Lirios
La Danza del Vacío y el Filo del Desprecio
El cielo sobre el Campamento Mestizo no se oscureció de forma natural. No fue el paso de una nube ni el anuncio de una tormenta de Zeus; fue algo mucho más visceral. El azul vibrante del mediodía comenzó a desteñirse, perdiendo su saturación hasta convertirse en un gris estático, similar a la interferencia de un televisor antiguo. El aire se volvió pesado, cargado de un olor a ozono y a libros quemados, un vacío que succionaba el sonido de las cigarras y el chocar de las espadas en la arena.
Quirón dio la voz de alarma, pero los héroes ya estaban en posición. Percy, Jason, Annabeth y el resto de los Siete se agruparon en la colina, con las armas desenvainadas y los rostros tensos. Sin embargo, en medio del despliegue táctico, una figura desentonaba por completo.
Isabella Moretti no estaba en formación. Se había caminado hasta el límite de la barrera mágica y, con una parsimonia que rozaba la insolencia, se había sentado en la hierba seca, cruzando sus largas piernas vestidas con los vaqueros negros. No sostenía ninguna arma. En su lugar, jugueteaba con una brizna de pasto entre sus dedos de pianista, observando cómo el horizonte se fracturaba.
—¡Isabella, muévete de ahí! —gritó Percy, cuya espada, Contracorriente, brillaba con un bronce celestial inquieto—. ¡Viene algo grande!
—Cierra el pico, Jackson —respondió ella sin siquiera girarse—. Estás asustando a la nada, y la nada es muy tímida cuando ve a tipos con complejos de mesías.
Del centro de la distorsión grisácea emergió el Fragmento. No era un monstruo con garras o colmillos; era una rasgadura en la realidad, una columna de humo sólido que palpitaba con una luz negra. No tenía rostro, pero cuando "miró" hacia el campamento, todos sintieron una presión insoportable en los oídos.
—Vaya, vaya —dijo Isabella, alzando la voz como si estuviera saludando a un viejo vecino en una cafetería—. Te has tomado tu tiempo, ¿no? Pensé que te habías perdido en el giro a la izquierda después del Tártaro.
El ente se detuvo a pocos metros de ella. El suelo bajo Isabella comenzó a agrietarse, pero ella no se movió. Los héroes retrocedieron un paso, abrumados por el aura de desolación que emanaba la criatura.
—La Variable —la voz del ente no venía de una garganta, sino de todas partes a la vez, un susurro metálico que vibraba en los huesos—. Has vuelto al nido de las hormigas. Te has rodeado de carne y esperanza. Qué decepcionante.
—Oh, no te pongas melodramático —replicó Isabella, recostándose hacia atrás y apoyándose en sus codos, ignorando el hecho de que el ente medía tres metros y despedía una energía capaz de borrar una ciudad—. El vacío es aburrido, ya lo sabes. Aquí al menos tienen café y gente con peinados ridículos. Es como un reality show, pero con más profecías y menos presupuesto.
—Isabella, ¿qué estás haciendo? —preguntó Annabeth, acercándose con cautela, con la daga en alto pero la mirada fija en la espalda de la chica—. ¡Esa cosa es parte del Eco! ¡Va a matarte!
—Annabeth, cariño, guarda ese juguete —dijo Isabella por encima del hombro, con una sonrisa que hizo que el corazón de la hija de Atenea diera un vuelco—. Estamos negociando. O al menos, estoy intentando ver si esta mancha de tinta tiene algo interesante que decir antes de que la borre.
—No hay negociación con el Olvido —sentenció el ente, y la temperatura bajó diez grados—. Hemos venido a reclamar lo que se filtró. Tú perteneces al silencio, Isabella. Y estos... estos hijos de dioses son solo ruido. Ruido que debe ser silenciado.
Isabella bostezó, una demostración de indiferencia tan absoluta que incluso el ente pareció vacilar.
