la confirmación de una unión que se había forjado en el respeto mutuo y la necesidad de consuelo. Deruth se aferró a los brazos de Ron, sintiendo la solidez del hombre, la fuerza que lo sostenía cuando el mundo se volvía demasiado pesado.

Cuando se separaron, Ron mantuvo sus manos en la cintura de Deruth, asegurándose de que el Conde estuviera estable.

— Deberíamos entrar —sugirió Ron—. El frío no es bueno para sus pulmones, y mañana tiene una reunión con los comerciantes de té.

— Solo si me prometes que tú estarás allí —dijo Deruth, recuperando su porte noble pero sin soltar las manos de Ron.

— Siempre estoy allí, mi señor. Incluso cuando no me ve.

Caminaron juntos hacia el interior de la habitación, dejando atrás el frío de la noche. En el pasillo, lejos de la vista de los amantes, una pequeña figura se ocultaba en las sombras.

Cale Henituse observó cómo la luz de la habitación de su padre se apagaba. No había tristeza en su rostro, solo una aceptación pragmática. Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su propio cuarto, encontrándose con Beacrox, que patrullaba el pasillo con su habitual expresión de aburrimiento.

— Parece que la mansión estará tranquila esta noche —comentó Cale al pasar junto al cocinero.

Beacrox asintió brevemente.

— Así es, joven maestro. Vaya a dormir. Mañana habrá panqueques con miel para el desayuno.

Cale sonrió para sí mismo mientras cerraba la puerta de su habitación. La familia Henituse era extraña, incompleta según los estándares de la nobleza, y rodeada de personas que ocultaban secretos letales. Pero por primera vez en mucho tiempo, Cale sintió que los cimientos de su casa eran sólidos.

No había una Condesa, y quizás nunca la habría. Pero tenían a Ron, tenían a Beacrox, y tenían un silencio que ya no era asfixiante, sino protector. En ese rincón del Reino de Roan, el amor no necesitaba títulos ni ceremonias; solo necesitaba el aroma del té de limón, el brillo del acero limpio y la voluntad de dos hombres de no volver a caminar solos.