Lirios
La Fragilidad del Cristal y el Perfume del Olvido
El segundo despertar de Isabella Moretti en el Campamento Mestizo fue, si cabe, más irritante que el primero. La luz del sol de Long Island, filtrada por las cortinas de la Casa Grande, incidía directamente sobre sus párpados con una insistencia casi personal. Pero no fue la fotofobia lo que la sacó de su letargo, sino el peso familiar, cálido y ligeramente pegajoso que oprimía su caja torácica.
Bajó la vista y soltó un suspiro que fue mitad gruñido y mitad resignación. Allí estaba de nuevo Cloris, la dríade de los robles, enroscada a su cuerpo con la tenacidad de una enredadera milenaria. La ninfa tenía una pierna entrelazada con las de Isabella y su rostro descansaba justo en el hueco de su clavícula, dejando escapar pequeños ronquidos que olían a polen y clorofila.
—¿Es en serio? —susurró Isabella, su voz ronca y profunda por el sueño—. Juro por el Estigia que si vuelves a brotar sobre mí, te convierto en leña para la hoguera de las melcochas.
La ninfa ni siquiera se inmutó; simplemente apretó más el agarre, sus dedos acariciando distraídamente la piel almendrada del abdomen de Isabella, buscando el calor que la pelinegra irradiaba. Isabella cerró los ojos un momento, contando hasta diez. Había sobrevivido al vacío absoluto, a la desintegración molecular y al desprecio de doce dioses psicópatas, pero aparentemente no podía derrotar a una planta con complejo de Edipo.
Se incorporó con brusquedad, obligando a la ninfa a soltarse con un quejido lastimero. Isabella se puso de pie, vestida únicamente con unos pantalones de chándal negros que colgaban peligrosamente bajos de su cadera, revelando la línea de sus músculos oblicuos y la piel tersa de su vientre. Se pasó una mano por el cabello castaño y ondulado, revolviéndolo aún más, y caminó hacia el espejo de la habitación.
—Mírate —se dijo a sí misma, observando la cicatriz en su labio—. De vuelta en el circo, rodeada de payasos con espadas de bronce y ninfas ninfómanas.
Se puso una camiseta de tirantes gris, una prenda que se ajustaba a su figura de atleta de manera casi criminal, y salió de la habitación con la dríade siguiéndola a trotes cortos, como un cachorro verde y asustadizo.
Al llegar al pabellón del comedor, la escena era la repetición de una pesadilla. Los "héroes del Olimpo" estaban allí, desayunando con esa aura de perfección moral que a Isabella le revolvía el estómago. Percy Jackson reía con Jason Grace sobre alguna hazaña de entrenamiento, mientras Annabeth Chase trazaba planos en una servilleta con una intensidad que rayaba en lo patológico.
Isabella entró en el pabellón con la sutilidad de un huracán. El silencio se propagó desde su entrada como una onda expansiva.
—Vaya, la Bella Durmiente ha decidido honrarnos con su presencia —soltó Leo Valdez, aunque su broma murió en su garganta cuando Isabella le lanzó una mirada que habría congelado el Tártaro—. Y... veo que traes compañía. Otra vez.
—Si vuelves a abrir la boca, Valdez, te la llenaré de serrín —respondió Isabella, sentándose en la mesa de los líderes sin pedir permiso.
—Isabella —dijo Annabeth, dejando su lápiz. Sus ojos grises recorrieron la figura de la recién llegada, deteniéndose más de lo necesario en los brazos descubiertos y tonificados de la pelinegra—. Llegas tarde. Quirón quería empezar la reunión de estrategia hace diez minutos.
—Quirón puede esperar —dijo Isabella, arrebatándole una manzana a un sorprendido Frank Zhang—. No tengo prisa por escuchar cómo planeáis salvar un mundo que me envió al basurero de la historia.
—Esa actitud no ayuda, ¿sabes? —intervino Jason, ajustándose las gafas con un gesto de superioridad que a Isabella le daban ganas de abofetear—. Estamos intentando integrar tu... situación en el plan de defensa. Los dioses están nerviosos.
Isabella soltó una carcajada seca y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. La dríade Cloris se sentó en el suelo, abrazando la rodilla de Isabella y mirando a los héroes con hostilidad vegetal.