—Sí, sí, el gran silencio, el fin de todas las cosas... ya me sé el discurso. Lo escuché durante eones mientras flotaba en tu estómago. Pero dime, ¿por qué hoy? ¿Por qué no esperaste a que terminara mi sándwich?
—Porque el equilibrio se ha roto —respondió el fragmento, y una extremidad de humo se extendió hacia el campamento—. Empezaremos por las hembras. La de los ojos grises que te observa con miedo y deseo. La de la belleza de Afrodita. La del oro en las venas. Sus almas son brillantes, Isabella. Será divertido ver cómo se apagan mientras las torturamos en el vacío. Las despojaremos de sus nombres hasta que solo sean gritos sin garganta.
El ambiente en la colina cambió en una fracción de segundo. Percy y Jason se lanzaron hacia adelante, pero antes de que pudieran dar dos pasos, una presión gravitacional los clavó al suelo.
Sin embargo, fue la reacción de Isabella lo que congeló la sangre de todos.
Ya no estaba sentada. En un parpadeo, en un movimiento que desafió las leyes de la física, apareció justo frente al ente, a escasos centímetros de su "rostro" de estática. No había rastro de humor en sus ojos negros; ahora eran dos pozos de una furia tan antigua que hacía que el rayo de Zeus pareciera una chispa de encendedor.
—¿Cómo has dicho? —La voz de Isabella era un susurro que cortó el aire como una cuchilla.
—Son hermosas —insistió el ente, sin detectar el peligro—. Sus gritos serán...
Isabella no lo dejó terminar. Extendió una mano y hundió sus dedos directamente en la masa de humo del fragmento. El ente soltó un alarido de estática pura.
—Escúchame bien, pedazo de nada —dijo Isabella, y su piel comenzó a brillar con una luminiscencia negra, una sombra que era más oscura que la noche—. Yo vengo del mismo lugar que tú. Yo soy el vacío que aprendió a reír, el silencio que decidió hablar. Y si crees que voy a dejar que pongas tus sucias manos conceptuales sobre mis juguetes, es que no aprendiste nada de mi estancia allá abajo.
—Son solo mortales... —balbuceó el ente, cuya forma empezó a desestabilizarse bajo el toque de Isabella.
—Son lo único agradable que hay en este lugar de mierda —replicó ella, apretando el agarre. Sus ojos se volvieron completamente negros, sin rastro de esclerótica—. Son mi diversión. Annabeth, Piper, Hazel... son las únicas que hacen que este campamento sea tolerable. Y nadie, absolutamente nadie, toca lo que es mío a menos que yo lo permita.
Con un movimiento brusco, Isabella arrancó un pedazo de la esencia del ente. El fragmento se tambaleó, su forma perdiendo cohesión.
—Vuelve al agujero del que saliste —le ordenó Isabella, su rostro a milímetros del humo—. Y dile a quienquiera que te haya enviado que la Variable No Deseada tiene un sentido del humor muy retorcido, pero que su paciencia es más corta que la memoria de un dios. Si vuelves a mencionar la palabra "tortura" cerca de ellas, te juro que bajaré yo misma y convertiré el Olvido en un parque de atracciones de agonía eterna.
Isabella soltó al ente y, con un gesto de desprecio, le propinó una patada que pareció enviar a la criatura a través de las dimensiones. El fragmento se deshizo en una lluvia de ceniza gris que el viento del campamento dispersó en segundos.
El cielo comenzó a recuperar su color. El peso en el aire desapareció. El silencio que quedó no era el del vacío, sino el de un grupo de personas que acababan de presenciar algo que no podían comprender.
Isabella se quedó de pie en el límite de la colina, dándole la espalda a los héroes. Sus manos aún temblaban ligeramente, no de miedo, sino por la energía que había tenido que canalizar. Se pasó una mano por el cabello, tratando de recuperar su máscara de indiferencia, pero la adrenalina aún corría por sus venas.
