Lindo infantil
El eco de lo que falta
La mansión Uchiha, en la zona más exclusiva de la ciudad, era un triunfo de la arquitectura moderna. Todo era cristal, acero y mármol. No había alfombras de colores, ni juguetes olvidados en los pasillos, ni el olor dulce a galletas recién horneadas que solía impregnar el aire cuando Naruto vivía allí. Ahora, la casa olía a sándalo costoso y a productos de limpieza industriales. Era el hogar perfecto para un hombre perfecto y su esposa perfecta.
Sasuke Uchiha estaba sentado a la cabecera de la mesa del comedor, observando a Sakura Haruno. Ella lucía impecable en su vestido de oficina de seda color crema, revisando su tableta mientras desayunaba una ensalada de frutas cortada con precisión milimétrica.
— Sasuke —dijo Sakura sin levantar la vista de la pantalla—, he confirmado nuestra asistencia a la gala de los Hyuga para este viernes. He coordinado con tu secretaria para que tu traje esté listo a las seis. No podemos llegar tarde, el sector financiero estará observando nuestra próxima inversión.
Sasuke removió su café negro. Estaba amargo, exactamente como a él le gustaba. Sin embargo, su lengua buscaba inconscientemente un rastro de miel que ya no existía.
— Está bien —respondió él con su voz monótona—. Asegúrate de que los informes de riesgo estén listos para entonces.
— Por supuesto. Todo está bajo control —concluyó ella, cerrando la tableta con un clic seco y eficiente.
Sakura se levantó, le dio un beso rápido y funcional en la mejilla —un roce de labios que apenas duró un segundo— y salió de la habitación con el sonido rítmico de sus tacones de diseñador.
Sasuke se quedó solo. El silencio se le antojó pesado, casi asfixiante. Recordó, contra su voluntad, cómo Naruto solía irrumpir en el comedor, a veces tropezando con sus propias pantuflas con forma de sapo, para dejar un beso sonoro y pegajoso en su mejilla, llenándolo de palabras atropelladas sobre lo que había soñado o sobre cómo las flores del jardín "le habían saludado" esa mañana.
— Era irritante —se dijo Sasuke a sí mismo, apretando el asa de su taza—. Era infantil y ruidoso.
Pero, mientras caminaba hacia su coche, no pudo evitar notar que la puerta de entrada ya no se sentía como un lugar de bienvenida, sino simplemente como una salida hacia otro compromiso laboral.
Al llegar a la empresa, el ritmo frenético de las finanzas lo absorbió durante horas. Sasuke era una máquina. Firmaba contratos, analizaba gráficos y tomaba decisiones que afectaban a miles de personas sin que le temblara el pulso. Pero, a media tarde, la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso.
Shikamaru Nara entró con su habitual aire de desgana, dejando caer una carpeta sobre el escritorio de roble.
— Vaya, Sasuke, pareces más un robot que de costumbre —comentó Shikamaru, dejándose caer en una de las sillas de cuero frente al escritorio—. ¿Te han aceitado las articulaciones hoy?
— No tengo tiempo para tus bromas, Nara —respondió Sasuke sin levantar la vista—. Si no es sobre el proyecto de energía, vete.
— Qué problemático eres —Shikamaru suspiró y se cruzó de brazos—. En realidad, venía a decirte que pasé por el distrito sur ayer. Fui a dejar unos papeles a la guardería donde trabaja "cierto rubio".
La mano de Sasuke, que sostenía una pluma de oro, se detuvo por una fracción de segundo. Fue un movimiento casi imperceptible, pero para alguien tan observador como Shikamaru, fue suficiente.
— No me interesa —repitió Sasuke, su voz un tono más fría.
— Debería —continuó Shikamaru con calma—. Estaba ayudando a los niños a pintar un mural. Tenía la cara manchada de pintura azul y amarilla. Estaba riendo, Sasuke. Pero cuando me vio, esa risa se desvaneció un poco. Me preguntó por ti.
Sasuke finalmente levantó la vista. Sus ojos negros eran pozos de una oscuridad insondable.
— ¿Qué preguntó?
— Preguntó si estabas comiendo bien —dijo Shikamaru, su voz suavizándose—. Dijo que a veces se te olvida almorzar cuando estás muy concentrado y que esperaba que tu "nueva esposa" te recordara tomar agua. También me pidió que no te dijera que lo vi. Dijo que "Sasu-ke es una persona muy importante ahora y no tiene tiempo para niños pequeños".
Sasuke sintió un nudo en la garganta que se negó a tragar. La imagen de Naruto, pobre, desheredado y trabajando en un lugar humilde, preocupándose todavía por su alimentación, era algo que no encajaba en su mundo lógico y calculador.
— Es un sentimental —escupió Sasuke, aunque sus palabras carecían de veneno—. Sus padres hicieron bien en darle una lección. La vida no es un juego de niños.
