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Lindo infantil

El silencio de la esterilidad

La sala de espera de la clínica privada era un monumento a la frialdad moderna. Paredes de mármol blanco, luces LED empotradas que no dejaban ni una sola sombra y un silencio tan denso que Naruto sentía que podía cortarlo con sus propias manos. Estaba sentado en una silla de cuero negro, balanceando sus piernas nerviosamente. Su suéter azul cielo, decorado con un pequeño pollito bordado en el pecho, contrastaba violentamente con la atmósfera clínica y el traje oscuro de Sasuke, quien estaba sentado a su lado leyendo correos en su teléfono, como si estuviera esperando un vuelo de negocios y no los resultados que definirían su futuro como familia.

Naruto jugueteaba con sus dedos, entrelazándolos con fuerza. Su corazón latía con un ritmo errático. Habían pasado casi cuatro meses desde la boda, y a pesar de los "jueves de contrato", el milagro no ocurría. Sus padres y los ancianos Uchiha presionaban cada vez más. "Un heredero es la base de la estabilidad", decían. Para Naruto, el heredero era la esperanza de ver a Sasuke sonreír, de tener algo que los uniera más allá de un papel firmado.

— Sasuke... —susurró Naruto, inclinándose hacia él—. ¿Crees que el doctor nos dé buenas noticias? A lo mejor solo necesito tomar más vitaminas, ¿verdad? O quizás comer más verduras...

Sasuke ni siquiera apartó la vista de la pantalla. Sus dedos largos y pálidos se movían con agilidad sobre el cristal.

— Deja de especular, Naruto. Los datos son datos. No sirven de nada las conjeturas infantiles.

Naruto hizo un pequeño puchero y bajó la cabeza, mirando sus zapatos amarillos.

— Solo quería ser positivo —murmuró con voz pequeña.

— El optimismo no cambia la biología —sentenció Sasuke con su habitual tono gélido.

— El señor Uchiha puede pasar ahora —anunció una enfermera de aspecto severo desde la puerta del consultorio.

Naruto se levantó de un salto, casi tropezando con sus propios pies en su afán por entrar. Sasuke se puso de pie con una elegancia pausada, guardó su teléfono y caminó con paso firme. Dentro, el doctor Orochimaru, un hombre de piel pálida y ojos que parecían leer más allá de lo evidente, los esperaba con una carpeta de cuero sobre el escritorio.

— Tomen asiento —dijo el médico, su voz arrastrada y sibilante.

Naruto se sentó en el borde de la silla, apretando su bolso con forma de rana contra su pecho. Sasuke se recostó, cruzando una pierna sobre la otra, imperturbable.

— Hemos revisado los estudios de compatibilidad y las pruebas de fertilidad de ambos —comenzó Orochimaru, abriendo la carpeta—. Sasuke, tus resultados son impecables. No hay ninguna anomalía.

Naruto soltó un suspiro de alivio y le dedicó una sonrisa radiante a su esposo.

— ¡Ves, Sasu! ¡Eres perfecto! —exclamó Naruto, tratando de tomar la mano de Sasuke, quien la retiró sutilmente para acomodarse el puño de la camisa.

— Sin embargo —continuó el doctor, y el tono de su voz hizo que el vello de la nuca de Naruto se erizara—, en el caso de Naruto, los resultados son concluyentes. Existe una atrofia congénita en los canales de gestación. Es una condición extremadamente rara en varones con capacidad de concebir.

Naruto parpadeó, su sonrisa congelándose.

— ¿Atrofia? ¿Eso significa que necesito una medicina especial? —preguntó Naruto, su voz volviéndose más aguda, más infantil en un intento desesperado por no entender—. Puedo tomar jarabes, ¡aunque sepan feo! Lo prometo.

El doctor Orochimaru suspiró, algo que parecía casi humano en él.

— No, Naruto. Significa que eres estéril. No hay posibilidad alguna de que puedas gestar un hijo. Ni ahora, ni nunca. El tratamiento es inexistente para tu caso.

El mundo de Naruto se detuvo. El sonido del aire acondicionado se volvió un rugido ensordecedor en sus oídos. Miró a Sasuke, buscando desesperadamente un ancla, una palabra de consuelo, un "está bien, encontraremos la forma". Pero lo que encontró fue un perfil de piedra. Sasuke no se movió. Sus ojos negros estaban fijos en el doctor, analizando la información como si fuera un informe de pérdidas trimestrales de su empresa.

— ¿Absolutamente ninguna posibilidad? —preguntó Sasuke. Su voz no tembló. No había tristeza, solo una fría necesidad de confirmación técnica.

— Ninguna, señor Uchiha. La unión de los linajes, biológicamente hablando, es imposible a través de él.

