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Lloyd

Sinfonía de Sombras y Seda: El Dominio del Maestro Dorado

La luz de la luna se filtraba a través de los ventanales de papel del dojo principal, creando un patrón de rejillas plateadas sobre el suelo de madera pulida. Lloyd se encontraba en el centro, con los ojos cerrados, respirando el aroma del incienso mezclado con el perfume embriagador que flotaba en el aire desde que las chicas habían decidido convertir el monasterio en su patio de juegos personal. Ya no era solo una cuestión de lecciones; se había convertido en un ritual de poder.

Escuchó el sutil deslizamiento de unos pies descalzos. No necesitaba abrir los ojos para saber quiénes eran. El instinto del Dragón Dorado le permitía sentir el calor corporal, el ritmo cardíaco acelerado y la excitación que emanaba de ellas como una marea invisible.

—Parece que el maestro todavía tiene energía para meditar —susurró una voz melodiosa.

Lloyd abrió los ojos y se encontró con Skylor y Nya. Ambas vestían batas de seda cortas que apenas cubrían sus cuerpos voluptuosos. Skylor, con su seguridad característica, se cruzó de brazos, lo que provocó que su generoso pecho resaltara aún más bajo la tela fina. Nya, por su parte, jugaba con un mechón de su cabello, moviendo sus caderas de esa forma que Lloyd sabía que era una invitación directa.

—La meditación es necesaria para mantener el control —respondió Lloyd, su voz resonando con una autoridad que las hizo estremecer—. Especialmente cuando tengo a tantas mujeres tratando de hacerme perder los estribos.

—Oh, Lloyd —dijo Skylor, acercándose con paso felino—, no queremos que pierdas el control. Queremos que lo ejerzas. Todas estamos esperando tu siguiente instrucción.

En ese momento, las puertas laterales se abrieron y el resto del grupo entró. Sora y Wyldfyre venían riendo, empujando suavemente a Euphrasia, quien parecía sonrojada pero con una chispa de deseo innegable en sus ojos. Harumi y la Princesa Vania caminaban con la elegancia de reinas que han encontrado a su emperador, seguidas por Akita, que se movía con una gracia salvaje, y Pixal, cuyos ojos brillaban con una intensidad azul eléctrica.

—Habíamos acordado que esta noche sería... especial —dijo Harumi, rompiendo el silencio—. El monasterio está en calma. Los otros ninjas están roncando en sus habitaciones, ajenos a la verdadera magia que ocurre aquí.

Lloyd caminó hacia el trono de madera tallada que solía usar el Maestro Wu, pero en lugar de sentarse, se apoyó contra él, observando a la congregación de belleza y pecado que tenía ante sí. Todas ellas eran poderosas, independientes y letales, pero en su presencia, se habían transformado en devotas de un culto al placer que él presidía.

—Acérquense —ordenó Lloyd.

La respuesta fue inmediata. Se agruparon a su alrededor, una masa de curvas, piel suave y miradas hambrientas. Sora fue la primera en arrodillarse a sus pies, apoyando sus manos en los muslos de Lloyd.

—He estado trabajando en el hangar todo el día —comentó Sora, mirando hacia arriba con una expresión traviesa—, y lo único en lo que podía pensar era en la forma en que tus manos me sujetaron ayer. Mi mente de inventora no puede dejar de calcular cuánto más placer puedes generar si nos tienes a todas a la vez.

—Es una teoría interesante, Sora —dijo Lloyd, pasando sus dedos por el cabello de la chica—. ¿Y qué dicen las demás?

—Yo digo que las palabras sobran —intervino Wyldfyre, despojándose de su chaqueta con un movimiento brusco, dejando a la vista un cuerpo fibroso y extremadamente sexy—. Tengo un fuego interno que solo tú puedes apagar, rubio. No me hagas esperar.

Lloyd tomó a Wyldfyre por la nuca y la atrajo para un beso profundo, cargado de una pasión que hizo que la chica soltara un gemido ahogado. Mientras tanto, las manos de las otras empezaron a recorrer el cuerpo de Lloyd, despojándolo de su túnica verde hasta dejarlo con el torso descubierto, mostrando una musculatura definida por años de entrenamiento y potenciada por su herencia elemental.

—Eres perfecto —susurró la Princesa Vania, acariciando la espalda de Lloyd—. En Shintaro tenemos leyendas sobre seres dorados, pero ninguna se compara con la realidad de tenerte así.