— Sus padres son unos monstruos, Sasuke, y tú lo sabes —replicó Shikamaru con seriedad—. Lo echaron de casa sin nada más que una maleta de ropa. Konohamaru me dijo que Naruto pasó las primeras semanas llorando en un refugio hasta que consiguió ese empleo. Y aun así, con todo lo que le hiciste, sigue hablando de ti como si fueras un héroe. Es patético, o quizás es lo más puro que he visto en mi vida.
— Ya basta —sentenció Sasuke, poniéndose de pie—. No quiero volver a escuchar su nombre en esta oficina. Naruto Uzumaki es parte de un pasado que ya no existe.
Shikamaru se levantó lentamente y caminó hacia la puerta.
— Como quieras. Pero ten cuidado, Sasuke. El éxito es muy frío cuando no tienes a nadie que se alegre de verte solo por ser tú y no por el tamaño de tu cuenta bancaria. Sakura es perfecta para el negocio, pero Naruto era perfecto para ti. Lástima que te diste cuenta demasiado tarde.
Cuando Shikamaru salió, Sasuke se desplomó en su silla. Trató de concentrarse en los números de la pantalla, pero las cifras parecían bailar. "Sasu-ke es una persona muy importante". La forma en que Naruto pronunciaba su nombre, alargando la última sílaba con ese tono infantil y cariñoso, resonaba en su cabeza como un eco persistente.
Esa noche, Sasuke regresó a casa tarde. Sakura ya estaba en la cama, leyendo un libro sobre gestión de activos.
— Llegas tarde —dijo ella sin apartar la vista de las páginas—. Tu cena está en el microondas. La empleada la dejó lista antes de irse.
— No tengo hambre —respondió Sasuke, quitándose la corbata con un movimiento brusco.
Se metió en la ducha, dejando que el agua caliente golpeara su espalda. Cerró los ojos y, por un momento, pudo imaginar que estaba de vuelta en el pequeño baño de la casa de invitados, donde una vez Naruto entró por error —o a propósito— cubierto de burbujas de jabón, riendo como un loco porque había encontrado un patito de goma.
— Sasuke, ¿estás bien? —la voz de Sakura desde el otro lado de la puerta lo devolvió a la realidad—. Mañana tenemos la reunión con los inversores de Suna a las ocho. No te desveles.
— Estoy bien, Sakura. Duérmete.
Al salir del baño, Sasuke se acostó en su lado de la cama. La distancia entre él y Sakura era de apenas un metro, pero se sentía como un océano. No había contacto físico. No había un brazo rodeando su cintura, ni una respiración cálida contra su nuca, ni un susurro de "Te amo, Sasu" antes de caer en el sueño.
Esa noche, Sasuke soñó con un girasol que se marchitaba en un campo de mármol.
Los días siguientes fueron una tortura de comparaciones silenciosas. Cada vez que Sakura tomaba una decisión lógica, Sasuke recordaba la impulsividad emocional de Naruto. Cada vez que Sakura hablaba de política, Sasuke recordaba a Naruto hablando con los pájaros del jardín. Empezó a darse cuenta de que su vida se había convertido en una serie de transacciones impecables, pero carentes de alma.
El jueves —el antiguo día del contrato— Sasuke se encontró mirando el reloj de su despacho. Eran las diez de la noche. En el pasado, a esta hora, Naruto ya estaría esperándolo en la cama, con ese pijama de seda blanca y esa mirada llena de una devoción que Sasuke siempre había despreciado por considerarla una debilidad.
— Es solo sexo —se dijo Sasuke, cerrando los ojos con fuerza—. Solo era un deber biológico.
Pero su cuerpo recordaba otra cosa. Recordaba la suavidad de la piel de Naruto, la forma en que se aferraba a él como si fuera su único ancla en el mundo, y la manera en que, a pesar de la frialdad de Sasuke, Naruto siempre intentaba hacerlo sentir amado.
— Maldita sea —gruñó Sasuke, golpeando el escritorio.
No pudo aguantar más. Tomó las llaves de su coche y salió de la empresa, ignorando las llamadas de su secretaria. Condujo hacia el distrito sur, el lugar que Shikamaru había mencionado. Era una zona de edificios viejos, con ropa tendida en los balcones y farolas que parpadeaban.
Aparcó su deportivo italiano frente a un edificio de apartamentos que se veía casi en ruinas. Se sintió fuera de lugar con su traje de tres mil dólares, pero no le importó. Subió las escaleras crujientes hasta el segundo piso. Se detuvo frente a la puerta 2B.
Había una pequeña corona de flores de papel pegada en la madera, hecha claramente por manos infantiles. Sasuke levantó la mano para llamar, pero se detuvo. ¿Qué iba a decirle? "¿Perdona por echarte de casa porque no podías darme un heredero, ahora me doy cuenta de que mi vida es aburrida sin tus tonterías?".
Justo cuando estaba a punto de darse la vuelta, la puerta se abrió.
Naruto estaba allí, sosteniendo una bolsa de basura. Llevaba un suéter naranja desgastado con un remiendo en el codo y unos pantalones de chándal. Su cabello rubio estaba revuelto y tenía ojeras bajo sus ojos azules.