Naruto sintió que algo se rompía dentro de su pecho. No era un dolor físico, era el sonido de sus sueños estrellándose contra el suelo de mármol. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas que empezaron a desbordarse, empapando sus mejillas.

— Sasu... lo siento... —hipó Naruto, intentando buscar la mirada de su esposo—. Yo no... yo no sabía... yo quería darte un bebé... quería que fuéramos una familia de verdad...

Sasuke se puso de pie bruscamente. El ruido de la silla al arrastrarse fue como un disparo en la habitación.

— Hemos terminado aquí —dijo Sasuke.

No miró a Naruto. No le ofreció un pañuelo. No puso una mano sobre su hombro. Simplemente salió del consultorio con pasos largos. Naruto, con el corazón en la mano, se levantó tambaleándose, hizo una reverencia torpe al doctor y corrió tras él, sollozando sin poder evitarlo.

— ¡Sasuke! ¡Espera, por favor! —gritó Naruto en el pasillo, ignorando las miradas de los demás pacientes—. ¡Sasu, no te enojes conmigo! ¡Podemos adoptar! ¡O podemos intentar otra cosa! ¡No me dejes atrás!

Sasuke se detuvo frente al ascensor y se giró. Su rostro no mostraba odio, pero sí una ira gélida, una furia contenida contra el destino, contra la ineficiencia de una situación que no podía controlar con dinero ni con poder.

— ¿Adoptar? —la voz de Sasuke era como un látigo—. ¿Crees que esto se trata de jugar a la familia, Naruto? El contrato era claro. La unión de los Uchiha y los Uzumaki requiere un heredero de sangre. Un vínculo biológico que asegure el patrimonio de ambas corporaciones.

— ¡Pero yo te amo! —chilló Naruto, las lágrimas corriendo libremente—. ¡Eso es más importante que el dinero o las empresas! ¡Yo te amo más que a nada!

— Pues tu amor no sirve para cumplir la única cláusula que justificaba este matrimonio —respondió Sasuke, las puertas del ascensor se abrieron detrás de él—. Eres defectuoso para los fines de este acuerdo.

Naruto retrocedió como si le hubieran dado un golpe físico. "¿Defectuoso?". Esa palabra se clavó en su alma sensible como un puñal oxidado. Él, que siempre se esforzaba por ser la luz en la vida sombría de Sasuke, acababa de ser catalogado como un objeto inservible.

El viaje de regreso a la mansión fue una tortura de silencio. Naruto lloraba bajito, encogido en su asiento, abrazando sus rodillas. Sasuke conducía con una precisión aterradora, sus nudillos blancos apretando el volante. No estaba enojado con Naruto por ser quien era, estaba enojado con la realidad. Se sentía estafado por el universo. Había aceptado este matrimonio tedioso, había soportado las atenciones infantiles y empalagosas de Naruto, todo por un objetivo. Y ahora, ese objetivo se había esfumado.

Al llegar a la casa, Sasuke no entró al salón. Se dirigió directamente a su despacho y comenzó a sacar documentos de un cajón bajo llave. Naruto lo siguió, quedándose en el marco de la puerta, limpiándose los ojos con la manga de su suéter.

— Sasu... ¿qué estás haciendo? —preguntó con voz temblorosa.

Sasuke dejó una carpeta azul sobre el escritorio. Naruto reconoció el sello de los abogados de la familia Uchiha.

— Voy a iniciar los trámites de anulación y divorcio —dijo Sasuke, sin rodeos.

Naruto sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Corrió hacia el escritorio y golpeó la madera con sus manos pequeñas.

— ¡No! ¡No puedes! ¡Prometiste que estaríamos juntos! ¡Dijiste que me cuidarías!

— Nunca dije eso, Naruto. Eso fue lo que tú quisiste escuchar —Sasuke levantó la vista, y por primera vez en el día, miró directamente a los ojos empañados de Naruto—. Este matrimonio se basaba en una premisa que ha resultado ser falsa. Mis padres y los tuyos estarán de acuerdo. No hay razón para continuar con esta farsa.

— ¡No es una farsa para mí! —gritó Naruto, su voz rompiéndose—. ¡Yo te recibo todos los días con un beso porque te amo! ¡Te hago la cena porque quiero que estés sano! ¡Me esfuerzo los jueves aunque tú ni siquiera me mires porque espero que algún día sientas algo por mí! ¡No me importa el heredero, yo solo te quiero a ti!

— Pues yo no —soltó Sasuke con una frialdad que heló la sangre de Naruto—. Yo no necesito amor, Naruto. Necesito resultados. Necesito un futuro para mi apellido. Y tú no puedes dármelo.

Naruto se dejó caer de rodillas al suelo. Su infantilismo, su alegría, su luz... todo parecía apagarse bajo el peso de la indiferencia de Sasuke. Se veía tan pequeño, tan frágil en medio de aquel despacho lujoso.