—¿Isabella? —La voz de Annabeth era suave, cargada de una mezcla de terror y una gratitud que no sabía cómo expresar.
Isabella se giró lentamente. Sus ojos habían vuelto a la normalidad, pero su mirada seguía siendo afilada. Vio a los Siete, vio a Quirón, y vio a las chicas. Piper estaba pálida, Hazel se apoyaba en Frank, y Annabeth... Annabeth la miraba como si fuera un enigma que acabara de volverse mucho más peligroso.
—¿Qué? —preguntó Isabella, recuperando su tono cínico—. ¿Vais a darme una medalla o vais a seguir mirándome como si fuera a comerme vuestros cereales?
—Tú... nos has defendido —dijo Piper, dando un paso hacia adelante. Su voz de embrujo era inexistente en ese momento; era solo una chica asustada que acababa de ser salvada por la persona que más la confundía en el mundo—. Dijiste que éramos... agradables.
Isabella soltó una risa seca y se acercó a ellas, ignorando deliberadamente a Percy y a Jason, quienes seguían con las manos en sus espadas, procesando la derrota del ente.
—No os hagáis ilusiones, McLean —dijo Isabella, deteniéndose frente a Piper. Estudió el rostro de la hija de Afrodita con una intensidad que hizo que la chica se estremeciera—. Dije que erais mi diversión. Este campamento es un nido de aburrimiento y reglas estúpidas. Vosotras tres sois lo único que mantiene mi interés por no quemar este lugar hasta los cimientos. Si esa mancha de tinta os lleva, ¿con quién voy a jugar yo?
—No somos juegos, Isabella —replicó Annabeth, aunque no había veneno en sus palabras, solo una curiosidad febril.
—Para mí lo sois —dijo Isabella, acercándose a Annabeth hasta que sus hombros se rozaron—. Sois piezas en un tablero que ni siquiera entendéis. Pero sois piezas hermosas, Annabeth. Y yo siempre cuido mis perteniciones.
—¿Pertenencias? —Jason dio un paso al frente, con los ojos brillando de furia—. Annabeth no es tuya. Ni Piper, ni Hazel. No puedes hablar de ellas como si fueran objetos.
Isabella se giró hacia el hijo de Júpiter con una sonrisa que era puro veneno.
—¿Ah, no? —Se acercó a Jason, obligándolo a retroceder por pura presión psicológica—. Dime, chispitas, ¿dónde estabas tú cuando el aire se vaciaba? Estabas en el suelo, como un insecto aplastado por una bota. No pudiste protegerlas. Yo sí. Así que, a efectos prácticos, su seguridad depende de mi humor. Y hoy, mi humor dice que ellas se quedan conmigo.
—¡Isabella, basta! —exclamó Quirón, galopando hacia ellos—. Has salvado el campamento, y te lo agradecemos. Pero no puedes sembrar la discordia de esta manera.
—La discordia ya estaba aquí, centauro —replicó ella, volviendo su atención a las chicas—. Solo que ahora tiene un nombre y una cara bonita.
Isabella extendió una mano y, con una delicadeza que contrastaba con la violencia de hace unos momentos, acarició la mejilla de Hazel. La hija de Plutón se quedó petrificada, sus ojos dorados fijos en los negros de Isabella.
—No tengas miedo, joyita —susurró Isabella—. El vacío no volverá a por ti mientras yo esté cerca. No es porque me importes, es porque odio que me roben los juguetes.
Hazel asintió débilmente, incapaz de articular palabra. Isabella se alejó de ellas, caminando hacia la Casa Grande con una confianza que gritaba que ella era la verdadera dueña del lugar.
—¡Isabella! —la llamó Annabeth.
La chica se detuvo y la miró por encima del hombro.
—¿Sí, Sabionda?
—Lo que dijiste... sobre que tú y la nada venís del mismo lugar... ¿Qué eres realmente?
Isabella guardó silencio por un momento. El viento agitó su cabello castaño, y por un breve instante, pareció que su silueta se desdibujaba, fundiéndose con las sombras de los árboles.
