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Lloyd

El Despertar del Dragón Dorado: Disciplina y Deseo

El sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte, tiñendo las nubes de un naranja vibrante que recordaba al fuego de Kai, pero en el Monasterio de Spinjitzu, el ambiente era drásticamente diferente al de cualquier otra mañana. Lloyd se despertó sintiendo una vitalidad renovada. Sus músculos, aunque ligeramente cansados por la maratón de la noche anterior, se sentían cargados de una energía eléctrica. Se puso su túnica verde, ajustando el cinturón con una firmeza que denotaba su nuevo estatus de dominio absoluto.

Al salir al patio central, se encontró con una escena que habría dejado a cualquier otro ninja rascándose la cabeza. Las chicas ya estaban allí, pero no había rastro de la agitación o las burlas sutiles de los días anteriores. Nya estaba practicando sus formas de agua con una fluidez hipnótica; cada vez que giraba, su traje ajustado marcaba la curva de sus caderas, pero ahora, en lugar de buscar la mirada de Lloyd con desesperación, lo hacía con una devoción silenciosa. Cuando sus ojos se encontraron con los del Maestro Dorado, ella inclinó la cabeza ligeramente, un gesto de sumisión que Lloyd aceptó con un asentimiento firme.

—Veo que has madrugado, Nya —dijo Lloyd, caminando hacia el centro del dojo.

—El cuerpo se siente... ligero, Lloyd —respondió ella, con una voz que era un ronroneo suave—. Después de la "sesión de entrenamiento" de anoche, siento que mis elementos están más equilibrados que nunca.

Sora y Wyldfyre aparecieron poco después, saliendo de los talleres. Sora caminaba con un ligero bamboleo en su trasero, el cual parecía haber cobrado vida propia bajo sus shorts. Ya no intentaba parecer accidentalmente provocadora; ahora era una declaración de intenciones. Wyldfyre, por su parte, tenía el cabello revuelto y una chispa de fuego salvaje en sus ojos que solo Lloyd sabía cómo apagar.

—¡Hey, rubio! —exclamó Wyldfyre, acercándose con paso decidido—. Sora y yo estábamos pensando que el hangar está un poco frío esta mañana. Quizás necesitemos que alguien venga a generar algo de calor... de la forma en que solo tú sabes.

Sora soltó una risita, ajustándose las gafas y dejando que su mirada recorriera el cuerpo de Lloyd con descaro.

—Es cierto —añadió Sora—. Mis sistemas necesitan una calibración manual. Pixal dice que sus circuitos todavía están echando chispas después de lo que le hiciste.

Lloyd sonrió para sus adentros. La lección no solo había sido aprendida, sino que había despertado un hambre insaciable en cada una de ellas. Se dio cuenta de que esto no sería un evento de una sola vez. Había establecido un nuevo orden, uno donde él era el centro de gravedad de todos sus deseos.

—Todo a su tiempo, chicas —sentenció Lloyd con autoridad—. Primero, el entrenamiento matutino. Quiero ver si esa flexibilidad que mostraron anoche se traduce en combate real.

Mientras los otros ninjas —Kai, Jay, Cole y Zane— llegaban al patio bostezando y quejándose del sueño, las chicas se posicionaron con una disciplina militar pero con una sensualidad que irradiaba de sus poros. Durante el entrenamiento, la tensión era palpable. Cada vez que Lloyd corregía una postura, sus manos se demoraban un segundo más en la cintura de Euphrasia o en los hombros de Skylor.

Euphrasia, la maestra del aire, parecía flotar cada vez que Lloyd se acercaba. Su naturaleza pacífica se transformaba en una necesidad ardiente de contacto.

—Maestro Lloyd —susurró Euphrasia cuando él se acercó a corregir su equilibrio—, siento que mi centro de gravedad está... un poco bajo. ¿Podrías sostenerme de nuevo como lo hiciste en el jardín?

Lloyd se colocó detrás de ella, rodeando su cintura con sus brazos y pegando su pecho a su espalda. Pudo sentir cómo el cuerpo de la chica temblaba de anticipación.