Al ver a Sasuke, Naruto se quedó petrificado. La bolsa de basura cayó al suelo con un golpe sordo.
— ¿Sasu-ke? —susurró Naruto, su voz temblando. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente, como siempre ocurría cuando sus emociones lo desbordaban—. ¿Eres tú de verdad o es otro sueño de los tristes?
Sasuke sintió un pinchazo de dolor en el pecho al ver lo delgado que estaba. El Naruto que recordaba era vibrante, lleno de energía; este Naruto parecía una sombra de sí mismo, aunque todavía conservaba esa chispa de inocencia en su mirada.
— Soy yo, Naruto —dijo Sasuke, su voz más suave de lo que había sido en años.
Naruto dio un paso atrás, frotándose los ojos con los puños, como un niño pequeño tratando de despertar.
— No deberías estar aquí —dijo Naruto, empezando a sollozar—. La señora de pelo rosa se enojará. Y mis papás dijeron que si te molestaba, me iría peor. Vete, por favor, Sasu. Ya aprendí a estar solito. Ya no hablo tanto, lo prometo.
Cada palabra de Naruto era como un puñal para Sasuke. El empresario dio un paso hacia adelante, entrando en el pequeño y pobre apartamento sin invitación. El lugar olía a sopa barata y a detergente de baja calidad, pero en un rincón, vio una foto de su propia boda enmarcada con palitos de helado decorados con purpurina.
— No me voy a ir —dijo Sasuke, cerrando la puerta tras de sí—. Shikamaru me contó... me contó cómo estás viviendo.
Naruto se abrazó a sí mismo, temblando.
— ¡Estoy bien! —exclamó con una sonrisa forzada que se rompió a la mitad—. Tengo un trabajo con niños. Ellos no me dicen que soy defectuoso. Ellos me quieren aunque no pueda tener bebés. Mira, me regalaron este dibujo.
Naruto señaló un papel pegado en la pared donde se veía una figura rubia y una figura negra dándose la mano.
— Naruto... lo siento —las palabras salieron de la boca de Sasuke como si fueran extrañas para él. Nunca se había disculpado con nadie—. Fui un estúpido.
Naruto lo miró con incredulidad. Se acercó lentamente, como si tuviera miedo de que Sasuke desapareciera si se movía demasiado rápido. Extendió una mano temblorosa y tocó la mejilla del azabache.
— Estás frío, Sasu —murmuró Naruto, su instinto de cuidado aflorando a pesar de todo—. Tienes la cara de cuando trabajas mucho y no duermes nada. ¿Quieres... quieres un té? No tengo miel de la cara, pero tengo azúcar.
Sasuke cerró los ojos ante el toque de Naruto. Era el mismo calor, la misma ternura que había despreciado. Sin pensarlo, atrapó la mano de Naruto y la presionó contra su rostro.
— No quiero té, Naruto. Quiero... —Sasuke se detuvo. No sabía cómo pedir perdón por haber destruido la vida de la única persona que lo amó de verdad.
— ¿Quieres volver a ser mi esposo? —preguntó Naruto con una esperanza infantil y desgarradora en sus ojos—. ¿Ya no te importa que mi pancita esté vacía?
Sasuke lo miró, y en ese momento, la empresa, el heredero, la alianza con los Haruno y el orgullo de los Uchiha le parecieron cenizas.
— No me importa nada de eso —dijo Sasuke, y por primera vez, fue él quien acortó la distancia—. Solo quiero que vuelvas a casa.
Naruto se lanzó a sus brazos, sollozando con fuerza, escondiendo el rostro en el pecho de Sasuke.
— ¡Te extrañé tanto, tanto, tanto! —gritó Naruto entre llantos—. ¡Pensé que me habías olvidado porque soy un niño tonto! ¡Perdóname por no ser perfecto, Sasu!
Sasuke lo rodeó con sus brazos, apretándolo contra él con una fuerza que nunca antes se había permitido mostrar.
— Yo soy el que no es perfecto, Naruto —susurró Sasuke contra su cabello rubio—. Yo soy el que no supo ver que la perfección estaba en este apartamento de mierda y no en mi mansión.
Esa noche, Sasuke no regresó a su vida de cristal. Se quedó en el pequeño colchón de Naruto, escuchando al rubio hablar sin parar sobre los niños de la guardería hasta que se quedó dormido con una sonrisa en el rostro. Sasuke sabía que el camino por delante sería un desastre legal y social. Sus padres lo repudiarían, Sakura exigiría la mitad de su fortuna y el escándalo sería monumental.
Pero mientras observaba a Naruto dormir, agarrando con fuerza su camiseta como si tuviera miedo de que se escapara, Sasuke sintió una paz que ningún contrato le había dado jamás. Por fin, el té de su vida volvía a tener el sabor dulce que solo un chico "defectuoso" e infantil podía darle. Y por primera vez en su vida, Sasuke Uchiha entendió que un heredero puede continuar un apellido, pero solo el amor de verdad puede continuar una vida.