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Limón y Papel

El peso del silencio y la danza de las sombras

La mansión Henituse, bajo la luz de la luna, siempre parecía un lugar salido de un cuento de hadas. Sus muros de mármol blanco brillaban con una pureza que ocultaba cualquier rastro de las intrigas que sacudían al resto del Reino de Roan. Sin embargo, para Kim Rok Soo, que ahora habitaba el cuerpo de un niño de cabellos negros y ojos cansados, la pureza era un concepto relativo. Él sabía, mejor que nadie, que las estructuras más sólidas solían cimentarse sobre secretos que nadie quería desenterrar.

Esa noche, el insomnio —un viejo enemigo de su vida anterior como oficial de seguridad— lo había llevado a deambular por los pasillos en busca de un vaso de agua. O quizás, simplemente buscaba un rincón donde el aroma a sándalo del despacho de su padre no fuera tan embriagador.

Se detuvo frente a la puerta entreabierta de la biblioteca privada. Voces bajas, apenas susurros que se confundían con el crujir de la madera vieja, llegaban a sus oídos.

—No tienes por qué cargar con esto solo, Ron —la voz de Beacrox, inusualmente tensa, vibró en el aire—. El joven maestro Rok Soo es... diferente. A veces siento que camina por esta casa como si ya conociera cada cadáver escondido bajo el suelo.

Rok Soo se pegó a la pared, conteniendo la respiración. Sus instintos le advirtieron que debía dar media vuelta y regresar a su cama, pero la curiosidad, esa maldita curiosidad de quien ha leído demasiadas novelas, lo mantuvo anclado al sitio.

—Él es un observador, Beacrox —respondió la voz calmada y gélida de Ron—. Pero incluso un observador necesita saber cuándo cerrar los ojos. Lo que sucedió con la anterior Condesa fue un acto de preservación. Deruth estaba cegado por un amor que lo estaba consumiendo, rodeado de los hilos venenosos de los Thames. Al eliminar el origen del caos, le di la paz que ahora disfruta.

Hubo un silencio pesado. Rok Soo sintió un frío repentino que no tenía nada que ver con las corrientes de aire de la mansión.

—Ella no habría sobrevivido a las intrigas que venían —continuó Ron—. Solo aceleré lo inevitable para asegurar que el Conde tuviera un futuro. Y mira el resultado: tenemos un hogar, tenemos a Cale, y tenemos a ese pequeño niño que encontramos en la lluvia. Si ella siguiera aquí, nada de esto existiría.

Rok Soo cerró los ojos un momento. En su mente, las piezas del rompecabezas encajaron con un clic metálico y desagradable. La muerte "natural" de Jour, la rápida ascensión de Ron como el pilar emocional de Deruth, la falta de una nueva Condesa... Todo había sido orquestado por las manos que cada mañana le servían el té de limón.

"Ah, esto es realmente molesto", pensó Rok Soo, sintiendo un leve dolor de cabeza. "Solo quería una vida de vago, y ahora resulta que mi tutor legal es un asesino que mató a la madre de mi hermano para 'preservar la paz'".

Decidió que no tenía sentido seguir escondiéndose. Si Ron era tan peligroso como sospechaba, ya debía de haber notado su presencia. Con un suspiro de resignación, empujó la puerta y entró en la biblioteca.

Ron y Beacrox se tensaron al unísono. La mano de Beacrox se movió instintivamente hacia el cuchillo oculto en su cinturón, pero Ron lo detuvo con un gesto imperceptible. El mayordomo recuperó su máscara de amabilidad en un parpadeo, aunque sus ojos ámbar brillaron con una intensidad depredadora.

—Joven maestro Rok Soo —dijo Ron, su voz suave como el terciopelo—. Es muy tarde para que un niño esté despierto. ¿Ha tenido una pesadilla?

Rok Soo caminó hacia ellos con paso lento, arrastrando un poco los pies. Se sentó en una de las sillas de cuero, mirando directamente a Ron.

—No ha sido una pesadilla —dijo Rok Soo, su tono plano y carente de la emoción que un niño de su edad debería mostrar—. Aunque supongo que para algunos, la realidad es bastante parecida a una.

Beacrox entrecerró los ojos, pero Ron mantuvo su sonrisa.

—¿Ha escuchado algo interesante, joven maestro?

—Lo suficiente como para saber que el té de limón no es lo único que preparas con precisión, Ron —respondió Rok Soo. Se cruzó de brazos, apoyando la espalda en el asiento—. Así que... una muerte necesaria, ¿eh?