—¿Nerviosos? —Isabella sonrió, mostrando sus dientes blancos—. Los dioses están aterrorizados porque saben que soy la prueba viviente de que son prescindibles. Y en cuanto a vosotros... —miró a Percy y a Jason—, me importa una soberana mierda vuestro berrinche de héroes heridos.
—¿Berrinche? —Percy dejó caer su tenedor—. Hemos salvado el Olimpo dos veces, Isabella. Hemos sangrado por este lugar.
—Y eso es lo que os hace tan patéticos —replicó ella, su voz bajando a un tono peligroso—. Os habéis convertido en los perros falderos de vuestros padres. Os dan una palmadita en la espalda, una novia bonita y un campamento de verano, y ya os sentís los reyes del mundo. Pero cuando aparece alguien que no encaja en vuestro pequeño club de fans, alguien que es mejor que vosotros sin necesidad de un rayo maestro o un tridente, os ponéis a llorar como mocosos a los que les han quitado el juguete.
—Nadie está llorando —gruñó Jason, su piel chispeando ligeramente con electricidad.
—Tus ojos dicen lo contrario, Superman —Isabella se giró hacia las chicas, ignorando por completo la furia de los varones. Vio a Piper McLean observándola con una mezcla de fascinación y timidez. Piper, la chica que podía convencer a cualquiera de cualquier cosa, parecía haber perdido la lengua—. ¿Qué pasa, McLean? ¿Te gusta lo que ves o solo estás intentando descifrar si mi sudor huele a tragedia?
Piper se sonrojó violentamente, sus ojos cambiando de color erráticamente entre el verde y el ámbar.
—Yo... solo estaba pensando en la profecía —mintió Piper, aunque su mirada se desvió inevitablemente hacia el cuello de Isabella, donde una gota de agua del reciente lavado resbalaba hacia el pecho.
Isabella soltó una risita maliciosa. Se inclinó hacia Piper, invadiendo su espacio personal hasta que la hija de Afrodita pudo oler el aroma a lluvia y metal que emanaba de ella.
—Mientes tan mal como tu madre, preciosa —susurró Isabella, lo suficientemente alto para que Jason lo oyera—. Pero no te culpo. Debe ser agotador estar siempre rodeada de tanta testosterona aburrida.
Jason se puso de pie, haciendo que su silla chirriara contra el mármol.
—¡Ya basta! No vas a venir aquí a insultarnos y a... a seducir a nuestras novias como si fuera un juego.
Isabella se recostó en su asiento, cruzando las piernas con una elegancia felina.
—¿Seducir? —Arqueó una ceja—. Solo estoy siendo amable. Si tus inseguridades son tan grandes que un poco de atención femenina te hace temblar, quizás el problema no soy yo, sino tu falta de... chispa.
Leo soltó un "¡Uuuuh!" que fue silenciado por una mirada de Frank.
Annabeth, que había estado observando la escena con una tormenta interna cociéndose tras sus ojos grises, decidió intervenir antes de que Jason invocara un rayo en medio del desayuno.
—Isabella, ven conmigo. Ahora. Tenemos que revisar los perímetros.
—Como digas, jefa —dijo Isabella, levantándose con una pereza calculada. Antes de irse, le guiñó un ojo a una Hazel Levesque que parecía estar a punto de fundirse en su propia silla—. Nos vemos luego, joyita. No dejes que el grandullón te aburra demasiado.
Hazel se tapó la cara con las manos, mientras Frank miraba a Isabella con una mezcla de confusión y miedo.
Annabeth caminó a paso rápido hacia el bosque, con Isabella siguiéndola a una distancia prudencial. La dríade, satisfecha con haber marcado su territorio durante el desayuno, se desvaneció en un roble cercano con un suspiro de satisfacción.
—¿Qué fue eso? —preguntó Annabeth cuando estuvieron lo suficientemente lejos del pabellón—. ¿Por qué tienes que ser tan... así?
—¿"Así" cómo, Annabeth? —Isabella la alcanzó y caminó a su lado, sus hombros rozándose ocasionalmente—. ¿Honesta? ¿Directa? ¿O te refieres a la parte en la que hago que tus amigas duden de si realmente quieren pasar el resto de su vida con chicos que huelen a establo y a gimnasio?
Annabeth se detuvo en seco, girándose hacia ella.