— Por favor... —rogó Naruto, uniendo sus manos en un gesto de súplica—. No me eches. Puedo ser tu sirviente si quieres. Puedo vivir en otra habitación. Pero no me pidas que me vaya de tu lado. No sé cómo vivir sin amarte.

Sasuke sintió un extraño e incómodo tirón en el pecho al ver a Naruto así, tan roto. Pero Sasuke Uchiha no sabía lidiar con las emociones. Para él, la vulnerabilidad era una debilidad que debía ser eliminada. Ver a Naruto llorar de esa manera solo reforzaba su idea de que no eran compatibles. Él era un hombre de negocios, de realidades crudas; Naruto era un niño atrapado en un mundo de fantasía y sentimientos desbordados.

— Mañana vendrá el abogado —dijo Sasuke, ignorando el ruego—. Te darán una compensación generosa. Podrás comprarte todos los juguetes y el ramen que quieras. Pero este matrimonio se termina hoy.

Sasuke pasó junto a él sin tocarlo, dejando a Naruto solo en el suelo frío. El rubio escondió el rostro entre sus manos y sollozó con una agonía que llenó cada rincón de la habitación. No quería dinero. No quería compensaciones. Quería el calor que nunca recibió, quería que Sasuke lo levantara del suelo y le dijera que, a pesar de todo, él era suficiente.

Pero Sasuke ya no estaba.

Naruto se quedó allí durante horas, hasta que la luna se filtró por la ventana, la misma luna que tantas veces había observado esperando a que Sasuke se durmiera para poder abrazarlo sin ser rechazado. Se levantó con dificultad, sus piernas sintiéndose pesadas como el plomo. Caminó hacia la cocina, su instinto de cuidar a Sasuke todavía funcionando por pura inercia.

Vio la tetera, vio el tarro de miel. Con manos temblorosas, preparó el té. "Un té con mucha miel para que seas dulce como yo", recordó haber dicho una vez. Una risa amarga y seca escapó de sus labios, transformándose rápidamente en un nuevo sollozo.

Llevó la taza hacia la habitación de Sasuke. La puerta estaba entornada. Sasuke estaba sentado en la cama, mirando hacia la nada, con la camisa desabrochada y una expresión que, por un segundo, pareció de cansancio absoluto.

Naruto entró en silencio y dejó la taza en la mesita de noche. Sasuke no lo miró, pero tampoco lo echó.

— Es tu té —dijo Naruto, su voz ahora ronca y vacía de su alegría habitual—. Es el último que te haré.

Sasuke miró la taza, el vapor subiendo en espirales delicadas.

— Naruto... vete a dormir a la otra habitación —dijo Sasuke, su voz un poco menos dura, pero igual de distante.

— ¿De verdad no hay nada que pueda hacer? —preguntó Naruto, una última chispa de esperanza brillando en sus ojos azules—. ¿De verdad soy tan... tan inútil solo por no poder tener un bebé?

Sasuke cerró los ojos. La imagen de Naruto, siempre sonriente, siempre saltando, siempre intentando ganar su afecto, se cruzó por su mente. Y luego, la imagen de Naruto hoy, destrozado en el suelo de su oficina.

— No eres inútil, Naruto. Solo eres... el esposo equivocado para un Uchiha.

Naruto asintió lentamente. El dolor era tan grande que ya ni siquiera podía llorar más. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

— Algún día —dijo Naruto sin mirar atrás—, vas a tener todo el dinero del mundo y todos los herederos que quieras. Pero te vas a dar cuenta de que nadie te amó como el "tonto e infantil" Naruto. Y ese día, Sasuke, vas a estar más solo que yo ahora.

Naruto salió de la habitación, cerrando la puerta con una suavidad que dolió más que un portazo. Sasuke se quedó solo en la penumbra, con el té enfriándose en la mesita. Por primera vez en su vida, el silencio de su mansión no le pareció pacífico, sino aterradoramente vacío.

En la habitación de invitados, Naruto se acurrucó en una cama que no olía a Sasuke. Se abrazó a sí mismo, frotando su vientre "defectuoso".

— Yo sí te quería —susurró Naruto a un bebé que nunca existiría—. Yo sí te habría querido mucho.

Esa noche, el niño que siempre hablaba a propósito como un pequeño para esconder sus inseguridades, tuvo que crecer de golpe. Y el hombre que creía tenerlo todo bajo control, empezó a entender que había algunas cosas, como el calor de un beso de bienvenida, que no tenían precio de mercado, pero que eran lo único que evitaba que su corazón se convirtiera definitivamente en piedra. El divorcio estaba en marcha, y con él, la última oportunidad de Naruto de ser feliz al lado del hombre que, irónicamente, prefería un contrato a un corazón.