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Limón y Papel

Votos de mármol y limones dulces

El Condado Henituse no era un lugar de grandes escándalos, pero sí de sutiles transformaciones. Con el paso de los años, lo que comenzó como un apoyo mutuo en medio del luto se había convertido en el cimiento inamovible de la mansión. Para quienes vivían allí, la presencia de Ron Molan al lado del Conde Deruth era tan natural como el cambio de las estaciones, aunque cada uno lo procesara a su manera.

Cale Henituse, ahora un joven de porte aristocrático y mirada aguda, observaba a la pareja desde el balcón del segundo piso. Su padre y Ron caminaban por el jardín de rosas. No se tomaban de la mano —al menos no a plena luz del día—, pero la forma en que Deruth se inclinaba hacia Ron mientras hablaban, y la manera en que Ron ajustaba la capa del Conde con una familiaridad posesiva, lo decía todo.

—Es ridículo —murmuró Cale, dando un sorbo a su vino—. Llevan actuando como un matrimonio viejo desde que tengo memoria. ¿Realmente creen que alguien en esta casa no se ha dado cuenta?

A su lado, sentado en una silla de mimbre con la espalda encorvada en una posición de descanso absoluto, Rok Soo —quien legalmente ya era un Henituse— ni siquiera abrió los ojos.

—Déjalos, Cale —dijo Rok Soo con su tono monótono—. Mientras el viejo Ron esté ocupado cuidando de nuestro padre, no tiene tiempo para darnos esos tés experimentales que tanto te gustan. Además, si el Conde es feliz, nosotros tenemos paz. La paz es el recurso más valioso de este condado.

Cale resopló, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa tirara de la comisura de sus labios. Sabía que Rok Soo tenía razón. Su padre ya no era el hombre espectral que lloraba en los rincones; era un hombre que reía, que gobernaba con justicia y que encontraba consuelo en los brazos de un hombre que daría el mundo entero por él.

—Supongo que tienes razón —concedió Cale—. Pero ver a Ron sonreír de esa manera "benigna" a las siete de la mañana sigue siendo la cosa más aterradora de esta propiedad.

Abajo, en las cocinas, Beacrox Molan tenía una perspectiva diferente. Él no necesitaba observar desde un balcón; él veía los restos de la intimidad en las bandejas que regresaban. Una taza de té compartida, una nota escrita a mano olvidada entre los platos, o la mirada de satisfacción absoluta de su padre cuando Deruth elogiaba una comida.

Beacrox limpiaba un cuchillo con una precisión quirúrgica mientras observaba a su padre entrar en la cocina para buscar una jarra de agua. Ron se movía con una ligereza que delataba su buen humor.

—El Conde parece haber disfrutado del estofado —comentó Beacrox sin levantar la vista del acero.

—Lo hizo —respondió Ron, y hubo un matiz de calidez en su voz que reservaba solo para su hijo y para Deruth—. Dice que tienes un talento que supera incluso a los chefs de la capital.

Beacrox se detuvo un segundo.

—¿Y tú, padre? ¿Hasta cuándo vas a seguir jugando al mayordomo devoto antes de admitir que eres el dueño de su corazón?

Ron soltó una risa corta, una que no era la de su máscara social.

—Soy ambas cosas, Beacrox. Y pronto, dejará de ser una cuestión de "juego".

Pocas horas después, lejos de las miradas curiosas de sus hijos y del ajetreo de la servidumbre, Deruth y Ron cabalgaban por los límites del bosque que rodeaba la propiedad. Era uno de los pocos momentos en que podían ser simplemente dos hombres, sin títulos ni deberes de por medio.

El aire del atardecer era fresco y olía a pino. Deruth detuvo su caballo cerca de un arroyo cristalino y desmontó, seguido de cerca por Ron. El Conde se acercó al agua, suspirando con alivio.

—A veces olvido lo mucho que necesitaba esto —dijo Deruth, mirando el reflejo del sol poniente en el agua—. Solo el silencio y tu compañía, Ron.

Ron se acercó por detrás, pero esta vez no se mantuvo a la distancia de un sirviente. Envolvió a Deruth con sus brazos, apoyando la barbilla en su hombro. El Conde se relajó contra él, cerrando los ojos.

—Deruth —susurró Ron, su voz perdiendo toda la frialdad que solía mostrar al mundo—. He pasado gran parte de mi vida huyendo, matando y escondiéndome en las sombras. Creí que mi propósito terminaría cuando lograra poner a salvo a Beacrox.

Deruth se giró entre sus brazos, buscando su mirada.

—¿Y ahora?

Ron metió la mano en el bolsillo de su chaleco y sacó una pequeña caja de madera oscura, tallada con una delicadeza extrema. Al abrirla, reveló un anillo de plata con un pequeño zafiro incrustado, del color exacto de los ojos de Deruth cuando brillaban bajo la luz.

—Ahora mi único propósito es asegurarme de que nunca vuelvas a caminar solo —dijo Ron con una seriedad que hizo que el corazón de Deruth diera un vuelco—. No soy un noble, y mi pasado es una mancha que nunca podré limpiar del todo. Pero te amo más de lo que las palabras pueden expresar. Deruth Henituse, ¿aceptarías a este viejo asesino como tu compañero oficial, no solo en las sombras, sino ante nuestra familia?

Deruth sintió que las lágrimas nublaban su visión. No era la propuesta pomposa que un noble esperaría, pero era la propuesta de Ron: directa, honesta y cargada de una lealtad inquebrantable.

—Ron... —Deruth tomó el anillo con manos temblorosas—. He estado esperando que lo preguntaras desde hace cinco años. Sabes que mi respuesta siempre ha sido tuya. Sí. Mil veces sí.