—Soy lo que queda cuando los dioses terminan de jugar —respondió finalmente—. Soy el error en vuestro código perfecto. Y si fuera tú, Annabeth, dejaría de intentar analizarme y empezaría a preguntarme por qué tu corazón late más rápido cuando estoy cerca. No es miedo, y ambas lo sabemos.
Dicho esto, Isabella desapareció en el interior de la Casa Grande, dejando tras de sí un silencio cargado de preguntas sin respuesta y una tensión sexual tan espesa que se podía cortar con una espada de bronce.
Percy se acercó a Annabeth, tratando de ponerle una mano en el hombro, pero ella se apartó instintivamente, con la mirada fija en la puerta por donde Isabella se había ido.
—Annabeth, ¿estás bien? —preguntó Percy, su voz llena de una preocupación que rayaba en la desesperación.
—No lo sé, Percy —respondió ella, y su voz sonó extraña, lejana—. No lo sé.
Piper, por su parte, se abrazó a sí misma, sintiendo todavía el calor de la mirada de Isabella sobre ella. No buscaba un vínculo, había dicho. Eran solo diversión. Pero en ese mundo de héroes perfectos y dioses distantes, ser la "diversión" de alguien tan poderoso y oscuro como Isabella Moretti se sentía como el pecado más tentador del mundo.
—Nos ha protegido —murmuró Hazel, rompiendo el trance—. De una forma cruda y terrible, pero nos ha protegido.
—Lo ha hecho por ella misma —insistió Jason, apretando los puños—. Lo ha dicho claramente. Somos sus juguetes.
—Quizás —dijo Piper, mirando hacia la Casa Grande con un brillo nuevo en sus ojos cambiantes—. Pero prefiero ser el juguete de alguien que puede derrotar a la nada, que la víctima de un sistema que nos olvidó hace mucho tiempo.
El resto de la tarde transcurrió en una calma tensa. Los héroes intentaron retomar sus actividades, pero el ambiente había cambiado. Los cuchicheos seguían a las chicas allá donde iban, y la figura de Isabella Moretti se alzaba como una sombra sobre la paz del campamento.
Isabella, mientras tanto, estaba en el porche de la Casa Grande, observando el entrenamiento de los novatos con un desinterés fingido. En su mano sostenía el pequeño collar que siempre llevaba, el colgante geométrico que brillaba con una luz tenue.
—Divertidas —susurró para sí misma—. Realmente son divertidas.
No buscaba amor. El amor era una debilidad que el Olvido le había arrancado hacía mucho tiempo. Pero la protección... eso era algo diferente. En ese lugar de mierda, como ella lo llamaba, Annabeth, Piper y Hazel representaban algo que Isabella no podía definir, pero que se negaba a perder. Eran el color en su mundo gris, la música en su silencio eterno. Y si protegerlas significaba enfrentarse a todo el vacío o al mismísimo Olimpo, lo haría con una sonrisa en los labios y el desprecio en el corazón.
La noche cayó sobre el Campamento Mestizo, pero por primera vez en mucho tiempo, las sombras no parecían amenazantes. Parecían estar bajo el mando de alguien que conocía la oscuridad mejor que nadie. Y en la cabaña de Atenea, Annabeth Chase cerró los ojos, solo para ver la mirada de Isabella Moretti quemando su retina, un recordatorio de que la verdadera guerra no estaba en el horizonte, sino en el incendio que acababa de estallar en su propio pecho.
—Maldita seas, Isabella —susurró Annabeth a la oscuridad.
Y desde el porche de la Casa Grande, como si pudiera oírla a través del viento, Isabella sonrió. El juego no había hecho más que empezar, y ella tenía todas las cartas ganadoras. Al final del día, la historia la escribiría el ganador, pero Isabella Moretti no quería escribir la historia; quería ser la razón por la que nadie pudiera olvidarla jamás.