—Tienen novios, Isabella. Personas que las aman. Personas que han luchado a su lado.
—El amor es una construcción muy frágil, Sabionda —dijo Isabella, acercándose tanto que Annabeth tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarla a los ojos—. Especialmente cuando se basa en la necesidad de sobrevivir a una guerra. Ahora que hay paz, o algo parecido, la gente empieza a darse cuenta de lo que realmente le falta.
—¿Y qué les falta según tú? —desafió Annabeth, aunque su respiración se volvía errática.
—Emoción. Peligro. Alguien que no las trate como trofeos de guerra o como compañeras de equipo —Isabella levantó una mano y, con una lentitud exasperante, apartó un mechón de cabello rubio de la cara de Annabeth—. Alguien que las mire y vea a la mujer, no a la semidiosa.
Annabeth sintió que las rodillas le temblaban. La cercanía de Isabella era como un campo magnético que la atraía hacia un abismo oscuro y delicioso. Odiaba cómo la otra chica parecía leerla como si fuera un libro abierto, cómo desmantelaba sus defensas con una simple frase o un gesto.
—Tú no quieres a nadie, Isabella —susurró Annabeth—. Solo quieres joder a los dioses.
—Exacto —respondió Isabella con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Quiero vivir. Quiero molestar. Quiero evitar morir por tercera o cuarta vez. Y si en el proceso puedo divertirme un poco viendo cómo vuestro mundo de cristal se agrieta... bueno, eso es solo un bono adicional. No me importan vuestros novios, Annabeth. No me importas tú, realmente. Solo sois... distracciones interesantes.
Esa confesión, cruda y carente de cualquier pretensión de afecto, dolió más de lo que Annabeth estaba dispuesta a admitir. Sintió una punzada de rabia y algo que se parecía mucho al despecho.
—Eres una cínica —dijo Annabeth, tratando de recuperar su compostura.
—Soy una superviviente —corrigió Isabella—. Y una superviviente sabe que no debe encariñarse con la comida del condenado.
Siguieron caminando por el bosque en un silencio tenso. Isabella jugueteaba con una navaja de bolsillo, lanzándola al aire y atrapándola con una destreza que hacía que Annabeth se preguntara cuántas horas de soledad absoluta habían hecho falta para perfeccionar ese truco.
De repente, Isabella se detuvo. Su cuerpo se tensó, sus fosas nasales se dilataron.
—¿Hueles eso? —preguntó, su voz ahora despojada de cualquier rastro de burla.
Annabeth olfateó el aire.
—¿Humo? ¿Azufre?
—No. Huele a... nada. Como si el aire se estuviera vaciando —Isabella desenvainó su espada de bronce de un movimiento fluido—. El Eco está aquí.
De entre las sombras de los árboles, no salió un monstruo, ni un titán, ni un gigante. Salió una figura que parecía un boceto inacabado, una silueta de pura estática gris que absorbía el color de todo lo que la rodeaba. Donde pisaba, la hierba se volvía ceniza instantáneamente.
—¡Isabella, atrás! —gritó Annabeth, sacando su daga.
—¡No seas idiota! —le espetó Isabella, poniéndose delante de ella—. Tu bronce celestial no le hará nada. Esto no es de este mundo.
La figura de estática se lanzó hacia ellas con una velocidad antinatural. Isabella no retrocedió; se lanzó al encuentro de la criatura, su espada brillando con una luz oscura que Annabeth no había visto nunca. El choque no produjo sonido metálico, sino un sordo estruendo, como si dos vacíos chocaran entre sí.
Isabella luchaba con una ferocidad que rozaba la locura. No eran los movimientos elegantes de la arena de entrenamiento; eran tajos brutales, movimientos de alguien que ha tenido que matar para no ser olvidado. La criatura de estática intentó envolver a Isabella, pero ella se deslizó por debajo de su guardia y le clavó la espada en lo que debería ser el pecho.
La figura soltó un chirrido que hizo que a Annabeth le sangraran los oídos. Se deshizo en una nube de partículas grises que desaparecieron antes de tocar el suelo.
Isabella se quedó de pie, jadeando, con el sudor empapando su camiseta. Se giró hacia Annabeth, y por un segundo, sus ojos negros estaban llenos de un terror tan antiguo que Annabeth sintió ganas de abrazarla.