La sesión que siguió fue una coreografía de deseo desenfrenado. Lloyd se movía entre ellas con la precisión de un maestro de combate, pero sus armas eran sus manos, su boca y su virilidad. Primero se encargó de Nya y Skylor, las dos mujeres más experimentadas, quienes se entregaron a él con una ferocidad que casi hace temblar las paredes del dojo. Nya, la maestra del agua, se sentía fluida y cálida, mientras que Skylor absorbía cada toque como si quisiera copiar la esencia misma de Lloyd en sus propios poros.

—¡Más, Lloyd! —gritaba Nya, con la espalda arqueada y su trasero prominente rebotando contra el suelo de madera—. ¡Demuéstrame que eres el dueño de este monasterio!

Lloyd no la decepcionó. La dominó con una fuerza que la dejó sin aliento, antes de pasar a Euphrasia, quien esperaba su turno con una mezcla de temor y anticipación. La maestra del aire fue elevada en vilo; Lloyd la sostuvo contra una de las columnas del dojo, demostrando una fuerza sobrehumana.

—Vuela para mí, Euphrasia —le susurró al oído.

La chica emitió un grito agudo de placer mientras sus pies colgaban en el aire, sintiendo cómo Lloyd la reclamaba con una intensidad que nunca imaginó. A su alrededor, las demás no se quedaban mirando; se tocaban entre ellas, preparándose, creando un ambiente de erotismo puro que alimentaba el poder de Lloyd.

Pixal, observando todo con su procesador a máxima capacidad, se acercó a Lloyd cuando este dejó a Euphrasia descansando.

—Mis sensores indican que la humedad y la temperatura en esta habitación han alcanzado niveles críticos —dijo Pixal, aunque su voz no era robótica, sino cargada de una sensualidad programada—. Requiero una descarga inmediata de energía dorada para evitar un colapso de mis sistemas de placer.

Lloyd sonrió y la tomó por las caderas, sintiendo la firmeza de su diseño. Pixal era una maravilla de la tecnología, y la forma en que su cuerpo respondía a los estímulos de Lloyd era una prueba de que incluso las máquinas podían rendirse ante el deseo. La nindroide arqueó su figura perfecta, emitiendo sonidos electrónicos que se mezclaban con los gemidos de las mujeres de carne y hueso.

Harumi y Vania, observando desde un lado, se unieron al festín. Harumi, siempre estratégica, sabía exactamente dónde tocar y cómo mirar para provocar a Lloyd.

—Mírame, Lloyd —dijo Harumi, mientras se posicionaba frente a él—. Mira en lo que me has convertido. Ya no quiero el trono de Ninjago, solo quiero ser tu esclava en esta cama de sombras.

—Y yo —añadió Vania, uniéndose a ellas—, renunciaría a mis alas por una noche más como esta.

Lloyd las tomó a ambas, una en cada brazo, en una exhibición de poder que dejó claro que no había jerarquías en ese momento, solo el placer absoluto del Maestro Dorado. Akita, la loba, esperaba al final, sus ojos brillando en la oscuridad. Cuando Lloyd finalmente llegó a ella, el encuentro fue casi animal. Se revolcaron en el suelo, mordiéndose y arañándose en una lucha de voluntades que terminó con Akita aullando de satisfacción, rindiéndose ante el alfa supremo.

Horas después, el dojo estaba en silencio, solo roto por la respiración agitada de las nueve mujeres que yacían esparcidas sobre los cojines y el suelo, con sus cuerpos entrelazados y sus rostros reflejando una plenitud casi mística. Lloyd permanecía de pie, observándolas, sintiéndose más poderoso que nunca.

—Mañana —dijo Lloyd, su voz resonando con firmeza—, el entrenamiento comenzará al amanecer. Y espero que cada una de ustedes muestre la misma dedicación que mostraron esta noche.

—Sí, maestro —respondieron todas al unísono, algunas con voces débiles por el cansancio, pero todas con una lealtad inquebrantable.

Lloyd salió del dojo y caminó por los pasillos hacia su habitación. En el camino, se cruzó con Kai, quien salía de la cocina con un vaso de agua, rascándose la barriga y bostezando.

—Ah, hola Lloyd —dijo Kai, parpadeando con sueño—. ¿Todavía entrenando? Eres un adicto al trabajo, amigo. Deberías relajarte un poco, como nosotros.