—Mantén la respiración, Euphrasia —le susurró al oído—. Si pierdes el control ahora, no podré recompensarte más tarde.

La chica asintió frenéticamente, sus mejillas encendidas de un rojo carmesí mientras trataba de concentrarse, a pesar de que el roce del cuerpo de Lloyd contra su trasero era una distracción deliciosa.

Al mediodía, el grupo se dispersó para el almuerzo. Lloyd se dirigió a la biblioteca, sabiendo que encontraría a ciertas personas allí. Efectivamente, la Princesa Vania y Harumi estaban revisando unos mapas, pero la forma en que estaban sentadas no tenía nada de diplomática. Vania estaba estirada sobre una mesa de madera oscura, con su falda subida lo suficiente como para mostrar sus ligas, mientras Harumi le susurraba algo al oído con una sonrisa depredadora.

—¿Interrumpo algo, damas? —preguntó Lloyd, cerrando la puerta tras de sí.

Harumi se dio la vuelta, sus ojos plateados brillando con malicia y deseo.

—Al contrario, Lloyd. Estábamos discutiendo sobre la expansión de... territorios. Vania cree que Shintaro necesita una presencia más fuerte de la energía dorada.

Vania se incorporó lentamente, dejando que su escote se luciera ante Lloyd. Su apariencia de princesa refinada se desmoronaba ante la presencia del hombre que la había hecho gritar de placer apenas unas horas antes.

—Es cierto —dijo Vania, caminando hacia él con un contoneo que resaltaba su figura de reloj de arena—. Mi reino es vasto, pero me siento tan pequeña cuando tú me dominas, Lloyd. ¿No crees que una princesa merece una atención especial hoy?

Lloyd no respondió con palabras. Caminó hacia la mesa, apartó los mapas de un manotazo y levantó a Vania, sentándola en el borde. Harumi no se quedó atrás; se posicionó al lado de Lloyd, desabrochando los primeros botones de su propio traje.

—Ella tiene razón —murmuró Harumi, pasando sus uñas por el brazo de Lloyd—. Pero recuerda que yo fui la primera en reconocer tu verdadero potencial. No dejes que la realeza se lleve todo el crédito.

La biblioteca se convirtió en un escenario de pasión desenfrenada. Lloyd manejó a ambas con una destreza que las dejó sin aliento. Vania, con su entusiasmo extrovertido, y Harumi, con su intensidad oscura, eran el contraste perfecto. Lloyd se aseguró de que cada una recibiera exactamente lo que buscaba, reafirmando su posición como el único hombre capaz de satisfacer a las mujeres más poderosas de Ninjago.

Más tarde, en el comedor, Skylor servía la comida con una sonrisa radiante. Sus movimientos eran seguros, y cada vez que pasaba al lado de Lloyd, se aseguraba de que su cadera rozara su brazo.

—Parece que el apetito hoy es voraz —comentó Skylor, mirando a Lloyd con complicidad—. He preparado algo con mucho... picante.

—Me encanta el picante, Skylor —respondió él, tomándola de la mano por debajo de la mesa—. Especialmente cuando viene con una textura tan firme como la tuya.

Skylor se inclinó, fingiendo recoger una servilleta, y le susurró:

—Te espero en la cocina después de que los demás se vayan. Quiero ver si puedes manejar el calor de mis llamas tanto como el de mi cuerpo.

Lloyd asintió, sintiendo el deseo crecer de nuevo. Era increíble cómo, a pesar de haber tenido a casi todas las chicas en menos de veinticuatro horas, su cuerpo pedía más. Era como si su energía dorada se alimentara del placer y la devoción de estas mujeres, todas ellas dotadas de cuerpos que parecían esculpidos por los mismos dioses para el deleite.

Por la tarde, Lloyd decidió visitar a Akita en las afueras del monasterio. La encontró cerca del arroyo, observando el agua. Ella se dio la vuelta antes de que él dijera una palabra, su instinto animal detectando su aroma a kilómetros.

