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Lindo infantil

El precio de un corazón roto

La mañana del divorcio fue tan gris como el alma de Naruto. El trámite fue rápido, quirúrgico y humillante. En la oficina del abogado, rodeados de carpetas que valían millones, Sasuke no le dirigió la palabra ni una sola vez. Naruto firmó con la mano temblorosa, dejando manchas de lágrimas en el papel que ponía fin a su sueño. Sasuke, en cambio, firmó con un trazo firme y elegante, sin que un solo músculo de su rostro se moviera. Al salir del edificio, el pelinegro simplemente subió a su coche y se marchó, dejando a Naruto parado en la acera, sintiéndose como un juguete viejo que ha sido desechado porque ya no funciona.

Cuando Naruto regresó a la mansión de sus padres, esperaba consuelo. Esperaba que su madre lo abrazara y le dijera que todo estaría bien. Pero la realidad fue un golpe más duro que el rechazo de Sasuke.

— ¡Inútil! ¡Eres un completo inútil! —El grito de Minato resonó en el gran salón de la mansión Uzumaki.

Antes de que Naruto pudiera responder, sintió el impacto de la mano de su padre contra su mejilla. El golpe lo mandó al suelo, donde se quedó encogido, protegiéndose la cabeza con sus brazos delgados.

— ¡Papá, por favor! —sollozó Naruto con su vocecita infantil quebrada—. ¡Yo no quería ser así! ¡El doctor dijo que nació así!

— ¡Nos has avergonzado ante los Uchiha! —rugió Kushina, su madre, cuya mirada antes dulce ahora era puro veneno—. Gastamos una fortuna en tu educación, en tu ropa, en que fueras "perfecto" para Sasuke. ¡Y resultas ser un campo seco que no puede dar frutos! ¡Has roto la alianza comercial más grande del siglo!

Naruto recibió una patada en el costado que lo dejó sin aliento. El dolor físico no era nada comparado con el vacío en su pecho. Sus padres no lo veían como un hijo, sino como una inversión fallida. Esa noche, Naruto fue encerrado en su antigua habitación, sin cena y con el corazón hecho pedazos, mientras los Uzumaki trataban desesperadamente de salvar lo que quedaba de su reputación.

Mientras tanto, en el mundo de los Uchiha, el tiempo no se detuvo por sentimientos triviales. Madara y Fugaku no perdieron ni un segundo. Si Naruto no servía, buscarían a alguien que sí lo hiciera. No pasaron ni dos semanas cuando se anunció el nuevo compromiso de Sasuke. La elegida fue Sakura Haruno, una mujer brillante, de familia prestigiosa y, sobre todo, con un historial médico impecable.

Sasuke aceptó el matrimonio con la misma apatía con la que aceptaba un nuevo contrato de exportación. Sakura era eficiente, madura y no hablaba con diminutivos ni pedía besos de bienvenida. La casa Uchiha se volvió un lugar de orden absoluto, pero el silencio que antes Naruto llenaba con sus cantos y risas, ahora se sentía como una tumba de lujo.

Pasaron los meses. La empresa Uchiha-Haruno floreció, los ingresos se duplicaron y la prensa aclamaba a la "pareja de oro". Sasuke tenía todo lo que siempre había dicho que quería: éxito, estabilidad y un futuro asegurado.

Una noche de viernes, después de una junta agotadora que se extendió hasta la madrugada, Sasuke decidió no ir directamente a casa. No quería escuchar a Sakura hablar sobre las acciones de la bolsa o sobre los planes para la próxima gala benéfica. Se detuvo en un bar exclusivo de la zona alta de Konoha, un lugar de luces tenues y música de jazz donde los multimillonarios iban a ahogar sus preocupaciones en whisky de malta.

En una de las mesas del fondo, encontró a su viejo amigo, Shikamaru Nara.

— Vaya, pero si es el hombre del momento —dijo Shikamaru con una sonrisa perezosa, señalando el asiento frente a él—. ¿Qué haces aquí, Sasuke? Pensé que estarías celebrando tu último éxito financiero con tu perfecta esposa.

Sasuke se sentó y pidió un trago doble.

— El trabajo es agotador, eso es todo —respondió Sasuke con su habitual tono seco.

— Qué problemático —suspiró Shikamaru, dándole un sorbo a su bebida—. Sabes, el otro día vi a Naruto.

El nombre golpeó a Sasuke como un latigazo invisible. Hacía meses que no permitía que ese nombre cruzara su mente.

— No me interesa —dijo Sasuke, aunque sus dedos se apretaron alrededor del vaso.

— Debería interesarte, aunque sea por curiosidad morbosa —continuó Shikamaru, ignorando la frialdad de su amigo—. Está viviendo en un pequeño apartamento en la zona baja. Dicen que sus padres lo desheredaron por lo del divorcio. Lo echaron a la calle con casi nada. Ahora trabaja en una guardería.

Sasuke sintió una extraña punzada en el estómago. ¿Naruto viviendo en la zona baja? ¿El chico que solo vestía seda y cachemira?