Lloyd miró a su amigo, el Maestro del Fuego, quien no tenía idea de que a pocos metros de distancia, su hermana y sus amigas habían sido llevadas al límite del placer por su líder.

—Tienes razón, Kai —respondió Lloyd con una sonrisa enigmática—. Debería relajarme más a menudo. El equilibrio es la clave, ¿no?

—Exacto —dijo Kai, dándole una palmada en el hombro—. Bueno, me voy a dormir. Mañana tenemos que practicar esas nuevas técnicas de defensa. Las chicas parecen estar muy motivadas últimamente, no quiero que nos dejen atrás.

—No te preocupes, Kai —murmuró Lloyd mientras veía a su amigo alejarse—. No hay forma de que nos alcancen... en ciertos aspectos.

Lloyd entró en su cuarto y cerró la puerta. Se sentó en su cama, cerrando los ojos. Podía sentir la conexión con cada una de ellas. No era solo sexo; era una transferencia de energía, un vínculo que las mantenía unidas a él de una manera que ningún entrenamiento ninja podría lograr. Eran sus guerreras, sus amantes y sus súbditas.

A la mañana siguiente, el sol iluminó el monasterio con una claridad cegadora. En el comedor, el desayuno transcurrió en un silencio inusual. Los chicos hablaban de tácticas y misiones, mientras las chicas comían con una elegancia renovada. Nya servía el té con una mano firme, pero cada vez que pasaba cerca de Lloyd, su mirada era una promesa.

Sora y Pixal discutían sobre mejoras en los vehículos, pero sus pies se rozaban bajo la mesa, compartiendo el secreto de la noche anterior. Wyldfyre estaba inusualmente tranquila, su energía salvaje domesticada temporalmente por la mano de Lloyd.

—¿Saben? —dijo Jay, rompiendo el silencio—, me alegra que todas se lleven tan bien ahora. Antes parecía que había mucha tensión en el aire, pero ahora todo se siente... en orden.

—El orden es importante, Jay —respondió Skylor, mirando a Lloyd por encima de su taza—. A veces solo hace falta que alguien tome las riendas y ponga a cada uno en su lugar.

—Amén a eso —añadió Harumi con una sonrisa maliciosa.

Lloyd terminó su comida y se levantó.

—Chicas, al patio en cinco minutos —ordenó.

—¡Pero Lloyd! —se quejó Cole—, todavía no hemos terminado el postre.

—Ustedes pueden quedarse —dijo Lloyd, mirando a los ninjas masculinos—. El entrenamiento de hoy es solo para las expertas. Tenemos algunas... maniobras avanzadas que perfeccionar.

Las chicas se levantaron de inmediato, dejando a los otros cuatro ninjas confundidos y con la boca abierta.

—Vaya —murmuró Zane—, la disciplina de Lloyd es realmente impresionante. Ha logrado que todas sigan sus órdenes sin rechistar.

—Es el Maestro Dorado, Zane —dijo Kai, encogiéndose de hombros—. Supongo que tiene ese efecto en la gente.

Mientras tanto, en el patio, Lloyd observaba a las nueve mujeres formadas frente a él. Sus cuerpos, aunque cansados, irradiaban una fuerza nueva. Ya no eran solo un grupo de aliadas; eran su legión personal.

—Hoy —comenzó Lloyd, caminando frente a la fila—, vamos a trabajar en la resistencia. Ayer fue una prueba, pero hoy es el comienzo de su verdadera transformación. Si quieren estar al lado del Dragón Dorado, deben ser capaces de soportar todo lo que yo les exija.

—Estamos listas, Lloyd —dijo Akita, dando un paso al frente—. Haz con nosotras lo que quieras.

Lloyd sonrió. El juego de seducción de las chicas había sido su mayor error, porque al intentar provocarlo, habían despertado a un gigante que ahora no pensaba detenerse. El Monasterio de Spinjitzu ya no era solo un centro de entrenamiento para héroes; era el santuario privado de Lloyd Garmadon, donde el placer y el poder se entrelazaban en una danza eterna.

Y mientras las veía empezar sus ejercicios, Lloyd supo que este era solo el comienzo. Había muchas más lecciones que dar, muchos más rincones del monasterio que explorar y muchas más noches de luna plateada para demostrar quién era el verdadero maestro de Ninjago. Las chicas, por su parte, no podían estar más felices. Habían buscado provocar al dragón, y ahora que este las tenía entre sus garras, ninguna de ellas deseaba ser liberada.

La lección continuaba, y el placer era la asignatura principal.