Ron deslizó el anillo en el dedo de Deruth y luego, rompiendo toda etiqueta, lo besó con una pasión que hablaba de años de deseo contenido y devoción silenciosa. En ese rincón apartado del mundo, el Conde y el asesino sellaron un pacto que iba más allá de la ley de los hombres.

La boda fue, por insistencia de ambos, un asunto estrictamente privado. Se llevó a cabo en la pequeña capilla de la mansión al amanecer, cuando la neblina aún cubría los campos de mármol. Solo estaban presentes Cale, Rok Soo y Beacrox.

Cale vestía sus mejores galas, con una expresión de seriedad que ocultaba su orgullo. Rok Soo, por una vez, se había mantenido despierto y peinado, aunque su rostro seguía gritando que preferiría estar en la cama. Beacrox actuaba como el oficiante informal, sosteniendo un libro de registros familiares con guantes impecablemente blancos.

—Si ambos han terminado de mirarse como si fueran los únicos seres vivos en el continente —dijo Beacrox con su voz profunda—, podemos proceder.

Deruth y Ron estaban frente a él, vestidos con trajes a juego de color azul profundo. No hubo grandes discursos. Simplemente intercambiaron votos de protección, respeto y amor eterno. Cuando Beacrox finalmente los declaró unidos por el vínculo de la casa Henituse, Deruth no perdió tiempo en atraer a Ron hacia sí.

El beso fue largo y cargado de emoción. Deruth rodeó el cuello de Ron con sus brazos, y Ron lo sostuvo por la cintura como si fuera el tesoro más preciado de sus minas.

—¡Puaj! —exclamó Rok Soo en voz baja, aunque con una chispa de diversión en los ojos—. ¿Realmente tienen que hacer eso frente a nosotros? Es demasiado temprano para tanto afecto.

Cale soltó una carcajada, dándole un golpe juguetón en el brazo a su hermano menor.

—Déjalos, Rok Soo. Se lo han ganado. Aunque admito que ver a Ron así de... humano... es perturbador.

Beacrox, por su parte, sintió ese viejo sentimiento de "asquito" que experimentan los hijos cuando ven a sus padres ser demasiado románticos. Arrugó la nariz y cerró el libro de registros con un golpe seco.

—Ya es suficiente —sentenció Beacrox—. Si han terminado con las demostraciones públicas, el desayuno se está enfriando. Y he preparado los panqueques favoritos del joven maestro Rok Soo para celebrar.

Rok Soo se iluminó de inmediato.

—Esa es la mejor noticia que he oído en toda la mañana. Vamos, Cale. Dejemos a los recién casados con sus cursilerías.

Los dos jóvenes salieron de la capilla, seguidos por un Beacrox que murmuraba algo sobre "excesos sentimentales en ayunas".

Deruth y Ron se quedaron solos por un momento en la capilla iluminada por los primeros rayos del sol. El Conde apoyó la cabeza en el pecho de su ahora esposo, escuchando el latido rítmico y fuerte de su corazón.

—¿Estás feliz, Ron? —preguntó Deruth.

Ron le besó la frente, aspirando el aroma a sándalo que siempre emanaba del Conde.

—Soy el hombre más afortunado del reino, mi señor. No, mi Deruth.

—Ya no hay más secretos entre nosotros —dijo Deruth con un suspiro de paz—. Solo nosotros y nuestros hijos.

Ron sonrió, aunque en el fondo de su mente, el recuerdo de ciertos "secretos de limpieza" que había ejecutado para proteger esa paz seguía allí. Pero miró a Deruth, vio la alegría pura en su rostro y decidió que algunas sombras eran necesarias para que la luz brillara con tanta intensidad.

—Solo nosotros —repitió Ron—. Para siempre.

Caminaron juntos hacia el comedor, donde el sonido de las risas de Cale y las quejas de Rok Soo por el exceso de miel llenaban el aire. Beacrox servía el café con su habitual rigor, pero había una suavidad en sus movimientos que no estaba allí el día anterior.

La familia Henituse era extraña, sí. Un Conde viudo casado con su mayordomo, un heredero pelirrojo con lengua de plata, un hijo adoptado que parecía saber más de lo que decía, y un chef que era tan letal con un cuchillo de cocina como con una daga de combate.

Pero mientras se sentaban a desayunar bajo el sol de la mañana, no había duda de que eran la familia más sólida del Reino de Roan. No necesitaban la aprobación de la capital ni los títulos de la nobleza. Tenían el aroma del té de limón, el brillo del mármol y la certeza de que, sin importar qué peligros trajera el futuro, los Molan y los Henituse los enfrentarían como uno solo.

—Ron —dijo Rok Soo mientras devoraba su tercer panqueque—, ahora que eres técnicamente mi otro padre, ¿eso significa que puedo saltarme las lecciones de etiqueta de la tarde?

Ron le dedicó una de sus sonrisas más benignas, la que hacía que hasta los pájaros dejaran de cantar.

—Al contrario, joven maestro Rok Soo. Ahora tengo una responsabilidad personal sobre su educación. Empezaremos una hora antes.

Rok Soo dejó caer el tenedor con un ruido sordo, mirando a Deruth en busca de ayuda. Pero el Conde solo se rió y tomó la mano de Ron sobre la mesa.

—Hazle caso a tu padre, Rok Soo. Él sabe lo que es mejor para todos nosotros.

Cale estalló en carcajadas ante la cara de derrota de su hermano, y por un momento, la mansión Henituse fue el lugar más ruidoso y feliz del mundo. La paz había sido comprada con sombras, pero el resultado era una luz que nada podría apagar.