— Es un lugar adecuado para él —comentó Sasuke, tratando de sonar indiferente—. Siempre fue un niño. Estar rodeado de mocosos le vendrá bien.

— Eso es lo más triste, Sasuke —Shikamaru lo miró fijamente a los ojos—. Fui a verlo porque Temari quería mandarle unas cosas. Sigue siendo igual de infantil. Habla con sus juguetes, usa esos suéteres de colores brillantes y le sonríe a todo el mundo con esa cara de inocencia... pero sus ojos están muertos. Es como ver a un niño que se quedó atrapado en un funeral eterno.

Sasuke dio un trago largo a su whisky, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta.

— Sigue siendo un tonto —susurró el azabache.

— Quizás —dijo Shikamaru—. Pero me pregunto... ahora que tienes la vida perfecta, la esposa inteligente, los negocios en auge y el respeto de todos... ¿no extrañas nada de tu vida anterior?

Sasuke guardó silencio. La imagen de Naruto corriendo hacia la puerta con una sonrisa radiante, gritando "¡Bienvenido a casa, Sasu-ke!", apareció en su mente con una claridad aterradora. Recordó el olor a ramen casero, el tacto suave de las manos de Naruto masajeando sus hombros y el calor de su cuerpo acurrucado contra su espalda por las noches, incluso cuando él le daba la espalda.

— No extraño nada —mintió Sasuke, su voz apenas un susurro.

— ¿Seguro? —insistió Shikamaru—. Porque Sakura es una gran mujer, no hay duda. Pero ella no te mira como si fueras el sol, la luna y las estrellas. Ella te mira como a un socio. Naruto te miraba como si fueras su mundo entero. ¿No extrañas que alguien te quiera así, sin condiciones, sin contratos, solo por el simple hecho de ser tú?

Sasuke no respondió. Pagó su cuenta y salió del bar sin despedirse. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, pero no logró despejar su mente. Subió a su coche y comenzó a conducir. Sin darse cuenta, sus manos lo guiaron lejos de su mansión perfecta, hacia la zona más humilde de la ciudad.

Detuvo el coche frente a un edificio de apartamentos antiguo. En una de las ventanas del segundo piso, vio una luz tenue. En el alféizar de la ventana, había una pequeña maceta con un girasol de plástico y un peluche de zorro que reconoció de inmediato. Era el zorro que Naruto siempre abrazaba cuando tenía miedo a las tormentas.

Sasuke se quedó allí, en la oscuridad de su coche de lujo, observando la ventana. Por un momento, creyó ver una silueta rubia moviéndose dentro. Imaginó a Naruto preparando un té solo, hablando con sus peluches porque no tenía a nadie más a quien contarle su día. Imaginó las marcas de los golpes de sus padres, que Shikamaru le había mencionado en voz baja antes de irse del bar.

Un sentimiento que no pudo identificar —o que se negaba a nombrar— comenzó a crecer en su pecho. Era una mezcla de culpa, vacío y una soledad tan profunda que el dinero no podía llenar. Sakura nunca le haría té con miel. Sakura nunca le diría que el sol brilla por amor y no por fusión nuclear. Sakura nunca lo besaría en la mejilla con esa devoción tan pura que lo hacía sentir, por un instante, que no era solo un empresario de éxito, sino un ser humano.

— Eres un tonto, Naruto —susurró Sasuke a la noche, con la voz rota.

Pero mientras miraba aquella ventana humilde, Sasuke supo que el tonto no era el chico que amaba demasiado. El tonto era el hombre que tenía el mundo a sus pies, pero que había dejado ir lo único que realmente tenía valor en su vida.

Arrancó el motor y se alejó a toda velocidad, huyendo de la verdad. Pero por primera vez en su vida, Sasuke Uchiha se dio cuenta de que su mansión millonaria no era más que una caja de cristal muy cara, y que el heredero que tanto buscaba nunca podría llenar el hueco que dejó un "defectuoso" chico rubio de ojos azules.

Aquella noche, Sasuke no durmió. Se quedó mirando el techo de su habitación matrimonial, escuchando la respiración rítmica y eficiente de Sakura a su lado. Y en el silencio de la madrugada, pudo jurar que escuchaba el eco de una voz cantarina que lo llamaba en la distancia, recordándole que el amor, a diferencia de las empresas, no se puede recuperar una vez que se declara en quiebra.

Naruto, en su pequeño apartamento, abrazaba a su zorro de peluche mientras dormía. Había llorado hasta quedarse seco, pero en sus sueños, todavía corría hacia una puerta que se abría para recibirlo. Porque Naruto perdonaba rápido, amaba demasiado y, a pesar de todo el dolor, seguía esperando que su "Sasu" algún día volviera por el té que se había quedado frío.

El destino había cumplido los deseos de las familias, pero había condenado a dos almas: a una a vivir en la tristeza de la inocencia perdida, y a la otra a morir lentamente en la cima de un imperio construido sobre el cadáver de un amor que no supo valorar.