El silencio que siguió fue absoluto. Ron estudió al niño frente a él. No vio miedo, ni horror, ni indignación moral. Solo vio a un ser humano que parecía estar calculando el nivel de inconveniencia que esta nueva información le traería.

—¿No vas a correr a contárselo al Conde? —preguntó Beacrox, su voz cargada de una amenaza latente.

Rok Soo soltó un bufido corto.

—¿Y romperle el corazón? ¿Para qué? Mi padre es feliz por primera vez en años. Cale finalmente tiene una familia que no se desmorona cada vez que alguien menciona el pasado. Si le cuento la verdad, todo esto —hizo un gesto vago hacia las paredes de la biblioteca— se vendrá abajo. Y yo odio el drama. El drama requiere demasiado esfuerzo.

Ron soltó una risa baja, una que no era su risa de mayordomo, sino una auténtica, llena de una oscura apreciación.

—Eres una criatura fascinante, Rok Soo. Sabes que acabo de admitir un asesinato, ¿y tu mayor preocupación es el esfuerzo que supondría el drama?

—Estoy disgustado, Ron —corrigió Rok Soo, frunciendo el ceño—. Estoy muy disgustado porque ahora tengo que guardar este secreto. Es una carga pesada para alguien que solo quiere dormir la siesta y comer los panqueques de Beacrox. Me has dado una responsabilidad que no pedí.

Beacrox relajó la postura, visiblemente desconcertado por la reacción del niño.

—¿No te importa que ella esté muerta? —preguntó el cocinero.

Rok Soo miró hacia el techo, reflexionando.

—No la conocí. Para mí, Jour Thames es solo un retrato hermoso en el pasillo. Pero conozco a Deruth. Conozco a Cale. Y me conozco a mí mismo. Si ella estuviera viva, yo probablemente seguiría muriéndome de hambre en aquel bosque o habría terminado en algún orfanato horrible. Ella murió, y de sus cenizas surgió esta familia extraña y funcional. Es una lógica cruel, pero es la lógica de este mundo.

Se inclinó hacia adelante, fijando su mirada en Ron.

—No estoy molesto por lo que hiciste en el pasado. Al final, esa muerte me dio la familia que tengo ahora. Pero no me gusta que me oculten cosas que afectan mi seguridad. Si vas a seguir matando gente para "preservar la paz", al menos avísame para que pueda estar en otro lugar. No quiero que me salpique la sangre mientras descanso.

Ron se acercó al niño y se arrodilló frente a él, quedando a su altura. Por primera vez, no hubo máscaras entre ellos. El asesino y el transmigrante se miraron con un entendimiento que trascendía la edad y la posición social.

—Prometo que no habrá sangre en tus siestas, pequeño Rok Soo —dijo Ron, extendiendo una mano para acariciar el cabello negro del niño. Rok Soo no se apartó—. Eres más parecido a nosotros de lo que pensaba. Tienes esa frialdad necesaria para sobrevivir.

—No es frialdad, es pragmatismo —replicó Rok Soo, dejándose caer de nuevo en la silla—. Ahora, ¿podemos olvidar esto? Tengo sed y realmente quiero ese vaso de agua.

Beacrox, asintiendo con un respeto renovado, salió de la biblioteca y regresó un minuto después con un vaso de agua fresca y un pequeño plato de galletas de canela.

—Gracias —murmuró Rok Soo, bebiendo con avidez.

—¿Qué pasará con Cale? —preguntó Ron, observando al niño comer.

—Cale nunca debe saberlo —sentenció Rok Soo—. Él ama demasiado los recuerdos de su madre. Si se entera, se destruirá a sí mismo y a nuestro padre. Mi trabajo, y el tuyo, es asegurar que siga siendo el joven maestro arrogante y mimado que es ahora. Ese es el precio de nuestra paz, ¿no?

Ron asintió, una chispa de genuino afecto brillando en sus ojos.

—Tienes razón. Ese es el precio.

—Bien —Rok Soo se levantó, limpiándose las migas de la pijama—. Me voy a dormir. Y Ron...

—¿Sí, joven maestro?

—Mañana quiero el té con un poco más de azúcar. Si voy a ser cómplice de un secreto de estado familiar, al menos merezco algo dulce para compensar el estrés.

Ron se inclinó en una reverencia perfecta.

—Será un placer complacerlo, joven maestro Rok Soo.