—Eso... eso era solo un explorador —dijo Isabella, guardando su espada. Sus manos temblaban ligeramente—. El Olvido no se rinde fácilmente, Annabeth. Quiere recuperar lo que es suyo.
Annabeth se acercó a ella, olvidando por un momento sus dudas y sus celos.
—¿Estás bien?
Isabella la miró y, en un parpadeo, la máscara de cinismo volvió a su lugar. Se limpió el sudor de la frente y le dedicó a Annabeth una mirada depredadora.
—¿Preocupada por mí, Sabionda? Cuidado, o Percy va a empezar a pensar que prefieres las sombras a la luz del sol.
—Eres imposible —gruñó Annabeth, dándose la vuelta para volver al campamento.
—Y tú eres adorable cuando te enfadas —le gritó Isabella a su espalda, soltando una carcajada—. ¡Oye, Annabeth! Dile a Piper que si quiere una lección de "entrenamiento personal" esta noche, estaré cerca del lago. ¡A solas!
Annabeth no respondió, pero aceleró el paso, con el corazón martilleándole en los oídos. No sabía qué le asustaba más: si la criatura de estática que acababa de ver, o el hecho de que una parte de ella deseaba desesperadamente ser Piper en ese momento.
Al volver al campamento, la tensión no hizo más que aumentar. Percy y Jason estaban esperándolas en la entrada del bosque, con los brazos cruzados y expresiones de sospecha.
—¿Habéis encontrado algo? —preguntó Percy, mirando a Annabeth con ansiedad.
—Un explorador del Eco —respondió Annabeth, tratando de sonar profesional—. Isabella lo eliminó.
—¿Ella sola? —Jason miró a Isabella con incredulidad.
—¿Te sorprende, chispitas? —Isabella pasó por su lado, dándole un empujón con el hombro—. Mientras vosotros estabais aquí jugando a los héroes y comiendo panqueques azules, yo estaba aprendiendo a matar cosas que vuestro padre ni siquiera se atreve a soñar. Así que hacedme un favor: dejad de mirarme como si fuera una amenaza para vuestras novias y empezad a mirarme como la única razón por la que todavía tenéis cabeza sobre los hombros.
Isabella siguió caminando hacia la Casa Grande, dejando tras de sí un rastro de indignación y deseo contenido. Se detuvo un momento al ver a Silena y Beckendorf sentados en un banco. Silena le dedicó una sonrisa tímida, y Isabella le lanzó un beso al aire antes de seguir su camino.
—Esa chica va a causar una guerra civil antes de que llegue el enemigo —murmuró Percy, pasando un brazo por los hombros de Annabeth.
Annabeth se tensó bajo su toque. Antes, el brazo de Percy era su lugar seguro, su hogar. Ahora, se sentía como una restricción, como una cadena de oro que la mantenía atada a una versión de sí misma que empezaba a resultarle extraña.
—No es una guerra lo que va a causar, Percy —dijo Annabeth, mirando la silueta de Isabella desaparecer en la distancia—. Es un despertar. Y no estoy segura de que estemos preparados para lo que vamos a descubrir cuando abramos los ojos.
Esa noche, el Campamento Mestizo estaba inusualmente silencioso. En la cabaña de Afrodita, Piper McLean miraba al techo, incapaz de dormir, con el eco de la invitación de Isabella resonando en su mente. En la cabaña de Atenea, Annabeth repasaba mapas que ya no tenían sentido, sintiendo el fantasma de los dedos de Isabella en su mejilla. Y en la Casa Grande, Isabella Moretti se servía una copa de vino robada de la despensa de Dioniso, brindando a la luna.
—Que empiece el espectáculo —susurró Isabella—. Vamos a ver cuántos héroes quedan en pie cuando la verdad empiece a doler.
No le importaba el amor, ni la lealtad, ni los sacrificios pasados. Solo quería ver el fuego en los ojos de aquellas chicas cuando se dieran cuenta de que el mundo que habían salvado era una prisión de cristal, y que ella era la piedra que iba a hacerlo añicos. No era una villana, no realmente. Solo era el recordatorio de que, en la historia del ganador, el perdedor siempre tiene las mejores líneas. Y ella, Isabella Moretti, estaba decidida a que su última línea fuera un grito que el Olimpo nunca pudiera olvidar.