—Hueles a ellas otra vez —dijo Akita, aunque no había celos en su voz, solo una curiosidad salvaje—. Pero hay algo más. Tu energía es más fuerte. Estás reclamando lo que es tuyo.

—Este monasterio es mi hogar, Akita —dijo Lloyd, acercándose a ella—. Y todas ustedes son parte de él. No permitiré que vuestras provocaciones queden sin respuesta.

Akita se transformó en su forma de lobo de tres colas por un segundo antes de volver a ser humana, dejándose caer sobre la hierba suave.

—Entonces ven y enséñame de nuevo —desafió ella, abriendo sus brazos—. Mi instinto me dice que todavía tienes mucha energía que liberar. No dejes que la loba espere demasiado.

El encuentro en el bosque fue crudo y natural. Akita no era de las que buscaban delicadeza; ella quería sentir la fuerza bruta del Maestro Dorado, y Lloyd se la entregó con creces. Bajo el dosel de los árboles, Lloyd demostró que el instinto humano podía ser tan poderoso como el animal, dejando a Akita exhausta y satisfecha, con una marca de propiedad en su cuello que ella luciría con orgullo.

Al regresar al monasterio, Lloyd se cruzó con Pixal en el pasillo. La nindroide se detuvo y lo miró con sus ojos digitales procesando datos a gran velocidad.

—Lloyd, he analizado mis niveles de dopamina y serotonina tras nuestro encuentro —dijo Pixal con su voz melodiosa—. Los resultados son... ilógicos para una máquina, pero altamente satisfactorios para mi conciencia. Mi cuerpo diseñado para el deseo está funcionando al ciento diez por ciento de su capacidad.

—Me alegra oírlo, Pixal —dijo Lloyd, pasando una mano por su mejilla metálica pero cálida—. Asegúrate de estar lista para la próxima revisión. No quiero fallos en el sistema.

—Entendido, Maestro Lloyd —respondió ella, haciendo una pequeña reverencia que acentuó la curva de su espalda—. Mis protocolos de placer están siempre en modo de espera para usted.

La noche cayó sobre el Monasterio de Spinjitzu una vez más. Lloyd se encontraba en el balcón, observando las estrellas. Sabía que sus hermanos ninja seguían sin entender nada. Kai estaba ocupado puliendo su espada, Jay jugaba videojuegos, Cole comía pastel y Zane meditaba. Eran felices en su ignorancia, sin darse cuenta de que el monasterio se había convertido en un harén de placer y lealtad absoluta hacia su líder.

De repente, sintió unos brazos rodeando su cintura. Era Nya. Detrás de ella, Sora y Wyldfyre aparecieron de las sombras.

—¿Pensaste que la noche terminaría tan pronto? —preguntó Nya, besando su hombro.

—Apenas estamos empezando, Lloyd —dijo Sora, tirando de su mano hacia las habitaciones—. Tenemos una nueva idea para un entrenamiento grupal que requiere tu supervisión directa.

—Sí —añadió Wyldfyre con una sonrisa traviesa—. Queremos ver cuánto tiempo puede durar el Dragón Dorado antes de quedarse sin fuego.

Lloyd se dejó guiar por ellas, sabiendo que la noche sería larga y llena de descubrimientos. Las chicas del monasterio habían intentado jugar con él, pensando que su inocencia era una debilidad. Pero Lloyd les había dado una lección que nunca olvidarían: él no era solo el salvador de Ninjago, era el dueño de sus deseos, el maestro de sus cuerpos y el único hombre que podía dominar la tormenta de pasión que ellas mismas habían desatado.

Mientras las puertas de la habitación se cerraban, Lloyd Garmadon sonrió. La vida en el monasterio nunca volvería a ser la misma, y él no lo cambiaría por nada en el mundo. Las lecciones continuarían, y cada una de ellas, desde la princesa hasta la guerrera, desde la inventora hasta la nindroide, estarían allí para aprender, una y otra vez, bajo la guía firme y apasionada del Maestro Dorado.