El niño salió de la biblioteca, dejando atrás a los dos hombres. Mientras caminaba por el pasillo oscuro, Rok Soo se detuvo frente al retrato de Jour Thames. La mujer del cuadro parecía mirarlo con una tristeza infinita.

—Lo siento —susurró Rok Soo a la imagen—. Pero prefiero a un padre feliz y a un mayordomo asesino antes que un hogar lleno de fantasmas y dolor. Supongo que soy una mala persona.

Se encogió de hombros y siguió su camino. Al llegar a su habitación, se encontró con Cale, que lo esperaba sentado en su cama, con el ceño fruncido.

—¿Dónde estabas? —preguntó Cale—. Te despertaste y no volvías. Me estabas preocupando, idiota.

Rok Soo sintió un calorcito en el pecho que decidió ignorar.

—Solo fui por agua, Cale. Y me encontré con Ron. Estaba dándome consejos sobre... cómo gestionar el condado en el futuro.

Cale resopló, acomodándose bajo las mantas de la cama de Rok Soo, como hacía a menudo cuando se sentía solo.

—Ese viejo solo sabe hablar de deberes y de limones. No le hagas mucho caso. Duérmete ya.

—Sí, tienes razón —dijo Rok Soo, acostándose al lado de su hermano—. Solo deberes y limones.

Mientras cerraba los ojos, Rok Soo pensó en Deruth, que probablemente dormía tranquilo en la habitación de al lado, sin sospechar que los tres pilares de su vida —Ron, Beacrox y ahora su hijo menor— compartían un secreto que podría quemar el reino entero.

Era una carga, sí. Era molesto, por supuesto. Pero al sentir la respiración acompasada de Cale a su lado y recordar la mirada protectora de Ron, Rok Soo decidió que guardar el secreto era un precio pequeño por la vida que ahora tenía.

Al día siguiente, el sol salió como de costumbre. El aroma del café de Beacrox inundó la casa, y Deruth bajó a desayunar con una sonrisa, saludando a Ron con un beso rápido en la mejilla que hizo que Cale pusiera los ojos en blanco y Rok Soo se concentrara intensamente en su plato.

—¿Has dormido bien, Rok Soo? —preguntó Deruth, acariciando su cabeza.

Rok Soo miró a Ron, que estaba detrás del Conde, sirviendo el té con una elegancia impecable. El mayordomo le guiñó un ojo casi imperceptiblemente.

—He dormido perfectamente, padre —respondió Rok Soo, tomando un sorbo de su té, que efectivamente estaba mucho más dulce que el día anterior—. Aunque creo que hoy necesitaré una siesta extra. Guardar secretos... digo, estudiar, es agotador.

Deruth rió, sin notar la pausa.

—Por supuesto, pequeño. Tómate todo el tiempo que necesites.

Esa tarde, mientras Rok Soo descansaba bajo el gran roble del jardín, sintió una sombra cubriéndolo. Abrió un ojo y vio a Ron de pie, sosteniendo una sombrilla para que el sol no le molestara.

—¿Está cómodo, joven maestro? —preguntó el mayordomo.

—Bastante —respondió Rok Soo—. Pero me vendría bien un poco de fruta pelada.

Ron sacó un cuchillo pequeño y afilado de su manga. Rok Soo observó el destello del metal con una calma absoluta. Ron comenzó a pelar una manzana con una destreza que solo años de práctica podían otorgar. Las láminas eran tan finas que parecían papel.

—Sabes —dijo Ron mientras le entregaba un trozo de fruta—, Beacrox y yo hemos decidido que eres un miembro valioso de esta familia. No solo por tu relación con el Conde, sino por tu... comprensión de la realidad.

—Solo no me pidan que ayude a esconder más cuerpos —masculló Rok Soo mientras masticaba—. Eso contaría como trabajo físico, y ya saben cuál es mi política al respecto.

Ron soltó una carcajada genuina que hizo que algunos pájaros cercanos levantaran el vuelo.

—Trato hecho, Rok Soo Henituse. Trato hecho.

Y así, en el silencioso Condado Henituse, la paz continuó reinando. Un Conde feliz, un heredero protegido, un niño que sabía demasiado y un mayordomo que haría cualquier cosa para mantener el mundo girando. Era una familia construida sobre una tragedia oculta, pero para Kim Rok Soo, que finalmente había encontrado un lugar donde pertenecer, era el mejor de los mundos posibles.

Después de todo, ¿quién necesitaba una verdad dolorosa cuando se podía tener una mentira cálida, panqueques de miel y la protección del asesino más eficiente del reino?